domingo, febrero 05, 2006

¡A reconcentrarse!

Los días se hicieron semanas y las semanas meses y ya casi me había olvidado del bendito batallón de la juventud cuando a finales de noviembre o inicios de diciembre alguien en una moto pasó dejando un papelito por la casa donde yo vivía. Era una citatoria: el batallón se reconcentraba para luego salir a combatir al enemigo. Dentro de dos días tenía que estar en el Instituto Miguel de Cervantes, un colegio de secundaria muy cerca de donde yo vivía, listo para partir de inmediato.

Apenas recibida la citatoria empecé a preparar mi viaje. Tenía una mochila verde muy fuerte, no recuerdo ahora la marca y empecé a hacerla, deshacerla y rehacerla y al final, siguiendo los consejos de amigos que eran o habían sido soldados y guerrilleros puse en la mochila nada más que lo esencial que en mi caso era ropa de civil, zapatos, algún libro para leer, papel y lápiz para escribir, un par de calzoncillos, calcetines, el infaltable condón por un si acaso y alimentos, sobre todo alimentos de alto valor nutritivo como avena y maní y una carne seca y salada que me regaló mi hermana, delgadita y enrollada como un pergamino que días más tarde, hambreado, me resultaría deliciosa.

El Cervantes parecía un mercado persa cuando llegué, ya al oscurecer, lleno de ruidos y olores. Vendedores de comidas y bebidas, de dulces y cigarrillos y de vaya a saber usted qué más se habían instalado en la acera del colegio y en la acera del otro lado de la calle. Madres, padres, hermanas y hermanos y hasta vecinos de los jóvenes miembros del batallón habían llegado a despedirlos y se apelotonaban a todo lo ancho de la acera y todo lo largo de la cerca del colegio para hablar con su despedido al otro lado de la cerca. Había un par de muchachos en la puerta, encargados de dejar pasar únicamente a los miembros del batallón y frenar a todos los demás que quisieran entrar y me costó convencerlos que yo sí era miembro del batallón pues no aparecía en ninguna de sus listas. Al final aparecí y me dejaron pasar, indicándome a que aula tenía que ir para encontrar la escuadra a la que pertenecía. Cada escuadra estaba formada por diez hombres, cada pelotón por tres escuadras, cada compañía por tres pelotones y ya no me acuerdo bien como seguía la cosa hacia arriba hasta llegar a los seiscientos hombres que formaban un batallón.

Si mal no recuerdo a mí me tocó en suerte la primera escuadra del primer pelotón de la primera compañía, un grupo de pura buena gente, alegres todos y jodedores. Con los días iría descubriendo que la escuadra se parecía en muchas cosas a una familia, vos no escogés la familia ni la escuadra, vos llegás a ambas y dichoso vos si te gusta la gente que la compone. A mí me habían tocado en suerte una escuadra y una familia de lo mejor.

Esa noche casi todo el mundo se fue a acostar tarde, platicando, conociendo gente, haciendo bromas, estableciendo el espacio propio, tendiendo sus redes, creando su grupito, sumándose a uno o siendo llevado a uno. El grupo enorme es pavoroso y los más débiles sobre todo sólo pueden sobrevivirlo si forman parte de un grupito más pequeño que le protege. Así que las conversaciones, los chistes, las risas eran también negociaciones de poder en otro nivel, invisible para el ojo no educado. Muchos de los grupos que se formarían a lo largo de la campaña empezaron esa noche a establecerse. Es que los grandes grupos producen pavor a la mayoría de la gente y al igual que las gallinas en un gallinero, las personas van arrimándose las unas con las otras para protegerse, para sentirse menos solas en la gran multitud.

Hubo algunos, sin embargo, que no se preocuparon de compartir con los demás, se echaron en un rincón o se tiraron donde les dio la gana y se quedaron dormidos y empezaron a roncar. Eran los más fuertes, los líderes o los animales solitarios. Al día siguiente o más adelante tomarían simplemente un grupito para sí, el trabajo de formación del grupo, las negociaciones lo dejaban a los débiles.

A cierta hora de la noche se dio la orden de irse a dormir y los que aún estábamos despiertos extendimos sábanas y frazadas en el piso sucio y duro y dormimos como niños de pecho.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

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