martes, febrero 14, 2006

Ojos de vaca loca

No sé cuantos días llevábamos ya perdidos, hambreados y cansados caminando por esa senda lodosa en la que cada día avanzábamos sólo unos cuantos kilómetros, cuando un mediodía caluroso una maravillosa visión apareció frente a nosotros. Milunch y yo íbamos como exploradores, éramos los primeros en la marcha y los primeros que vimos la vaca echada en medio del camino. Unos metros más allá, una bandada de zopilotes seguía con atención cada pestañeo de la vaca. Milunch sería pandillero, muy valiente quizás, pero de ganado no sabía nada así que se detuvo sin saber qué hacer y le hizo señas de detenerse a la tropa que venía cincuenta metros más atrás. Yo me crié entre ganado y me acerqué a la vaca para ver qué hacía ahí y por qué no se levantaba cuando nos oyó venir. Hacía algunos días que no llovía y el lodo, aún no totalmente seco, se había endurecido creando una mezcla muy parecida al cemento. El pobre animal estaba atrapado en el lodo, seguramente desde hacía varios días a juzgar por el rastro que detrás de ella se veía. Era una vaca enrazada en Brahman, brava como es frecuente en esta raza y tenía ojos de pánico, los ojos de vaca loca más tristes y más locos que yo haya visto nunca. A finales de los años setenta había yo hecho un curso de inseminación artificial y fui a practicar al rastro de Managua con las vacas que más tarde serían destazadas. Eran vacas viejas, descarnadas y tristes y morían lentamente y con los ojos desorbitados, mientras veían brotar su propia sangre a chorros luego que el matarife les cortaba la yugular. Los ojos de aquellas vacas no tenían comparación con esta que Milunch y yo habíamos encontrado enmedio del camino y que en nuestra hambre terrible imaginamos de inmediato destazada.

“Vamos a comer carne” le dije a Milunch que se acercó cauteloso. “Que di-a-ca-chim-ba” dijo Milunch despacito, saboreando cada sílaba en su habla de drogo y sus pequeños ojos achinados le brillaron de alegría. Milunch siempre tenía hambre, siempre encontraba algo de comer, siempre comía más que los demás y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para comer, trabajar incluso. Yo saque de mi mochila el mecate de mi hamaca y empecé de una vez el procedimiento para sacar a la vaca del lodo. Milunch ni corto ni perezoso se puso a mi lado a ayudar.

“Carne” le dije al teniente cuando llegó, un par de minutos después. “Carne” dijo el teniente y ordenó a varios de los muchachos que ya llegaban que ayudaran a Milunch y a mí.

Todos trabajábamos alegremente y nadie se puso a pensar de quién sería esa vaca y que andaría haciendo por esos rumbos dejados de la mano de Dios. Más que una tropa de un ejército regular nos comportábamos como facinerosos.

Cuando al fin sacamos la vaca sin hacer caso de sus bramidos y usando la fuerza bruta, varios de los muchachos se fueron hacia atrás, un par de ellos vomitó de inmediato y un muchachito de catorce años cayó desmayado. La vaca hedía horriblemente. Era el mismo tufo que había sentido en Managua a finales de 1972, algunos días después del terremoto: era el tufo de la muerte. El lado derecho de la vaca, el lado que estaba más enterrado en el lodo, estaba muerto, putrefacto y engusanado y producía un tufo que aún ahora me produce escalofríos. Milunch, hombre práctico, no estaba dispuesto a trabajar en vano, se cubrió la nariz con una mano, se acercó a la vaca, caminó a su alrededor y dio su veredicto. “Este otro lado está bueno” dijo.

“¿Nos comemos el lado bueno?” Le pregunté al teniente que de pronto había adquirido una extraña palidez. “Comámonos la parte comestible” dijo y luego se fue donde el resto de la tropa, dio la orden de acampar y de no acercarse a los que estábamos con la vaca pues no quería que los otros apreciaran la calidad de la carne que nos serviría de cena. También nos mandó al muchacho que desde hacía varios días había venido mostrando sus habilidades como destazador y éste de inmediato empezó su tarea sin hacer mucho caso del horrible tufo y dispuso las cosas, dividió el trabajo y echo a andar el proceso de preparación de la cena, poniendo a la tropa en actividad febril en la búsqueda de agua y leña y en la creación de las condiciones para cocinar. Le pasó a Milunch su cuchillo, enorme y muy filoso, le pidió que matara la vaca y le indicó como hacerlo pero Milunch se negó. “Matala vos, a mí me da pesar, me recuerda a una tía mía con esos grandes ojos” le dijo Milunch al destazador quien se puso a reir a carcajadas. “Yo sólo destazo, yo no mato” dijo el destazador y me extendió el cuchillo. Lo más grande que yo había matado alguna vez había sido un pavo en una navidad, y no me había causado mucho trauma, pero un animal tan grande y en esas condiciones me daba pesar, pero no podíamos pasarnos el día buscando un matador así que me acerqué a la vaca y mientras Milunch y el destazador la inmovilizaban yo le corté la yugular de la mejor manera que pude. “Asesino”, me dijo Milunch, bajito. “Tu madre”, le contesté. La vaca se fue muriendo despacito, agradecida quizás que la sacáramos de la horrible condición en la que había venido a caer.

Milunch, el destazador, un par de muchachos que se atrevieron a ayudar y yo nos pusimos pañuelos para cubrirnos la nariz y partimos la vaca en dos, separando la parte que nos pareció muy podrida de la parte que consideramos comestible. La parte podrida la arrojamos a los zopilotes, que almorzaron alegremente y la parte comestible fue saliendo en pedazos hacia la improvisada cocina.

Un muchacho que estudiaba los primeros años de medicina llegó donde estábamos trabajando, enviado por el teniente para juzgar si la carne era o no apta para el consumo de la tropa. Era un muchacho de ciudad, acostumbrado a la vida suave y de inmediato emitió su juicio. “Esa carne no se puede comer, está podrida” dijo, sin acercarse mucho. “Vos no sabés ni mierda de carne, pajarito, esta carne está muy buena, si no querés comer, mejor, tenemos más para nosotros, pero aquí no vengás hablando paja, aunque te mande San Teniente” dijo el destazador y cuando hablaba movía la mano en la que blandía el cuchillo. Lo hacía sin darse cuenta, para reafirmar sus palabras nada más, pero aún así ofrecía un aspecto amenazante El estudiante de medicina se regresó donde el teniente y quién sabe qué le habrá dicho pero de cualquier modo, el teniente no nos dijo nada y seguimos en nuestra tarea, discutiendo sobre la calidad de cada pedazo de carne. A media tarde nuestra tarea estaba cumplida. Estábamos cansados y hediondos y le pedimos al teniente permiso para ir a bañarnos al río que quedaba medio kilómetro más adelante según nos había contado un campesino que había pasado por donde estábamos destazando la vaca. El teniente, agradecido por nuestro trabajo nos dio permiso y hasta nos dijo que si queríamos nos quedáramos a dormir allá y volviéramos de mañanita, que le mandáramos a avisar si nos quedábamos. Muy alegremente Milunch, el destazador, los ayudantes y yo nos fuimos al río. En una de las mochilas llevábamos los mejores trozos de carne y en mi mochila un litro del mejor ron que en ese momento se conseguía en el país. Por el momento no había nada más que pudiéramos pedirle a la vida.

En el río, que quedaba cuatro veces más lejos de lo esperado, asamos la carne, nadamos y bebimos ron, felices de la vida. De las mochilas salieron tortillas, queso, guineos y más ron y tuvimos una de las mejores cenas de nuestras vidas, bebiendo, comiendo, hablando de la vida de mierda que llevábamos y de mujeres, pero sobre todo hablando de la vaca triste que ahora nos permitía estar alegres.

Regresamos al campamento al final de la tarde, cuando ya la tropa había comido su primera y última comida de ese día. Habían comido carne cocida en abundancia, arroz y guineos, la mejor comida que habían tenido en varios días y se veían muy satisfechos y contentos. Algunos cantaban, otros contaban chistes y casi todos hablaban a grandes voces. Cuando aparecimos nos recibieron amablemente “un aplauso para los matavacas” dijo alguien y un buen número de los muchachos aplaudió. Otros días seríamos los villanos pero ese día Milunch y yo éramos los chavalos de la película.

Cuando se hizo noche cerrada empezó la pedorrera. Al principio fue gracioso y los muchachos se reían con cada pedo y empezó una competencia tácita a ver quién sacaba el pedo más ruidoso. Un poco más tarde empezaron algunos a quejarse ruidosamente de dolores intestinales y más tarde aún empezaron los muchachos a salir a hacer del cuerpo, primero un poco lejos del campamento, luego cada vez más cerca. En cuestión de minutos la mitad de la tropa se encontraba en cuclillas, sometida por una brutal diarrea. La otra mitad se encontraba callada, esperando resignados a ser ellos las próximas víctimas. Pero la cosa no pasó a más y la diarrea parecía más bien haber sido causada por el exceso de carne y no por la calidad de ésta. A medianoche todo el mundo dormía plácidamente, sedados por la carne de la vaca de ojos tristes y sólo de vez en cuando se levantaba alguno a bajarse los pantalones para liberar la presión en los intestinos.

En la próxima entrega: Un monstruo grande que pisa fuerte

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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