domingo, marzo 19, 2006

Perdidos en el espacio

En mi para entonces no muy larga vida había yo conocido gente desorientada, capaz de perderse incluso en las cuatro calles de mi pueblo Rivas, un lugar donde nadie se pierde, pero jamás había visto a nadie que anduviera por la vida tan perdido como el teniente que nos habían puesto de jefe y a quien habían encomendado nos llevara de La Esperanza a El Tortuguero, en una ruta muy fácil de seguir pues sólo había un camino y ese camino terminaba en El Tortuguero.

El teniente sabía bien que los puntos cardinales son cuatro y podía repetirlos de memoria, pero nunca sabía dónde quedaba cada cual y cuando se le señalaba cada punto lo olvidaba en los siguientes cinco minutos. Sabía también como cualquier escolar de los primeros grados que el sol sale por el Este y se oculta por el Oeste pero incluso en mañanas soleadas y despejadas era incapaz de señalar donde quedaba el Este o el Oeste, o para el caso, cualquier otro punto. Era un caso patológico, geográficamente disléxico, nulo, perdido y cuando le preguntamos si llevaba en su mochila algún mapa o una brújula se burló de nosotros y nos dijo que no necesitaba de mapas y brújulas pues la montaña era su elemento y podía orientarse hasta por el trinar de los pájaros y los olores que el viento acarreaba. Ademas de andar perdido por el mundo, el teniente era pues terco, cerrado como el culo de un macho* y jamás reconocería su ignorancia frente a ese grupito de muchachitos bien de la ciudad. Sus jefes le habían dado un enorme poder sobre nosotros y lo iba a usar hasta que se le diera la gana. En la disciplina militar que nos regía al jefe no se le cuestionaba, sus ordenes se seguían sin chistar y la insubordinación era un delito severamente castigado. Años más tarde escucharía la frase “El jefe manda aunque mande mal” que refleja cabalmente esta situación. El jefe que nos habían puesto mandaba mal, muy mal y no escuchaba consejos de nadie. Entre nosotros había gente que ya desde esos primeros días dejaban ver su gran capacidad de orientación y al principio intentaron razonar con el teniente pero su intento fue vano y sólo se ganaban la peligrosa enemistad del teniente.

El teniente estaba haciendo a pequeña escala lo que los nueve “comandantes de la revolución” estaban haciendo a escala nacional. Eran un grupito de ignorantes que nunca habían trabajado en sus vidas, que no habían terminado una carrera universitaria y miraban el mundo desde la perspectiva mágica y supersticiosa del analfabeta pero fingían tener —repitiendo las huecas frases hechas de los manuales propagandistas soviéticos— una visión científica de la realidad y tomaban decisiones de vida y muerte con una facilidad asombrosa, como si fuesen iluminados, sin escuchar las voces de aquellos que les llamaban al orden y la cordura. A lo largo del camino de la revolución fueron quedando, apartados, humillados y ofendidos gente de más conocimiento, experiencia y mejor juicio que se atrevieron a contradecir a los sabios comandantes. Lo primero que aquellos nueve pequeños hombrecitos habían hecho al llegar al poder fue subirse a la cima y enviar a la llanura a todos los demás. Empezaron a llamar a todo el mundo con el igualitario “compañero” mientras se daban a sí mismos el prestigioso titulo de “Comandante de la Revolución” que dotaba a su poseedor de una enorme sabiduría. De esta manera, personas que habían pasado décadas estudiando y enseñando y se habían hecho merecedoras de sus títulos perdieron el reconocimiento y fueron llamados del mismo modo que el vendedor ambulante de helados. Los comandantes no sabían hacia donde iban, no podían imaginar cuales serían las consecuencias de sus políticas pero no prestaban atención a las voces de otros, mucho más entendidos que ellos, que les llamaban a la moderación. “La ignorancia es atrevida” reza un dicho de uso muy común en Nicaragua y la ignorancia de los nueve hombrecitos era la más atrevida de todas.

Pero regresemos aún un momento al cuento que hoy nos ocupa. Sin mapas y sin brújula, sin sentido de la orientación y sin hacer caso de consejos, el teniente nos sacaba del camino correcto a cada momento. Preguntando se llega a Roma, dicen, y el teniente más que preguntar interrogaba a la gente que encontrábamos por el camino y estaríamos quizás llegando a Roma pero no a El Tortuguero. No se si fue al cuarto o quinto día de camino que encontramos a un hombre y un niño casi adolescente que arreaban una manada de cerdos y nos contaron que venían desde El Tortuguero. A algunos de nosotros se nos ocurrió que si seguíamos las huellas de los cerdos llegaríamos pronto a nuestro destino. El teniente no opuso mucha resistencia a la idea y así nos fuimos, siguiendo la huella de los cerdos, pasando por cada lugar por donde los compradores de cerdos habían pasado y pudimos trazar el itinerario que habían seguido. Pero que fuésemos siguiendo el rastro de los cerdos no significaba necesariamente que ya no nos íbamos a perder más. Nuestro jefe de pacotilla se las ingenió para perdernos algunas veces más.. Al final el viaje duro ocho o nueve días y la tropa llegó a su destino desmoralizada, cansada, hambrienta y harta del teniente y de la movilización.

* Mulo, bestia de monta y carga producto del cruce de un burro con una yegua o, menos común, de un caballo con una burra.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Oaleman64 dijo...

Pedro, esto le paso a cualquier reservista que se movilizaba. Y habia un espejismo, se pensaba que con ejercicios previos a la movilizacion el cuerpo se aconstumbraria rapidamente a la montaña, pero eso es mentira. Recuerdo que previo a la movilizacion un grupo de compas del goyena. El goyena queda ubicado por la colonia Las Brisas, Que es la salida hacia leon, pegado al monumento que hay a los Heroes y martires de la Cuesta del plomo. En esta cuesta en la epoca de somoza, alli llegaban a botar a los estudiantes y jovenes que agarraba la guardia ya torturados y asesinados. Nosotros subiamos diario el cerrito que hay al pie del goyena, el que tiene una iglesia arriba, que llaman Monte Tabor, para prepararnos a la movilizacion. Pero nada nos valio este ejercicio, cuando te dejan en un lugar en la montaña y despues tenes que caminar de sol a sol, durante varios dias, bajando y subiendo cerros para llegar a tu punto de ubicacion, donde vas a estar movilizados. En esa primera gran marcha, no hubo quien no se topaba, algunos se desmayaban, otros vomitaban. Era la marcha de los aprendices a guerrilleros, todo mundo fundido. Que si la guardia nos hubieran emboscados todo nos hubieramos muertos. Pero asi es el aprendizaje, pero ya despues de varios meses de andar pataleando esas montañas, el cuerpo se aconstumbra y hasta corriendo subi los cerros, mas cuando andas patrullando y subis desplegado un cerro, donde pensa que esta el enemigo.