lunes, marzo 27, 2006

Renato, su mujer y el teniente (1)

A El Tortuguero nos habían enviado sobre todo para combatir a Renato y su banda de crueles contrarrevolucionarios. Se nos había dicho que era malvado y sanguinario, que mataba hombres, mujeres y niños campesinos sin ningún asco, les cortaba las cabezas y las clavaba en estacas y se entretenía lanzando bebes recién nacidos hacia arriba para mantenerlos en el aire a punta de balazos de su AK47, mientras un ayudante con un cronómetro anotaba el tiempo que el cadáver del bebé tardaba en estrellarse contra el suelo y el resto de la tropa observaba y celebraba riendo a carcajadas. Se nos había dicho tantas cosas sobre Renato que estábamos impacientes por encontrarnos con él y hacerle pagar caro por todos sus crímenes, pero por más que lo buscamos no pudimos jamás encontrarlo. Lo buscamos por todos lados, preguntamos por él a todo el mundo, le pusimos emboscadas, caminamos días y días con el lodo hasta la cintura en la selva oscura y misteriosa y a punta de remo y con el corazón en la boca subimos y bajamos por ríos de corrientes violentas e impetuosas sin poder encontrarlo. Nunca pudimos encontrar ni siquiera su rastro. Renato se había esfumado súbitamente de la faz de la tierra sin dejar tras de sí huella alguna, como si hubiese sido raptado del modo que según dice el Apocalipsis serán raptados los escogidos de dios en los días postreros. Desapareció como si nunca hubiese existido.

A quien sí encontramos fue a la mujer de Renato, luego de varias semanas de haber llegado a El Tortuguero. Una mañanita, cuando aún no habíamos desayunado se apareció en la escuela que nos servía de campamento un hombre pequeñito y nos pidió llevarlo donde el teniente porque tenía algo muy importante que decirle. “Dígamelo a mí” le dijo el jefe de mi compañía, “y si es importante yo se lo digo al teniente. “A usted no le digo nada porque no tengo nada que decirle” contestó el chaparrito en una voz que denotaba firmeza de carácter, y continuó: “me va a dispensar pero no vine para hablar con un segundo, vine para hablar con el que manda y con el que manda voy a hablar, con otro no” Nuestro jefe de pelotón era un muchacho de personalidad nada impresionante, con un rostro que daba la impresión que estaba a punto de romper en llanto y si uno le clavaba la mirada se ponía muy nervioso. “Venga pues”, dijo. Lo voy a llevar donde el teniente”

El teniente y el chaparrito se sentaron a platicar bastante lejos del resto de la tropa así que nadie pudo escuchar lo que hablaban. El teniente invitó al chaparrito a desayunar y le pidió al jefe de compañía que le alistara diez hombres para llevárselos. El teniente tenía ya su grupito de preferidos y el jefe de pelotón los llamó e hizo formar. Esos que el teniente había escogido como sus preferidos eran precisamente los menos estimados por la tropa pues eran hombres sin escrúpulos, haraganes, arribistas, jayanes y sinvergüenzas, pero obedecían al teniente a pies juntillas y obtenían su recompensa por ello. Más que subordinados del teniente eran sus cómplices.

Esa mañana salieron pues presurosos el teniente y su grupito de preferidos guiados por el hombrecito sin comunicarle nada a nadie y ni el jefe de compañía supo hacia dónde se habían ido. A media tarde regresaron trayendo consigo una prisionera. Era una mujer de baja estatura, cercana a los treinta años de edad, muy compacta, de rasgos finos y piel cobriza. Su pelo, negro y lacio y su nariz un tanto afilada, dejaban ver su ascendencia indígena. Andaba descalza y aún recuerdo bien que lo que más me llamó la atención en esta mujer fueron sus pies, anchos y enormes, con los dedos muy separados entre sí, pie de persona que nunca ha usado zapatos en su vida. De haber calzado zapatos podría haber pasado por hermosa pero esos grandes pies descalzos le quitaban a mis ojos toda su gracia.

El teniente nos dijo que esta era la mujer del contra Renato y que la traía detenida para interrogarla y acto seguido la encerró en un cuarto detrás de la cocina, le puso un candado y puso un vigilante a cuidar la puerta. Ninguno de nosotros osó decirle al teniente que lo que hacía era contra la ley, que no podía así nomás detener sin cargos a la mujer de un presunto delincuente pues una persona no podía ser responsable por las acciones de su pareja, pero muchos de los muchachos no sabían que lo que el teniente hacía era indebido y creían que puesto que estábamos en guerra todo estaba permitido. Otros, el grupito de los incondicionales del teniente sobre todo, sabían muy bien que era incorrecto pero no les importaba o sacaban de ello una ganancia. El jefe de la compañía y los jefes de pelotón tenían miedo del teniente y no se atrevían a decirle nada por temor a enojarlo. Según los códigos no escritos que nos regían los encargados de decirle algo al teniente eran los dirigentes de la Juventud Sandinista, pero estos eran cobardes y no se atrevían a criticar al teniente. Había un pequeño grupito de gente, el grupo que llamaré “de los intelectuales”, desprovisto de todo poder, que sí sabía que las acciones del teniente eran indebidas y así se lo hizo saber a los dirigentes de la J.S. y les pidió tomar cartas en el asunto y dirigirse a las autoridades superiores haciéndole saber lo que el teniente hacía, pero los jóvenes dirigentes no emprendieron nunca ninguna acción.

Al día siguiente y de boca del vigilante de la “prisionera” supimos que el teniente regreso esa noche, sacó a la mujer del cuartucho y acompañado de uno de sus incondicionales la llevó a una quebrada donde la interrogó por horas, le puso la pistola en las sienes y la amenazo con matarla si no le decía dónde estaba Renato. La mujer decía no saber las respuestas pero el teniente no le creía y la golpeó una y otra vez. Luego la violó y más tarde otra vez y otra vez, hasta que cansado despachó a la mujer a su improvisada celda y se fue a dormir. A la mañana siguiente, cuando la mujer fue sacada para que se aseara e hiciera sus necesidades pudimos ver en su rostro la huella del teniente. Tenía los ojos rojos de tanto llorar de furia e impotencia. No nos miraba ni decía ninguna palabra a nadie, pues sabía seguramente que hablar no tendría ningún sentido. Para ella probablemente éramos todos iguales, cerdos todos, como el teniente, y a lo mejor tenía razón.

El comportamiento del teniente el primer día, se convirtió en rutina y se repitió cada día a lo largo de varias semanas. Cada día la mujer se la pasaba encerrada en su celda improvisada y sólo era sacada para asearse y hacer del cuerpo. Por la noche el teniente la sacaba y se la llevaba al monte, siempre a un lugar diferente por temor a ser atacado. Ahí la interrogaba nuevamente, la amenazaba, la golpeaba y la violaba repetidamente. La mujer mostraba en su rostro el efecto de las noches pasadas con el teniente. Tenía un ojo morado, enormes ojeras y la mirada apagada. La revolución, hecha para los pobres y desvalidos le dejaba ver a esta pobre mujer el otro, horrible lado.
Continuará...

domingo, marzo 19, 2006

Perdidos en el espacio

En mi para entonces no muy larga vida había yo conocido gente desorientada, capaz de perderse incluso en las cuatro calles de mi pueblo Rivas, un lugar donde nadie se pierde, pero jamás había visto a nadie que anduviera por la vida tan perdido como el teniente que nos habían puesto de jefe y a quien habían encomendado nos llevara de La Esperanza a El Tortuguero, en una ruta muy fácil de seguir pues sólo había un camino y ese camino terminaba en El Tortuguero.

El teniente sabía bien que los puntos cardinales son cuatro y podía repetirlos de memoria, pero nunca sabía dónde quedaba cada cual y cuando se le señalaba cada punto lo olvidaba en los siguientes cinco minutos. Sabía también como cualquier escolar de los primeros grados que el sol sale por el Este y se oculta por el Oeste pero incluso en mañanas soleadas y despejadas era incapaz de señalar donde quedaba el Este o el Oeste, o para el caso, cualquier otro punto. Era un caso patológico, geográficamente disléxico, nulo, perdido y cuando le preguntamos si llevaba en su mochila algún mapa o una brújula se burló de nosotros y nos dijo que no necesitaba de mapas y brújulas pues la montaña era su elemento y podía orientarse hasta por el trinar de los pájaros y los olores que el viento acarreaba. Ademas de andar perdido por el mundo, el teniente era pues terco, cerrado como el culo de un macho* y jamás reconocería su ignorancia frente a ese grupito de muchachitos bien de la ciudad. Sus jefes le habían dado un enorme poder sobre nosotros y lo iba a usar hasta que se le diera la gana. En la disciplina militar que nos regía al jefe no se le cuestionaba, sus ordenes se seguían sin chistar y la insubordinación era un delito severamente castigado. Años más tarde escucharía la frase “El jefe manda aunque mande mal” que refleja cabalmente esta situación. El jefe que nos habían puesto mandaba mal, muy mal y no escuchaba consejos de nadie. Entre nosotros había gente que ya desde esos primeros días dejaban ver su gran capacidad de orientación y al principio intentaron razonar con el teniente pero su intento fue vano y sólo se ganaban la peligrosa enemistad del teniente.

El teniente estaba haciendo a pequeña escala lo que los nueve “comandantes de la revolución” estaban haciendo a escala nacional. Eran un grupito de ignorantes que nunca habían trabajado en sus vidas, que no habían terminado una carrera universitaria y miraban el mundo desde la perspectiva mágica y supersticiosa del analfabeta pero fingían tener —repitiendo las huecas frases hechas de los manuales propagandistas soviéticos— una visión científica de la realidad y tomaban decisiones de vida y muerte con una facilidad asombrosa, como si fuesen iluminados, sin escuchar las voces de aquellos que les llamaban al orden y la cordura. A lo largo del camino de la revolución fueron quedando, apartados, humillados y ofendidos gente de más conocimiento, experiencia y mejor juicio que se atrevieron a contradecir a los sabios comandantes. Lo primero que aquellos nueve pequeños hombrecitos habían hecho al llegar al poder fue subirse a la cima y enviar a la llanura a todos los demás. Empezaron a llamar a todo el mundo con el igualitario “compañero” mientras se daban a sí mismos el prestigioso titulo de “Comandante de la Revolución” que dotaba a su poseedor de una enorme sabiduría. De esta manera, personas que habían pasado décadas estudiando y enseñando y se habían hecho merecedoras de sus títulos perdieron el reconocimiento y fueron llamados del mismo modo que el vendedor ambulante de helados. Los comandantes no sabían hacia donde iban, no podían imaginar cuales serían las consecuencias de sus políticas pero no prestaban atención a las voces de otros, mucho más entendidos que ellos, que les llamaban a la moderación. “La ignorancia es atrevida” reza un dicho de uso muy común en Nicaragua y la ignorancia de los nueve hombrecitos era la más atrevida de todas.

Pero regresemos aún un momento al cuento que hoy nos ocupa. Sin mapas y sin brújula, sin sentido de la orientación y sin hacer caso de consejos, el teniente nos sacaba del camino correcto a cada momento. Preguntando se llega a Roma, dicen, y el teniente más que preguntar interrogaba a la gente que encontrábamos por el camino y estaríamos quizás llegando a Roma pero no a El Tortuguero. No se si fue al cuarto o quinto día de camino que encontramos a un hombre y un niño casi adolescente que arreaban una manada de cerdos y nos contaron que venían desde El Tortuguero. A algunos de nosotros se nos ocurrió que si seguíamos las huellas de los cerdos llegaríamos pronto a nuestro destino. El teniente no opuso mucha resistencia a la idea y así nos fuimos, siguiendo la huella de los cerdos, pasando por cada lugar por donde los compradores de cerdos habían pasado y pudimos trazar el itinerario que habían seguido. Pero que fuésemos siguiendo el rastro de los cerdos no significaba necesariamente que ya no nos íbamos a perder más. Nuestro jefe de pacotilla se las ingenió para perdernos algunas veces más.. Al final el viaje duro ocho o nueve días y la tropa llegó a su destino desmoralizada, cansada, hambrienta y harta del teniente y de la movilización.

* Mulo, bestia de monta y carga producto del cruce de un burro con una yegua o, menos común, de un caballo con una burra.

viernes, marzo 03, 2006

¡A proletarizar el campo!

Mis observaciones de aquellos tiempos eran ingenuas, sin método y sin teoría, simples, vulgares. Al amigo el Dr. López le escuché una vez la frase “uno sólo ve aquello que conoce” y tenía mucha razón. El Dr. López me dijo esta frase una vez que veíamos en un monitor unas imágenes de ultrasonido que yo no podía interpretar porque me faltaba el conocimiento para poder entender lo que ellas mostraban. En esa movilización del 3072 yo iba pasando sobre las cosas y aunque estaban frente a mis ojos no podía verlas, o peor aún, interpretaba otras cosas que aquellas que las imágenes me dejaban ver. Mi ignorancia y el hecho de estar siendo parte en los hechos sociales de aquellos tiempones me impedía ver lo que en realidad ocurría. Algunos años más tarde habría yo de regresar al campo, dotado de conocimientos más o menos sólidos de las ciencias sociales y de un método de análisis de la realidad y sólo entonces pude ir empezando a entender las cosas que estaban ocurriendo. Ahora voy a barajarla mas despacio.

En el campo nos detestaban, aunque se nos sonriera amablemente, aunque hablaran con nosotros y aunque se nos diera de comer. Probablemente aquellos jóvenes soldados citadinos no les caíamos mal como personas a esa gente humilde con la que a diario tratábamos, pero éramos el brazo armado del enemigo del campesinado y eso no podían tragárselo esas familias que ya para entonces estaban sufriendo en sus vidas los terribles efectos de las desquiciadas políticas de los nueve hombrecitos auto-nombrados comandantes. El rechazo de los campesinos no era pues producto únicamente del torpe comportamiento que aquellos jóvenes teníamos, había más cosas en juego que nosotros no éramos capaces de percibir.

Los sandinistas no entendieron el campesinado, ni el campo ni lo que allá sucedía. No lo entendieron entonces ni lo entendieron después. Los comandantes no eran ni muy inteligentes ni muy instruidos, varios de ellos leían cancaneado y otros se quedaban dormidos leyendo los primeros párrafos de un libro. Analizaban la realidad desde manuales soviéticos que masticaban para ellos los pesados libros de los padres del comunismo. Leían manuales y los seguían al pie de la letra y cuando los manuales se volvían muy complicados estaban siempre a la mano los asesores cubanos y soviéticos para mostrarles el camino. Como los malos alumnos que copian los exámenes de sus compañeros más inteligentes y estudiosos, los comandantes se dieron a la tarea de copiar al pie de la letra la revolución cubana, hasta en el hecho de tener a una pareja de hermanos al frente del gobierno y del ejército.

Los comandantes sandinistas tenían como objetivo proletarizar el campo y a eso se dedicaron en los primeros años de la revolución. Proletarizar el campo significa en lenguaje llano despojar a los campesinos de sus tierras y sus medios de producción y convertirlos en obreros de grandes empresas agrícolas de propiedad del estado. A los ojos de los sandinistas, el campesinado era una clase retrógrada no revolucionaria que debía desaparecer para dar paso al obrero, la única clase revolucionaria constructora del socialismo.

Con el sandinismo el mundo rural se vino abajo y el caos de los tiempos primigenios.se paseó por los campos desolados. Las cadenas de comercialización fueron destruidas pues los sandinistas aterrorizaron a los intermediarios —que compraban cosechas y animales y abastecían de productos vitales para la producción y la reproducción— y los echaron fuera por considerarlos viles explotadores de la fuerza de trabajo de los pobres del campo. En su lugar impusieron el monopolio del Ministerio de Comercio Interior que llevó sus políticas a extremos ridículos como quitarle a la gente en los buses mínimas cantidades de granos aduciendo que la gente intentaba comercializarlo por fuera, de manera ilegal. Los productos del campo fueron subsidiados para favorecer a las familias urbanas y en la otra cara del subsidio el campesino recibía precios irrisorios por el producto de su arduo trabajo. Los sandinistas habían llegado al poder por medio de una guerra urbana luego de décadas de intentar infructuosamente levantar al campesinado, sordo ante los cantos de sirena de esos jóvenes de la ciudad llenos de ideas traídas de los pelos. Ahora, una vez vencedores los comandantes le pasaban la cuenta al campesinado.

El terror se apoderó del mundo rural e hizo muy difícil la vida de la gente. Expropiaciones, asesinatos a mansalva de sospechosos de colaboración, apresamientos, torturas, eran asuntos de todos los días. Las tropas de la contrarrevolución fueron en sus inicios igualmente torpes y malvadas e igualmente aterrorizantes, luego fueron entendiendo mejor las cosas y ganando para sí a los campesinos que huían del sandinismo.

No recuerdo bien si fue ya desde el 82 o si fue en 84 que el sandinismo, sabiendo que había perdido al campesinado y que la contra lo estaba ganando para sí inició una política de tierra arrasada en la que enormes áreas en el Norte, Noreste, centro, Sur y Sureste del país fueron vaciadas de población. Los campesinos fueron sacados a punta de fusil de sus fincas, las cosechas fueron destruídas, los árboles echados abajo, las casas y otras edificaciones incendiadas o destruidas, los animales exterminados y los pozos envenenados. Cada vereda y cada quebrada fue minada. Se trataba de hacer imposible la vida en esas zonas para los combatientes del otro bando. Lo mismo se hizo con los indígenas del Caribe, muchos de los cuales fueron masacrados al oponerse a obedecer a esas tropas de ocupación que venían a sacarles de tierras que habían ocupado por siglos y de las que ni aún por los españoles habían sido arrojados. Campesinos de montaña adentro e indígenas fueron llevados por la fuerza a nuevas áreas. Años después, recorriendo como estudioso muchas de estas áreas y hablando con sobrevivientes de aquellos días lograría al fin entender esta espantosa realidad: la gente había sido llevada a campos de concentración, pues esto eran en realidad y sin eufemismos estos lugares en los que se forzaba a la gente a permanecer en condiciones infrahumanas.

El régimen sandinista duraría nada más que diez años. Al final la fuerza del campesinado sería un factor determinante en su caída pues si bien al principio la contra estuvo compuesta sobre todo por miembros de la extinta G.N. al final del período sandinista las tropas y los mandos de la contra serían ya mayoritariamente de extracción campesina. El alzamiento campesino soñado en las décadas de los sesenta y sesenta por los guerrilleros sandinistas de la facción Guerra Popular Prolongada (GPP) había ocurrido al fin, pero no contra Somoza sino contra un enemigo mucho peor: el sandinismo