sábado, febrero 18, 2006

Un monstruo grande que pisa fuerte

Una mañanita muy fría dejamos La Esperanza y partimos con rumbo a El Tortuguero, llevando como jefe a un teniente de la Brigada de Lucha contra Bandas. Se suponía que la caminata duraría a más tardar cuatro días pero al final caminamos ocho larguísimos días pues éramos ciegos guiados por uno más ciego que nosotros.

Desde esa primera caminata quedó marcada la tónica de nuestro comportamiento a lo largo de toda la campaña. Se suponía que éramos la crema y nata de la juventud del país, los más conscientes, los más revolucionarios, los más amorosos de nuestro pueblo, pero como les iré contando, gracias a las condiciones en las que nos encontrábamos, más que como un ejército amigo nos comportábamos como un ejército de ocupación. Éramos como los nazis paseándose por la Europa sometida.

Ëramos una tropa hambreada y sin muchos miramientos íbamos comiéndonos todo lo que encontrábamos a nuestro paso, sin preguntar de quien sería esa milpa que dejábamos pelona al arrancar las inmaduras mazorcas o ese yucal que dejábamos lleno de huecos al arrancar las raíces y sin pararnos a pensar que probablemente habría una familia que dependía de ese maíz o esa yuca para sobrevivir. Caña, quequisque, malanga, papas, cualquier producto vegetal era bien recibido y consumido de la manera que fuera. Los jóvenes citadinos, muchos de ellos muy malos alumnos, aprendieron muy pronto a distinguir las plantas.

Al mediodía del cuarto o quinto día de caminar, cuando ya era claro que andábamos perdidos, encontramos una finca muy bien cuidada en la que vivía una familia campesina a todas luces acomodada. Había varias manzanas sembradas de cítricos con cuya producción se mantenía la familia que ahí vivía y la abuela y un par de jóvenes estudiantes que vivían en Managua. Había un sinnúmero de variedades de naranjas, mandarinas, toronjas y limones. La mayoría de los árboles eran injertos, usando como base árboles de limón-mandarina y naranjo agrio, muy fuertes y resistentes. La finca tenía una ubicación ideal para el cultivo de cítricos pues estaba muy cerca del río Siquia, navegable aún a esas alturas y la producción era sacada en botes de remos que eran llevados por la suave corriente hasta La Esperanza y de ahí en camiones a Managua o en otros botes a Rama y Bluefields. Esa tarde acampamos debajo de los cítricos que en ese momento se encontraban en plena producción y ahí nos quedamos hasta el mediodía del día siguiente. Lo que entonces ocurrió se resume en una frase: esa tarde, esa noche y la mañana del día siguiente nos comimos el plantío de cítricos. Éramos alrededor de cien hombres si mal no recuerdo y toda la noche fue de mucho ruido: sorbidos ruidosos, eructos, pedos, ruido de ramas quebrándose, deposiciones diarreicas provocadas por el exceso de ácidos cítricos, en fin, un horrible concierto que seguramente habrá mantenido a la familia en vela, sufriendo mientras ese grupo vandálico acababa con el sustento de la familia para los años venideros, pues no nos comíamos nada más la producción presente, también destruíamos el plantío al golpear las ramas, subirnos a los árboles y arrancar con manos torpes los delicados frutos.

Ëramos también una tropa libidinosa, cargada de testosterona. No se olvide usted que éramos adolescentes y hombres jóvenes que con hambre y todo teníamos también otros deseos. Que yo sepa o haya sabido los miembros del batallón (del teniente les contaré después) no violaron mujer, hombre o niño, pero las muchachas de la región habrán sentido pavor al sentir sobre sí las miradas lascivas o recibir las insinuaciones de esos jóvenes soldados sucios, sudorosos y hediondos a diablo.

Ëramos además una tropa caótica, con menos disciplina que un grupo de niños exploradores, mal hablada y malgeniada, un grupo en el que las discusiones abundaban estuviese quien estuviese presente. A veces se le escapaban tiros a los muchachos, pues no sé si les conté hasta ahora pero el entrenamiento sólo había durado tres o cuatro días y nos habíamos graduado como soldados sin haber disparado un solo tiro. Ëramos soldaditos de juguete, muy peligrosos pues andábamos jugando con armas de verdad. Algunos de los muchachos no habían prestado mucha atención cuando se les había explicado como funcionaba el fusil o no había durado el curso lo suficiente o no eran muy inteligentes y no sabían cómo se manejaba el arma que llevaban consigo y no sabían tampoco como funcionaba el mecanismo de seguridad del arma. La población campesina podía darse cuenta de estas cosas pues eran a todas luces visibles y seguro que habrán sufrido cuando nos veían llegar a sus casas y entrábamos sin ser invitados y sin ser invitados nos sentábamos.

En los años siguientes, las políticas del gobierno sandinista en su intento por acabar con el campesinado y convertirlo en proletariado habrían de empujar a miles de campesinos a unirse a las tropas de la contra (o resistencia como luego se llamó), haciendo de la guerra una guerra campesina. Antes que eso ocurriera nosotros, un grupo de muchachos dizque revolucionarios, sueltos en el campo, estábamos dando con nuestro torpe accionar nuestra contribución, ganando enemigos y enviándole tropas a la contra.

Mercedes Sosa tiene una canción en la que dice “Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente. Es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Nosotros éramos la pata del monstruo, pisando fuerte, muy fuerte, la inocencia de la gente que decíamos servir, amar y proteger.

Valga decir que no todos los muchachos se comportaban como vándalos. Había numerosas excepciones y había un grupo de gente seria (un profesor y algunos estudiantes de la universidad entre otros que recuerdo) que criticaba el comportamiento de la tropa y trataba de convencer a la jefatura de tomar medidas para corregirlo. Pero la jefatura no entendía de razonamientos y tomaba las decisiones que se le venían en gana pues “al mando no se le cuestiona”, según decían. Ese grupito de gente seria se ganó con los días la enemistad del mando al insistir en sus posiciones.

(Espere en las próximas entregas espeluznantes revelaciones. No deje de regresar pues esto va a ponerse bueno)

En las próximas entregas:

La muerte de los 23 muchachos y la cortina de humo de los Ortega

La paranoia del teniente

3 comentarios:

Anónimo dijo...

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