domingo, abril 30, 2006

¡Dios mío mi lindo! (2)

La palabra celta "usquebaugh" que significa “agua de vida” llegó al idioma inglés convertida en “usky” para transformarse finalmente en whisky. Los celtas eran sabios: no podían haber encontrado una mejor palabra para una bebida tan noble, capaz de curar tristezas, reanimar al debilitado y traer a la vida hasta al más pendejo. Con mi botella de la mejor “agua de vida” me fui a la terraza a sentarme con los demás y apenas al segundo trago se borró el último trazo de la migraña que me atacaba desde el día anterior y que había empezado a quitarse en el momento que entré a esa casa. Jamás en mi vida había probado un whisky —o cualquier otro licor en realidad— tan exquisito como este. [Aquí me he pasado una hora tratando de describir para ustedes el sabor de esta bebida y todas las sensaciones que me produjo pero no he podido, cualquier descripción mía es insuficiente, no voy a hacerla]

El licor barato te altera los sentidos y te da ganas de pelear, de sacar el machete y hacerle un corte de chaleco a tu prójimo. El licor fino despierta tus más elevados sentimientos y te lleva a un estado angelical y si estás joven, sano y fuerte como yo lo estaba entonces, te eleva además la libido. Esa noche el whisky me puso de lo más gracioso y agradable pero además dilató mis pupilas, soltó mis feromonas, me dio resolución, me ayudó a enfocarme y afinó mi puntería. Puse la mira en dirección a Amelia y milagrosamente acerté. Como les contaré más adelante, esa noche Amelia y yo nos dejamos arrastrar por la pasión, encantados de la vida, ciegos y sordos a cualquier otra cosa que no fuera el amor.

[Antes de continuar déjeme darle un poco de información extra (background, me gusta decir) para que entienda usted mejor lo que a continuación le contaré. En asuntos de mujeres yo era entonces lo que se conoce como un “lento”, uno que “no agarra nada”. Lo era desde pequeñito, continué siéndolo en mi adolescencia y fue sólo alrededor de mi cumpleaños veinticinco que me compuse un poco, no mucho en realidad pues aún ahora sigo siendo un lento, pero eso ya no es importante porque sólo en mi libro leo. Para la época que ahora les cuento, mi vida sexual era similar a la manera en que se alimentan esos cocodrilos del río Mara en Africa.


Cada año, alrededor de millón y medio de ñues (Connochaetes taurinus), un cuarto de millón de cebras (Equus burchelli) y medio millón de gacelas (Gazella thomsonii) viajan por el complejo Serengueti-Mara siguiendo una marcha cíclica que cubre anualmente unos 2,900 kilómetros. En cierto momento de su migración en busca de nuevos pastos, las grandes manadas tienen que cruzar el río Mara, infestado de cocodrilos (Crocodylus niloticus) enormes (de 5 a 6 m. de largo y una tonelada de peso) y horriblemente hambrientos.

En el cruce, que se produce por diferentes pasos y en diferentes momentos, el río se tiñe literalmente de la sangre de aquellos que son atrapados por los cocodrilos, que se disputan ardorosamente los restos de las presas. Esta comida —festín sería la palabra adecuada— será la única que los cocodrilos tendrán en todo el año y por eso comen hasta hartarse mientras pueden, hasta que el último ungulado atraviesa el río. Con el contenido de la panza, llena a reventar, el cocodrilo habrá de sobrevivir el año entero. Así exactamente era mi vida sexual de aquellos tiempos. De vez en cuando, una vez al año, alguna despistada caía en mi río y ¡juás! te fuiste, a coger como loco una noche, o si tenía suerte algunos días, hasta que ella se iba de regreso al lugar de donde había llegado y yo me quedaba con los recuerdos nada más, que me habrían de servir para sobrevivir el año entero sin sexo.

Para cuando encontré a Amelia estaba en las vacas flacas en lo que a sexo toca. Vivía en la casa de una amiga que era novia de otro que no era yo y mi idea de una noche romántica era retirarme a mi cuarto con un par de cervezas, el infaltable paquete de cigarrillos y la revista Penthouse de Junio de 1979, que había comprado en el aeropuerto de Los Angeles como un souvenir del imperialismo antes de volar a Costa Rica con la intención de ingresar a Nicaragua para ir a combatir al dictador Somoza, representante del imperio. Porque estaba en las malas, sin sexo desde hacía meses y hambriento de amor de mujer, nada ni nadie iba a poder hacerme abrir mis mandíbulas y dejar escapar mi codiciada presa.]

Estaba pues disfrutando de mi deliciosa botella de Whisky Glenfiddich Gran Reserva, de 21 años de envejecimiento, sentado en esa terraza y hablando con gente de lo más divertida cuando de pronto la música se volvió más lenta y el volumen bajó. Todo el mundo se fue entonces a bailar. La gordita acabangada me invitó a bailar pero cuando yo me excusé agarró de la mano a un moreno grande y fuerte con cara de militar que bebía cerveza y se fueron a bailar. Las parejas se habían formado y yo, para variar, me había quedado fuera de la repartición pero esta noche estaba de lo más contento y no me importó mucho. Amelia vino a acompañarme cuando se desocupó en la cocina y se dio cuenta que yo me había quedado solo en ese rincón de la casa y me encontró meciéndome de lo más feliz en una silla abuelita. Hablamos y hablamos de esto y de lo otro y casi sin darnos cuenta nos fuimos encantando, yo de ella y aparentemente, también ella de mí. En algún momento hablamos de la música que nos gustaba y yo hablé de Cat Stevens y de Bob Marley y ella se levantó, fue al aparato de sonido y regresó rápidamente. La voz inconfundible del maestro Marley se dejó oír entonces, cantando, sin esfuerzo, la canción de V. Ford:

No, woman, no cry;
No, woman, no cry;
No, woman, no cry;
No, woman, no cry .

Amelia me invitó a bailar y yo dije que sí, pero cuando hizo el intento de salir hacia donde estaban los demás la retuve y le pedí quedarse a bailar ahí mismo, en ese rinconcito oscuro alejado de las miradas de los demás. Bailamos, y bailamos como una sola persona. Una de las mejores cosas que yo había aprendido en la costa era a bailar esas canciones suaves que en el Pacífico llaman boleros. Uno se queda a bailar en un solo lugar, casi sin levantar los pies, moviendo sinuosamente nada más que las caderas y los hombros. Tu pareja va siguiendo y completando tus movimientos y si a tu pareja no le gustás o no quiere nada con vos los movimientos se hacen torpes, pesados y sin gracia, la pareja va tropezando y el baile es un suplicio. Amelia siguió cada movimiento mío y completó cada paso y nuestro baile fue perfecto, delicioso. Y el maestro Marley seguía cantando:

'Cause - 'cause - 'cause I remember when we used to sit
In a government yard in Trenchtown,
Oba - obaserving the 'ypocrites - yeah! –

...y mientras bailábamos yo bajaba mis manos de su espalda a sus caderas y las dejaba ahí como corresponde a esa manera de bailar. Y el baile se volvía erótico y mi respiración se entrecortaba...

Mingle with the good people we meet, yeah!
Good friends we have, oh, good friends we have lost
Along the way, yeah!
In this great future, you can't forget your past;
So dry your tears, I seh.
Yeah!

...y yo moviendo mi pelvis suavemente hacia uno y otro lado en dirección contraria al movimiento de la espalda y moviéndolas también hacia delante y mientras esto hacía, atraía hacia mis caderas las caderas de ella. Y el maestro Marley cuya música siempre me había gustado pero nunca tanto como ahora, cantaba aún

No, woman, no cry;
No, woman, no cry. Eh, yeah!
A little darlin', don't shed no tears:
No, woman, no cry. Eh!

…y yo, fascinado de la vida, bailando con aquella mujer que se dejaba apretar y que como yo estaba gozando del baile. Dejé de pensar y ella también y la música sonó y nos hicimos uno con la música que se metió a nosotros. Bailamos y a través del baile nos dijimos más cosas de las que nuestras palabras pudieran haber sido capaces de decir. La música sonaba

Said - said - said I remember when we used to sit
In the government yard in Trenchtown, yeah!
And then Georgie would make the fire lights,
I seh, logwood burnin' through the nights, yeah!
Then we would cook cornmeal porridge, say,
Of which I'll share with you, yeah!
My feet is my only carriage
And so I've got to push on through.
Oh, while I'm gone,
Everything's gonna be all right!
Everything's gonna be all right!
Everything's gonna be all right, yeah!
Everything's gonna be all right!
Everything's gonna be all right-a!
Everything's gonna be all right!
Everything's gonna be all right, yeah!
Everything's gonna be all right!

Yo sentía su respiración y el delicioso olor de su pelo y mis manos subieron lentamente por su espalda y bajaron de nuevo despacito, esta vez más abajo, hasta sentir sus nalgas firmes. Sus manos habían ido a juntarse detrás de mi nuca y sus brazos colgaban en mi pecho. Ella puso una mano en mi corazón y sintió seguramente su ritmo enloquecido y la sentí sonreír. El maestro Marley cantaba aún y ella apretó todo su cuerpo aún más contra el mío mientras la canción larguísima iba bajando su volumen, terminando

So no, woman, no cry;
No, woman, no cry.
I seh, O little - O little darlin', don't shed no tears;
No, woman, no cry, eh.

No, woman - no, woman - no, woman, no cry;
No, woman, no cry.
One more time I got to say:
O little - little darlin', please don't shed no tears;

No, woman, no cry.

... y nosotros nos fuimos separando despacito. No queríamos separarnos, no queríamos bajar de esa alfombra mágica en la que nos habíamos subido a volar, pero nos separamos al fin. Yo la besé, seguro que ella no iba a rechazarme. No me rechazó y nos dimos un beso corto, dulce y ardorosamente tierno, en el que las puntas de nuestras lenguas hicieron apenas contacto, suavemente, conteniendo aún nuestra pasión. “Más tarde” dijo ella, no quiero que nadie se de cuenta. “Nadie se va a dar cuenta” dije yo, repitiendo la misma frase que decía a las viejas y las muchachas allá en mi pueblo cuando ellas, antes, durante y después de un polvito me decían que no se lo fuera a contar a nadie. Sus labios habían aumentado su volumen, una señal inequívoca de excitación sexual en la hembra humana. Yo presentaba señales aún más visibles de excitación así que fui a sentarme cuando ella fue a despedir a la primera pareja que se iba.

Mi amiga Julia, que me tenía mucho cariño y por ser mayor que yo se sentía responsable de mí, vino entonces a advertirme por segunda o tercera vez en la noche. “¿Qué estás haciendo?” me dijo. “Aquí disfrutando de la vida” le dije. “No te pregunté para que me contestés, pendejo. ¿Pensás que no me he dado cuenta de lo que has estado haciendo? Lo que quiero decirte es que no seas estúpido, te vas a meter en problemas horribles de los que nadie va a poder sacarte. Mejor andate ahorita que estás a tiempo” Julia parecía genuinamente asustada y preocupada por mí. ¿Por qué? Pregunté, tratando de encontrar un argumento convincente sabiendo ya de antemano que cualquier cosa que me dijeran no habría de frenarme. Julia buscó las palabras y luego habló: “Esta mujer, amiguito, es la mujer de un hombre muy poderoso. La cosa es en realidad muy simple: vos te cogés su mujer y el te mata, sin asco. Es más, ni siquiera tenés que coger con ella, bastará que el piense que la cogiste y podés despedirte de este mundo. Es un hombre celoso y desalmado. Haceme caso, yo sé por qué te lo digo. Desaparecete, antes que te desaparezcan.” Si Julia quería asustarme lo consiguió realmente. ¿Quién es? pregunté. “Este maje es...” pero Julia no pudo terminar la frase pues Amelia había llegado sin que lo supieramos y la estaba abrazando desde atrás, riendo. Amelia pudo percibir que estábamos hablando de cosas difíciles pues estábamos muy serios. “¿Qué pasa?” Dijo “¿Quién se murió?” Amelia no se había dado cuenta de qué hablábamos y aunque estábamos preocupados, Julia y yo reímos a carcajadas. Teníamos un humor lúgubre. “Nadie se ha muerto” dijo Julia. “Ni se morirá” completé yo.

[...Continuará...ya estamos llegando a lo mejor. ¿Qué pasará? ¿Huirá nuestro héroe, espantado, desoyendo la llamada del amor? ¿Se quedará, arriesgando el pellejo por un polvito?. No dejé de leer la próxima, emocionante entrega]


2 comentarios:

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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