domingo, mayo 07, 2006

¡Dios mío mi lindo! (3 y terminando casi)

Julia se fue de nuevo a bailar y Amelia vino a pararse al lado de mi mecedora. “Tengo un poco de frío, se me pone la carne de gallina, tocá” dijo, adelantando su pierna para que yo tocara su pantorrilla. Yo pasé mi mano por la parte exterior de su pantorrilla tersa, perfectamente afeitada y seguí hacia arriba, despacito, recorriendo la suave piel de su muslo, hasta llegar a la base de la nalga y sentir el elástico inferior de su calzón. “Sí” dije, "tenés la piel de gallina". Si alguna duda tenía hasta entonces, justo en ese momento se me quitó la última. “Esta noche me quedo aquí, venga lo que venga” me dije a mí mismo, y me quedé.

La hiena manchada (Crocuta Crocuta) tiene las mandíbulas más poderosas de todo el reino animal. Con ellas es capaz de partir hasta el más duro hueso y una vez que se cierran alrededor de la garganta de su presa no vuelven a abrirse sino hasta que ésta ha exhalado su último suspiro. Esa noche estaba yo atrapado en las mandíbulas de una hiena manchada y no tenía escapatoria. No deseaba escapar, pero si hubiese querido no habría podido hacerlo.

Hay un rasgo de mi carácter que a toda persona que me conoce de cerca le parece odioso y a mí mismo me parece repugnante: soy a veces muy terco, cerrado como el culo de un macho. En ciertas ocasiones esa terquedad mía cobra ribetes casi patológicos y me lleva a realizar actos estúpidos. En esos casos me doy claramente cuenta que lo que estoy haciendo no debería ser hecho, que es peligroso, que es irracional continuar, pero a la vez voy cerrando tras de mí todas las puertas y tragándome todas las llaves, quitándome a mí mismo la posibilidad de echarme hacia atrás. Como la tarde aquella cuando tenía dieciséis o diecisiete años y me encontraba sentado en el parque de mi pueblo Rivas frente al comando de la Guardia Nacional platicando con mi amigo A.J. y empezó una trompeta a sonar y los guardias dieron inicio a la ceremonia de bajar la bandera. Como era la costumbre, los autos que iban circulando por el lugar se detuvieron en señal de respeto, los conductores se apearon y se pusieron de pie, firmes al lado de su vehículo, los peatones pararon su marcha y se quedaron quietecitos en actitud de meditación y los que estaban sentados en las bancas del parque se pusieron de pie. Todo debía interrumpirse cuando tenía lugar la ceremonia de bajar la bandera de su asta, una vez terminada todo el mundo podía seguir con su marcha o lo que fuese que hubiera interrumpido. Quién no cumplía con esta obligación era severamente castigado. Esa tarde todos los que estaban sentados en las bancas del parque se pusieron de pie. Todos, menos yo, mientras mi amigo A.J. se ponía pálido y hablando bajito me decía que no fuera imbécil y me suplicaba casi me pusiera de pie, que la guardia me iba a turquear. Y yo, completamente sordo le decía que no, que me iba a quedar sentado a ver qué pasaba, que yo era testigo de Jehová (no era cierto), que yo no tenía ídolos ni los adoraba y para mí ese pedazo de trapo no representaba nada. Yo quería conocer mis límites, quería saber adónde llevaba este camino idiota en el que me iba adentrando. Cuando terminó la ceremonia un guardia viejón vino a ordenarme que me pusiera de pie y lo acompañara porque el jefe quería hablar conmigo. Lo que pasó después se los contaré en otra ocasión, sólo quería darles un ejemplo de lo que digo.

La noche que hoy les cuento mi decisión estaba tomada. Como a las diez y media me despedí de todo el mundo y fingí que me iba. Amelia me condujo a una habitación que servía de estudio donde me quedaría hasta que el último invitado se fuera. Me tendí en un diván y procuré dejar de pensar en ella y dejar de imaginar las cosas que esa noche haríamos. Temía que si pensaba demasiado y me ponía demasiado ansioso el primer polvito iba a salir mal. Estaba eufórico y me costó mucho trabajo calmarme. Procuré dormir un poco y luego de un buen rato lo conseguí finalmente. Me quedé dormido hasta que Amelia regresó, tres cuartos de hora más tarde y me despertó con un beso. Nos besamos y yo intenté acostarla conmigo pero ella dijo tener sed y me pidió acompañarla a la cocina. Después que ella hubo tomado agua y yo un último whisky la pusé contra el refrigerador y ella no opuso ya más resistencia. Se dejó llevar. El primer polvo lo echamos ahí mismo, la primera parte de pie y la segunda parte encima de la enorme mesa que ocupaba el centro de la cocina y que el flaquito cocinero había tenido la gentileza de dejar limpia antes de irse. Meses más tarde, viendo el “remake” de “The postman always rings twice” habría de recordar este polvo nuestro viendo la escena en la que Jack Nicholson y Jessica Lange hacen el amor en una situación similar. Fue un polvo delicioso, inolvidable y mientras cogíamos le di mentalmente gracias a mi madre por haberme traído al mundo, me sentí feliz de no haberme muerto chiquito de la gastroenteritis que me atacó y me sentí dichoso de haber nacido varón y estar ahí esa noche echando ese polvo celestial con ese ángel de dios.

Nos pasamos el resto de la noche cogiendo con una enorme ansiedad, como si hubiésemos sido dos perdidos por largo tiempo en el desierto que arriban de pronto a un oasis y beben y beben y vuelven a beber. Cogimos como si para ella y para mí esa hubiera sido la primera vez. O la última vez. Cogimos como locos, como desesperados, como si al día siguiente se fuera a acabar el mundo. De la cocina pasamos a la terraza, de la terraza al dormitorio, del dormitorio al baño y aquí nos metimos en la enorme tina y la llenamos hasta rebosar y dentro de la tina continuamos cogiendo. Amelia puso en el agua unas bolitas de aceite de un olor delicioso que se metió en mi cerebro y me produjo una intensa sensación de bienestar. Nos quedamos en la tina largo rato, relajados y bebiendo un vino de La Rioja delicioso, hablando y riendo. Creo que nos enamoramos. ¿Cómo no íbamos a enamorarnos si estábamos gozando tan intensamente el uno de la otra y viceversa? ¿Cómo no enamorarnos si nos estábamos dando tanto placer? ¿Cómo no enamorarme de esa mujer que se había vuelto tan bella con el simple acto de quitarse la ropa?

Del baño pasamos a la cama, cuyas sábanas tersas y deliciosas al tacto tenían un delicado olor. Todo en esa mujer era sensualidad, toda ella y todas sus cosas invitaban al amor. Cerca ya del amanecer nos quedamos dormidos. Ella se levantó de la cama a borrar, lo supe luego, toda huella de nuestra noche de pasión, toda huella de nuestro enloquecido paso por la enorme mansión. Cuando empezó a clarear vino a despertarme, envuelta en una bata de baño. Ya se había bañado y olía a jabón fino. “Tenés que irte” me dijo “la primera empleada llega en media hora”. “Vení” dije yo “despidámonos como Dios manda y luego me voy” y jalé delicadamente su brazo. Ella pareció dudar pero se metió al fin debajo de las sábanas donde estaba yo, preparado para el polvito de la despedida. “Está bien” dijo Amelia “uno rapidito” y se acomodó en posición de recibirme. En ese momento los ruidos de la calle atrajeron su atención y ella puso la mano en mi pecho, deteniendo mi embate. Afuera se escuchaba vehículos frenando bruscamente, puertas abriéndose rápidamente, pasos firmes y voces. Amelia reconoció esos ruidos, se puso pálida, sus ojos se abrieron enormemente, su rostro mostró una inmensa aflicción y sólo atinó a decir “¡Dios mío mi lindo!. ¡El comandante!” en un tono de voz que congeló la sangre en mis venas porque entendí que el complemento a la frase era: “si nos sorprende nos mata!

Amelia puso a gran velocidad mi ropa en mis manos y me dijo bajito que me metiera en el closet y esperara ahí sin hacer ruido hasta que él se fuera. Yo hice caso sin chistar, mientras los ruidos se hacían cada vez más fuertes, un grupo numeroso de hombres armados se metía al jardín rodeando la casa y Amelia corría a abrir la puerta principal a su amante, que ahora lo sabía yo, era un comandante. Sin saberlo, o medio sabiéndolo, me había montado en un gran burro y ahora sólo me quedaba jinetearlo. Qué tan buen jinete había aprendido a ser estaba apenas por verse.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

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lestat dijo...

oiga mi querido amigo la historia esta interesantisima... como decia mi tío tencho después de un gustazo viene un trancazo... mmmm la cosa esta color de hormiga, me gustaría ver el desenlaze como hace para salirse de semajante atolladero... lo veo muy dificil que logre ganar la calle con vida

Natinat dijo...

Qué paso pedrito? ahora si que se metio a camisa de once varas por andar de birriondo ehh ? cuanto lo siento mi amigo pero por nada del mundo me gustaría estar en su pellejo... de solo pensarlo me siento como gallina henchida...

Bueno buena suerte mi guapo amigo, la va a necesitar porque lo menos que le hace el comandante si lo agarra es que lo capa... así es que si llega a salir con vida será sin los tecolines... eso si pilla al comandante de buenas pulgas

Besos mi galante y avezado amigo

Natinat

Anónimo dijo...

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