lunes, enero 05, 2009

Los enredados caminitos del amor


Kiss, originally uploaded by Lst1984.

[Para mi amiga Pineda, quien me hace el honor de leerme]

Voy a abandonar por un tiempito esta ruta tortuosa del análisis psicológico que he iniciado en el post anterior porque voy adentrándome por lugares inexplorados, sin cartas de navegación, y corro el riesgo de equivocar el rumbo e ir a parar demasiado lejos de los lugares a los que quiero llegar. Más adelante, cuando tenga más tiempo y menos distracciones entraré de nuevo por estos caminos y mostraré a ustedes las cosas que quiero mostrar, que yo creo interesantes. Por ahora tomaré una ruta más segura, no menos difícil pero al menos conocida.

Regresemos al punto de la narración en el que habíamos quedado: la mañana de aquel segundo día de cortar café, la mañana después de aquel mi grito de guerra en el simulacro de combate, el grito que había alimentado el interés de aquellas dos mujeres en mí y que las había llevado a visitarme cada cual por su lado a aquel surco mío que parecía tan largo. Aquellas dos mujeres eran entonces amigas íntimas, pero como sabría yo luego, por alguna razón que aún desconozco no se habían confiado la una a la otra el interés que cada cual por mí sentía. En los meses y años siguientes entendería yo que aquellas dos mujeres habían sido hasta aquel momento como dos hermanas siamesas, que andaban siempre juntas y hacían muchas cosas juntas, que no se ocultaban nunca nada y cada cual sabía de la otra hasta las más pequeñas cosas. Entre ellas no había habido secretos hasta entonces y ese secretito ─yo─ que no se confiaron, sumado a mi torpeza, las conducirían en poco tiempo a la separación. Décadas más tarde lamento aún haber sido la causa de aquel distanciamiento, pues como suelo decir a mis amigas, no vale la pena perder una buena amistad por un hombre, incluso si soy yo el hombre en cuestión. Ya le voy a contar qué fue lo que paso.

Debo haber estado seguramente muy confundido aquella mañana, cuando aquellas dos mujeres se fueron luego de visitarme en mi surco, pues de ser un flaquito con dificultades para encontrar con quien salir me había convertido repentinamente en un tipo deseado. Aquello me había ocurrido ya algunas pocas veces pero siempre me era difícil de manejar, desacostumbrado como estaba a disfrutar de tanta atención. Aquel día lo navegué como pude, con las velas caídas, desvelado y cansado y aquella noche dormí como un bendito. El día siguiente, tercero de los cortes y todos los días que siguieron hasta el fin de la temporada, varias semanas después, los llevé siempre con alegría y con mucha energía. Junto con mi amigo Guillermo desarrollamos estrategias para mantenernos físicamente sanos y fuertes y con la moral en alto. Descubrimos que en las ventas de los alrededores de la hacienda se podía comprar latas de sardinas rusas a precios ridículos y las comprábamos en grandes cantidades y cada mañanita abríamos una o dos para comerlas junto con los frijoles mal cocidos, la masa de arroz, las tortillas viejas y el café frío que nos daban como desayuno. Varias de nuestras compañeras y más de un compañero del pelotón, de delicados estómagos, sufrían de náuseas aquellas madrugadas con sólo sentir el fuerte olor a pescado con el estómago vacío, pero nosotros comíamos con gusto las deliciosas sardinas y nos comíamos luego la ración de arroz y frijoles que las compañeras no podían terminar de comer.

Guillermo había jugado beisbol a un nivel competitivo y estaba muy consciente de la importancia de la buena alimentación, el ejercicio y la diversión para sobrevivir en buena forma en aquellas difíciles condiciones y se trazó un plan de entrenamiento ─por decirlo de algún modo─ que yo también adopté, aunque sólo a medias. Así, además de comer cuanto llegara a nuestro alcance, hacíamos ejercicios, nos bañábamos con frecuencia y a cualquier hora en la fría agua de los criques, bebíamos ron, aguardiente y cususa cada vez que podíamos y nos reíamos, contábamos chiles e interactuábamos con las compañeritas a cada momento. De ese modo, los días se nos fueron pasando rápidamente, sin casi sentir su peso.

Pero, regresemos a mis dos amores y a mis problemas de decidirme por una u otra de aquellas dos agradables y agraciadas mujeres. La verdad, no logré nunca decidirme por la una o la otra y si las cosas se fueron por donde se fueron no fue por mi voluntad sino más bien por mi falta de ella. Eran los últimos días de diciembre y desde aquella mañana que me visitaran en el surco me había encontrado con cada una de las dos mujeres por separado en varias ocasiones, pero los encuentros no pasaban de inocentes flirteos. Los tres estábamos en paciente espera de que se presentara el momento en que aquellos coqueteos se convirtieran en un encuentro amoroso con todas las de ley. No se había presentado aún la oportunidad de poner a ninguna de las dos contra la pared, pues andábamos ocupados con el corte de café y la organización de actividades de diversión para los hijos de los cortadores y los cortadores mismos. Así pasaron unos pocos días y yo sin saber por cuál me decidiría y pensando que podría quedarme con las dos, hasta que un suceso fortuito pareció inclinar la balanza en favor de la más delgadita de mis dos prospectos, la que cantaba bonito. La otra amiga, la morenita risueña y un poco más encarnada, sufrió intensos dolores en un brazo y la mañana del día treintiuno tuvo que ser llevada a la ciudad más cercana para ser examinada por un médico y no regresó sino hasta la tarde del día siguiente.

Aquella noche de fin de año hubo una fiesta con una unidad de discomóvil en la casa hacienda y en la fiesta bailé pegadito con Sofía. Cuando todo el mundo se abrazaba y se besaba deseándose feliz año nuevo, Sofía y yo nos besamos cariñosamente y aunque la fiesta continuaría hasta el amanecer, nosotros nos fuimos a buscar un lugar donde poder dar rienda suelta a la pasión contenida y sin ser vistos. Bajamos de la fiesta y nos fuimos a meter a una covacha que se encontraba a oscuras en la que sabíamos no vivía nadie. Empujamos la puerta, entramos, cerramos por dentro y nos metimos en el camastro más cercano, que para nuestra suerte estaba desocupado. Supimos, por los ruidos que escuchábamos, que no estábamos solos. Había una otra pareja ocupada en darse cariño en la oscuridad. Nosotros también nos dimos cariño, mucho cariño y muy rico. Nos besamos, nos tocamos, pero por alguna razón que no recuerdo bien no hicimos el amor, o al menos no todo el amor, o como quien dice: no llegamos “hasta home”. Quizás fue porque estábamos ella y yo demasiado borrachos y no pudimos, quizás era ella de las que no lo hacía la primera vez, o quería un polvito en mejores condiciones; ya no lo recuerdo, pero como fuese, aquella noche no hubo “consumación del acto” como dicen los abogados y los curas. Nunca la hubo y aquella nuestra primera noche fue también, lamentablemente, la última. Pero esto se lo contaré a usted en otra ocasión, por hoy ya escribí demasiado.

martes, septiembre 23, 2008

Del modo en que te perciben

Este post iba a titularse de varias maneras: “las tácticas de la conquista” era una posibilidad, al igual que “como te ven así te tratan”, pero finalmente me decidí por el título que ahora lleva porque me parece refleja mejor que los otros el asunto de que trata. En los cortes de café vos eras atractivo para ciertas cristianas porque ellas se sentían entonces atraídas por lo que vos aparentabas ser, por lo que vos en su mente representabas. Por las mismas razones, había compañeras que no te miraban ni con el rabo del ojo porque ellas se sentían atraídas por otras cosas que aquello que vos parecías ser. Fijese usted que utilizo las construcciones “aparentar ser” y ”parecer ser” porque muchas veces aquello que se aparentaba era nada más que apariencia, una pantalla sin ninguna sustancia detrás de ellas. Es que a veces lo que vos aparentabas ser, la imagen que hacia el exterior lanzabas era una creación tuya, una pose que adoptabas con diversos propósitos. Otras veces, la imagen que de vos lanzabas hacia afuera no se correspondía con la realidad, aunque no era una pose ni era una creación expresa y reflejabas otra cosa que aquello que eras sin darte cuenta, ingenuamente, torpemente, para bien o para mal. En aquellos cortes de café muchos varones ─y quizás ciertas mujeres pero de ellas no hablaré hoy─ adoptaban una pose con el claro propósito de pescar alguien con quien coger.

A través de los años desde mi adolescencia, con mucho trabajo, dedicación y estudio yo me había convertido en un “conocedor” de la pose y la utilizaba única y exclusivamente para pescar amores y una vez que lograba pescar algo abandonaba la pose de inmediato, mostrándome como yo era en realidad y ellas entonces se iban o se quedaban, mejor dicho: ellas entonces se iban. La pose no me funcionaba siempre ni siempre la utilizaba, pero en los momentos más críticos, cuando encontraba mujeres que realmente me interesaban, me costaba ser yo mismo y la pose se hacía entonces presente, de manera casi automática. Inseguridad de la juventud, supongo y gracias a ella hasta por ahí de mi cumpleaños veintiseis se me fueron un montón de posibles amores, mis amores imposibles.

Cuando Azalea se fue y me dejó colgado de la brocha, con ese su amor violento que se me pegó por todas mis partes más sensibles, como una sanguijuela que sólo con mucho dolor pude arrancarme al fin, inicié un proceso de recuperación, de sanación espiritual y mientras me lamía mis heridas y las limpiaba con mis lágrimas iba yo revisándome y tomando decisiones que me ayudarían a enfrentar el futuro, en la parte del amor, quiero decir. La primera cosa que decidí era que el próximo amor de ese tamaño que se me apareciera no se me iría y no me dejaria en llantos como este amor que tanto me había gustado. Con Azalea yo no había utilizado la pose, ella había llegado solita y solita se había ido, cuando no encontró en mí lo que fuera que ella anduviera entonces buscando. Con ella entendí claramente que ya no necesitaba la pose para pescar amores gordos y desde aquel momento dejé de utilizarla con fines amorosos. Bien dice el maestro Nietzsche que lo que no nos mata nos hace más fuertes y de aquella experiencia amorosa, que me había llevado de rastras por la calle de la amargura ─como un jinete que cuelga del estribo de un caballo desbocado─ casi me había llevado a la muerte, pero como no me había podido matar me había dejado mucho más fuerte. Nunca le dije a Azalea cuan importante fue aquel breve amor suyo, cuanto significó para mí su partida y cuanto bien me hizo al despedirse de mí cuando más la estaba amando. Ojalá alguien que lea esto se lo cuente.

Pero no era la intención que este post fuera tan lacrimoso como me ha ido saliendo, lo que quería contarle era otra cosa, de lo que quería hablarle era de las poses que los varones asumían en aquellos cortes, para lograr meterse en la cama de algunas cristianas, que en muchos casos eran la mujer de su prójimo. Pero ya se me acabó el espacio así que tendré que regresar a esto en el próximo post.

domingo, septiembre 21, 2008

Ménage-à-trois?

La primera en pasar a visitarme aquella mañana por aquel surco mío que parecía no tener final fue Sofía, la más delgadita de aquellas dos amigas que había yo conocido en el Rigoberto López. Ella tendría entonces 24 ó 25 años, quizás menos y a pesar que intentaba dar la impresión de ser ”aventada” y se había atrevido a llegar hasta allá donde yo me encontraba luchando con los cafetos, me pareció una joven un tanto tímida y a veces reía porque no sabía qué otra cosa hacer. Hablamos un buen rato, me dijo que mi grito de la noche anterior la había envalentonado, nos reímos y bromeamos ─ella se burló de mi velocidad al cortar─ y luego se fue porque tenía que irse. Era inteligente y de buen ver, tenía un sentido del humor muy fino, su conversación era agradable y olía muy bien así que cuando se retiró me dejó prendado de ella.


Un tiempo más tarde, mientras yo pensaba aún en Sofía y trataba de adivinar lo que estaría pensando, se apareció Julieta, la otra amiga. Como su amiga, Julieta también llegó sonriendo y haciendo bromas y se rio de mi lentitud como cortador y hasta echó en mi canasto, burlándose y fingiendo compasión, parte del café que ella había cortado. El humor de Julieta era tan fino como el de su amiga, pero tenía una manera de ser un tanto diferente, de mujer más madura, no por nada tenía la misma edad que yo. Parecía además una mujer más alegre que su amiga, más alocada, con un espíritu más libre. Hablamos largo rato de esto y de lo otro. Estábamos de pie, muy juntos, cortando café del mismo cafeto, hablando como viejos amigos y me contó que había oído mi grito de la noche anterior y que se le había “despelucado el cuerpo” al oírlo.

─·Mirá que no es mentira, otra vez se me despeluca el cuerpo de sólo acordarme ─me dijo mostrándome su brazo desnudo y yo ví que se le había púesto la carne de gallina y acerqué mi brazo al suyo y su piel hizo contacto con mi piel y aquel contacto con esa piel suya me fascinó y siguió aún fascinándome por muchos años desde entonces. Ella tenía la piel de un color oscuro, como el que los europeos y yanquis tratan de adquirir en el verano, exponiéndose al sol en larguísimas sesiones. Su piel era muy tersa y cálida y verla era una invitación a acariciarla y eso hice precisamente, de modo muy delicado. Le dí un piropo a su piel y ella lo agradeció coqueta y un momento después se marchó, como temiendo seguir por ese camino. Cuando se iba, sonriendo, se detuvo un momento para hablarme.

─Me gustó mucho esta visita ─me dijo.

─A mí también, ahora ya conocés el camino, aquí voy a estar algunos días más ─dije y ella sonrió y se marchó.

Igual que su amiga, Julieta también me había dejado prendado de ella al marcharse. Yo tenía un problema. Luego de largos meses de abstinencia después de la partida de Azalea, que me había dejado traumatizado, de pronto resultaba que tenía una racha de buena suerte y me había vuelto “sexy” en aquellos cortes. Yo mismo no me lo creía, pero recordé que para mi gracia o mi desgracia, el amor me llegaba cada cierto tiempo en oleadas y a mis playas desiertas de pŕonto arribaba una náufraga y otra y otra, como estaba ocurriendo en aquel momento. La aparición de mi amigo Guillermo, que se había dado cuenta de la llegada de mis visitantes, me sacó de mis pensamientos.

─Has estado visitado el día de hoy ─me dijo, riéndose.

─Sí hombre, yo no sé qué pasa.

─¿Y ahora cómo le vas a hacer? ─me preguntó mi amigo, curioso.

─¿Cómo le voy a hacer?

─Con esas dos mujeres que te quieren coger.

─La verdad Guillermito que no tengo ni puta idea ─dije sincero.

─Vas a tener que decidir y pronto. Si no te decidís te vas a quedar sin Beatriz y sin retrato.

─¿Y no podré quedarme con las dos? ─pregunté.

─No creo francamente, esas mujeres no se ven como muy comunistas que digamos ─dijo Guillermo─ además no íbas a poder con ellas dos, comiendo sólo arroz y frijoles se te acabaría la polvora en un ratito.

─¿Vos crees que no? ─pregunté dudoso.

─Fracasarías inexorablemente ─a Guillermo le gustaba esta palabra─ y agarrarías mala fama.

─¿Y vos con cuál te quedarías? ─le pregunté a mi amigo.

─Está dura la escogencia francamente, las dos están muy buenas, cada una en su estilo.

─A mi me gustan las dos, pero creo que si me tocara escoger me quedaría con la mayorcita.

─Yo también dijo Guillermo, aunque la otra está más rica.

─Es que la gordita se ve más fiera ─dije aún.

─¿Gorda? Esa mujer no es gorda, vos estás loco, toda la carne está bien colocada donde tiene que estar ¿qué querías, una modelo anoréxica? Agradecé que te abrazan y no pidás que te aprieten, no jodás ─dijo Guillermo usando un refrán de un hermano mío que yo le había prestado y se fue luego a seguir cortando. Cansado como yo estaba, sólo quería que fuera de noche para poder irme a dormir, pero apenas estaba terminando la mañana.

viernes, septiembre 19, 2008

Las vueltas de la vida

A veces me entretengo pensando en cómo habria sido mi vida si en ciertos momentos de ella hubiera tomado un camino diferente que aquel que finalmente tomé sin detenerme a pensar demasiado en el asunto. Usualmente y con razón, no prestamos mucha atención a las pequeñas cosas, a los pequeños episodios de la vida en los que una acción cualquiera, que parece no tener importancia nos cambia la vida de una vez y para siempre. Déjeme que le ilustre lo que digo con un ejemplo. En los años ochenta una amiga mía se fue de manera ilegal a los Estados Unidos, para reunirse con sus hermanos y buscar alla una mejor vida que aquella que estaba llevando en Nicaragua. Ella viajaba con un grupo de gente que un “coyote” iba guiando allá en Tijuana, en la frontera entre México y los Estados Unidos y en cierto momento, en un cierto punto, a una orden del coyote todos saltaron la valla que los separaba del territorio estadounidense. Luego debían correr una cierta distancia para alcanzar un punto a unos pocos metros más adelante en el que estarían a salvo, pero a esta amiga mía se le cayó un zapato antes de saltar la valla y se regresó a traerlo. El coyote le gritó aún que dejara el zapato y saltara, pero ella, terca, no quiso escucharlo y se regresó a traerlo un par de metros, mientras los demás cruzaban la valla. En ese momento se apareció una patrulla de la policía mexicana que la detuvo y evitó que saltara al otro lado. Todos los acompañantes de mi amiga llegaron sanos y salvos a su destino en Estados Unidos. Ella no, ella tuvo que regresar a su casa y a su pueblo, a casarse con el novio que tenía desde la secundaria y a llevar una vida que no era la que ella quería y que para su mala suerte estuvo llena de tristes episodios. Regresarse a recoger aquel zapato, una acción refleja, insignificante, marcó claramente el punto en que la vida de aquella joven cambió para siempre.

A estos puntos en que la vida toma un rumbo diferente del que llevaba, en que las cosas pasan a ser de otro modo y no del que habrían sido, ,e llamo yo las esquinas de la vida y son lugares donde la vida da vueltas, cambia de dirección. A veces en esos puntos, en esas esquinas, damos la vuelta de modo consciente, sabiendo más o menos lo que podemos esperar, como cuando decidimos casarnos, estudiar aquella carrera, solicitar aquel trabajo o viajar a aquel país, pero casi siempre las esquinas de la vida son invisibles, imperceptibles y la mayor parte del tiempo ni siquiera sabemos que hemos pasado una vuelta y que hemos tomado un otro camino.

La vida mía dobló una esquina aquella noche del simulacro de ataque, en el preciso momento en que dejé salir aquel grito (“aquí están los cachimbones“) que la adrenalina en la sangre me empujó a soltar. Mi grito, que fue escuchado por casi todo el campamento, les recordó de mi existencia a aquellas dos mujeres ─Julieta y Sofía─ que unos días antes había conocido en el colegio en que nos habíamos reconcentrado para viajar a los cortes. Si yo no hubiera gritado aquella noche, si me hubiera ido calladito a ocupar mi puesto de combate, ninguna de aquellas dos mujeres me habría ido a buscar a la mañana siguiente para conversar al lugar donde yo estaba cortando. Cada una de ellas pasó a verme, a decirme palabras amables, por separado y sin contarlo la una a la otra. La vida de cada uno de nosotros tres y otras gentes más, había empezado a tomar un rumbo diferente desde la madrugada de aquel día. Si aquel grito no hubiese salido de mi garganta aquella noche, seguramente no estaría yo hoy aquí donde estoy sentado escribiendo este post y usted no lo estaría leyendo. En los próximos episodios le contaré por dónde fue que empezaron a andar las cosas desde entonces.

martes, septiembre 16, 2008

¡Aquí están los cachimbones!

Quizás habría dormido una hora o hasta dos, sentado en aquel rincón, cuando una ráfaga de fusil de grueso calibre que se escuchó como si se hubiese producido dentro del cuarto, me despertó, me mandó un chorro de adrenalina adonde sea que la adrenalina llega, me aclaró el pensamiento, me puso en pie y me mandó fuera de la covacha en un instante mucho más corto que el tiempo que le tomó a usted leer estas líneas.

─Despiértense compas que nos cayeron los hijueputas ─grité a mis compañeros mientras me levantaba y ellos que ya se habían despertado y no necesitaban de mis palabras para levantarse, empezaron a toda prisa a recoger sus armas y municiones, a buscar la manera de salir y a chocar entre ellos en la oscuridad.

Cuando salí de la covacha iba listo para el combate, con el arma en ristre y me coloqué cerca de la entrada de mi covacha, apuntando hacia la oscuridad para cubrir la salida de mis compañeros, pero uno de los soldados permanentes que ya estaba ahí, cerca de nuestra puerta, me mandó que saliera corriendo a ocupar mi posición.

­─Tengo que cubrir la salida de mi escuadra ─dije aún.

─Yo los cubro, vos corré y asegurá la posición en el punto ─me dijo.

─Voy de viaje ─dije y salí corriendo con el corazón palpitándome a toda velocidad y mientras corría, en otro lado del campamento se dejaba oír otra ráfaga de fusil, mucho más larga que la primera. No era esta una agradable manera de despertarse y la contra, que ya contaba con todo mi desprecio se volvió a mis ojos más odiosa. Me dieron ganas de echarle pestilencias encima y así lo hice y mientras cubría en carrera el espacio que me separaba del lugar que debía ocupar les solté a los contras a grito partido una retahila que resonó en el silencio en que la noche había quedado después de aquella dos ráfagas.

─¡A ver contras hijos de puta, saquen la cabeza cobardes que aquí están los cachimbones! ¡Vengan pendejos que aquí está un hombre que les va a sacar la mierda!. ¡A ver hijueputa, soltame un tiro para ver donde estás! ¿Se te acabaron las balas perro hijueputa? ─iba yo gritando y seguí aún gritando mientras llegaban mis compañeros a ocupar sus posiciones que yo ya estaba cubriendo para ellos. En ese momento sólo se escuchaban las voces de los jefes dando órdenes y los pasos de los compañeros que corrían a ocupar las posiciones que desde el día anterior nos habían indicado los soldados permanentes. Guillermo se ubicó a la par mía tal como correspondía y se me acercó para decirme algo.

─Ya no se oyen, los corriste, le tuvieron miedo a tus tapas ─me dijo Guillermo riéndose.

─Le tuvieron miedo a “los cachimbones” ─le dije, mencionando el nombre de combate que el mismo Guillermo había puesto a nuestra escuadra.

─Debe haber sido por eso, se cagaron y se fueron ─dijo Guillermo─ a estas horas ya van llegando a Honduras.

Cubriendo nuestra posición, ya en silencio porque el jefe de nuestra escuadra nos había mandado a callar, nos quedamos aún varios minutos, tratando de adivinar qué había pasado y por qué la contra no atacaba. Luego de un rato se aparecieron los soldados permanentes para ver si estábamos ocupando las posiciones que nos correspondían y si teníamos con nosotros nuestro armamento. Unos minutos después vino la orden de levantar el campo y regresar a las covachas. Aquel había sido un simulacro, un ejercicio para controlar nuestra disposición combativa. La “escuadra de los cachimbones”, como desde entonces se la conocería, que había sido una de las primeras en desplegarse disponiéndose para el combate, había salido muy bien en aquella prueba y había mostrado la madera de la que estaba hecha. Regresamos a la covacha entre risas y bromas, aliviados de que aquello hubiese sido sólo un ejercicio y quejándonos de que hubieran interrumpido nuestro sueño. Cuando entramos a la covacha yo busque de nuevo el rincón en el que había estado dormitando, pero mi compañera de camastro me llamó a ocupar mi lugar y empezamos una conversación que aunque era en susurros toda nuestra escuadra pudo escuchar divertida.

─Vení acostate ─me dijo ella.

─Es que me da pena, ando muy hediondo ─respondí.

─No importa, yo también huelo a choco, vení acostate ─dijo ella y yo, cansado como estaba accedí y fui a acostarme a su lado, boca arriba. Ella no olía nada mal y así se lo dije.

─Que va a ser, vos no olés a choco, vos olés bien rico ─le dije y ella me acarició entonces la cabeza, me dio las buenas noches y nos fuimos a dormir las poquitas horas que faltaban para el amanecer.

sábado, septiembre 13, 2008

Voulez-vous coucher avec moi ce soir?

La frustración, la decepción y la tristeza de aquel primer día de corte que antes les he contado, se me pasaron aquella misma noche. Al regresar al oscurecer Guillermo y yo de la lomita donde se situaba la cocina-comedor nos encontramos viniendo en dirección contraria a la que llevábamos, con una morenita simpática y de ojos vivos estudiante de otra carrera, que yo apenas conocía y que se detuvo a conversar con nosotros. No sé que habrá visto Guillermo en su actitud que se despidió de nosotros y siguió su camino y la morenita me invitó entonces a una fiestecita en su covacha, un poco más tarde aquella misma noche que estaba apenas empezando. Una compañera de su escuadra cumplía años y se lo iban a celebrar a puertas cerradas, con sólo los compañeros de covacha y unos poquitos invitados. La morenita no estaba mal y yo, bien educado que soy le agradecí la invitación y le dije que ahí estaría aquella noche. Cuando nos despedíamos me puso una mano en el pecho, me miró a los ojos y me dijo “cuidado no llegás” con una mirada coqueta. Fue entonces que entendí a qué cosa me estaba invitando en realidad y un estremecimiento delicioso recorrió mi espalda. Mis ojos seguramente habrán entonces adquirido un brillo lujurioso pues ella sonrió antes de irse. “Ahí voy a estar” repetí yo entonces.

Como se lo había prometido a la morenita, ahí estuve a la hora convenida, toqué a la puerta y me dejaron pasar. Eramos ocho personas, cuatro varones y cuatro mujeres, y por falta de espacio cada pareja estaba sentada en un camarote. Yo había traído una botella de Ron Flor de Caña Etiqueta Negra, mi ron favorito de aquellos tiempos y cada cual se sirvió un trago. Luego, aculturizados como estábamos, anti-imperialistas y todo que éramos, le cantamos el “Happy Birthday” a la cumpleañera. Uno de los varones tenía una guitarra y cantó un par de canciones. Luego alguien apagó el candil y cada pareja se retiró a su camarote y se concentró en sí misma. Yo apuré mi trago y me dediqué luego a darle cariño a aquella joven que en aquella oscuridad en la que no se veía, se convirtió en la mujer más bella que yo pudiera imaginar. Aquel cuarto se llenó de pronto de puro polvo cósmico, pura sensualidad. Ocupado como cada cual estaba, uno no prestaba mucha atención a lo que las otras parejas hacían y todos procurábamos no hacer mucho ruido para que nuestros sonidos no salieran de aquel cuarto, que se llenó entonces de murmullos, de chasquidos de besos, de suspiros, del sonido de roces de pieles húmedas, del ruido de los cuerpos moviéndose sobre las tablas, de los casi inaudibles sonidos de genitales en cópula, de quejidos orgásmicos, de amor pues, que casi se podía respirar. Así estuvimos por algunas horas, hasta que el campamento todo quedó en silencio. Yo besé a mi amiga, despidiéndome, le agradecí de nuevo la invitación y me fui a dormir a mi propia covacha, con mi gente.

Aunque no teníamos una relación sentimental, aquella noche no me atreví a acostarme con mi compañera de camastro así como andaba, oliendo a sexo, lleno del olor de otra mujer, así que tome mi gruesa colcha y me fui a sentar en un rincón del cuarto a recordar aquel torbellino en el que había estado metido y pensando en eso, así sentado me quedé dormido.

viernes, septiembre 12, 2008

Por qué digo las cosas que digo



[Hago un paréntesis en la narración y dedico este post a algunos lectores que me hacen preguntas en privado]

A lo mejor es hora de que le explique, si es que usted no lo ha entendido ya, las razones por las que los nueve comandantes al frente de la revolución fueron con el tiempo perdiendo mi respeto y luego ─a medida que avanzaba en mis estudios en la carrera de sociología─ llegaron a ganarse mi desprecio y el título de “hombrecitos” y otros por el estilo que en este mi blog empleo. Es que yo, al igual que muchísima gente, quería revolución y en los primeros años ─a mi juicio de entonces y de ahora─ los comandantes siempre se quedaron cortos y la revolución, aunque asomó su rostro, nunca llegó, porque los comandantes no sabían ni tenían idea de cómo era que eso se hacía y en su ignorancia y su torpeza, la frenaron, frenando así el cambio en toda Centroamerica, pues Nicaragua era entonces el motor del cambio.

Intuía yo en los primeros años ─era intuición pues me faltaban conocimientos─ que los comandantes no estaban a la altura de la tarea que el pueblo les había encomendado. A partir del año 1986, cuando empiezo a leer y estudiar a Marx y a estudiar el marxismo seria y profundamente, guiado al principio por el cura Navarro, ese viejo sabio del que antes les he contado y por otros curas y no curas más tarde, la intuición se convierte en certeza y me doy cuenta de la honda ignorancia de ese grupito de enanos intelectuales que se atrevieron a ponerse al frente de la revolución. A usted le han dicho quizás que los comandantes eran marxistas, que eran comunistas, pero eso es nada más un favor que les hacen, salido de la propaganda Reaganiana, pues realmente los comandantes no eran nada, ni chicha ni limonada. Del mismo modo que usted no se convertirá en panadero leyendo las instrucciones que vienen en la cajita de harina que compra en el supermercado, los comandantes no podían convertirse en marxistas leyendo ─aquellos que leían─ los folletos de propaganda que producía la Academia de Ciencias de la URSS y que distribuía en los países del tercer mundo. Aquellos hombrecitos, siendo incapaces de encontrar por sí mismos y en sí mismos las respuestas que la tarea de hacer la revolución les planteaba, hicieron los mismo que hacen con frecuencia los malos alumnos: recurrieron a la copia. No es Cuba quien les arrastra a seguirla, no es la Unión Soviética quien impone a Nicaragua convertirse en peones del juego de la guerra fría. Son ellos mismos, vacíos de ideas sus pequeños cerebros, quienes se dedican a la imitación, sin detenerse a pensar que el mono por más que imite a los humanos, mono se queda y que el parloteo de la lora no se convierte en habla por más que el animalito practique la imitación. Son ellos quienes arrastran al país todo y a la sociedad toda a la vorágine de aquellos años, sólo para regresar después al mismo punto del que habíamos partido en peores condiciones que al principio. Son ellos quienes crean las condiciones para crear lo que ahora estamos viviendo, una versión empeorada y aumentada del somocismo, o lo que es lo mismo Somocismo versión 2.0, o si usted así lo prefiere: chayo-danielismo 1.0.