martes, abril 25, 2006

¡Dios mío mi lindo! (1)

[La historia es real, sólo se ha cambiado los nombres para proteger a los inocentes]
Con todo lo que hasta ahora le he contado pensará usted que la pasé muy mal en esta movilización, pensará que sufrí y lloré entre tanta miseria y dificultad; si piensa usted así siento desengañarle: nada está más lejos de la realidad. Los meses de movilización que para otros fueron largos y terribles fueron para mí bastante fáciles de llevar, fueron terapia para mi tristeza y pesadumbre, pero sobre todo fueron escuela. El buen aprendedor aprende de cualquier cosa y en cualquier lugar y en esta movilización aprendí un montón de cosas. Mientras en Managua la clase política y la intelectualidad se partía el seso analizando la revolución, imaginando cosas y elevando barriletes, alejándose cada vez más de la realidad, yo estaba metido en el lodo, haciendo la revolución, comiendo mierda y viendo al pueblo comer mierda. Es que allá abajo, donde viven los pobres, la revolución fue como una horrible tormenta con rayos y truenos ante la que no hay nada más que hacer que encerrarte en tu casita con tu gente a esperar hasta que pase, rogando a dios que el rayo no te alcance. Ya había pobreza antes de la revolución, con ella se convirtió en miseria y no únicamente material: en los pueblos y en el campo la columna vertebral de la revolución la constituyó la peor gente, individuos ruines y despreciables, sin oficio ni beneficio, que convirtieron en pesadilla la existencia de la gente humilde. “Dios no da alas a animal ponzoñoso” reza el adagio popular, pero si Dios no las dió el sandinismo sí y para los pobres la revolución fue nada más que seguir comiendo mierda pero ahora vigilados y aterrorizados por un grupito de canallas a quienes el sandinismo les dio poder. Entendí, en esta movilización, que la revolución no tenía futuro porque no tenía asidero real. La revolución, se decía, se había hecho en nombre de las clases oprimidas, pero para esas clases la revolución era una cosa demasiado extraña, una cosa que no era suya. Era además, más opresión, más tristeza, más inseguridad. Esta movilización me enseñó mucho más de lo que un curso de Marxismo-Leninismo o de Materialismo Histórico hubieran podido enseñarme.

Pero déjeme pasar al cuento que hoy me ocupa. Una noche de junio del año 81, cuando estaba recién llegado de mi aventura costeña y lamentaba aún haber tenido que regresar al horrible Managua, fui invitado por mi amiga Julia a la fiesta que una amiga de ella ofrecía. “Va a haber buena comida, buena bebida, gente agradable, mujeres guapas y buena música para bailar con ellas. Deberías de ir para que se te quite esa agüevazón que te tenés” me dijo Julia. “No son muchos los invitados” me dijo, “sólo la gente más cercana de la dueña de la casa”. A mí no me gustaban entonces las fiestas tumultuosas así que esta última frase me animó a salir de mi cueva de ermitaño y me fui, junto con Julia, su novio y una amiga gordita que andaba de cabanga porque el novio la había botado. Fuimos los últimos en llegar, los otros invitados, que no llegarían a ocho, estaban ya de lo más animados bailando, bebiendo, comiendo y haciendo bromas. La casa era inmensa y estaba situada, como una isla, en el centro de un enorme jardín, de pasto verdísimo y cubierto de árboles frutales. Cuatro muros altísimos terminados en alambre de púas encerraban la casa y el jardín. Me sorprendió saber que en ese barrio, tan cerca del centro de la vieja Managua pudiese haber una casa así.

La dueña de la casa nos abrió la puerta y recibió alegrísima a Julia riendo y abrazándola con mucho cariño. Cuando se calmó el agasajo nos presentaron y me dio la mano, una mano suave y tibia y me dijo su nombre [“Amelia”] con una voz aguda y alegre. Tenía puesto un vestido blanco de sofisticada sencillez, un collar de cuentas y aretes haciendo juego y calzaba unas sandalias que realzaban la delicadeza de sus pies. Era de piel blanca pero lucía un bronceado brutal que hacía que sus preciosos dientes blancos se viesen aún más blancos. Me encantó apenas verla y cuando la saludé [“encantado” le dije] el brillo que me pareció percibir en el fondo de sus ojos cafés claros me hicieron pensar que a ella también le había gustado conocerme.

“Tené cuidado” me dijo Julia bajito cuando Amelia salió corriendo para controlar no sé que cosa en la cocina. “¿Cuidado?” pregunté yo, sinceramente extrañado. “No te metás en problemas, yo sé porque te lo digo”

La velada fue de las más agradables que yo había tenido en los últimos meses. La gente contaba chistes y se reía a carcajadas y el ambiente, la bebida, la comida y seguramente la presencia de Amelia sacaron mis mejores gracias a la luz. Conté pasajes de mi vida de los meses anteriores, de lo que había hecho en la costa, de las bromas que nos gastábamos mis compañeros y yo en la cruzada de alfabetización en lenguas que acabábamos de terminar y cada cosa que contaba me salía divertida. Amelia reía de mis cuentos y me animaba a seguir, bromeando y hablándome como si me conociese de siempre. Pusieron música costeña y bailé palo de mayo con la gordita acabangada que por un momento olvidó su tristeza para mostrarnos su gracia al bailar, moviéndose con agilidad de gata, como si no tuviera unas libras de más.

Era el grupo de gente más alegre y desenfadado que yo había conocido en mucho tiempo. Por la manera en que se trataban era claro que eran los amigos más íntimos de Amelia, que estaba divirtiéndose de lo lindo, gozando con cada cosa que hacíamos y decíamos. Todo el mundo era de lo más espontáneo y todos parecían felices de la vida. Bailamos en grupo, en pareja y solos, hicimos un círculo donde cada cual entró a hacer sus mejores pasos de baile, hicimos luego el trencito y recorrimos la enorme terraza, cantando y bailando hasta que tuvimos que sentarnos, cansados de tanta jodedera.

Amelia iba de vez en cuando a la cocina a ver como andaban las cosas por allá. Para proteger su privacidad había despachado a las empleadas a sus casas y un amigo —flaquito, chelito y afeminado— se encargaba de poner a punto los diferentes platillos que las cocineras habían preparado. En una de sus idas a la cocina la seguí con el pretexto de ayudarle a traer cosas. Aunque era todavía muy temprano, tenía ya la sana intención de ponerla contra una pared. “Alto” dijo el flaquito blandiendo una paila en dirección de mi pecho “en mi cocina no entra otro hombre más que yo”. “No seas odioso y egoísta” dijo Amelia, “ que la cocina es bastante grande y alcanza más de un hombre”. “Lo dejo entrar nada más porque es tu amigo”, dijo el flaquito, “pero lo voy a mantener vigilado”.

“¿Qué te gustaría tomar?” me preguntó Amelia mientras ponía en una bandeja platos con arroz y trozos de filete en salsa jalapeña, “veo que no has estado tomando mucho. Los amigos de Julia son mis amigos y quiero que te sintás bien” dijo después. “¿Cuáles son las opciones?” pregunté. “Lo que querrás: vino, cerveza, whisky, vodka... pide y se te concederá” dijo Amelia graciosamente [me estaba enamorando de esta mujer tan amable y risueña]. A mí me gustaba la cerveza pero me producía un sueño horrible y a veces me quedaba dormido en medio de una fiesta. Esta noche no quería dormirme. “Whisky pues” dije. “Whisky entonces” dijo Amelia y entró a una habitación que luego supe era una bodega y regresó con una botella de whisky “single malt” y la puso en mi mano. “Espero que te guste” dijo. Era una botella de Glenfiddich Gran Reserva, de 21 años de envejecimiento. Yo sabía, porque casualmente lo había leído en una revista para ricos un par de semanas atrás, que el precio, en una licorería de Londres, de la botella que tenía en mi mano era de alrededor de setenta libras esterlinas. Cuando pedí whisky esperaba recibir un vulgar Old Parr de diez dólares o un Johnnie Walker cinta roja o cuando mucho un Chivas, pero este whisky oscurito destinado a paladares aristocráticos superaba mis sueños más atrevidos y casi me sentí culpable al abrir la botella. “¿Te gusta ese whisky o te busco otro?” me preguntó Amelia. “No, no sigás buscando, este nunca lo he probado pero de seguro me va a encantar” le dije. Yo tenía un buen trabajo entonces y ganaba bastante bien pero ese whisky —cualquier whisky en realidad— escapaba de mi nivel de vida. Tomé la botella y un vaso guisquero y regresé a la terraza, feliz de la vida. La noche apenas estaba ahora empezando y estaba dispuesto a pasarla bien. Una noche de unos meses atrás me había emborrachado tanto que no recordé como había llegado a esa cama de motel en la que me estaba despertando junto a un cuerpo de mujer. Sonreí para mis adentros pues me había pasado la noche enamorando a una flaquita de diecisiete años. “Me la traje” me dije. Cuando me acerqué para mirarla bien me encontré una mujer vieja que roncaba como una olla de frijoles. Era la madre de la flaquita que quién sabe de qué extraña manera había llegado hasta ahí. En la fiesta no se veía tan mal a decir verdad, pero tirada ahí como un saco de papas despatarrada en la cama y con la dentadura postiza fuera de lugar sólo provocaba ganas de salir corriendo. Aquella noche juré que no volvería a emborracharme pues a ese paso me iba a ocurrir un día una tragedia. Pero yo tenía mala memoria y los juramentos son para romperse y esta noche habría de romperlo de nuevo.

[...Continuará...lo bueno viene ahora]

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hijole!!!! empeze la historia de la parte No/4 y me tiene intrigadicima. Es cierto todo lo que contas o es tu imaginacion?

Pedro el malo dijo...

Hola anónima lectora,

Te agradezco mucho tu paso por este mi humilde blog y te agradezco más todavía que me hayas dejado un comentario.

Como digo al principio de esta serie, la historia es real, sólo se ha cambiado los nombres para proteger a los inocentes. Hay pequeñísimos elementos que se han añadido, realzado un poco o presentado de otro modo, con el único objetivo de hacer la lectura más agradable, pero lo que cuento ocurrió así en realidad.

Te preguntarás si escarmenté, si dejé de andar metiéndome en peligros para disfrutar de una noche o un rato de amor y te diré que no, nunca aprendí, bruto que soy y me metí otras veces en camisas de once varas y ni siquiera cuando anduve como soldado estuve tan cerca de la muerte como cuando anduve persiguiendo el amor por los rincones de casas que no eran la mía, detrás de mujeres que otros hombres consideraban suyas, retozando en camas que no eran la mía...

¿Que si me arrepiento? ¿Cómo podría yo arrepentirme de esas cosas si fueron esos amores los que dieron color a mi pálida existencia?

Un abrazo

PEM