sábado, mayo 20, 2006

¡Dios mío mi lindo! (4 y final)

Todo lo que voy a contarles ahora ocurrió en unos pocos minutos que a mi me parecieron eternos pues esa mañanita el tiempo había adquirido una textura especial, una intensidad enorme, totalmente desconocida para mí.

Cuando Amelia puso mi ropa en mis manos y me envió a meterme al closet yo obedecí sin decir palabra y entré calladito, como oveja que va al matadero. El closet era del tipo que los gringos llaman un walk-in closet, una habitación llena de ropas, zapatos y accesorios de vestir a la que uno entra a buscar su ropa y arreglarse. Había espejos por todas partes y la imagen que los espejos me devolvían no me agradó. Me dio lástima verme en ese estado: flaquito, desnudito y con la ropa en las manos daba una terrible impresión de abandono y provocaba tristeza. Estaba asustado como pocas veces en mi vida. La última vez que había estado así de asustado había sido una horrible noche, ocho años y medio atrás, en el atrio de la iglesia de San Sebastián en Managua, unos minutos después del terremoto que destruyó la ciudad. En aquella ocasión me acerqué a mi padre lloriqueando “nos vamos a morir” le dije entre sollozos y mi padre, ocupado como estaba tratando de encontrar un rumbo de acción en medio del caos, me regañó: “Cálmese amigo, de nada sirve llorar y hoy no vamos a morirnos, pero si nos fuésemos a morir por lo menos hay que morir sin estar llorando como una plañidera. Ahora hay mucho quehacer, guárdese el llanto para mañana y vamos a sacar gente de los escombros” y el viejo se fue a sacar gente que estaba atrapada debajo de sus casas derrumbadas y a gritos desgarradores pedía auxilio. Esa noche se secaron mis lagrimales y no volví a llorar nunca más, pero adquirí también una herramienta poderosa: cada vez que estoy en dificultades me digo a mí mismo “cálmese amigo” y de inmediato me calmo y puedo mirar entonces por donde es la salida del berenjenal en que estuviese metido.

Esa mañanita, encerrado en ese closet, mi corazón palpitaba a gran velocidad y podía sentir la sangre golpeándome las sienes. Tenía un montón de adrenalina en la sangre que no me dejaba pensar y me estaba volviendo loco. “Cálmese amigo” me dije, y empecé a ponerme la ropa, pues de pronto pensé que eso de morirse desnudo no era de buen gusto. “Cálmese” seguí diciéndome mientras trataba de poner orden en mis pensamientos que se producían a una velocidad pasmosa y se agolpaban en mi cerebro, confundiéndome. Traté de hacer un inventario de mi situación y entendí que me encontraba en una posición muy precaria. Me había bebido el whisky del comandante, me había comido su fina comida y me había pasado la noche retozando con su amante en la lujosa cama que él le había comprado. Entendí que si me encontraban ahí mi muerte sería segura e inmediata. Me iban a matar como un perro pues el comandante no iba a permitir que quedara vivo después de haber cogido con su mujer. Era peligroso dejarme vivo pues todo el mundo iba a saber que su querida se las pegaba a él, el gran hombre, el gran cogedor, con un jovencito flaquito. No, si me encontraban ahí metido no iba a vivir para contarlo, me iban a matar como a una rata.

Dicen, algunos que han escapado de la muerte, que cuando uno se va a morir la vida toda pasa en un instante frente a tus ojos, como en una película. Ahí metido en ese closet pasó la vida mía frente a mis ojos, pero no mi vida pasada, que era muy corta y aburrida, sino la vida que aún no había vivido. Pude ver las mujeres que aún no había amado, los amigos y amigas que aún no había conocido, los países que aún no había visitado, las emociones que aún no había sentido. La vida que tenía por delante era riquísima y me dio mucha tristeza tener que morirme. Tenía demasiadas cosas por hacer para tener hoy que morirme, tenía deudas por saldar, pláticas por terminar y palabras que aún debía decirle a mi gente querida. No, definitivamente no era conveniente morirse.

Años atrás había pertenecido por algún tiempo a una secta cristiana fundamentalista —de esas en las que los miembros hablan en lenguas mientras oran— y había predicado en buses, mercados y plazas públicas. Había visto grandes maravillas —que no les contaré pues no las creerían— pero después de algún tiempo dejé simplemente de creer en la existencia de Dios, el dios de los cristianos por lo menos. Esta mañanita estaba hasta dondenués y no tenía a quién recurrir. Sabía bien que Dios no existía pero por si acaso cerré mis ojos y traté de establecer comunicación en palabras más o menos así: “dios, o como sea que te llamés, vos sabés que yo le digo a todo el mundo que no existís y cada vez que puedo te vuelo verga, pero yo sé que vos sos poderoso y a vos eso no te molesta así que haceme el volado y sacame de este clavo en el que por imbécil me metí. Te prometo que voy a dejar de fumar y que no me volveré a acostar con la mujer de mi prójimo”. Mi madre es devota de Jesús del Rescate, el Cristo de Popoyuapa y éste le ha hecho enormes milagros y a lo mejor este fue otro de sus milagros porque apenas hube terminado mi oración empecé a pensar en un libro que en mis tiempos de predicador callejero había leído. Se trataba de un libro de un pandillero converso que tenía el título de Corre Nicky, corre. Entonces lo entendí claramente, tenía que correr, tenía que salir de ahí pues dentro de la casa sería más fácil matarme. Si lograba llegar a la calle tenía más probabilidades de salir vivo pues quizás habrían testigos que mirarían cuando los escoltas del comandante me atraparan y éstos no se atreverían quizás a liquidarme. Por los ruidos que escuché me di cuenta que Amelia y el comandante estaban recorriendo el patio alrededor de la casa. Hablaban de árboles que iban a sembrar, de los hongos que tenía el naranjo y cosas por el estilo. Cuando pensé que estaban en la parte de atrás de la casa decidí salir pues en ese momento la atención de todo el mundo estaría enfocada hacia allá. Respiré hondo y empecé a andar sin ponerme aún los zapatos, para no hacer ruido. Al llegar a la puerta me los puse y salí. No había nadie entre la puerta de la casa y el muro que daba a la calle. Caminé a paso largo, esperando oír una voz que desde atrás me ordenase detenerme pero la voz no llegó nunca. El escolta encargado de cuidar la puerta habría ido a un lado de la casa seguramente, a orinar quizás. Llegué a la puerta y salí a la calle, en la que habían unos cuantos soldados que miraban hacia otro lado o dormitaban dentro de los vehículos parqueados del otro lado de la calle, debajo de unos enormes almendros. La mayoría de los escoltas había ido a la pulpería de la esquina a buscar algo de comer y de beber y allá platicaban ruidosamente. Habían seguramente pasado la noche en vela y se notaban cansados. Cuando salí a la calle continué andando a paso firme, ahora sobre la acera. Nadie me había visto hasta entonces. De pronto uno de los escoltas, el jefe seguramente a juzgar por su actitud, me miró y vino hacia mí rápidamente desde el lado del carro donde había estado de pie. “Alto” me dijo. “¿Qué pasó compa?” le dije yo, tranquilo, sabiendo que no me había visto y sólo me había detenido porque se había asustado al verme de pronto. “¿De dónde saliste?” me dijo. “Que pregunta compa, de mi casa, allá a tres cuadras, ¿De donde voy a salir?”. El hombre me miró serio. “Vos saliste de esa casa” me dijo, señalando la casa de Amelia. “Yo nada tengo que buscar en esa casa, ni sé quien vive ahí y no me interesa. Vengo de allá”, le dije, señalando hacia un punto al final de la calle. “Y si no me creés preguntale a ese compa que viene saliendo” le dije yo, voseándolo ahora como el estaba haciéndolo conmigo. En efecto, el escolta que debía cuidar la entrada venía desde la casa hacia la puerta del muro. El jefe de escolta le preguntó: “Negro, vos viste a este salir de ahí”. “No” dijo el así llamado negro, que no era negro sino renegrido “de aquí no salió, yo he estado aquí todo el rato y no lo he visto”.

"¿Estás seguro?” preguntó aún el jefe de escolta. “Seguro” dijo el renegrido.

“Qué raro” dijo el jefe de escolta “hubiera jurado que te vi salir de esa casa”. “¿Todo bien allá adentro?” preguntó luego al negro. “Al cien” dijo el negro. “Zafate pues” me ordeno luego el jefe de la escolta y yo me zafé. “Nos vemos” le dije y continué mi marcha. Al doblar la esquina empecé a correr como si un enjambre de avispas me fuese persiguiendo. Corrí a una velocidad asombrosa y seguro habré roto algunos récords mundiales. No me detuve sino trescientos o cuatrocientos metros más adelante, hasta que subí a un bus de la ruta 102 que ya iba saliendo de la parada, casi vacío. Me sentí aliviado, a salvo, vuelto a la vida, feliz. Me sentí como debió sentirse Moisés luego de cruzar el mar abierto de par en par.

El bus pasaba muy cerca de la casa de la única hermana que tenía en Managua y hacia allá me dirigí. Mi hermana y mi cuñado me invitaron a desayunar y tendría yo seguramente cara de asustado pues se pasaron el rato haciéndome bromas y tratando de averiguar dónde y con quién había pasado la noche. Yo no dije ni una sola palabra, no tenía muchas ganas de hablar de la experiencia vivida. “Otro día les cuento” les dije. “Ahora lo único que quiero es dar una dormidita”. Mi hermana me mandó a instalar en el cuarto de huéspedes, me duché y me fui a dormir. A media tarde vino mi hermana a ver con quién estaría yo hablando y me encontró tumbado en la cama dormido y mirando hacia el cielo raso, bañado en sudor, presa de la fiebre temblando y desvariando. El vecino de mi hermana, un médico muy metódico y meticuloso vino a examinarme, pero no pudo saber qué mal me aquejaba así que me dio paracetamol y me mandó descansar. Me quedé tres días en aquella casa en la que me sentía a salvo antes de regresar a la casa de mi amiga.

Mi vida no sería ya la misma desde entonces. Me entró una paranoia que aún ahora, después de veinticinco años hace su aparición de vez en cuando. Imaginaba que el comandante averiguaba lo que había ocurrido y me mandaba a matar. Por eso nunca regresaba por la misma ruta por la que salía a la calle y a veces repentinamente cambiaba por el camino la dirección de mi marcha. Traté de no tener un horario regular para evitar que alguien pudiera saber qué cosas hacía y a qué horas. Pero no ocurrió nada y mis temores eran infundados.

Semanas más tarde me daría cuenta que mi decisión de salir del closet había sido la mejor pues el comandante se quedó retozando con Amelia todo ese día y toda esa noche y sólo habría de marcharse al día siguiente con el sol ya muy alto. Si me hubiera quedado en ese closet no estarían ustedes leyendo hoy este blog.

A Amelia la vería aún una vez más, una única vez, pero esto se los contaré quizás otro día.

martes, mayo 16, 2006

Intermezzo involuntario

A toda la estimable clientela de este blog se le avisa que el bloguero ha estado todo agripado y achacoso y no ha podido terminar el ultimo capítulo de la serie "Dios mío mi lindo". Apenas se mejore se sentará frente a la compu a teclear el post pendiente. Se les ruega disculpar las molestias causadas.

Saludos

Pedro el mocoso

domingo, mayo 07, 2006

¡Dios mío mi lindo! (3 y terminando casi)

Julia se fue de nuevo a bailar y Amelia vino a pararse al lado de mi mecedora. “Tengo un poco de frío, se me pone la carne de gallina, tocá” dijo, adelantando su pierna para que yo tocara su pantorrilla. Yo pasé mi mano por la parte exterior de su pantorrilla tersa, perfectamente afeitada y seguí hacia arriba, despacito, recorriendo la suave piel de su muslo, hasta llegar a la base de la nalga y sentir el elástico inferior de su calzón. “Sí” dije, "tenés la piel de gallina". Si alguna duda tenía hasta entonces, justo en ese momento se me quitó la última. “Esta noche me quedo aquí, venga lo que venga” me dije a mí mismo, y me quedé.

La hiena manchada (Crocuta Crocuta) tiene las mandíbulas más poderosas de todo el reino animal. Con ellas es capaz de partir hasta el más duro hueso y una vez que se cierran alrededor de la garganta de su presa no vuelven a abrirse sino hasta que ésta ha exhalado su último suspiro. Esa noche estaba yo atrapado en las mandíbulas de una hiena manchada y no tenía escapatoria. No deseaba escapar, pero si hubiese querido no habría podido hacerlo.

Hay un rasgo de mi carácter que a toda persona que me conoce de cerca le parece odioso y a mí mismo me parece repugnante: soy a veces muy terco, cerrado como el culo de un macho. En ciertas ocasiones esa terquedad mía cobra ribetes casi patológicos y me lleva a realizar actos estúpidos. En esos casos me doy claramente cuenta que lo que estoy haciendo no debería ser hecho, que es peligroso, que es irracional continuar, pero a la vez voy cerrando tras de mí todas las puertas y tragándome todas las llaves, quitándome a mí mismo la posibilidad de echarme hacia atrás. Como la tarde aquella cuando tenía dieciséis o diecisiete años y me encontraba sentado en el parque de mi pueblo Rivas frente al comando de la Guardia Nacional platicando con mi amigo A.J. y empezó una trompeta a sonar y los guardias dieron inicio a la ceremonia de bajar la bandera. Como era la costumbre, los autos que iban circulando por el lugar se detuvieron en señal de respeto, los conductores se apearon y se pusieron de pie, firmes al lado de su vehículo, los peatones pararon su marcha y se quedaron quietecitos en actitud de meditación y los que estaban sentados en las bancas del parque se pusieron de pie. Todo debía interrumpirse cuando tenía lugar la ceremonia de bajar la bandera de su asta, una vez terminada todo el mundo podía seguir con su marcha o lo que fuese que hubiera interrumpido. Quién no cumplía con esta obligación era severamente castigado. Esa tarde todos los que estaban sentados en las bancas del parque se pusieron de pie. Todos, menos yo, mientras mi amigo A.J. se ponía pálido y hablando bajito me decía que no fuera imbécil y me suplicaba casi me pusiera de pie, que la guardia me iba a turquear. Y yo, completamente sordo le decía que no, que me iba a quedar sentado a ver qué pasaba, que yo era testigo de Jehová (no era cierto), que yo no tenía ídolos ni los adoraba y para mí ese pedazo de trapo no representaba nada. Yo quería conocer mis límites, quería saber adónde llevaba este camino idiota en el que me iba adentrando. Cuando terminó la ceremonia un guardia viejón vino a ordenarme que me pusiera de pie y lo acompañara porque el jefe quería hablar conmigo. Lo que pasó después se los contaré en otra ocasión, sólo quería darles un ejemplo de lo que digo.

La noche que hoy les cuento mi decisión estaba tomada. Como a las diez y media me despedí de todo el mundo y fingí que me iba. Amelia me condujo a una habitación que servía de estudio donde me quedaría hasta que el último invitado se fuera. Me tendí en un diván y procuré dejar de pensar en ella y dejar de imaginar las cosas que esa noche haríamos. Temía que si pensaba demasiado y me ponía demasiado ansioso el primer polvito iba a salir mal. Estaba eufórico y me costó mucho trabajo calmarme. Procuré dormir un poco y luego de un buen rato lo conseguí finalmente. Me quedé dormido hasta que Amelia regresó, tres cuartos de hora más tarde y me despertó con un beso. Nos besamos y yo intenté acostarla conmigo pero ella dijo tener sed y me pidió acompañarla a la cocina. Después que ella hubo tomado agua y yo un último whisky la pusé contra el refrigerador y ella no opuso ya más resistencia. Se dejó llevar. El primer polvo lo echamos ahí mismo, la primera parte de pie y la segunda parte encima de la enorme mesa que ocupaba el centro de la cocina y que el flaquito cocinero había tenido la gentileza de dejar limpia antes de irse. Meses más tarde, viendo el “remake” de “The postman always rings twice” habría de recordar este polvo nuestro viendo la escena en la que Jack Nicholson y Jessica Lange hacen el amor en una situación similar. Fue un polvo delicioso, inolvidable y mientras cogíamos le di mentalmente gracias a mi madre por haberme traído al mundo, me sentí feliz de no haberme muerto chiquito de la gastroenteritis que me atacó y me sentí dichoso de haber nacido varón y estar ahí esa noche echando ese polvo celestial con ese ángel de dios.

Nos pasamos el resto de la noche cogiendo con una enorme ansiedad, como si hubiésemos sido dos perdidos por largo tiempo en el desierto que arriban de pronto a un oasis y beben y beben y vuelven a beber. Cogimos como si para ella y para mí esa hubiera sido la primera vez. O la última vez. Cogimos como locos, como desesperados, como si al día siguiente se fuera a acabar el mundo. De la cocina pasamos a la terraza, de la terraza al dormitorio, del dormitorio al baño y aquí nos metimos en la enorme tina y la llenamos hasta rebosar y dentro de la tina continuamos cogiendo. Amelia puso en el agua unas bolitas de aceite de un olor delicioso que se metió en mi cerebro y me produjo una intensa sensación de bienestar. Nos quedamos en la tina largo rato, relajados y bebiendo un vino de La Rioja delicioso, hablando y riendo. Creo que nos enamoramos. ¿Cómo no íbamos a enamorarnos si estábamos gozando tan intensamente el uno de la otra y viceversa? ¿Cómo no enamorarnos si nos estábamos dando tanto placer? ¿Cómo no enamorarme de esa mujer que se había vuelto tan bella con el simple acto de quitarse la ropa?

Del baño pasamos a la cama, cuyas sábanas tersas y deliciosas al tacto tenían un delicado olor. Todo en esa mujer era sensualidad, toda ella y todas sus cosas invitaban al amor. Cerca ya del amanecer nos quedamos dormidos. Ella se levantó de la cama a borrar, lo supe luego, toda huella de nuestra noche de pasión, toda huella de nuestro enloquecido paso por la enorme mansión. Cuando empezó a clarear vino a despertarme, envuelta en una bata de baño. Ya se había bañado y olía a jabón fino. “Tenés que irte” me dijo “la primera empleada llega en media hora”. “Vení” dije yo “despidámonos como Dios manda y luego me voy” y jalé delicadamente su brazo. Ella pareció dudar pero se metió al fin debajo de las sábanas donde estaba yo, preparado para el polvito de la despedida. “Está bien” dijo Amelia “uno rapidito” y se acomodó en posición de recibirme. En ese momento los ruidos de la calle atrajeron su atención y ella puso la mano en mi pecho, deteniendo mi embate. Afuera se escuchaba vehículos frenando bruscamente, puertas abriéndose rápidamente, pasos firmes y voces. Amelia reconoció esos ruidos, se puso pálida, sus ojos se abrieron enormemente, su rostro mostró una inmensa aflicción y sólo atinó a decir “¡Dios mío mi lindo!. ¡El comandante!” en un tono de voz que congeló la sangre en mis venas porque entendí que el complemento a la frase era: “si nos sorprende nos mata!

Amelia puso a gran velocidad mi ropa en mis manos y me dijo bajito que me metiera en el closet y esperara ahí sin hacer ruido hasta que él se fuera. Yo hice caso sin chistar, mientras los ruidos se hacían cada vez más fuertes, un grupo numeroso de hombres armados se metía al jardín rodeando la casa y Amelia corría a abrir la puerta principal a su amante, que ahora lo sabía yo, era un comandante. Sin saberlo, o medio sabiéndolo, me había montado en un gran burro y ahora sólo me quedaba jinetearlo. Qué tan buen jinete había aprendido a ser estaba apenas por verse.