domingo, febrero 26, 2006

Una densa cortina de humo

Un mediodía de inicios de marzo estábamos almorzando y escuchando la radio en la escuela de Tortuguero que nos servía de comando cuando escuchamos la noticia: la noche del 27 de febrero de 1983, 23 miembros del batallón 3062 habían caído combatiendo a las tropas contrarrevolucionarias. El 3062 era el batallón gemelo del nuestro y muchos de entre nosotros conocíamos a muchos de los muchachos de aquel batallón. La noticia cayó como un balde de agua fría y cuando escuchamos los nombres de los muertos varios de los muchachos dejaron correr las lágrimas copiosamente. En los días siguientes Daniel y Humberto Ortega ayudados por su madre y aconsejados por Rosario Murillo habrían de tender una espesa cortina de humo que aún, 23 años más tarde de la ocurrencia de aquellos hechos no permite ver la realidad de lo entonces acontecido: la muerte de aquellos 23 niños, adolescentes y jóvenes ocurrió a causa de la irresponsabilidad criminal de los hermanos Ortega que intencionalmente les enviaron sin entrenamiento, con armas inferiores, mal comidos, desvelados y desmoralizados a enfrentarse a soldados experimentados, bien entrenados y armados hasta los dientes por el gobierno del presidente estadounidense Ronald Reagan.

Los Batallones de Infantería de Reserva de la Juventud Sandinista servirían, en la obtusa mente de los Ortega, de escuela para la formación de los cuadros juveniles que el FSLN estaba necesitando con urgencia. La idea era reproducir en estos batallones —sin decírselo a los reservistas por supuesto— las difíciles condiciones de vida que según la mitología sandinista los guerrilleros habían vivido en las décadas de los sesenta y setenta. Las espartanas condiciones habrían de pulir a los muchachos y les convertirían en fogosos revolucionarios que habrían de recoger la estafeta dejada por los “héroes y mártires de la revolución”, los campesinos les acogerían en su seno como hijos propios y en los reservistas se despertaría un profundo amor hacia el pueblo. Así, en un momento en que las condiciones de vida de la población eran las mejores que en el período revolucionario habrían de vivirse, los jóvenes fueron enviados muertos de hambre, casi sin provisiones a los frentes de batalla y mientras en los puertos se descargan toneladas tras toneladas de las más modernas y sofisticadas armas de combate para la infantería, los reservistas reciben armas muy anticuadas producidas en Rusia y Checoslovaquia antes de la segunda guerra mundial y conservadas a lo largo de décadas bajo gruesas capas de grasa en secos y fríos almacenes. Pero eso no es todo, los muchachos habrían de recibir nada más que un entrenamiento de tres o cuatro días, del mismo modo que los guerrilleros lo habían hecho a su vez. Uniformes, calzado y otros pertrechos indispensables para el buen desempeño de las labores del soldado habrían de ser escasos y de mala calidad.

Como muchas otras ideas absurdas salidas de las alienadas mentes de los Ortega, esta también se estrelló contra la realidad, una realidad que esta pareja jamás había sabido estudiar y menos aún entender. Todos los tiros salieron por la culata y el resultado del experimento fue una tropa desorganizada, desmoralizada y hambrienta moviéndose en un medio cada vez más hostil. Uno podría reírse de lo disparatado de la idea de no ser porque como producto de ella murieron muchos jóvenes, una buena parte de ellos casi niños.

Los muchachos que conformaban los batallones de reserva 3062 y 3072 no eran soldados, eran niños jugando a soldados y enviarlos a combatir contra soldados de verdad fue un acto horrendo, un crimen espantoso que los culpables se apresuraron a tapar. No eran soldados y por eso y porque estaban desnutridos y cansados se quedaban dormidos en las horas de guardia o se asustaban en medio de las sombras de la noche y empezaban a dispararle a los árboles que se movían al ritmo del viento.. No tenían idea de lo que era el arte militar y por eso no cubrían posiciones claves en el terreno y dejaban con eso abiertas muchas posibilidades para un enemigo muy superior en cuestiones militares. No, los muchachos no eran soldados ni nada que se les pareciese, no por falta de valor, de disposición o de coraje, sino porque se les había negado la oportunidad de convertirse en soldados de verdad. En las condiciones en que estos muchachos se encontraban eran presa fácil de cualquiera que quisiese hacerles daño. Y lo que cualquiera con dos dedos de frente podía esperar que ocurriese, ocurrió al fin: un grupito de elementos de la Contrarrevolución, bien informados por miembros de la población avanzaron como Pedro por su casa y masacraron a los jovencitos, produciendo el saldo de muertos que antes he dicho y un buen número de heridos. El resto de los muchachos despertó de pronto a una realidad espantosa y asustado hasta la muerte arrojó sus armas y huyó, una acción que era también de esperarse de estos jóvenes citadinos de oficio de estudiantes que nada tenían que estar haciendo en una guerra que era de otros y para el beneficio de otros.

Lo que vino después esta bien documentado por diversos medios de prensa, nacionales e internacionales. El Papa Juan Pablo Segundo visitaba en esos días Nicaragua y la madre de los Ortega, con ayuda de personal y medios de la Seguridad del Estado condujo a las madres de los muchachos muertos a pedirle al papa —entre gritos desgarradores, llantos y lamentos y de una manera muy fuera de orden— una oración por sus hijos muertos. Le pedían de este modo hacer un gesto parcial favorable a uno de los bandos contendientes en esa cruenta guerra, el bando sandinista. Le pedían tomar partido y el Papa, como era de esperarse, se negó a bendecir de este modo las acciones de los sandinistas. El escándalo cobró entonces proporciones enormes, el foco de la atención fue desviado hacia allá y a nadie se le ocurrió decir que la culpa de aquellas muertes la tienen los Ortega y que la contra solo fue la mano que empuñó el arma.

Al año siguiente daría inicio el servicio militar obligatorio y miles de jóvenes serían enviados a matar y morir a los campos de batalla, al servicio de ideales sublimes que los comandantes sandinistas decían también servir. Apenas un lustro más tarde, los intereses de los comandantes que saldrían del gobierno enriquecidos y gordos como cerdos cebados, quedarían muy claros para todo el mundo. Las madres de esos jóvenes muertos habrán sufrido entonces seguramente en sus corazones una segunda muerte de sus hijos. Un día, cuando haya justicia en Nicaragua, estos crímenes habrán de investigarse y los culpables habrán de correr como las cucarachas cuando se prende la luz súbitamente

sábado, febrero 18, 2006

Un monstruo grande que pisa fuerte

Una mañanita muy fría dejamos La Esperanza y partimos con rumbo a El Tortuguero, llevando como jefe a un teniente de la Brigada de Lucha contra Bandas. Se suponía que la caminata duraría a más tardar cuatro días pero al final caminamos ocho larguísimos días pues éramos ciegos guiados por uno más ciego que nosotros.

Desde esa primera caminata quedó marcada la tónica de nuestro comportamiento a lo largo de toda la campaña. Se suponía que éramos la crema y nata de la juventud del país, los más conscientes, los más revolucionarios, los más amorosos de nuestro pueblo, pero como les iré contando, gracias a las condiciones en las que nos encontrábamos, más que como un ejército amigo nos comportábamos como un ejército de ocupación. Éramos como los nazis paseándose por la Europa sometida.

Ëramos una tropa hambreada y sin muchos miramientos íbamos comiéndonos todo lo que encontrábamos a nuestro paso, sin preguntar de quien sería esa milpa que dejábamos pelona al arrancar las inmaduras mazorcas o ese yucal que dejábamos lleno de huecos al arrancar las raíces y sin pararnos a pensar que probablemente habría una familia que dependía de ese maíz o esa yuca para sobrevivir. Caña, quequisque, malanga, papas, cualquier producto vegetal era bien recibido y consumido de la manera que fuera. Los jóvenes citadinos, muchos de ellos muy malos alumnos, aprendieron muy pronto a distinguir las plantas.

Al mediodía del cuarto o quinto día de caminar, cuando ya era claro que andábamos perdidos, encontramos una finca muy bien cuidada en la que vivía una familia campesina a todas luces acomodada. Había varias manzanas sembradas de cítricos con cuya producción se mantenía la familia que ahí vivía y la abuela y un par de jóvenes estudiantes que vivían en Managua. Había un sinnúmero de variedades de naranjas, mandarinas, toronjas y limones. La mayoría de los árboles eran injertos, usando como base árboles de limón-mandarina y naranjo agrio, muy fuertes y resistentes. La finca tenía una ubicación ideal para el cultivo de cítricos pues estaba muy cerca del río Siquia, navegable aún a esas alturas y la producción era sacada en botes de remos que eran llevados por la suave corriente hasta La Esperanza y de ahí en camiones a Managua o en otros botes a Rama y Bluefields. Esa tarde acampamos debajo de los cítricos que en ese momento se encontraban en plena producción y ahí nos quedamos hasta el mediodía del día siguiente. Lo que entonces ocurrió se resume en una frase: esa tarde, esa noche y la mañana del día siguiente nos comimos el plantío de cítricos. Éramos alrededor de cien hombres si mal no recuerdo y toda la noche fue de mucho ruido: sorbidos ruidosos, eructos, pedos, ruido de ramas quebrándose, deposiciones diarreicas provocadas por el exceso de ácidos cítricos, en fin, un horrible concierto que seguramente habrá mantenido a la familia en vela, sufriendo mientras ese grupo vandálico acababa con el sustento de la familia para los años venideros, pues no nos comíamos nada más la producción presente, también destruíamos el plantío al golpear las ramas, subirnos a los árboles y arrancar con manos torpes los delicados frutos.

Ëramos también una tropa libidinosa, cargada de testosterona. No se olvide usted que éramos adolescentes y hombres jóvenes que con hambre y todo teníamos también otros deseos. Que yo sepa o haya sabido los miembros del batallón (del teniente les contaré después) no violaron mujer, hombre o niño, pero las muchachas de la región habrán sentido pavor al sentir sobre sí las miradas lascivas o recibir las insinuaciones de esos jóvenes soldados sucios, sudorosos y hediondos a diablo.

Ëramos además una tropa caótica, con menos disciplina que un grupo de niños exploradores, mal hablada y malgeniada, un grupo en el que las discusiones abundaban estuviese quien estuviese presente. A veces se le escapaban tiros a los muchachos, pues no sé si les conté hasta ahora pero el entrenamiento sólo había durado tres o cuatro días y nos habíamos graduado como soldados sin haber disparado un solo tiro. Ëramos soldaditos de juguete, muy peligrosos pues andábamos jugando con armas de verdad. Algunos de los muchachos no habían prestado mucha atención cuando se les había explicado como funcionaba el fusil o no había durado el curso lo suficiente o no eran muy inteligentes y no sabían cómo se manejaba el arma que llevaban consigo y no sabían tampoco como funcionaba el mecanismo de seguridad del arma. La población campesina podía darse cuenta de estas cosas pues eran a todas luces visibles y seguro que habrán sufrido cuando nos veían llegar a sus casas y entrábamos sin ser invitados y sin ser invitados nos sentábamos.

En los años siguientes, las políticas del gobierno sandinista en su intento por acabar con el campesinado y convertirlo en proletariado habrían de empujar a miles de campesinos a unirse a las tropas de la contra (o resistencia como luego se llamó), haciendo de la guerra una guerra campesina. Antes que eso ocurriera nosotros, un grupo de muchachos dizque revolucionarios, sueltos en el campo, estábamos dando con nuestro torpe accionar nuestra contribución, ganando enemigos y enviándole tropas a la contra.

Mercedes Sosa tiene una canción en la que dice “Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente. Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Nosotros éramos la pata del monstruo, pisando fuerte, muy fuerte, la inocencia de la gente que decíamos servir, amar y proteger.

Valga decir que no todos los muchachos se comportaban como vándalos. Había numerosas excepciones y había un grupo de gente seria (un profesor y algunos estudiantes de la universidad entre otros que recuerdo) que criticaba el comportamiento de la tropa y trataba de convencer a la jefatura de tomar medidas para corregirlo. Pero la jefatura no entendía de razonamientos y tomaba las decisiones que se le venían en gana pues “al mando no se le cuestiona”, según decían. Ese grupito de gente seria se ganó con los días la enemistad del mando al insistir en sus posiciones.

(Espere en las próximas entregas espeluznantes revelaciones. No deje de regresar pues esto va a ponerse bueno)

En las próximas entregas:

La muerte de los 23 muchachos y la cortina de humo de los Ortega

La paranoia del teniente

martes, febrero 14, 2006

Ojos de vaca loca

No sé cuantos días llevábamos ya perdidos, hambreados y cansados caminando por esa senda lodosa en la que cada día avanzábamos sólo unos cuantos kilómetros, cuando un mediodía caluroso una maravillosa visión apareció frente a nosotros. Milunch y yo íbamos como exploradores, éramos los primeros en la marcha y los primeros que vimos la vaca echada en medio del camino. Unos metros más allá, una bandada de zopilotes seguía con atención cada pestañeo de la vaca. Milunch sería pandillero, muy valiente quizás, pero de ganado no sabía nada así que se detuvo sin saber qué hacer y le hizo señas de detenerse a la tropa que venía cincuenta metros más atrás. Yo me crié entre ganado y me acerqué a la vaca para ver qué hacía ahí y por qué no se levantaba cuando nos oyó venir. Hacía algunos días que no llovía y el lodo, aún no totalmente seco, se había endurecido creando una mezcla muy parecida al cemento. El pobre animal estaba atrapado en el lodo, seguramente desde hacía varios días a juzgar por el rastro que detrás de ella se veía. Era una vaca enrazada en Brahman, brava como es frecuente en esta raza y tenía ojos de pánico, los ojos de vaca loca más tristes y más locos que yo haya visto nunca. A finales de los años setenta había yo hecho un curso de inseminación artificial y fui a practicar al rastro de Managua con las vacas que más tarde serían destazadas. Eran vacas viejas, descarnadas y tristes y morían lentamente y con los ojos desorbitados, mientras veían brotar su propia sangre a chorros luego que el matarife les cortaba la yugular. Los ojos de aquellas vacas no tenían comparación con esta que Milunch y yo habíamos encontrado enmedio del camino y que en nuestra hambre terrible imaginamos de inmediato destazada.

“Vamos a comer carne” le dije a Milunch que se acercó cauteloso. “Que di-a-ca-chim-ba” dijo Milunch despacito, saboreando cada sílaba en su habla de drogo y sus pequeños ojos achinados le brillaron de alegría. Milunch siempre tenía hambre, siempre encontraba algo de comer, siempre comía más que los demás y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para comer, trabajar incluso. Yo saque de mi mochila el mecate de mi hamaca y empecé de una vez el procedimiento para sacar a la vaca del lodo. Milunch ni corto ni perezoso se puso a mi lado a ayudar.

“Carne” le dije al teniente cuando llegó, un par de minutos después. “Carne” dijo el teniente y ordenó a varios de los muchachos que ya llegaban que ayudaran a Milunch y a mí.

Todos trabajábamos alegremente y nadie se puso a pensar de quién sería esa vaca y que andaría haciendo por esos rumbos dejados de la mano de Dios. Más que una tropa de un ejército regular nos comportábamos como facinerosos.

Cuando al fin sacamos la vaca sin hacer caso de sus bramidos y usando la fuerza bruta, varios de los muchachos se fueron hacia atrás, un par de ellos vomitó de inmediato y un muchachito de catorce años cayó desmayado. La vaca hedía horriblemente. Era el mismo tufo que había sentido en Managua a finales de 1972, algunos días después del terremoto: era el tufo de la muerte. El lado derecho de la vaca, el lado que estaba más enterrado en el lodo, estaba muerto, putrefacto y engusanado y producía un tufo que aún ahora me produce escalofríos. Milunch, hombre práctico, no estaba dispuesto a trabajar en vano, se cubrió la nariz con una mano, se acercó a la vaca, caminó a su alrededor y dio su veredicto. “Este otro lado está bueno” dijo.

“¿Nos comemos el lado bueno?” Le pregunté al teniente que de pronto había adquirido una extraña palidez. “Comámonos la parte comestible” dijo y luego se fue donde el resto de la tropa, dio la orden de acampar y de no acercarse a los que estábamos con la vaca pues no quería que los otros apreciaran la calidad de la carne que nos serviría de cena. También nos mandó al muchacho que desde hacía varios días había venido mostrando sus habilidades como destazador y éste de inmediato empezó su tarea sin hacer mucho caso del horrible tufo y dispuso las cosas, dividió el trabajo y echo a andar el proceso de preparación de la cena, poniendo a la tropa en actividad febril en la búsqueda de agua y leña y en la creación de las condiciones para cocinar. Le pasó a Milunch su cuchillo, enorme y muy filoso, le pidió que matara la vaca y le indicó como hacerlo pero Milunch se negó. “Matala vos, a mí me da pesar, me recuerda a una tía mía con esos grandes ojos” le dijo Milunch al destazador quien se puso a reir a carcajadas. “Yo sólo destazo, yo no mato” dijo el destazador y me extendió el cuchillo. Lo más grande que yo había matado alguna vez había sido un pavo en una navidad, y no me había causado mucho trauma, pero un animal tan grande y en esas condiciones me daba pesar, pero no podíamos pasarnos el día buscando un matador así que me acerqué a la vaca y mientras Milunch y el destazador la inmovilizaban yo le corté la yugular de la mejor manera que pude. “Asesino”, me dijo Milunch, bajito. “Tu madre”, le contesté. La vaca se fue muriendo despacito, agradecida quizás que la sacáramos de la horrible condición en la que había venido a caer.

Milunch, el destazador, un par de muchachos que se atrevieron a ayudar y yo nos pusimos pañuelos para cubrirnos la nariz y partimos la vaca en dos, separando la parte que nos pareció muy podrida de la parte que consideramos comestible. La parte podrida la arrojamos a los zopilotes, que almorzaron alegremente y la parte comestible fue saliendo en pedazos hacia la improvisada cocina.

Un muchacho que estudiaba los primeros años de medicina llegó donde estábamos trabajando, enviado por el teniente para juzgar si la carne era o no apta para el consumo de la tropa. Era un muchacho de ciudad, acostumbrado a la vida suave y de inmediato emitió su juicio. “Esa carne no se puede comer, está podrida” dijo, sin acercarse mucho. “Vos no sabés ni mierda de carne, pajarito, esta carne está muy buena, si no querés comer, mejor, tenemos más para nosotros, pero aquí no vengás hablando paja, aunque te mande San Teniente” dijo el destazador y cuando hablaba movía la mano en la que blandía el cuchillo. Lo hacía sin darse cuenta, para reafirmar sus palabras nada más, pero aún así ofrecía un aspecto amenazante El estudiante de medicina se regresó donde el teniente y quién sabe qué le habrá dicho pero de cualquier modo, el teniente no nos dijo nada y seguimos en nuestra tarea, discutiendo sobre la calidad de cada pedazo de carne. A media tarde nuestra tarea estaba cumplida. Estábamos cansados y hediondos y le pedimos al teniente permiso para ir a bañarnos al río que quedaba medio kilómetro más adelante según nos había contado un campesino que había pasado por donde estábamos destazando la vaca. El teniente, agradecido por nuestro trabajo nos dio permiso y hasta nos dijo que si queríamos nos quedáramos a dormir allá y volviéramos de mañanita, que le mandáramos a avisar si nos quedábamos. Muy alegremente Milunch, el destazador, los ayudantes y yo nos fuimos al río. En una de las mochilas llevábamos los mejores trozos de carne y en mi mochila un litro del mejor ron que en ese momento se conseguía en el país. Por el momento no había nada más que pudiéramos pedirle a la vida.

En el río, que quedaba cuatro veces más lejos de lo esperado, asamos la carne, nadamos y bebimos ron, felices de la vida. De las mochilas salieron tortillas, queso, guineos y más ron y tuvimos una de las mejores cenas de nuestras vidas, bebiendo, comiendo, hablando de la vida de mierda que llevábamos y de mujeres, pero sobre todo hablando de la vaca triste que ahora nos permitía estar alegres.

Regresamos al campamento al final de la tarde, cuando ya la tropa había comido su primera y última comida de ese día. Habían comido carne cocida en abundancia, arroz y guineos, la mejor comida que habían tenido en varios días y se veían muy satisfechos y contentos. Algunos cantaban, otros contaban chistes y casi todos hablaban a grandes voces. Cuando aparecimos nos recibieron amablemente “un aplauso para los matavacas” dijo alguien y un buen número de los muchachos aplaudió. Otros días seríamos los villanos pero ese día Milunch y yo éramos los chavalos de la película.

Cuando se hizo noche cerrada empezó la pedorrera. Al principio fue gracioso y los muchachos se reían con cada pedo y empezó una competencia tácita a ver quién sacaba el pedo más ruidoso. Un poco más tarde empezaron algunos a quejarse ruidosamente de dolores intestinales y más tarde aún empezaron los muchachos a salir a hacer del cuerpo, primero un poco lejos del campamento, luego cada vez más cerca. En cuestión de minutos la mitad de la tropa se encontraba en cuclillas, sometida por una brutal diarrea. La otra mitad se encontraba callada, esperando resignados a ser ellos las próximas víctimas. Pero la cosa no pasó a más y la diarrea parecía más bien haber sido causada por el exceso de carne y no por la calidad de ésta. A medianoche todo el mundo dormía plácidamente, sedados por la carne de la vaca de ojos tristes y sólo de vez en cuando se levantaba alguno a bajarse los pantalones para liberar la presión en los intestinos.

En la próxima entrega: Un monstruo grande que pisa fuerte

sábado, febrero 11, 2006

...y a seguir reconcentrados

En el Cervantes nos quedamos varios días terribles porque el colegio no estaba diseñado para albergar tanta gente por tanto tiempo y menos si la gente era tan desorganizada como éramos nosotros. Los inodoros estaban sucios y atascados y nadie los limpiaba ni desatascaba, el par de duchas que habían eran insuficientes para tanta gente, las llaves de agua se habían descompuesto y el agua corría por todos lados formando charcos pestilentes. Los reservistas se orinaban donde les daba la gana, el ambiente era pesado, caluroso y hediondo y de seguir las cosas por el rumbo que iban pronto se desataría una epidemia. Cuando nos reconcentraron se nos dijo que partiríamos al día siguiente o el siguiente a éste a más tardar, pero la planificación, la organización y la logística no eran el fuerte de la jefatura del batallón y no había camiones en que irnos, no había uniformes, no había armas, y al paso que íbamos pronto no habría reservistas pues la comida era escasa y las condiciones pésimas y cada vez que podíamos nos saltábamos la cerca e íbamos a nuestras casas a buscar qué comer y qué hacer. Algunos no regresaban y la jefatura había organizado patrullas que iban a buscar a los desertores y a traerlos bajo promesas o amenazas. A medida que pasaban las horas y los días era más difícil traer a los que se iban pues ya no creían en promesas ni les asustaban las amenazas. Si algo quedó en claro en estos días a los más y a los menos observadores fue la total ineptitud, la estupidez y la prepotencia de la jefatura. De entre todos los jóvenes que habían puesto al frente del batallón no se veía ninguno con dos dedos de frente y parecían todos haber sido escogidos por su torpeza. En lugar de ser días de acercamiento del mando con los soldados, gracias a su comportamiento la jefatura perdió desde ese momento la simpatía de la tropa. En el resto de la campaña las cosas no cambiarían mucho y los jefes seguirían siendo jefes pero no líderes, tendrían autoridad formal pero no adquirirían nunca autoridad moral, tendrían obediencia pero no respeto. En momentos de crisis recurrirían siempre a la fuerza y a la amenaza para mantener la cohesión del grupo, incapaces de ganar los corazones de un grupo de jóvenes muy dispuestos a dejarse conducir. Al final de cuentas el asunto era muy simple: esos que estaban al frente del batallón, compañías, pelotones y escuadras habían sido puestos ahí “al dedo”, bien porque eran miembros de la juventud sandinista o porque gozaban de la simpatía del jefe superior. No eran líderes ni tenían ni la aptitud ni la actitud para serlo y sólo un número muy reducido de ellos se convertiría a lo largo de la campaña en líderes del grupo bajo su mando. En el grupo de los reservistas había muchachos que a lo largo de la campaña se dejarían ver como líderes naturales pero su liderazgo sería casi siempre combatido por los jefecitos, temerosos de perder el control de los grupos. En lugar de tratar de reclutar para la J.S.. a estos muchachos más hábiles, inteligentes y apreciados por la tropa que ellos mismos, los jefecitos y los jefes de más arriba les cerraban el paso y les hacían la vida difícil, haciéndoles trabajar mas duro, enviándolos lejos y alejándolos del grupo. A una escala menor, en el batallón se reproducía lo que en el país estaba pasando y el batallón fue desde el principio y siguió siéndolo luego, una pequeña república bananera con dictadura, ejercito, aparato de inteligencia, represión y terror.

Si el batallón no se desintegró en esos primeros días no fue gracias a los miembros de la J.S. ni a la jefatura, sino gracias a que había un buen número de jóvenes que quería o debía irse y no estaban dispuestos a dejar que la aventura terminara antes de empezar. Así, los que más adelante se mostrarían como indisciplinados, librepensadores e indomables, fueron en los primeros días el cemento que mantuvo el grupo cohesionado. Gracias a este grupo hubo finalmente algunos días después movilización.


[En las próximas entregas voy a saltarme algunos capítulos, más adelante me ajustaré denuevo al orden cronológico]

En el próximo capítulo: Ojos de vaca loca

domingo, febrero 05, 2006

¡A reconcentrarse!

Los días se hicieron semanas y las semanas meses y ya casi me había olvidado del bendito batallón de la juventud cuando a finales de noviembre o inicios de diciembre alguien en una moto pasó dejando un papelito por la casa donde yo vivía. Era una citatoria: el batallón se reconcentraba para luego salir a combatir al enemigo. Dentro de dos días tenía que estar en el Instituto Miguel de Cervantes, un colegio de secundaria muy cerca de donde yo vivía, listo para partir de inmediato.

Apenas recibida la citatoria empecé a preparar mi viaje. Tenía una mochila verde muy fuerte, no recuerdo ahora la marca y empecé a hacerla, deshacerla y rehacerla y al final, siguiendo los consejos de amigos que eran o habían sido soldados y guerrilleros puse en la mochila nada más que lo esencial que en mi caso era ropa de civil, zapatos, algún libro para leer, papel y lápiz para escribir, un par de calzoncillos, calcetines, el infaltable condón por un si acaso y alimentos, sobre todo alimentos de alto valor nutritivo como avena y maní y una carne seca y salada que me regaló mi hermana, delgadita y enrollada como un pergamino que días más tarde, hambreado, me resultaría deliciosa.

El Cervantes parecía un mercado persa cuando llegué, ya al oscurecer, lleno de ruidos y olores. Vendedores de comidas y bebidas, de dulces y cigarrillos y de vaya a saber usted qué más se habían instalado en la acera del colegio y en la acera del otro lado de la calle. Madres, padres, hermanas y hermanos y hasta vecinos de los jóvenes miembros del batallón habían llegado a despedirlos y se apelotonaban a todo lo ancho de la acera y todo lo largo de la cerca del colegio para hablar con su despedido al otro lado de la cerca. Había un par de muchachos en la puerta, encargados de dejar pasar únicamente a los miembros del batallón y frenar a todos los demás que quisieran entrar y me costó convencerlos que yo sí era miembro del batallón pues no aparecía en ninguna de sus listas. Al final aparecí y me dejaron pasar, indicándome a que aula tenía que ir para encontrar la escuadra a la que pertenecía. Cada escuadra estaba formada por diez hombres, cada pelotón por tres escuadras, cada compañía por tres pelotones y ya no me acuerdo bien como seguía la cosa hacia arriba hasta llegar a los seiscientos hombres que formaban un batallón.

Si mal no recuerdo a mí me tocó en suerte la primera escuadra del primer pelotón de la primera compañía, un grupo de pura buena gente, alegres todos y jodedores. Con los días iría descubriendo que la escuadra se parecía en muchas cosas a una familia, vos no escogés la familia ni la escuadra, vos llegás a ambas y dichoso vos si te gusta la gente que la compone. A mí me habían tocado en suerte una escuadra y una familia de lo mejor.

Esa noche casi todo el mundo se fue a acostar tarde, platicando, conociendo gente, haciendo bromas, estableciendo el espacio propio, tendiendo sus redes, creando su grupito, sumándose a uno o siendo llevado a uno. El grupo enorme es pavoroso y los más débiles sobre todo sólo pueden sobrevivirlo si forman parte de un grupito más pequeño que le protege. Así que las conversaciones, los chistes, las risas eran también negociaciones de poder en otro nivel, invisible para el ojo no educado. Muchos de los grupos que se formarían a lo largo de la campaña empezaron esa noche a establecerse. Es que los grandes grupos producen pavor a la mayoría de la gente y al igual que las gallinas en un gallinero, las personas van arrimándose las unas con las otras para protegerse, para sentirse menos solas en la gran multitud.

Hubo algunos, sin embargo, que no se preocuparon de compartir con los demás, se echaron en un rincón o se tiraron donde les dio la gana y se quedaron dormidos y empezaron a roncar. Eran los más fuertes, los líderes o los animales solitarios. Al día siguiente o más adelante tomarían simplemente un grupito para sí, el trabajo de formación del grupo, las negociaciones lo dejaban a los débiles.

A cierta hora de la noche se dio la orden de irse a dormir y los que aún estábamos despiertos extendimos sábanas y frazadas en el piso sucio y duro y dormimos como niños de pecho.