sábado, diciembre 09, 2006

Ser sin rumbo cierto [parte 3]

Esa mañanita el entenado no se había levantado aún y no había llegado ninguno de sus dos amigos. El motorista estaba listo ya para hacer su primer clavado del día cuando uno de los dos amigos del entenado llegó remando apresuradamente desde el lado opuesto del río en una piragua pequeñita.

—Dice mi abuelo que estamos buscando mal —dijo sin preocuparse siquiera de dar los buenos días.

—¿Y que sabe tu abuelo? —el motorista rió divertido, pues él no era de ese lugar y no sabía quién era el abuelo del muchacho y no estaba enterado de la fama de sajurín que el viejo tenía a diez leguas a la redonda.

—Sabe —dijo el muchacho, sin darse por enterado de la risa del motorista— dice que una vez, hace añales, aquí en este mismo lugar donde estamos, se le cayó a una su mujer que él tenía una máquina de coser, de esas Singers de pedal y que la buscaron y rebuscaron por días y días y no la pudieron encontrar. Dice que al año siguiente, unos muchachos que jugaban a sacar arena del fondo del río se tropezaron con ella de casualidad debajo del agua, allá en aquel playón, en dirección de ese gran Almendro que se mira ahí.

—Tu abuelo está mal de la cabeza, eso queda río arriba, y hay como 75 varas desde aquí hasta allá, no puede ser —el motorista se había sentado en el borde del pequeño embarcadero, tocando el agua con los pies. El muchacho se había detenido a un par de varas de distancia y desde allá hablaba.

—Lo mismito le dije yo, pero dice mi abuelo que hay noches que la corriente del río se invierte en el fondo y el agua en lugar de correr río abajo agarra río arriba. Es una correntada de agua helada que sube desde quién sabe donde, pasa por aquí y sube hasta la boca de un cañito como a una legua de aquí. Hay noches, dice mi abuelo, que se forma un remolino en el centro del río y cuando hay luna se puede ver clarito.

—¿Eso te contó tu abuelo? —el motorista había oído cuentos raros en su vida y había visto con sus propios ojos algunas rarezas. Por eso no rechazaba ningún cuento de entrada pues toda cosa, decía, tiene siempre algo de verdad.

—Eso y más, dice que todo lo que cae en el fondo de este río termina debajo del almendro, ahí donde el río empieza a hacer curva.

—Pues no se si creerle —dijo el motorista— como te digo, ese almendro queda muy largo de aquí y encima río arriba.

—Vieras como le discutí yo y el señor cerrado, que no importa, dijo, si fueran cien o cuatrocientas o mil varas las que hubiera desde aquí hasta allá, que si es río arriba o no, dice que todo todo termina en ese lugar y que si querés encontrar el motor tenés que buscar allá pues aquí donde estamos primero vamos a convertirnos en camarones de río antes de encontrar nada —e muchacho se quedó callado, como esperando la reacción del motorista.

—¿Y que pito toca tu abuelo en todo esto? Ni pariente suyo soy, que yo sepa —dijo el motorista.

—Eso mismo y con esas mismas palabras le dije yo, arrecho porque no me dejaba dormir con la jodarria que viniera a buscarte y lo que me contestó fue que hay una persona que le pidió que te ayudara —el muchacho miró la cara de extrañeza del motorista y continuó hablando— y que no me iba a decir quién era esa persona y sólo te lo iba a decir a vos personalmente. Dijo que va a venir a hablar con vos cuando oiga que encendiste el motor.

—Pues hombré, la verdad es que no tenemos nada que perder así que hagámole caso a ese tu abuelo y vamos a buscar un rato por ese lado—el muchacho estiró el remo que el motorista atrajo hacia así para aproximar el bote al embarcadero y acto seguido subió y se sentó en el otro extremo.

—Seguime contando —dijo el motorista— lo que dijo el viejo.

—Dijo que no tenemos que sacar del río nada más que el motor, que si sacáramos otra cosa nos va a caer sal porque esas cosas son de otra gente y si las sacamos al río no le va a gustar y un día nos va a pasar algo malo. Que no importa lo que viéramos dice, no hay que sacar nada más.

—¿Y no será que tu abuelo en realidad está loco?

—Pues a lo mejor, pero loco o no loco las cosas que dice salen siempre como las dice. Es que habla con los espíritus, que según parece andan por todos lados mirando todo y ellos le cuentan lo que va a pasar. Anoche mismo lo oí en una sola habladera, yo oía dos voces y por curiosear le llevé café para ver si lograba ver algo o tan siquiera oir, pero cuando yo llegué se quedaron callados mi abuelo y el espíritu.

—¿Y miraste el espíritu? —el motorista creía en estas cosas.

—No, pero lo sentí detrás de mí, helado helado, creo que estaba mirando por encima de mi hombro a ver qué cosa había en la taza que le llevé a mi abuelo. Me dio escalofrío y se me pararon los pelos, me dio miedo, te digo. Por suerte el abuelo me dijo que no tuviera miedo, que no pasaba nada y que el que estaba de visita era un espíritu bienhechor. Eso me calmó un poquito la tembladera que me agarró, pero de todos modos salí corriendo a zambullirme en la hamaca. Cerré los ojos y me puse a rezar hasta que me quedé dormido.

El muchacho hablaba a la vez que remaba vigorosamente, así que pronto estuvieron del otro lado del río.

—Creo que hay que buscar en este lugar donde estamos —dijo el muchacho— aquí fue donde me dijo mi abuelo.

—Antes de meternos a buscar, decime: ¿Hay algo más que te haya dicho el viejo? —el motorista era un hombre muy curioso que no soportaba quedarse sin saber el final de un cuento.

—Bueno, me dijo que te dijera que te apuraras a sacar el motor porque hoy en la noche tenés que estar en Bluefields. Dice que apenas saqués el motor del agua lo desarmés para limpiarlo.

—¿En Bluefields? ¿Y te dijo con qué putas voy a limpiar el motor? Ni cepillo de dientes traje y sólo tengo un desarmador, un alicate y una llave.

—No, eso no me dijo, pero si encontramos el motor creo que será mejor hacer como dice —el muchacho empezó a quitarse la ropa— ¿Me lanzó yo primero?

—Dale —dijo el motorista— hacele güevo.

El muchacho se lanzó al agua mientras el motorista aguardaba sentado en el bote. El sol había salido apenas, pero en el punto donde estaban el agua era muy clara y pudo ver al muchacho perderse allá a lo lejos. El río era muy profundo en este lugar. El motorista no lo sabía pero el muchacho sí, el abuelo le había contado y le había descrito la geografía del fondo. Luego de un par de minutos el muchacho sacó la cabeza a unas cuantas varas del bote.

—Aquí está el motor —dijo el muchacho y palmeó el agua con ambas manos para señalar el lugar—, en el mismo lugar que me explicó mi abuelo. Ni siquiera tenés que mojarte, pasame el mecate y yo lo amarro.

—No, yo lo amarro, es mi motor y además eso tengo que verlo —el motorista saltó con la cuerda atada a un pie y se sumergió junto con el muchacho. En efecto, el motor se encontraba dentro de un hueco en el fondo del río, así que lo ataron, salieron y luego lo izaron al bote. Tenía sólo unos pequeñitos rasguños y estaba aparentemente en buen estado Se sentaron en el fondo y se rierona carcajadas, felices. El motorista gritaba de alegría.

—¿Cómo se llama tu abuelo? —preguntó, cuando pudo dejar de reir.

—Alfonso Pérez—dijo el muchacho.

—¡Que viva Alfonso Pérez, jodido! —gritó el motorista jubiloso. El muchacho estaba contento, orgulloso por su abuelo.

—¿Le gusta el guaro a tu abuelo? —preguntó luego el motorista.

—No le gusta —dijo el muchacho— le encanta. Su deleite es echarse sus traguitos de vez en cuando.

—Decile que le voy a traer una botella de buen guaro la próxima vez que venga —el motorista hablaba en serio, tan contento estaba de haber encontrado el motor.

—Yo se lo digo —dijo el muchacho.

—Vamos a desarmar este motor de una vez, pues no me aguanto la curiosidad por saber qué va a decirme tu abuelo. Pero primero vamos a desayunar pues si las cosas salen como él dice y hoy tengo que estar en Bluefields, este va a ser un día muy largo.

jueves, noviembre 30, 2006

Ser sin rumbo cierto (2)

Regresemos en este mi desordenado viaje por los recuerdos —en el que la brújula y las cartas de navegación se me pierden constantemente— a la época que viene ocupándome y a usted conmigo desde que empecé este blog. Vayamos pues de regreso a los meses de mediados del verano del año 1983 y a El Tortuguero, donde una tropa desmoralizada se muere de hastío y un jovencito flaquito se encuentra gravemente enfermo, atacado por un estreñimiento rebelde y violento que le ha hinchado la panza que parece estar a punto de reventar. Esta es la continuación del post Ser sin rumbo cierto (1) el que le recomiendo leer antes de leer este.

El motorista no apareció ni esa tarde ni esa noche así que a la mañana siguiente el sanitario fue a hablar de nuevo con el médico para averiguar si ya lo habrían encontrado. Nadie lo había visto desde el mediodía del día anterior y nadie parecía saber qué se habría hecho el hombre y la lancha pues ésta tampoco aparecía por ningún lado. El sanitario, que estaba preocupado por la salud del flaquito estreñido, que parecía ir en franco deterioro, se puso a hacer sus propias indagaciones y averiguó que el motorista se había conseguido desde hacía algunos días una querida que vivía a tres cuartos de hora en lancha —media hora río abajo sobre el río Tortuguero y luego otro cuarto de hora subiendo un caño tributario de éste. Unos muchachos que nadaban en el río el día anterior a eso de las dos de la tarde, habían ayudado al motorista a subir a la lancha un chancho maniatado. “Decile a tu papa que por ahí llego en la noche para que juguemos naipes” le había dicho el motorista a uno de los muchachos antes de subirse y apretar el acelerador del motor de la lancha para salir río abajo. El sanitario fue a buscar al motorista al lugar donde dormía pero le dijeron que la noche anterior no había regresado a dormir.

El sanitario le contó al médico lo que había averiguado y entre ambos concluyeron que algo le habría pasado al motorista que le impedía regresar y que lo mejor sería ir a buscarlo pues si el muchacho no era atendido pronto su situación podría agravarse. El sanitario había adelantado sus averiguaciones para esa contingencia y encontró que en todo el pueblo no había en ese momento ninguna lancha de motor o de remos y no parecía que ninguno de los tres o cuatro dueños de bote fuese a regresar pronto. Tampoco se sabía donde andaban para ir a buscarlos. El médico y el sanitario se fueron de inmediato —junto con el jefe de compañía que se les unió por el camino— a visitar al teniente para hacerle la sugerencia de enviar un grupo de soldados a buscar al motorista. El teniente estuvo de acuerdo y el jefe de compañía se fue a armar un grupito y encontró varios voluntarios pues el muchacho era muy estimado por la tropa y mucha gente quería ayudarle. Al final se formó un grupo de seis muchachos —pues no querían sobrecargar la lancha—, entre los cuales y como jefe del grupo iba el siempre dispuesto y combativo Milunch, que se puso a hacer bromas riéndose porque según decía, por primera vez en la vida lo ponían de jefe de alguna cosa. Una vez armado el grupo, a eso ya del mediodía, cayeron en la cuenta que nadie entre la tropa sabía como llegar al lugar donde vivía la querida del motorista así que el teniente, el jefe de la compañía y Milunch, cada cual por su lado se pusieron a buscar en el poblado a alguien que supiera como llegar allá y mejor aún, que estuviese dispuesto a acompañar al grupo de soldados. A media tarde, cuando Milunch ya casi decidía salir sin guía, armado con un mapa y una brújula a buscar el camino, encontraron un hombre ya viejón pero aún en buena condición física, que una vez hacía años, había hecho el viaje por tierra. No habían caminos dijo, para llegar allá y había que sortear varios caños que desembocan en el Río Tortuguero y que en ese punto eran profundos y a veces de fuerte corriente. No sería un viaje fácil, dijo, y calculaba que si salían a las cinco de la mañana del día siguiente y todo iba bien, caminando a paso firme podían estar en el lugar a eso de las doce del día.

—¿Siete horas? —Dijo el teniente riéndose— estás loco. Eso es aquí a la vueltecita, en dos horas podés estar allá.

Milunch se puso a examinar el mapa de la zona. La distancia en línea recta no era mucha pero había una maraña de ríos y caños que hacían muy difícil trazar un derrotero. Sólo alguien que conociera bien el terreno podía decir cual era la mejor ruta a seguir.

—Yo sí le creo —dijo Milunch —este viaje se ve complicado. Luego, dirigiéndose al hombre le preguntó —¿Entonces, nos rifamos mañana?

—Nos rifamos —dijo el hombre— sólo asegúrese que todo el que vaya sepa nadar bien y que todos anden calzoncillo o lleven su calzoneta, porque el que se meta desnudo al agua puede ser que salga capado. Por esos lados abundan los lagartos.

—¿Cinco en punto? —preguntó Milunch.

—Cinco en punto —confirmó el guía.

A esas alturas habían transcurrido ya más de veinticuatro horas desde que el médico ordenara trasladar al muchacho a Bluefields y aún no pasaba nada. La tarde anterior, cuando supo que el motorista no aparecía, el muchacho perdió los últimos ánimos que le quedaban y se retiró al rincón del aula donde dormía. La panza parecía haberle crecido aún más y lo obligaba a caminar con dificultad, doblando un poco las rodillas, bajando las nalgas y bamboleándose, de un modo parecido al andar de los chimpancés cuando caminan erguidos, o como los niños pequeños cuando tienen lleno el pañal. Se veía cada vez más verde y más afligido.

—Me avisan si aparece la lancha —dijo en un hilito de voz antes de acostarse con la cara a la pared. De vez en cuando el sanitario iba a darle agua y a tratar de animarlo.

El día siguiente el muchacho se lo pasó tendido en el colchón que el sanitario le había conseguido para hacer más llevadera su triste condición. Esa noche, cuando apagaron las luces se dieron cuenta que los ojos del muchacho habían empezado a brillar en la oscuridad. Nadie dijo nada pues todos pensaban que esa era una mala señal, como si ya la muerte lo anduviese rondando para llevárselo en cualquier momento. El muchacho no podía conciliar el sueño y a medianoche se levantó a mirarse en un espejo en la oscuridad.

—Me imaginé que ese reflejo verde que se ve en la pared venía de mí —dijo y sonrió mostrando los dientes que también le brillaban—, ahora sí que estoy jodido, me estoy convirtiendo en luciérnaga. Se rió de su propia ocurrencia y le entró un ataque de risa que contagió a los que estaban despiertos y que hizo hablar en sueños a algunos de los dormidos. La risita se le convirtió luego en una tosecita débil que se fue apagando hasta que de pura debilidad se quedó dormido.

Milunch y el resto del grupito que iría a buscar al motorista se acostaron temprano y a eso de las cuatro de la mañana se levantaron. El sanitario se había despertado más temprano aún para prepararles café, que les sirvió en la cocina en grandes vasos de plástico junto con empanadas de queso azucarado y que los muchachos comieron de pie mientras se ponían los aperos de soldado y ponían a punto las mochilas. Milunch pasó a despedirse del muchacho antes de salir. Todavía estaba oscuro pero no tuvo necesidad de prender una luz para encontrarlo pues el muchacho estaba despierto y tenía los ojos abiertos.

—Voy a traer la lancha para que te vayas a Bluefields —dijo Milunch— no te aflijás que el que se aflije se afloja. Bueno, es un decir, vos no te aflojás, lo que quiero decir es que no te agüevés que esto se va a componer.

—Ojalá me aflojara —dijo el muchacho riéndose— pero más bien aprieto el culo cada vez más.

—Te vas a componer —dijo Milunch— vas a ver, como que me llamo Milunch..

—Buena suerte, tené cuidado no vaya a ser que los lagartos se te coman tus tristes atributos masculinos. Cuídense todos, no vaya a salir peor la cosa de lo que ya está.

—Toco madera —dijo Milunch y le dio al muchacho un golpecito en la cabeza—, nos vemos.

El grupito —que ahora en vez de seis tenía cinco miembros para dar cabida al guía—, en el que iban los más fuertes, los mejores caminantes y los mejores nadadores de toda la compañía, empezó a andar antes de las cinco de la mañana. Por esos días hacía un calor insoportable así que había que aprovechar el frescor de la mañana para avanzar lo más que se pudiera. En las mochilas, siguiendo la sabia recomendación del guía, llevaban herramientas, aceite, gasolina y algunas piezas de repuesto, por si acaso el motor hubiera fallado. El motorista y el guía mismo, que alguna vez había sido motorista, sabían lo suficiente de mecánica para arreglar casi cualquier desperfecto que el motor pudiera presentar.

El motorista mientras tanto, allá donde estaba, se había levantado muy temprano también y se estaba preparando para ir a lanzarse al agua con un mecate atado a la cintura. Se había pasado toda la tarde del primer día y todo el segundo día buscando el motor de la lancha que había caído al fondo del río gracias a la torpeza de su nuevo entenado —un muchacho de quince años—, que se había llevado la lancha sin permiso para ir a pasear por el río con dos amigos suyos de su misma edad, mientras el motorista se entretenía dentro de la casa con su nuevo amor.

Las cosas le habían salido al motorista muy diferentes de como las había planeado pues la tarde que salió a visitar a su novia había pensado quedarse con ella nada más que el tiempo necesario para dejarle el cerdo que le había traído de regalo y echar un polvito rápido. Pensaba estar de vuelta en el pueblo antes del oscurecer y por eso no le había contado a nadie adonde iba. Todo había salido mal y ahora sólo atinaba a echarle la culpa a la mala suerte. Ni siquiera se había enojado con el entenado —que después de dejar caer el motor había huido al monte— por robarse la lancha, pues el mismo había hecho cosas como esa y peores aún a esa edad, por eso mandó a los dos amigos del muchacho a buscarlo y ahora estaban los cuatro buscando el motor en el fondo del caño. No se explicaba cómo podía haberse caído el motor pues el muchacho, aunque inexperto, era bastante bueno manejando una lancha y el río en ese punto no presentaba ningún obstáculo que se supiera. Tampoco podía explicarse cómo era que no podían encontrar el motor si habían tanteado todo el fondo del río por toda el área donde podía haber caído. El día anterior se había pasado todo el día diciendo lo mismo “un misterio” y luego, “pura sal” y se echaba a continuación un trago de aguardiente para meterse de nuevo al agua a seguir buscando.

La caída de un motor al agua no es en el Caribe una ocurrencia muy rara, por eso los motoristas de experiencia amarran con frecuencia un extremo de una cuerda larga a la parte trasera del bote y el otro extremo lo atan al motor mismo. De esta manera si el motor se cayera porque golpeó una piedra o un tronco o por cualquier otra impredecible razón, siempre se puede recuperar y sólo requerirá de una limpieza profunda para funcionar de nuevo. Esa tarde quiso la mala suerte que el motorista no pudiese encontrar una cuerda para maniatar el cerdo y decidiese usar la cuerda del motor para ello. No lo había pensado dos veces pues las condiciones climáticas de los últimos días no eran para preocuparse porque se le fuera a caer el motor, quizás por esa razón es que se le había caído.

[Ya sobrepasé mi límite de dos mil palabras por post así que aquí lo dejo para seguir el próximo domingo]

Continuará...

domingo, noviembre 19, 2006

Hermanas siamesas (3)

Párrafo a párrafo, como quien va raspando la olla del gallopinto voy raspando yo la olla de mis recuerdos y voy escribiendo mis memorias, para que dentro de quince o veinte años mis dos pequeñas hijas puedan saber sobre su padre de fuente primaria pues uno nunca sabe qué le va a ocurrir y no me gusta la idea de caer muerto de pronto, de un infarto o porque un rayo me partió y dejar a mis hijas sin información sobre esa parte de ellas que soy yo. Eso sería de muy mala educación y muy desconsiderado. Ellas tienen todo el derecho de conocer su pre-historia y mejor se las cuento yo y no que vengan otras personas a contarles sabrá dios qué cosa y a hacerles sabrá dios qué interpretación de mi vida y mis actos. De esas memorias estoy sacando para publicarlas en este blog, aquellas cosas menos intimas, cosas que podría contar en una mesa de tragos sin apenarme o apenar al oyente. Las memorias y este blog también, son un recuento personal en el que muestro la imagen que de la vida y sus cosas, de gentes y de lugares, he ido obteniendo mirando a través de la pequeña rendija que a mí me ha tocado en suerte. No escribo aquí un tratado histórico, sociológico o antropológico y las cosas que les voy contando son producto de la observación vulgar, es decir: no-científica. Le cuento todo esto para que no nos enredemos ni usted ni yo y no pensemos que esto es otra cosa y empecemos a hacernos exigencias. A mí mismo se me olvida a veces y me quedo trabado, como ahora que me he pasado tres semanas escribiendo para ustedes una cosa demasiado seria, demasiado complicada y aburrida, que al final he guardado para usarla para otros menesteres alguna otra vez, si la ocasión se presentara. Así que le ruego me disculpe si no he cumplido con mi obligación de publicar cada domingo un nuevo post. Sí, yo se que usted no me paga y no espera que yo cumpla, pero compromiso es compromiso y a eso me he comprometido. Sigamos.

En alguna otra ocasión les contaré sobre el proceso histórico que fue diferenciando a la región del litoral Pacífico y del centro de Nicaragua de aquella inmensa región que se extiende hacia el Este hasta llegar al Mar Caribe. Les contaré entonces cómo la influencia del pasado indígena propio de cada región en combinación con la influencia española —en el Oeste—, nor-europea y africana —en el Este—, dio como resultado en un proceso de siglos, dos pueblos completamente diferentes. Hoy quiero contarle otras cosas.

En un post anterior les decía que los nueve comandantes de la revolución no eran ni muy inteligentes ni muy instruidos y analizaban la realidad desde rígidos manuales comunistas soviéticos que seguían al pie de la letra aplicándolos a la realidad como se aplica una camisa de fuerza. Por eso no es de sorprender que su interpretación fuese con mucha frecuencia disparatada y cuando se lee las cosas que dijeron o escribieron sobre Nicaragua, su historia y el agro —entre otras mil cosas sobre las que opinaban— da la impresión que están hablando de otro país y de otras gentes.

[Cada vez que leo documentos de aquella época, noticias, discursos y entrevistas y caigo en la cuenta de la enorme ignorancia de la Dirección Nacional del FSLN y de su alejamiento de la realidad del país de carne y hueso, me pregunto de nuevo cómo fue que entonces no fuimos capaces de detenerlos y desenmascararlos como impostores y de nuevo me respondo que en aquel entonces estábamos enamorados de ellos ciegamente, del mismo modo que se enamoran las muchachitas quinceañeras y no veíamos sus errores. La gran mayoría tampoco entendía muy bien en aquel momento el país en que nos tocó nacer y no percibían los errores. Otros podían ver los errores pero no decían nada porque encima estaba el yanqui haciendo la guerra y no era el momento de distraer las fuerzas señalando errores y pensaban quizás que el momento llegaría alguna vez. Otros más señalaban las grandes fallas, hacían propuestas y criticaban pero estos eran purgados sin piedad. En la época sandinista la dirección del fsln concentraba todo el poder y los cuadros intermedios y las bases sólo debían ejecutar los lineamientos que llegaban de arriba, aquel que no obedecía era apartado. La revolución era como un tren, o te subías, o te apartabas porque si te le ponías enfrente intentando detenerlo, te pasaba por encima.]

Si la visión que la dirección del frente tenía de la Nicaragua del Oeste y del centro estaba completamente alejada de la realidad, hablando de clases sociales y relaciones de producción inexistentes —para mencionar nada más que un par de errores—, la visión que del caribe tenían era aún más traída de los pelos. Marx no estudió nunca el tipo de sociedad que en el Caribe se produce ni nada por el estilo y los manuales soviéticos no analizan tampoco nada parecido a esos pueblos que allá existen, sus relaciones, sus modos de producir y sus modos de vida. Los sandinistas llegaron a la costa con un vacío teórico y metodológico y un saco lleno de prejuicios. Cuando se referían a la Costa Atlántica (nunca descubrieron la existencia del Mar Caribe) la llamaban “un gigante que despierta” porque consideraban que esa enorme región estaba en realidad “dormida”, esto es, atrasada, quedada, abandonada, haraganeando. Los comandantes, y los sandinistas en general, consideraban en un inicio que esa parte del país debía ser incorporada a la más avanzada mitad oeste y copiar de ésta su dinamismo. No fueron capaces de percibir —aunque ocurren a plena luz y son visibles al ojo desnudo— la multitud de procesos productivos que en la costa tienen lugar, la complejidad de los procesos sociales en movimiento y la enorme madeja de relaciones de todo tipo que los habitantes establecen. Los sandinistas se apegaron a los prejuicios que en el Pacífico se tienen sobre la costa Este y no pudieron por ello entenderla y por eso todas sus políticas estaban condenadas al fracaso y fracasaron. Para ellos, la costa era nada más que un inmenso territorio poblado por indios ignorantes viviendo en la edad de piedra y negros haraganes buenos para nada, que debían ser civilizados e integrados en la vida “nacional”. Porque pensaban de este modo enviaron hacia allá contingentes de ocupación compuestos por miembros del partido sandinista de tercera y cuarta categoría junto a unidades del ejército y de la Seguridad del Estado, para imponer ideas y nuevas maneras de relacionarse, en lugar de establecer vías de comunicación con los habitantes autóctonos e insertarse en la dinámica de la sociedad. De un día para el otro el español fue impuesto en la práctica como la lengua oficial —los sandinistas no hablaban ni aprendieron nunca otra lengua— en una región donde el español se habla mal y a desgana y la gente se comunica en otras lenguas bien adaptadas, tras siglos de uso, a los modos de vida de la gente. Para mencionar sólo unos pocos ejemplos: en mískito y sumo, las lenguas más habladas, no existen palabras para “revolución”, “comandante” o “imperialismo”, ni existe el concepto detrás de estas palabras. Del otro lado, el español es insuficiente para nombrar la enorme multitud de cosas propias del lugar que las lenguas locales sí pueden nombrar.

Una vez ido el dictador Somoza, la Costa abrió sus brazos, su corazón y su mente a su hermana del Oeste y buscó ansiosa la integración. También la Costa, como el resto del país, creyó en los sandinistas y recibió su ascenso al poder complacida. Habrán visto quizás los costeños en la revolución una oportunidad de equilibrar las relaciones con su hermana siamesa que hasta entonces lo único que había hecho era extraer los recursos mineros, madereros, pesqueros y vaya usted a saber sin dar mucho a cambio. Los costeños saben entonces que —al menos en ese momento— romper el vínculo con la hermana siamesa es muy difícil y sólo les queda sacar el mejor partido. Que no le cuenten a usted cuentos, el “separatismo” de los costeños surge con el sandinismo, la tentación y las ganas de cortar el vínculo y empezar desde cero con un pedazo de territorio aún rico y sin deuda externa sólo empieza a considerarse seriamente y sólo en ciertos círculos con la llegada del sandinismo, como una reacción a éste y no antes.

Como en la Costa Caribe no había habido guerra y la presencia “somocista” (la Guardia Nacional y unos pocos funcionarios de nivel medio y bajo) había sido muy reducida, cuando Somoza se va la revolución encuentra intacta toda la estructura social y productiva de la región. Aquí no había pasado nada y sólo era cuestión de dejar las cosas seguir su curso, empezar a distribuir los excedentes de manera más equitativa, re-invirtiendo en lo social y en lo económico y se habría tenido una región vibrante, dinámica, un motor —no el único pero sí uno importante— para echar a andar toda la economía nacional. En lugar de eso, en su profunda torpeza el sandinismo, para decirlo de algún modo, echó arena en el engranaje de una maquinaria poderosa que funcionaba bien y echó arena en el ojo de la hermana.

Quizás recordarán ustedes un hecho emblemático de lo que estaba ocurriendo en el país y con el país, bien porque lo vieron o porque alguien les habrá contado. En los primeros meses que siguieron al derrocamiento de Somoza, allá, en los predios de la Hacienda “El Retiro” que había pertenecido al dictador y predios aledaños a esta hacienda, fueron acumulándose los restos de centenares de vehículos que habían sido estrellados contra otros vehículos, árboles, paredones, carretas, semovientes o personas. Eran los vehículos que aquellos que se fueron habían dejado en su huida y habían sido “recuperados” por los “compas” sandinistas, que sin saber manejar se ponían al timón y por supuesto se estrellaban. Cada día llegaban nuevos restos a juntarse con los existentes y cuando uno —alguien curioso como yo— se aproximaba y los examinaba de cerca, podía ver la sangre fresca aún y otros restos orgánicos entre los retorcidos hierros. Cada ciudad del país tenía su propio montoncito, expuesto al ojo de quién quisiera apreciarlo y mostrado casi con orgullo. Era claro que los sandinistas no sabían manejar, luego fue quedando claro también que no estaban dispuestos a prestar el timón o a tomar un curso de manejo.

Si eso estaba ocurriendo con los vehículos en la mitad Oeste, en la otra mitad, gente que nunca había trabajado en sus vidas —que había sido puesta a dirigir empresas por el sólo mérito de ser sandinista— iba destruyendo alegremente la base productiva de la región, acabando con los medios de vida de la gente y arrojando al desempleo a cientos de cabezas de familia. Casí cada día una nueva empresa iba a la bancarrota, a formar parte del montón de hierros inservibles. Años después, vehículos y empresas de todo el país serían vendidos como chatarra —a una fracción ínfima de su valor— y transportados a El Salvador encima de enormes rastras que terminarían de arruinar las carreteras.

[Continuará, por supuesto]

lunes, octubre 30, 2006

Intermezzo melancólico

El tiempo pasa...

Mi buen amigo Antonio que vive en Costa Rica me regaló hace algunos años un cd de Pablo Milanés y Víctor Manuel. Hasta ahora sólo lo había oído unas cuantas veces, pero hace unos días convertí las canciones al formato mp3 y las puse en uno de esos aparatitos que reproducen ese formato. Hoy, mientras paseaba el perro me puse a escuchar esas canciones que junto a otras muchas de otros muchos autores sirvieron de telón de fondo a la revolución en aquellos tiempones y tengo que confesar a ustedes que me agarró melancolía y se me salieron un par de lágrimas. Por suerte para mi máscara de duro, en ese momento llovía y nadie puso darse cuenta que eso que se veía deslizándose por mi rostro no eran gotas de lluvia, sino lágrimas que salían desde el fondo de mi corazón suavizado por esas notas que tan buenos y dulces recuerdos traen a mi memoria. Escuchar una tras de otra esas quince o dieciséis canciones fueron un ejercicio de pura catarsis. Voy a explicarle o intentar explicarle como es esto.

Si bien la revolución sandinista fue para mucha gente una desgracia, si mucha gente la pasó muy mal, si hubo miles de muertos y las vidas de muchas gentes fueron destruidas o cambiadas profundamente, hubo otras muchas personas para quienes estos años fueron los mejores de sus vidas y los únicos años de sus pequeñas existencias en que tuvieron verdaderas ganas de vivir. No estoy siendo cínico, no estoy refiriéndome aquí a los vividores, a los que medraron a la sombra del poder, ni a los piñateros ni a los arribistas ni nada por el estilo. Estoy hablando de gente como usted y como yo, gente honesta y bien intencionada que en aquellos primeros tiempos apoyaron la revolución y deseaban un cambio en Nicaragua en favor de los humildes, un cambio, que usted estará de acuerdo conmigo, era muy justo y muy necesario.Para mí personalmente, estos fueron años muy hermosos pero fueron también por muchas razones años muy difíciles y aunque tuve siempre la puerta abierta para salir, no lo hice, no me fui como bien podría fácilmente haber hecho. Mi vida siempre ha sido mía y siempre la he vivido como se me ha dado la gana y aquellos años de revolución no fueron la excepción. Yo quería revolución y si mordí el leño fue por mi gusto, si me fui al monte a realizar las más humildes labores de la revolución fue por decisión propia. Si fui soldado y me dejé dar órdenes de jefes a quienes sólo les faltaba un grado para ser retardados fue por mi gusto, porque yo pensaba que eso era necesario para el bien común, para hacer la revolución y ¿sabe usted? Yo no estaba solo en esto, no era el único en esas condiciones, yo no era excepcional. Ahora mismo, alrededor suyo andan por ahí cuarentones o cincuentones que entonces eran muchachos y muchachas que no pensaban en su propia vida, que no tenían sueños para sí sino para el pueblo, para los pobres y estaban dispuestos a todo para convertir sus sueños en realidad.

Mire usted —y si es usted danielista agárrese—, la única diferencia entre el que esto escribe y muchos de los así llamados “héroes y mártires” de los sandinistas es que aquellos se murieron y yo estoy vivo, escribiendo este post y este blog y tratando de explicarle a nombre de ellos por qué creo yo que lo peor que puede pasarle a Nicaragua es que Daniel Ortega gane las elecciones.

Así es, se lo repito, la diferencia fundamental entre un montón de esos muchachos que murieron por la revolución y yo es que ellos, lamentablemente para ellos, se murieron y yo sobreviví. Yo conocí a muchos de ellos y eran muchachos y muchachas comunes y corrientes, con los mismos sueños que todos teníamos entonces. Básicamente eran como usted y como yo éramos a esa edad. Si no me lo cree pregúntele a la madre de alguno de esos muchachos.

Que haya yo sobrevivido y no ellos es sólo una cuestión de suerte, ellos sacaron el número premiado, yo no. Probablemente eran ellos más puros que yo, mas buena gente que yo, pero yo, como ellos andaba dispuesto a dar la vida por aquellas ideas que entonces teníamos.

Por eso, esta noche cuando escuchaba esas canciones de Pablo Milanés que entonces cantábamos y coreábamos como cantábamos a Silvio Rodriguez y Mercedes Sosa, recordé aquellos tiempos, recordé gente que se murió y otros que aún andan por ahí y me dio mucha tristeza pensar en tanta energía que la juventud puso, tantos buenos sentimientos, tantas ganas de cambiar las cosas, tanta vida entregada en sacrificio a una causa que era entonces justa.

Aquellas canciones nos acompañaban siempre, nos animaban a seguir, nos emocionaban, nos hacían pensar en nuestros amores, nos hacían soñar despiertos un mundo mejor y saber que estábamos trabajando para conseguir ese mejor mundo era nuestra gran satisfacción. Las cantábamos cuando íbamos a las plazas a las manifestaciones, cuando nos movilizábamos en la reserva, cuando íbamos a cortar café. Eran canciones que nos lavaban el cerebro pensará usted y a lo mejor tiene usted razón, pero como sea, eran nuestras canciones y sacaban nuestras emociones y daban cohesión al grupo. Cantabas y estabas con tu gente y eras feliz.Nosotros, esos jóvenes que hacíamos la revolución allá abajo, en la llanura, éramos la cara pura y buena de la revolución, éramos el sentimiento y la pasión, éramos realmente la revolución. En esto no tenía nada que ver Daniel Ortega, éste y los otros ocho enanitos eran demasiado pequeños y mezquinos para hacer la revolución que ellos mismos proponían. La juventud y la gran mayoría del pueblo estuvo a la altura de las exigencias, ellos no y mientras los jóvenes se entregaban en sacrificio empujados por las ideas revolucionarias, ellos sólo podían hacer las pequeñas cosas que hacen los mezquinos como violar a sus hijastras, abusar de sus secretarias y sus empleadas domésticas y gastarse la plata del pueblo en lujos que antes nunca pudieron darse. Con sus acciones, estos nueve enanitos se pasearon en la revolución. Por eso, aquellos jóvenes revolucionarios de entonces no votarán hoy por Daniel y los que se murieron, si estuvieran vivos, no votarían tampoco por Daniel.

Los "heroes y mártires" de la revolución se estremecerían seguramente en sus tumbas de disgusto si Daniel Ortega regresara al sillín presidencial.

¿Y ahora para qué querés mi voto Daniel Ortega? Ya tuviste tu chance, ya mostraste tu rostro, ya vimos que este puesto te queda demasiado grande, ahora, ¿qué más querés? ¿Más muertos? ¿Más vidas jóvenes? ¿Para qué?


viernes, octubre 27, 2006

Hermanas siamesas (2)


[Aún no llego adonde quiero llegar. Tenga un poco de paciencia que esta serie me está costando trabajo: es un parto difícil]

Con el paso de los años y a medida que fui conociendo el Caribe más profundamente, aquella sensación primera y totalmente ingenua de estar en otro país fue convirtiéndose en convicción plena, madura y bien informada. Al estudiar detenidamente la historia de la región llegaría finalmente a entender como fue que aquellas dos grandes regiones que conforman el territorio del actual estado nicaragüense fueron tomando diferentes caminos y fueron constituyendo entidades completamente diferenciadas y autónomas. Con el tiempo entendería que en el centro de lo que hoy conocemos como Nicaragua, en algún lugar imposible de rastrear, existe una frontera invisible, una línea divisoria que sube hacia el Norte por el Este de los grandes lagos, dividiendo el territorio en dos mitades y separando a dos países enteramente diferentes, que han sido unidos a la fuerza para intentar constituir con ellos, sin éxito, un solo cuerpo, una sola nación. En un proceso de siglos, la Costa Caribe y el litoral Pacífico llegaron a ser como un par de hermanas siamesas, esos gemelos que por un error en su desarrollo embrionario nacen atados el uno al otro, conectados por un pedazo de cartílago o hueso, compartiendo con frecuencia órganos vitales y que aún siendo dos personas diferentes, están condenados a formar un sólo cuerpo de una manera artificial. A veces, la ruptura del lazo que los une puede ser fácilmente realizada por el cirujano y los gemelos pueden vivir separados, cada cual por su lado, como corresponde a dos personas distintas; otras veces, la unión de los siameses es tan complicada, las ataduras tan intrincadas o la dependencia de uno al otro gemelo tan fuerte que la separación significaría la muerte de uno o de ambos gemelos.

Podríamos viajar muy hacia atrás en el tiempo y decir que la diferenciación del Caribe y del Pacífico empezó a producirse desde el momento mismo de la creación divina, pero yo no creo en esas cosas y me parece además que no es necesario ir tan lejos. La conquista por la corona española de los inmensos territorios del “nuevo” continente “descubierto” por Colón, marca para América Latina y en particular para Nicaragua un punto de inflexión, el acontecimiento que habría de definir su historia. Sin exageración puede decirse que la llegada de los españoles constituye para América, efectivamente, el momento de la creación. Termina ahí todo lo anterior, lo que sea que ello fuese, y empieza una época nueva en que se recoge aquello que ha quedado en pie de los tiempos anteriores y se junta con las cosas que allende los mares han llegado. La creación de la Nicaragua de hoy empieza entonces a producirse, los caminos diferentes seguidos por el Caribe y el Pacífico empiezan entonces a delinearse y a transitarse. [Más adelante le cuento esto de nuevo y se lo cuento mejor]

Cuando los españoles llegaron por fin a la conquista de Nicaragua desde el Norte y desde el Sur, dos décadas después del primer contacto y tres desde el “descubrimiento”, concentraron sus operaciones en el territorio que se encuentra en la mitad Oeste del país. La escogencia no fue casual, era a este lado del país que se encontraban las mayores concentraciones de población y los diferentes pueblos que habitaban la región mostraban un alto grado de desarrollo. Recuérdese que los españoles estaban interesados en un principio en la riqueza ya realizada, esto es, metales y piedras preciosas trabajadas en la forma de objetos ornamentales y ceremoniales y de eso había buena cantidad. Una vez que esta riqueza era apropiada, embalada, subida en un barco y despachada a la metrópoli al otro lado del Atlántico, la otra fuente de riqueza la constituía la mano de obra, capaz de producir riqueza. El litoral pacífico y el centro-norte del país, por su alta concentración de población y la sofisticación de sus modos de vida constituyeron la fuente de mano de obra que los españoles necesitaban para extraer los metales que les eran tan preciados y producir los bienes necesarios para la vida.

Existen a lo largo y ancho de toda Latinoamérica multitud de territorios y grupos de población que los españoles no sometieron nunca y no incorporaron —o incorporaron a medias— en el nuevo orden de cosas que fueron estableciendo. No tuvieron los españoles el tiempo suficiente, la energía suficiente o la suficiente necesidad para hacerlo y no lo hicieron. En muchos casos, los descendientes de aquellos españoles tampoco pudieron dominar e incorporar esos territorios a los estados nacionales que se crearon cuando las colonias se hicieron independientes. La Costa Caribe nicaragüense es uno de esos territorios.

Aquel inmenso territorio que se extendía hacia el Este no tenía para los españoles de los primeros tiempos ningún atractivo. No había ninguna riqueza allá, los pequeños grupos dispersos de población que la habitaban vivían en las más terribles condiciones, muriendo como moscas por las enfermedades y el capricho de los elementos y no se tenía noticia que hubieran allá yacimientos de oro o plata u otras fuentes de riqueza. No había nada que justificase adentrarse en ese agreste territorio, lleno de fieras, serpientes y lagartos al acecho y exponerse a la furia del inconstante clima, a las lluvias torrenciales y a las enfermedades, en una geografía inhumana, sin caminos porque los caminos se cerraban apenas abiertos, de selvas impenetrables donde ni siquiera los rayos del sol podían entrar y donde quedabas expuesto a la horrible tristeza que según algunos que habían sobrevivido en la selva, te atacaba cada noche y te hacía sentir pequeñito y abandonado y te hacía llorar como un niño de pecho.

En Mayo de 1992, subido en una moto Honda 185 viajé a toda velocidad por la recién abierta trocha —el polvo de los últimos tractores no se asentaba aún— que conectaba la Colonia Naciones Unidas en el municipio de Nueva Guinea con la ciudad de Bluefields. A todo lo largo del viaje por aquel paisaje de ensueño fui deteniéndome constantemente para contemplar la geografía de esa región indomable que al fin permitía el paso por tierra a visitantes del Oeste, luego de 500 años de resistencia. Aquella noche, de regreso ya en Nueva Guinea me fue difícil conciliar el sueño después de haber recorrido de ida y de vuelta y en un mismo día los últimos ochenta kilómetros que le faltaban a los españoles para completar, después de cinco siglos, la conquista y tener acceso finalmente a todo el territorio.

Continuará...

sábado, octubre 14, 2006

Hermanas Siamesas (1)




[En esta serie quiero referirme a la así llamada Costa Atlántica de Nicaragua (en realidad deberia llamársele Costa Caribe), su relación histórica con el litoral del Pacífico y el trato que los sandinistas le dieron en los años de revolución]

La primera cosa que pensé, al desembarcar en el muelle de Bluefields aquella tarde de 1976 fue que había dejado Nicaragua y estaba arribando a un otro país. El aire trayéndome deliciosos aromas que por primera vez percibía y no sabía interpretar, aquellas lenguas tan extrañas para mí que esa gente alegre, despreocupada y ruidosa usaba para comunicarse entre sí, la música y los otros sonidos, la arquitectura, la geografía, en fin, cada cosa que iba viendo, oyendo, sintiendo, me decía que esto no era Nicaragua, que este era otro país y otra gente. Yo era para entonces nada más que un joven de dieciséis o diecisiete años, sin mucha experiencia de la vida, haciendo un viaje escolar en el último año del bachillerato, que no sabía muy bien qué cosa era otro país pues además de Nicaragua sólo conocía Costa Rica, un país no muy diferente. Además de mi juventud e inexperiencia, desde esa madrugadita mi juicio estaba profundamente afectado, fuera de balance o quizás hasta perdido y andaba como flotando en una nube rosada, naranja y púrpura. Esa madrugada, a eso de las tres y cuarenticinco me había enamorado —a primera vista por supuesto como todos mis enamoramientos— de una manera que hasta entonces no había experimentado, ni en forma ni en intensidad ni en velocidad. Fue asunto de tropezar suavemente con ella en el pasillo del bus, mirar sus ojos en la escasa luz y escuchar esa vocecita suya diciendo en voz bajita “¡Oh, perdón!” y me enamoré, irremediablemente. Le bastaron un par de segundos a esa jovencita delgadita y bella como no había visto nunca, para conseguirse un incondicional, alguien que hubiese hecho cualquier cosa que ella le pidiese. Yo era y sigo siendo quizás, pupilo de la escuela romántica cortapulsos y mi noción del amor y de amar eran más o menos aquellas que las canciones mexicanas nos metían en la cabeza desde la omnipresente radio. Había seguido a mi hermano mayor y sus amigos cuando salían a poner serenatas y suspiraba con aquellas canciones de total entrega y me conmovía con versos como “buscaba mi alma con afán tu alma” y “yo presentí en el mundo tu existencia y como a Dios sin verte te adoré”. Había visto a mas de un hombre grande y fuerte que ya borracho caía víctima de la cabanga y “aturdido y abrumado por la duda de los celos” lloraba como niño de pecho la pérdida de un amor. El amor, había oído yo más de una vez, cuando es amor de verdad, duele cuando se pierde, con un dolor que no tiene comparación. Así me enamoré yo aquella mañanita, con todo el güevo, y así de golpe, empecé a entender los poemas de Neruda que leía en los libros de mis hermanas y las novelas clásicas francesas que mi amigo Adonai, lector insaciable, me prestaba sacándolas subrepticiamente de la enorme biblioteca de su padre.

Aquella mañanita habíamos dejado Rivas a eso de las dos de la mañana, en un bus alquilado que nos llevaría a Rama donde tomaríamos el barco hacia Bluefields. Eramos veinte o veinticinco estudiantes del quinto año de bachillerato acompañados por los dos maestros (uno de ellos era mi hermana) más simpáticos del Instituto Rosendo López. En la Colonia Centroamérica, en Managua, recogeríamos a un grupito de estudiantes del Colegio Cristóbal Colón de Bluefields, que serían nuestros anfitriones en su ciudad. En este grupito venía esta joven que les cuento, que tropezó conmigo como les he contado.

Apenas se subieron las blufileñas (creo que sólo había mujeres) la atmósfera del bus cambió por completo, llenándose de una alegría contagiosa que nos habría de acompañar cada día de este maravilloso viaje. Aquellas cancioncitas románticas, dulcetes y pendejas que veníamos cantando ['tan pequeña es, tan frágil es... sin tí lo sé, yo ya no puedo vivir”] dieron paso a la música vibrante que aquel grupito de muchachos empezó a cantar [“ay, ay, ay, playa bonita y su bello mar”] y acompañar usando como tambores los asientos del bus. Aquella jovencita cantaba, bailaba, reía y con cada cosa que hacía o decía me iba yo enamorando más, me iba idiotizando más y más y dejando en mí una profunda impresión. Se llamaba Gloria Bacon y no era sólo bella, tenía además una gracia como yo nunca había visto hasta entonces ni volví a ver jamás. Este amor —no recuerdo bien si se lo confesé— fue platónico y uni-direccional, como todos los amores míos de aquel tiempo, porque yo era para entonces sólo un teórico del amor y por más que hubiese leído El arte de Amar, Narciso y Golmundo y otros sabios volúmenes —cuyo nombre he olvidado— sobre el tema del amor, era completamente incapaz de llevar la teoría a la práctica: no agarraba nada.


martes, octubre 10, 2006

Ser sin rumbo cierto (1)

Con todo, aunque las condiciones de vida eran muy malas, no eran ellas las causantes de nuestra desmoralización, sino el hecho que no había ninguna compensación a esas terribles condiciones en las que nos encontrábamos metidos hasta el cuello. No veíamos el sentido de estar ahí recutidos en el culo del mundo, haciendo nada, cuando nos habíamos alistado para combatir al enemigo a sangre y fuego, pero no se veía ningún enemigo por ningún lado y las emboscadas que poníamos y las peinadas que salíamos a hacer por días y días no deban ningún resultado, en nuestro peine no caía ni un piojo, nada. Estábamos sufriendo para nada, estábamos perdiendo el tiempo para nada y esa idea nos resultaba insoportable. Si no hubiésemos estado tan lejos de seguro que habría habido una deserción masiva, pero estábamos a días y días de camino de cualquier lugar y las maneras de regresar eran tan complicadas, los caminitos tan intrincados que la sola idea de escapar era rechazada apenas se te ocurría. La mejor manera de irse era enfermándose, pero para que te mandaran a Bluefields, la salida “natural” de El Tortuguero, a un montón de horas de viaje por el río en bote rápido, tenías que estar gravemente enfermo pues en el caserío había un puesto de salud con unas pocas camas en el que atendía un médico y dos o tres enfermeras. Los enfermos eran atendidos en este puesto en primera instancia y si el caso lo ameritaba el enfermo era sacado en la lancha ambulancia hacia el hospital de Bluefields.

Aunque hubo muchos intentos, no fueron muchos los que salieron por esta vía. El primero en irse fue el más joven de dos hermanos gemelos chelitos, flaquitos, de cara triste y muy jovencitos, que se pegó un tiro en el pie, hastiado de la vida que estábamos llevando. El médico del puesto de salud, con todo y que tenía experiencia en heridas de bala, vio el asunto muy complicado para tratarlo en las humildes condiciones de su puesto de salud, le inyectó un fuerte analgésico y lo despachó de inmediato con una enfermera que llevaba otra dosis de analgésico por cualquier contingencia. Más tarde supimos que en realidad no le había ido tan mal y que iba a recuperarse. Al del tiro en el pie le siguió unos días más tarde el más joven de los soldados, un flaquito morenito de catorce años que del estrés terrible agarró un estreñimiento que resistió a todos los laxantes del médico, a los remedios caseros de las viejas del pueblo y a las amargas hierbas del curandero miskito que vivía a un día de camino y con el que dimos de pura casualidad en una de nustras peinadas.

Daba lástima ver a aquel muchacho que más que flaquito era un saco de huesos, con aquella gran panza que le iba creciendo cada día y a la que no lograba acostumbrarse, que no aprendía a controlar y que lo obligaba a caminar trastabillando. Era un muchacho tranquilo y ruiseño y todo el mundo estaba preocupado por él así que a cada rato todo el que aún no lo había visto ese día le hacía la misma pregunta: “¿Cagaste?” o le hacía una broma que el cipote aguantaba estoicamente.

El muchacho era muy paciente, pero un día, cuando habrían pasado ya cerca de dos semanas desde su última deposición, alguien en la fila para comer le repitió por enésima vez la gastada pregunta “¿Cagaste al fin?” y el muchachito, quizás aburrido ya de tanta preguntadera y alterado seguramente su metabolismo por la falta de evacuación del vientre, nos soltó en una voz chillona y llena de aflicción una retahila enorme en la que entre otras cosas decía que no, que no había cagado ese día ni el de ayer ni ningún otro desde el martes de la semana anterior hacía ya trece días, que al día siguiente cumpliría 14 días sin cagar, que su última cagada había sido blancuzca, aguada y lechosa, adornada con las semillas de una guayaba que se había comido el día anterior a ese, que cada día se sentaba en el excusado e intentaba defecar pero no podía, que había probado 65 diferentes remedios pero que no le hacían nada, que ya estaba harto de tanta pregunta y que lo que iba a hacer era que el día que al fin pudiera cagar iba a salir con el pito y el tambor anunciando la cagada y que además lo iba a anunciar en un rótulo en grandes letras blancas, en el centro del pueblo para que todo el mundo supiera que había cagado. Dijo que pensándolo bien lo que le arrechaba en realidad no era que todo el mundo le preguntara siempre lo mismo, sino el hecho que le preguntaban por preguntar, por curiosidad de vieja chismosa y que estaba harto ya de hablar mierdas. El muchachito, que había dicho todo esto y más casi sin respirar se quedó de pronto quieto, puso los ojos en blanco, suspiró y se desplomó, desmayado. Uno de los sanitarios que casualmente estaba muy cerca lo agarró en el aire y evitó que se golpeara al caer al suelo. El sanitario lo sentó despacito en el piso mientras intentaba reanimarlo.

—¡Puta! —dijo el sanitario arrugando la nariz y volteando la cara— ¡Como hiede este muchacho! Yo me acerqué para comprobarlo y me dí cuenta que el sanitario no mentía ni exageraba. El muchachito hedía de un modo parecido al olor que despide la mierda que se ha secado al sol sobre una piedra. Hedía también a ropa sucia, pero yo sabía, porque lo había visto esa mañana bañándose en el río, que se había puesto ropa limpia. No, el olor salía de su cuerpo, desde lo más profundo de sus tripas atascadas atravesando su piel, que quizás por servir de filtro al tufo interno había adquirido un tono amarillo verdoso.—A este paso este chavalo se va a morir —dijo el sanitario, y todos los que estábamos alrededor movimos la cabeza, asintiendo. El muchachito tenía un lastimoso aspecto y daba la impresión de ir andando a paso doble por el camino de la muerte. Estaba mucho más flaquito que al llegar unas pocas semanas atrás, los dientes que antes fueron blanquísimos eran ahora amarillentos y para colmo ahí estaba esa gran panza de viejo cervecero, enorme y tilinte como el cuero de un tambor, que parecía a punto de explotar y desentonaba con el cuerpecito del muchacho, que apenas había empezado a emplumar y apenas iba adquiriendo forma de hombre.

—No me gustaría ser yo quien le contara a la madre de este chavalo la manera en que murió su hijo —dijo el sanitario dirigiéndose al jefe de compañía que se había acercado a mirar. El jefe de compañía dio muestras de haber percibido el horrible tufo que el muchacho expelía y le pidió al sanitario que lo llevara otra vez al doctor y que esta vez no regresara hasta que el médico lo hubiera visto y tratado. El sanitario logró al fin reanimar al muchacho y se lo llevó entonces al puesto de salud. Cuando regresaron, a media tarde, el sanitario contó que el médico lo había examinado detenidamente y que al final recomendó llevarlo a chequear más profundamente a Bluefields. El médico se encargaría de mandar a preparar la lancha pera salir a las cuatro de la mañana del siguiente día, todo era asunto de encontrar al motorista de la lancha para darle la orden.


[Más adelante continuaré contándoles sobre El Tortuguero y el jovencito estreñido, ahora, antes de que se me olvide, quiero contarles lo que les contaré en los posts siguientes, un tema que por ahora me interesa más que este. Si no le gusta mi estilo y le molesta que pase de un tema a otro sin terminar ni uno ni otro asunto me avisa y vamos a ver que se puede hacer.]


miércoles, octubre 04, 2006

La vida consciente

Lo que llevábamos en aquel caserío dejado de la mano de Dios no podía considerarse vida, si acaso, se trataba de una vidita. Los que estaban viviendo eran otros, en alguna otra parte, nosotros sobrevivíamos apenas. Era una existencia miserable, en la que nuestra comida consistía de arroz y frijoles por la mañana, frijoles y arroz al mediodía y otra vez arroz y frijoles en la cena. El arroz era hervido hasta que se convertía en una masa pegajosa parecida al almidón, en una olla enorme en la que una buena cantidad del arroz se pegaba casi siempre al fondo y “ahumaba” todo el contenido que adquiría un penetrante olor a humo y un terrible sabor a cosa quemada. Cuando Kaki —hermano menor del pueta Mincho y sargento de la compañía— con su mano peluda que no se lavaba nunca, ponía en tu plato la pelota de arroz que te correspondía, había que comerlo pronto porque a medida que pasaban los minutos se volvía mas incomible y se hacía más difícil despegarlo del plato o de la hoja de plátano. Los frijoles eran cocidos y re-cocidos y vueltos a cocer porque eran usualmente de la peor calidad, viejísimos y duros, tanto que ya casi no era posible suavizarlos, por más que se pusieran en remojo toda una noche o se cocieran con cal o con hojas de papaya. De vez en cuando, un pedazo de carne cocida sin ningún condimento y sin ninguna gracia, dura, grasosa, maloliente y resbalosa acompañaba esta ración y en esas ocasiones terminábamos con dolor en las muelas de tanto masticar esa cosa parecida a suela de zapatos, pero quedábamos satisfechos y contentos. A veces algunos de los muchachos más jóvenes —aquellos creo yo que tenían madres que sabían cocinar— soltaban una que otra lágrima a la hora de la comida, recordando quizás las cosas que sus madres les preparaban en sus casas. A veces faltaba el arroz, o los frijoles, y nos quedábamos días y días comiendo nada más que arroz o frijoles. Las comidas se preparaban en unas pésimas condiciones sanitarias por lo que las diarreas y las infecciones intestinales estaban a la orden del día.

Cuando no estábamos preparando los alimentos y comiendo o haciendo guardia nos la pasábamos casi sin hacer nada. En los primeros días los jefes nos levantaban antes de la salida del sol a hacer ejercicios, que a decir verdad no eran tan exigentes, pero eran odiados a muerte porque se hacían en las horas más frescas del día en las que el sueño es el más delicioso. A estos ejercicios les llamábamos “matutinos” y consistían más que nada en ejercicios para mantener las coyunturas en buen estado y ejercicios de estiramiento, todo acompañado por supuesto, de una serie de consignas destinadas a mantenernos con la moral en alto y bien enfocados. Así, para darles un ejemplo, mientras hacíamos nuestros ejercicios el político de la compañía o del pelotón a voz en cuello nos preguntaba “¿Tienen hambre?” y nosotros, hambreados y todo respondíamos a una sola voz “¡No!” y el político de nuevo preguntaba “¿Tienen sed?“ y nosotros, que hubiéramos hecho casi cualquier cosa por un vaso de agua, contestábamos al unísono “¡No!” y el político de nuevo preguntaba “¿Están cansados?“ y nosotros que deseábamos con ansia loca irnos a dormir respondíamos, mentirosos que éramos, con mucho ardor “No, los hijos de Sandino no se venden ni se rinden ¡JAMÄS!“

Con el paso de los días, el aumento de la desmoralización de la tropa y el debilitamiento físico general, le fue cada vez más difícil a los jefecitos conseguir que nos levantáramos a hacer ejercicios. Al principio castigaron —con más horas de guardia o más tareas— a aquellos que no se levantaban pero luego ni con gritos ni con amenazas consiguieron arrancarnos del piso de madera que nos servía de cama. Con frecuencia fingíamos estar enfermos o lo estábamos en realidad y nos quedábamos tendidos en nuestros miserables lechos hasta ya bien entrada la mañana. Luego de algunos días en que sólo un grupito mudo y serio se levantaba a hacer los ejercicios, estos se suspendieron definitivamente y sin aviso, en una acción que la tropa agradeció a los jefecitos en silencio.

Nuestra vidita se volvió con el paso de los días tan pequeñita que las cosas que nos alegraban eran cosas que en condiciones “normales” ni siquiera hubiéramos notado. Los placeres más grandes eran cosas como bañarse en el río y ponerse luego una mudada de ropa limpia al regresar al campamento después de haber estado fuera varios días en misión. Cuando salías del río, recién bañado y oloroso a jabón te sentías el hombre más guapo del planeta, como cuando éramos niños y salíamos del peluquero con el pelo cortado al rape y un copetito y oliendo a colonia.

Pero si la comida era mala, si dormíamos tirados en el piso como limosneros y toda la vida en general era terrible, lo peor de todo era, sin lugar a dudas, las tres horas de guardia —la “posta“ le llamábamos— que cada cual debía hacer cada noche. Si tenías suerte te tocaba el turno que iba de las seis de la tarde a las nueve de la noche. Este era el mejor turno porque había aún movimiento en el pueblo y en el campamento y no te aburrías ni te entraba sueño y hasta venían tus compañeros de escuadra a platicar con vos. Además, cuando terminabas, la noche era aún joven y podías ir a dormir largamente. Los turnos que seguían iban haciéndose cada vez más pesados. El turno de nueve a doce era muy duro porque seguramente aún no habías dormido por estar esperando tu turno y estabas cansado y tenías que luchar contra el sueño a lo largo de tres horas. Además después te ibas a dormir y sólo podías dormir unas pocas horas antes de que el movimiento empezara, temprano en la madrugada. La posta de tres a seis de la mañana era bastante liviana si te habías ido a acostar temprano, lo malo era que luego de la posta ya no podías ir a dormir y te quedabas todo el día como un zombi, cayéndote de sueño.

El peor de todos los turnos era el que iba desde las doce de la noche hasta las tres de la mañana. Si tuviste suerte habías dormido dos o tres horas, un tiempo insuficiente, que sólo te había servido para que te diese más sueño. Te levantabas amargado, bravo, con hambre y sed a pararte como pendejo en mitad de la noche, en la oscuridad, en el frío y quizás bajo la lluvia, mientras todo el resto del mundo dormía a pierna suelta y vos podías oír desde tu puesto los ronquidos de tus compañeros, gozando del sueño. Empezaba entonces una lucha terrible de ciento ochenta minutos seguidos en la que te enfrentabas a vos mismo, tus temores y tus recuerdos y te paseabas de acá para allá tratando de espantar el sueño y el miedo. De pronto, una sombra se movía frente a tu puesto y vos imaginabas que era un contra y tomabas posición y le gritabas “¿Quién vive?“ y la sombra no te respondía y vos la examinabas bien y veías que se trataba nada más de una rama moviéndose al compás del viento y respirabas aliviado, sólo para asustarte de nuevo un minuto después al escuchar un ruido que venía hacia vos a ras del suelo y te imaginabas que era otro contra que de pronto se levantaría para apuñalarte como hacen en las películas gringas, pero no, era sólo un chancho hambreado, tratando de apagar el ardor de las tripas con lo que fuese que pudiera encontrar. A veces, no importaba si estuvieses sentado o de pie, te quedabas dormido por unos segundos nada más y a vos te parecía que habías dormido un montón y te sobresaltabas pensando que ya venían a cortarte el cuello y respirabas agitado tratando de orientarte y encontrar de nuevo tu posición en ese mundo que de pronto se te había ido y del que habías perdido todo punto de referencia y ya no sabías quién eras y como te llamabas y que estabas haciendo ahí. En este turno, si no te atacaba el sueño y estabas despierto y despabilado te atacaban entonces los recuerdos y una profunda melancolía se apoderaba de vos. No podías evitar comparar tus condiciones de vida actual con tu vida real, allá en Managua y te preguntabas qué putas andabas haciendo en esta movilización de mierda cuando hubieras podido estar en mil otras cosas.

A media posta se aparecía usualmente el “rondín”, que era casi siempre el jefe de tu pelotón acompañado de alguno de tus compañeros que recorrían los puestos de guardia para animar a los centinelas y para controlar que no se quedaran dormidos. La llegada del rondín te alegraba siempre, no importa quienes fuesen los que llegaban o si te cayeran muy mal, pues era un intermedio en tu guardia que te sacaba de los pensamientos tristes o de tu lucha contra el sueño. El rondín se quedaba acompañándote y hablando chochaditas el tiempo suficiente para fumarse un cigarrillo y se iba luego a visitar a los otros postas. Cuando se iba vos quedabas solo, enmedio de la noche y de vuelta a la agobiante realidad de tu miserable existencia. Entonces te la sacabas y te la jalabas. Era una pajita triste, en nada parecida a esa saludable paja que los jóvenes se hacen luego de una visita a la novia en la que hay nada más que prensadas espectaculares, burdas manipulaciones y frenéticos rozamientos y luego llegás a tu casa, te metés al baño y te la jalás, en nombre de la Juanita que esta noche otra vez te dijo que no, que sexo no y te dejó a medio palo, alborotado y en temblores. La paja del soldado allá en la posta era más bien como un recurso último, un premio de consolación frente a una vida en nada amable. Si nadie parece quererte, si nadie te acompaña y estás ahí solo y triste en ese mundo oscuro al menos te tenés a vos mismo, a la zurda y la derecha, a la estimada, nunca bien ponderada doña Manuela Palma, la incondicional, para darte consuelo y un poquito de placer en este tan poco placentero mundito de dios. Te la jalabas entonces sin mucha alegría, sin mucha emoción, un tanto mecánicamente y en lugar de terminar en una explosión de júbilo con una lluvia de fuegos artificiales, terminabas en una pequeña descarga, como de una triquitraca, ¡pum! y sanseacabó, te juistes tiste y ni adios dijiste. Por suerte, de madrugada y todo oscuro nadie podía mirar tu cara de idiota feliz.

Seguramente que a tu hermano, padre, tío o primo que te ha contado de sus aventuras como soldado de la reserva o del servicio militar obligatorio en aquellos tiempos, le habrá dado pena y se habrá saltado esta parte del cuento. No te ha contado seguro como gracias a esa pajita desolada pudo sobrevivir al hastío, el abandono y la enorme tristeza de aquellos días. A lo mejor ni siquiera es consciente de ello, o a lo mejor sí pero le da pena contarlo, pero yo que no tengo pelos en la lengua, o la tecla en este caso, te puedo asegurar que aquella desacreditada, incomprendida y vilipendiada paja jugó un papel fundamental en la vida del soldado. A más de uno, una sacudida a tiempo, en sus más tristes momentos, le habrá salvado la vida, le habrá calmado y reconciliado con el puto mundo que tan mal lo estaba tratando.

sábado, septiembre 23, 2006

El significado de la palabra rebeso

Esto que ahora voy a contarles habrá seguramente ocurrido a inicios del año 1980, lo sé porque para entonces me encontraba en un proceso de búsqueda —un proceso muy complicado pues no sabía qué era lo que buscaba— que me llevaba a regiones geográficas en las que me sentía a gusto y en las que yo pensaba que encontraría lo que fuese que anduviera buscando. Para esa época me encontraba también en una de mis más profundas crisis financieras (para llamar de un modo elegante mi palmazón) así que para seguir en mi búsqueda y ganarme unos bollitos, me ofrecí para ir a vender ropa que una amiga de una de mis hermanas traía de Miami o Panamá o no sé de dónde. No creo que la amiga tuviese mucha confianza en mis habilidades como vendedor, pero aceptó después de un rato mi idea de ir a vender a Bluefields algunas docenas de camisas de colores chillantes que según creía yo, le encantarían a los blufileños que harían fila para comprarlas.

Así, una mañanita de enero iba yo viajando en un bus amarillo, de la marca ‘Thomas’, que en su juventud había transportado escolares en California y ahora viejo vivía una segunda vida, mucho más agitada que la anterior haciendo cada día el trayecto Managua-Rama y vuelta para atrás. Hacia el Rama iba pues, donde tomaría el barco a Bluefields, cabeceando de sueño y entregado a los recuerdos.

Bluefields era para entonces el lugar más agradable en mi memoria, el que despertaba en mí los más tiernos sentimientos y las más ardientes calenturas. Me ponía tiernito porque me recordaba a mi primer gran amor platónico, una morenita delgadita y de ojos verdes, bella como yo no había visto nunca, que cantaba y bailaba como si hubiera nacido para el canto y para el baile y en cuya presencia me volvía el más pendejo de los pendejos, de tanto amor que le tenía y no era capaz de confesarle, aunque yo sabía que ella sabía y ella sabía que yo sabía que ella sabía.

La morenita fue mi gran amor callado hasta una noche terrible en que decidí que el amor platónico era más insoportable que el rechazo y me fui a buscarla resuelto a confesarle mi amor, pasara lo que pasara. Era la noche de un sábado y después de darle tres vueltas a la manzana de su casa para agarrar valor, entré finalmente, cuando el carillón de una iglesia muy cercana —nunca voy a olvidar este detalle fatídico— anunciaba en un tono festivo que eran las siete en punto.

A mí me habían contado que en la vida alguna vez viviría situaciones difíciles, que alguna vez conocería el miedo y alguna vez sabría lo que era el sufrimiento. Esa noche entendí por fin el significado de estas frases, pero cualquier cosa que me hubieran dicho no podía haberme preparado para la terrible tortura de estar ahí sentado frente a esa muchacha de diecisiete años no cumplidos, de manos tan lindas y suaves, de voz tan dulce y sonrisa tan amable. Casi no le dije lo que había llegado a decirle y había practicado cien veces frente al espejo. Casi me fui, casi salí corriendo para irme a dormir al muelle y salir en el primer barco que saliera esa noche a cualquier parte. Casi, pero ella advirtió quizás que yo temblaba y pensaría quizás que estaba yo enfermo y se puso más amable y me dio té y galletitas que ella misma había horneado y me sonrió y me habló bajito y me contó cositas y yo pensé, iluso que siempre he sido, que eran buenas señales, que el ambiente era propicio. Le solté entonces todito el cuento, así de romplón, torpe como una mula mal bozaleada. Le solté un cuento idiota, inconexo, pendejo y ella me escuchó pacientemente, y dulcemente me fue rechazando, explicándome que tenía un novio desde hacía casi un año, que estaba enamorada de él, que yo le caía muy bien, que no quería herir mis sentimientos, pero que no podía ser más que mi amiga, una buena amiga. Hablamos todavía un poco más y yo me fuí y si antes de entrar estaba ya enamorado, ahora que salía, rechazado del modo más dulce imaginable, salía de esa casa loco de amor, con ganas de darme contra las paredes.

Pensar en Bluefields me ponía también en temblores febriles porque venía a mi memoria el recuerdo de aquella negra alta y de amplias formas que me encontró esa noche lloriqueando, medio bolo, en un rincón de un bar, y cuando supo por qué lloraba me llevó a su casa y a su cama y se empeñó en consolarme de la mejor manera que ella sabía consolar, una y otra vez, toda la noche y la mañana del día siguiente, hasta que recordar el rostro de la morenita ya no me produjo más tristeza. Me enamoré de ella también, con una forma de amor que yo no conocía, y caí en la cuenta que todos los poemas de amor que hasta entonces había escrito eran nada más que paja, vacíos, incompletos, ignorante de mí. Caí también en la cuenta que la idea del amor de pareja predicada por los curas era empobrecedora, limitante y hasta incluso quizás sub-desarrollante, porque bien se podía, ahora lo veía con suma claridad, amar a más de una al mismo tiempo. De aquella cama inmensa salí más entendido y comprendí que una cama es también una escuela para aquel que está abierto a la enseñanza. Cuando salí a la calle, cerca ya del mediodía, la ciudad vibraba bajo un sol deslumbrante y el aire traía un olor fascinante que antes nunca había percibido.

El lunes me subí de madrugada al ‘Bluefields Express’ y me fui porque tenía que irme, sin despedirme de ninguna porque no las encontré ya más la tarde del domingo. Me quedé horas de pie en la popa del barco, mirando la estela que iba dejando, añorando a mis dos amores, hasta que resolví que regresaría el mes siguiente. Pero no volví ni el mes siguiente ni el otro ni el siguiente. Para entonces el país entraría en una vorágine que no habría de conocer final por mucho tiempo y envolvería a todos. Mucho tiempo habría de pasar antes de poder yo encontrar al fin el piso o lo que fuese que para entonces sentía bajo mis pies.

Desde esa madrugada ni la una ni la otra se fueron de mi memoria y allá iba yo ahora de regreso, tres años después, a buscarlas, temeroso de encontrarlas porque no sabía qué les diría y no sabía con certeza qué cosa era lo que yo de ellas quería. Allá iba yo en el bus lleno hasta la pata de gente, sentado al lado de la ventana de la primera fila, detrás del chofer que bebía bolsas de fresco una tras otra tratando de apagar la sed que una horrible goma le producía. No me acuerdo si habíamos salido de Managua de madrugada o desde la noche anterior, pero recuerdo bien que la travesía parecía interminable pues el bus paraba cada cinco minutos para subir y bajar pasajeros y viajábamos por una carretera que parecía tener más cráteres que la luna y a cada momento debíamos reducir la velocidad para capearlos o entrar en ellos despacito, para que no se quebrara la suspensión del pobre vehículo que constantemente hacía crack por todos lados, quejándose del maltrato y bramando como un buey viejo al que se le exige con un chuzo que jale una carreta demasiado cargada.

A media mañana, a la altura de La Gateada, subió al bus y dijo buenos días una mujer pequeñita y descalza, de edad indefinible, llevando de la mano a un niño que parecía tener unos diez años. Se pararon a la par del asiento en el que yo iba sentado y se agarraron de éste pues no alcanzaban el pasamanos del bus, demasiado alto para ella. Pasado algún tiempo la mujer y la niña que iban al lado mío se bajaron y la vieja y el niño se sentaron, la vieja a mi lado y el niño al lado del pasillo. Yo no les presté demasiada atención, ocupado como estaba en tratar de dormir y acabar con mi propia goma, que si bien no era tan angustiosa como la del chofer no dejaba de molestarme. Ya había pasado un buen rato de zangoloteo cuando la mujer me tocó el hombro y con una vocecita muy finita me dijo ‘Siñor, ¿Me podría dar la ventana? Es que fíjese que yo rebeso’. Apenas estaba empezando a soñar con la morenita de los ojos verdes cuando la vieja me despertó así que la interrupción me causó irritación. ‘Señora’, le dije tratando de no sonar demasiado bravo, ‘en primer lugar no me diga señor que sólo tengo veinte años y soy palmado y en segundo lugar no le voy a dar la ventana porque este es el único lugar donde puedo dormir y yo vengo desde largo y me he pasado casi toda la noche en vela’. ‘Bueno, ay perdone’, dijo la vieja humildemente.

Yo cerré mis ojos y empecé un sueño en el que bailaba con la negra hermosa un palo de mayo brutal en el que ella se me restregaba todita, y de nuevo otra vez, la vieja con su vocecita me interrumpía y me bajaba de mi sueño que prometía un buen final: ‘Siñor, siñor’, me dijo y sonaba afligida, ‘¿Me podría dar la ventana? Es que fíjese que yo rebeso y voy algo almareada’. Y yo otra vez, odioso y cortante, casi sin escucharla, le volví a decir que estaba tratando de dormir, que por favor me dejara en paz, que ella seguramente ya pronto se iba a bajar y yo aún tenía un largo viaje por delante. El chofer miraba constantemente por el espejo retrovisor y se mantenía atento a la conversación que la vieja y yo sosteníamos. Me pareció ver que sonreía.


‘Bueno, después no diga que no le dije’, dijo la vieja.


Yo me fui a dormir y esta vez era de nuevo la morenita de ojos verdes quien se me aparecía en sueños y me abrazaba y me besaba apasionadamente y me decía que siempre me había querido y me hacía sentar a su lado en un sillón en el porche de su casa y me tocaba el brazo y yo me despertaba para encontrarme con la cara de la vieja que otra vez me interrumpía, esta vez sin decir nada, tocando mi brazo nada mas. En esta ocasión la miré más atentamente y me pareció que su piel adquiría un tono verdoso y sus ojos parecían a veces ponérsele en blanco por breves momentos. ‘Mire señora’, le dije ya bravo y abiertamente repugnante, ‘ya es mucha la fregadera. No le voy a dar la ventana y punto. No sé qué putas es eso de rebeso o reboso o rebaso o lo que sea y no me interesa saber. Si quiere tener ventana cómprese su carro, mientras tanto, por caridad de dios déjeme dormir antes que me agarre migraña, que es un dolor de cabeza horrible’. Me pareció que mis palabras surtían efecto porque la vieja lo único que entonces dijo fue un ‘bueno’ muy bajito. El chofer, que miraba siempre por el espejo parecía estarse divirtiendo con la conversación.


Un momento después me quedé de nuevo medio dormido, sin soñar, por un rato bastante largo, cuando de pronto el bus entró demasiado rápido a un hueco de la carretera, se detuvo en seco y se movió bruscamente hacia delante, atrás y a los lados. Yo sentí entonces en el hombro, el cuello y el pecho un caldo caliente y grueso que alguien me había echado encima y abrí mis ojos sólo para alcanzar a ver aún a la vieja que después de haberme vomitado en una primera violenta oleada, trataba de parar el vómito de una segunda oleada con su mano puesta en la boca, para conseguir nada más empeorar las cosas, pues el vómito salía ahora por entre sus dedos y los lados de la mano hacia todas las direcciones. Yo sentí un tufo horrible y para mi asco y asombro pude ver en mi camisa todo el contenido del estómago de la vieja y pude saber qué cosa había desayunado la glotona. Restos de tortillas, huevos, frijoles, maduro frito, queso, crema, café y vaya usted a saber qué mas, se confundían en una mezcla ácida nauseabunda que me daba la sensación de quemarme la piel y que yo quería quitarme de encima a toda costa. A la vez que empezaba a quitarme la camisa, le dejé ir a la vieja sin piedad toda la caja de lustrar. ‘Vieja chancha hija-de-la-gran-puta, como vas a creer que me hayas vomitado, cerda maldita, ¿Por qué no me dijiste nada?’


‘No jodás’, me dijo la vieja que ahora ya no sonaba tan humilde como antes, ya no me decía señor y me voseaba, ‘pero vos tuviste la culpa, bastante te dije que yo rebesaba’.


El chofer detuvo el bus no porque se apiadara de mí, sino porque de tanto reírse ya no era capaz de seguir manejando. Todos los pasajeros se reían a carcajadas mientras yo, echando sapos y culebras, bravo como un cascabel, me bajaba con la camisa colgando de mi mano extendida hacia adelante, para ir a lavarme brazos, manos, cara y pecho en un charco que la lluvia de la noche anterior había dejado en medio de la carretera. Del bus salían risas y frases mientras yo buscaba en mi valija algo para ponerme y me echaba colonia ‘Old Spice’ para tratar de matar el tufo, un tufo que habría de quedar grabado de manera indeleble en mi memoria. ‘ ’ta bueno que te pase, por hijueputa, flaco maldito, le hubieras dado la silla a la señora’, me dijo un hombre alto y chintano. ‘Vení amor que te beso y luego te rebeso’, me dijo una mujer gorda que vendía chancho con yuca. Y la gente no paraba de reírse y se reían aún diez minutos más tarde, cuando la vieja se apeó del bus y siguieron riéndose y divirtiéndose a mi costa todo el camino hasta llegar a Rama y a todo el que subía le contaban el cuento y todo el que se bajaba me decía algo gracioso, que todo el pasaje del bus celebraba con risas, castigándome de este modo, como si hubiera sido yo el hechor y no la víctima. Me castigaban así por ignorante, por ser aparentemente la única persona en el bus que no conocía el significado de la palabra rebeso.

De vacaciones

Estimados lectores, estimadas lectoras: si no me habían visto por acá es porque me fui de vacaciones a la playa por un montón de días. Me la pasé tirado al sol, bronceándome, embelleciéndome. Creo que de tanto sol que recibí se me secó el cerebro porque por más que lo exprimo no logro hacerlo parir nada nuevo para el blog. Para mientras regresan mis neuronas a su normalidad voy a compartir con ustedes el siguiente post ["El significado de la palabra rebeso"] que he publicado antes en otra parte y que trata de otros tiempos, mucho más atras de la época que ahora voy narrando. A aquellos que lo han leído ya, les ruego disculparme pero como les digo: no me sale nada y no quiero despachar al estimable público con las manos vacías. Espero que les guste y lo recomienden a sus amistades.

[A quienes me han escrito tratando de descubrir mi verdadera identidad y a quienes no me han escrito, les cuento que no, no me llamo Pedro, ni Pedro J. Sándigo ni nada por el estilo, estos son seudónimos inofensivos . Me llamo de otro modo que no les voy a contar ahora porque no es interesante y mi nombre real no les dirá nada de todas maneras]

lunes, septiembre 04, 2006

Goyita del Santo Espíritu (3 y final)

[Con un poco de retraso paso ahora a contarles en qué paró la cosa con la Goyita]

Cuando llegamos a su casa encontramos a la Goyita hablando sola y yendo y viniendo de aquí para allá, recogiendo los pedazos de la enorme olla de barro que acababa de romper, mientras el muchacho ayudante alimentaba a los chanchos en el pequeño chiquero con los restos del contenido de la olla. Los chanchos daban chasquidos de placer, disfrutando de lo lindo del inesperado festín. La viejita estaba furiosa y ni siquiera se dignó a mirarnos llegar.

—Buenos días —dijo Mincho, con el deje cantadito usado por los campesinos de la zona.

La viejita alzó entonces los ojos para mirarnos y sin contestar al saludo regresó a su ocupación.

—Parece que aquí hubo un accidente —dijo el pueta, mientras se acuclillaba para ayudar a la viejita a recoger los restos de la olla. Yo fui a sentarme en la banca de madera destinada a los clientes.

—Que accidente ni que accidente, yo misma me la volé, de un sólo trancazo —dijo la Goyita sonriendo, enorgulleciéndose por un momento de su acción. Luego adoptó de nuevo el sombrío rostro que le vimos al llegar.

—Qué barbaridad —dijo el pueta— y ahora cómo le va a hacer.

—¿Cómo le voy a hacer? No hay nada qué hacer, ya no voy a hacer guaro y ya se jodieron todos ustedes. Decile al jetón de tu jefe que ya puede estar tranquilo, que la Goya ya no va a hacer más guaro y sus muchachitos culito cagado milicianos ya no se van a poner hasta el cerco.

—¿Cuál jefe es ese?

—El jefe de compañía, ese que vino a amenazarme con llevarme presa si seguía vendiendo mi guarito.

—Ese hijo de su madre es un abusivo Goyita, él no se la puede llevar presa porque no tiene nada que ver en esto, es reservista no policía. El único que puede decirle algo es el subteniente, ese es el que manda aquí, nadie más, nosotros estamos de paso. El jefe de compañía no sabe ni como se llama él mismo. ¿Por eso hizo usted esta barbaridad, porque ese bandido la amenazó? La viejita asintió con la cabeza.

—También es que la Rosa me metió en miedo —dijo la viejita en una voz muy triste—. Pero lo hecho hecho está, hasta aquí nomás llegué, ahora sólo voy a dedicarme a criar y vender mis chanchitos.

—No —dio el pueta poniéndose serio— esto no puede quedarse así, usted tiene una responsabilidad con la gente de este pueblo. Ahorita mismo voy a ir a hablar con el subteniente y va a ver como arreglamos todo esto. Para mientras quítese el miedo y si viene ese jetón por aquí mándelo a comer ya sabe usted qué cosa y miéntele la madre, que no joda dígale.

—¿Así es la cosa? —preguntó la Goyita, mirándonos un tanto extrañada.

—Así como le digo. Ahorita mismo paso por donde el subteniente contándole todo esto para que ponga en cintura a ese jefecito de nosotros.

—¿O sea que de babosa quebré la olla?

—Bueno —dijo Mincho sonriendo— si fue de babosa o de impulsiva eso será usted misma quien tiene que decirlo. Ahora lo que tiene que hacer es buscarse una olla más grande, y por favor la próxima vez pregúnteme antes de hacer una barbaridad como esa. Eso que usted hizo es un pecado muy grande, ahora que venga el cura vaya y confiésese y ojalá y le impongan una buena penitencia.

El pueta y yo éramos soldados rasos, los de más abajo en la jerarquía y sin ningún poder, pero oyendo al pueta hablar esa mañana cualquiera hubiera dicho que el era el jefe de la tropa.

Cuando hicimos ademán de irnos la Goyita nos pidió quedarnos un momento más, nos ofreció café y un pedazo de ese delicioso pan de maíz que en Managua llaman “cosa de horno” y en mi pueblo “perrerreque”. Disfrutábamos del café cuando de sopetón la Goyita nos confesó que tenía aún otra razón para haber roto la olla.

—Es que estoy arrecha —la viejita frunció la desdentada boca y echó la barbilla hacia adelante. Le costaba echar afuera lo que quería contarnos.

—¿Y por qué está brava? —pregunté entonces, pues la curiosidad me carcomía las entrañas y no había cosa que mas odiara que un cuento interrumpido.

—No, brava no estoy, estoy endiablada que es mucho peor. Es que la Albertina, la biznieta que les he contado que está estudiando y es buena alumna, resultó preñada la muy pendeja, con perdón de la palabra.

—¡Como va a creer! —dijo Mincho, con cara de preocupación. El pueta era mucho más empático que yo, a mí esas cosas me resbalaban, me dejaban frío. Había, pensaba yo, muchas otras cosas en el mundo para preocuparse, estas cosas eran pequeñeces.

—Así es —continuó la Goyita, ahora más relajada—, parece que un su maestro que tenía le enseñó más que sólo la lección. Lástima porque la muchacha era buena alumna y ya con esto va a tener que dejar de estudiar. Porque nadie le va a querer cuidar el cipote para que siga yendo a clases.

—¡Qué barbaridad! —dijo Mincho— ahora con más razón tiene que vender guaro pues va a tener que mandarle riales al tataranieto.

—Tendré que mandarle porque el tal maestro apenas supo que la muchacha estaba preñada se hizo el loco, dejó de hablarle y dijo que el no tenía nada que ver en eso.

—¡Que hijueputa! —dije yo, ensayando un poco de empatía.

—Nada tiene que ver la pobre madre en esto —dijo la Goyita y me lanzó una mirada un tanto despectiva—, la madre echa los hijos al mundo y trata de llevarlos por el buen camino, como la gallina con los pollitos, si los hijos agarran mal camino no es culpa de la que los pare, cada cual es dueño de su propia vida. Hay libre albedrío dice la biblia.

A partir de ese momento no tuve ya mas nada que decir. Mi intento solidario había salido mal así que me quedé callado escuchando a la viejita mientras le iba contando a Mincho todos los pormenores de la situación de la nieta preñada. Cuando al fin salimos de la casita el sol estaba alto y hacía calor.

Tal y como lo había prometido a la viejita, Mincho pasó por donde el subteniente contándole lo que había pasado y como lo había predicho, el subteniente había puteado a nuestro jefe y había ido personalmente donde la Goyita a decirle que no se preocupara y que siguiera en sus actividades si así lo tenía a bien.

A la semana siguiente la Goyita empezaría de nuevo a producir guaro pero para entonces, un suceso muy triste ocuparía nuestra atención: Carlos el generoso compañero que a Mincho y a mí nos daba hospedaje bajo su enorme colcha desde que nosotros vendimos las nuestras, habría de morir en las tristes circunstancias que ya les contaré.

viernes, agosto 04, 2006

Nada de qué arrepentirse

Más de veinte años después de estas aventuras que aquí les narro, me sorprendo aún de haber salido vivo de ellas, sin heridas graves ni físicas ni espirituales, sin sangre en las manos y sin haber hecho algo de lo que pudiera arrepentirme o avergonzarme y sin haber pecado tampoco por omisión. Hay mucha gente, hombres y mujeres, que se apenan y se arrepienten ahora de haberse dejado llevar, de haber tomado parte en estos eventos que capturaron la mente y el corazón de los jóvenes de los años ochenta. A mí no me da pena pues yo participé en una y mil acciones de la revolución de buena fe. Yo, al igual que muchos jóvenes de entonces, quería cambiar el mundo, queríamos que no hubiera pobreza, que los campesinos no se murieran de hambre, que los niños no se murieran chiquitos, queríamos un país pijudo, lleno de gente feliz y por eso nos incorporamos en muchas tareas que según nosotros iban en esa dirección. Hice lo que pude, como miles de hombres y mujeres jóvenes de aquel entonces. Si las cosas no salieron como esperábamos es una lástima, pero no es nuestra culpa y no tenemos que avergonzarnos de ello. Los que tendrían ahora que avergonzarse serían otros, aquellos que anduvieron metidos en muchas cosas buscando siempre su beneficio personal. Tendrían que avergonzarse aquellos que una vez que el FSLN perdió las elecciones se prepearon y se robaron miles de millones de dólares que eran de todo el pueblo. Los arribistas y los piñateros, esos tendrían que avergonzarse, yo no, yo voy por la vida con la frente en alto, palmado pero orgulloso de mis acciones, tanto que ahora escribo estas cosas para que mis pequeñas hijas puedan en el futuro saber qué andaba haciendo su padre en aquellos tiempones, cuando era joven.

Hacer la revolución era lo correcto en aquellos tiempos y a eso me dediqué, yo puse mi grano de arena, sin interés personal, divirtiéndome, jodiendo, irreverente, pero con güevo, con dedicación, con sinceras ganas de arreglar el mundo. Si otros estaban dedicados a otras cosas mientras decían estar en lo mismo, allá ellos, ya les llegará alguna vez su sábado, espero.

[Escrito en respuesta al correo basura (hate-mail) que a veces recibo. Si no les gusta ni modo, pero creo que debía escribirlo.]

lunes, julio 31, 2006

Goyita del Santo Espíritu (2)

De las visitas que hacíamos a la Goyita no volvíamos nunca con las manos vacías. Al regreso traíamos siempre una botellita de cususa para alegrarle la vida a los miembros de nuestra escuadra —y de otras escuadras también— que se atrevían a tomar esa bebida de color claro amarillento y olor indefinible e indescriptible. La verdad había que ser valiente para soportar a la mañana siguiente el dolor de cabeza y el tufo a albañal que salía de la boca producido por el consumo del guaro de la Goyita. La escuadra nuestra era conocida como “la escuadra de los trompudos” pues la mayoría de nosotros éramos, como usted podrá adivinar, trompudos. Más tarde, cuando empezamos a tomar la cususa de la Goyita se nos pasó a conocer también como “los trompudos de las tapas hediondas”. La escuadra más hedionda era la nuestra, pero era también la más alegre.

Desde que el pueta encontró a la Goyita los días fueron pasando placenteramente, hasta que de tanto ir y venir de la escuelita a la casita de la Goyita el caminito se hizo más amplio y hubo más gente que empezó a transitarlo, descubriendo el secreto de nuestra alegría. Entre los que se aparecieron por donde la viejita llegaron los güillos de la compañía, un grupito de ese tipo de persona que en España llaman “gilipollas”, en Argentina “Gil” y en Nicaragua “Gilberto”. Los muy dundos le alabaron el guaro a la Goyita diciéndole que no había en todo el país mejor guaro que ese y ya bien rayados, sin cuidarse de no ser oídos por la Goyita, comentaron que el precio del guarito era ridículo y que bien podía venderse por un precio por lo menos dos veces más alto. La Goyita los oyó y su alma susceptible se perturbó tanto que no pudo dormir. Se quedó toda la noche despierta, pensativa, haciendo cuentas y a la mañana siguiente duplicó de una vez y sin aviso previo el precio de su cususa.

Si la cosa hubiera parado ahí, el daño no habría sido tan grande, pero la cosa no se detuvo ahí, de pronto todo mundo se apareció donde la viejita ofreciéndole esto y lo otro a cambio del guarito tufoso que gracias a la ley de la oferta y la demanda —que incluso en El Tortuguero tiene validez— llegó a cotizarse a precio de whisky.

Déjeme aclararle una cosa antes de continuar: el guaro de la Goyita no era bueno y si me esfuerzo un poco y subo los elásticos límites de mi tolerancia hasta un punto decente, podría decir que el guarito era más bien malo. Era guaro de pobre, elaborado con ingredientes de mala calidad, con un instrumental risible y con unos conocimientos de las artes etílicas muy escasos. Que la Goyita dijera que Dios le había dado la gracia de hacer guaro no significaba que hiciera el guaro de manera graciosa ni que el guaro contara con la bendición de Dios. La Goyita le había contado al pueta que ella había aprendido a hacer guaro mirando como lo hacía su padre en una finca que tenían en Santo Domingo, Chontales, hacía un montón de años y que ahora ella hacía el guaro de memoria. El producto era un guarito desmemoriado y poco agraciado, un guarito supletorio, que a falta de otra cosa embriagante nos veíamos obligados a tomar. Si había algo bueno que decir del guaro era que embriagaba y que te ponía alegre y amigable, a diferencia de otros guaros de licencia que se consumían en el país y que echaban a la gente a pelear.

En cierto momento, para acabar de complicar las cosas hizo su aparición don Dinero. No me acuerdo bien qué fue lo que ocurrió, quizás fue que llegó el correo con dinero de nuestra gente en Managua, o que nos dieron un adelanto del pequeño estipendio que nos daban como soldados de reserva, pero sea lo que fuese que hubiese ocurrido, de pronto tuvimos plata y no habiendo mucho en qué gastar ni mucha diversión, los muchachos se fueron a comprar el guarito de la Goyita, quien no se daba abasto produciendo cususa para atender la demanda y tuvo que poner el alambique a funcionar día y noche y hasta tuvo que contratar un muchacho hijo de una vecina para que le ayudara. Fue aquí precisamente donde empezó el problema, pues, aunque como he dicho el guarito de la Goyita era un guarito amistoso y alegre, algunos de los muchachos se pusieron pleitistas, escandalosos o muy tristes y se armó un gran relajo. Quizás los muchachos nunca se habían emborrachado, quizás estaban demasiado deprimidos para beber guaro o quizás tenían mucho enojo contenido y el guarito sirvió de vehículo para dejar salir las más escondidas emociones y hubo llanto, pleitos y reclamos a viva voz a la jefatura por su mal comportamiento. La jefatura por supuesto, sabiéndose infalible y llena de sabiduría ni siquiera puso en tela de duda su propio comportamiento, sino que echó la culpa de la actuación de los muchachos al guaro de la Goyita.

Hasta que nosotros llegamos, la única autoridad en el pueblo era un sub-teniente delegado del ejército en la zona, que vivía apaciblemente con su mujercita joven y bonita frente a la escuelita que ocupábamos como comando. Producir guaro del modo en que la Goyita lo hacía es ilegal en Nicaragua, pero el sub-teniente se hacía de la vista gorda para no alterar la paz social. A él mismo no le gustaba el guaro, pero no tenía nada contra los bebedores y hasta entonces nunca se habían producido problemas a causa de la cususa.

La jefaturatura de nuestra compañía no se andaba con delicadezas y sin consultar al sub-teniente se fue una tarde a hablar con la Goyita y ordenarle que dejara de venderle guaro a los soldados y que si no lo hacía le cerrarían el negocio. La Goyita que de dunda no tenía ni un pelo le dijo a nuestro jefe de compañía que ella no era la mamá de los muchachos, que era él y no ella quien debía cuidar de los muchachos y que ella no le vendía a soldados sino a gente que venía de civil y desarmada, que ella no era adivina para saber quién era soldado y quien no. El jefe de nuestra compañía se había ido entonces diciéndole que quedaba advertida.

La Goyita le contó el episodio a una vecina que, o bien por envidia al ver el éxito que estaba teniendo con su guarito o quizás por una genuina preocupación por la viejita, empezó desde ese día a aconsejarla que dejara ese negocio, que iban a venir a cerrárselo y se la iban a llevar presa a la cárcel de Juigalpa. La viejita empezó desde entonces a dormir mal y cuando se quedaba dormida, agobiada por el desvelo, soñaba que de pronto entraban a su casa, buscándola, dos perros negros enormes que parecían echar chispas por los ojos, que le ladraban horriblemente sin llegar a morderla porque un hombre negro y fuerte los sostenía con unas enormes cadenas, que detrás de los perros y el hombre negro venían un grupo de soldados que la encadenaban y se la llevaban presa, de rastras y nunca más se volvía a saber de ella.

Una mañanita, después de pasarse la noche en vela, con temor a dormirse porque el sueño se repetía una y otra vez, como un disco rayado, la viejita agarró el mango de un hacha y con un golpe seco que se oyó hasta la escuelita, partió en dos la olla de barro del alambique que en ese momento se encontraba en pleno hervor. El pueta Mincho que dormía en ese momento como un niño de pecho, se despertó de pronto con los ojos pelados, empapado en sudor. El pueta contaba entre sus artes con el don de la clarividencia, que en su caso era muy molesto e inservible pues aún no sabía interpretar correctamente sus visiones y no sabía precisar cuando ocurrirían sus premoniciones, ni sabía decir quién era el que se iba a morir ni quién la que se iba a casar. De cada diez ataques de clarividencia sólo podía interpretar uno, pero esta vez no se equivoco y supo claramente lo que había ocurrido, como si hubiese estado ahí donde ocurría.

—¡La sangre de Cristo! —dijo, saliendo de su sueño y sentándose.

—¿Qué pasó? —preguntó Carlos, que dormía entre el pueta Mincho y yo, dándonos posada en su enorme cobija.

—Se volvió loca la Goyita y se cagó en ella misma, en la nieta y en todos nosotros —dijo el pueta, que en su sueño había podido ver con claridad y como en cámara lenta el “swing” de la viejita y había podido escuchar el ruido de la olla rompiéndose y el líquido vital corriendo.

—El que está loco sos vos —dije yo que para entonces no creía aún en los poderes extra-sensoriales del pueta.

—Levantate —dijo el pueta— vamos a visitarla, no vaya a ser que se le ocurra suicidarse. Pobre viejita.

Yo me levanté y acompañé al pueta más que nada porque era y sigo siendo muy curioso y porque soy muy vago desde muy pequeñito y aprovecho cualquier oportunidad para salir de la rutina.

—¡Qué barbaridad! —repetía el pueta una y otra vez mientras caminábamos hacia la casa de la Goyita. Andábamos a paso lento pues el pueta jamás tenía prisa y nunca corría, por ninguna razón. En su diccionario particular, “prisa” era una palabra obscena y su sola mención le producía escalofríos.

—¡Mirá! —dijo el pueta cuando llegamos al pie de la lomita de la Goyita. Señalaba con su dedo un punto en el suelo— Hasta aquí llegó el desastre. En efecto, en el punto que el poeta señalaba terminaba una sombra parecida a un pequeño río que bajaba zigzagueando desde la lomita. Era el contenido de la olla del alambique, que había llegado hasta ese punto.