lunes, julio 31, 2006

Goyita del Santo Espíritu (2)

De las visitas que hacíamos a la Goyita no volvíamos nunca con las manos vacías. Al regreso traíamos siempre una botellita de cususa para alegrarle la vida a los miembros de nuestra escuadra —y de otras escuadras también— que se atrevían a tomar esa bebida de color claro amarillento y olor indefinible e indescriptible. La verdad había que ser valiente para soportar a la mañana siguiente el dolor de cabeza y el tufo a albañal que salía de la boca producido por el consumo del guaro de la Goyita. La escuadra nuestra era conocida como “la escuadra de los trompudos” pues la mayoría de nosotros éramos, como usted podrá adivinar, trompudos. Más tarde, cuando empezamos a tomar la cususa de la Goyita se nos pasó a conocer también como “los trompudos de las tapas hediondas”. La escuadra más hedionda era la nuestra, pero era también la más alegre.

Desde que el pueta encontró a la Goyita los días fueron pasando placenteramente, hasta que de tanto ir y venir de la escuelita a la casita de la Goyita el caminito se hizo más amplio y hubo más gente que empezó a transitarlo, descubriendo el secreto de nuestra alegría. Entre los que se aparecieron por donde la viejita llegaron los güillos de la compañía, un grupito de ese tipo de persona que en España llaman “gilipollas”, en Argentina “Gil” y en Nicaragua “Gilberto”. Los muy dundos le alabaron el guaro a la Goyita diciéndole que no había en todo el país mejor guaro que ese y ya bien rayados, sin cuidarse de no ser oídos por la Goyita, comentaron que el precio del guarito era ridículo y que bien podía venderse por un precio por lo menos dos veces más alto. La Goyita los oyó y su alma susceptible se perturbó tanto que no pudo dormir. Se quedó toda la noche despierta, pensativa, haciendo cuentas y a la mañana siguiente duplicó de una vez y sin aviso previo el precio de su cususa.

Si la cosa hubiera parado ahí, el daño no habría sido tan grande, pero la cosa no se detuvo ahí, de pronto todo mundo se apareció donde la viejita ofreciéndole esto y lo otro a cambio del guarito tufoso que gracias a la ley de la oferta y la demanda —que incluso en El Tortuguero tiene validez— llegó a cotizarse a precio de whisky.

Déjeme aclararle una cosa antes de continuar: el guaro de la Goyita no era bueno y si me esfuerzo un poco y subo los elásticos límites de mi tolerancia hasta un punto decente, podría decir que el guarito era más bien malo. Era guaro de pobre, elaborado con ingredientes de mala calidad, con un instrumental risible y con unos conocimientos de las artes etílicas muy escasos. Que la Goyita dijera que Dios le había dado la gracia de hacer guaro no significaba que hiciera el guaro de manera graciosa ni que el guaro contara con la bendición de Dios. La Goyita le había contado al pueta que ella había aprendido a hacer guaro mirando como lo hacía su padre en una finca que tenían en Santo Domingo, Chontales, hacía un montón de años y que ahora ella hacía el guaro de memoria. El producto era un guarito desmemoriado y poco agraciado, un guarito supletorio, que a falta de otra cosa embriagante nos veíamos obligados a tomar. Si había algo bueno que decir del guaro era que embriagaba y que te ponía alegre y amigable, a diferencia de otros guaros de licencia que se consumían en el país y que echaban a la gente a pelear.

En cierto momento, para acabar de complicar las cosas hizo su aparición don Dinero. No me acuerdo bien qué fue lo que ocurrió, quizás fue que llegó el correo con dinero de nuestra gente en Managua, o que nos dieron un adelanto del pequeño estipendio que nos daban como soldados de reserva, pero sea lo que fuese que hubiese ocurrido, de pronto tuvimos plata y no habiendo mucho en qué gastar ni mucha diversión, los muchachos se fueron a comprar el guarito de la Goyita, quien no se daba abasto produciendo cususa para atender la demanda y tuvo que poner el alambique a funcionar día y noche y hasta tuvo que contratar un muchacho hijo de una vecina para que le ayudara. Fue aquí precisamente donde empezó el problema, pues, aunque como he dicho el guarito de la Goyita era un guarito amistoso y alegre, algunos de los muchachos se pusieron pleitistas, escandalosos o muy tristes y se armó un gran relajo. Quizás los muchachos nunca se habían emborrachado, quizás estaban demasiado deprimidos para beber guaro o quizás tenían mucho enojo contenido y el guarito sirvió de vehículo para dejar salir las más escondidas emociones y hubo llanto, pleitos y reclamos a viva voz a la jefatura por su mal comportamiento. La jefatura por supuesto, sabiéndose infalible y llena de sabiduría ni siquiera puso en tela de duda su propio comportamiento, sino que echó la culpa de la actuación de los muchachos al guaro de la Goyita.

Hasta que nosotros llegamos, la única autoridad en el pueblo era un sub-teniente delegado del ejército en la zona, que vivía apaciblemente con su mujercita joven y bonita frente a la escuelita que ocupábamos como comando. Producir guaro del modo en que la Goyita lo hacía es ilegal en Nicaragua, pero el sub-teniente se hacía de la vista gorda para no alterar la paz social. A él mismo no le gustaba el guaro, pero no tenía nada contra los bebedores y hasta entonces nunca se habían producido problemas a causa de la cususa.

La jefaturatura de nuestra compañía no se andaba con delicadezas y sin consultar al sub-teniente se fue una tarde a hablar con la Goyita y ordenarle que dejara de venderle guaro a los soldados y que si no lo hacía le cerrarían el negocio. La Goyita que de dunda no tenía ni un pelo le dijo a nuestro jefe de compañía que ella no era la mamá de los muchachos, que era él y no ella quien debía cuidar de los muchachos y que ella no le vendía a soldados sino a gente que venía de civil y desarmada, que ella no era adivina para saber quién era soldado y quien no. El jefe de nuestra compañía se había ido entonces diciéndole que quedaba advertida.

La Goyita le contó el episodio a una vecina que, o bien por envidia al ver el éxito que estaba teniendo con su guarito o quizás por una genuina preocupación por la viejita, empezó desde ese día a aconsejarla que dejara ese negocio, que iban a venir a cerrárselo y se la iban a llevar presa a la cárcel de Juigalpa. La viejita empezó desde entonces a dormir mal y cuando se quedaba dormida, agobiada por el desvelo, soñaba que de pronto entraban a su casa, buscándola, dos perros negros enormes que parecían echar chispas por los ojos, que le ladraban horriblemente sin llegar a morderla porque un hombre negro y fuerte los sostenía con unas enormes cadenas, que detrás de los perros y el hombre negro venían un grupo de soldados que la encadenaban y se la llevaban presa, de rastras y nunca más se volvía a saber de ella.

Una mañanita, después de pasarse la noche en vela, con temor a dormirse porque el sueño se repetía una y otra vez, como un disco rayado, la viejita agarró el mango de un hacha y con un golpe seco que se oyó hasta la escuelita, partió en dos la olla de barro del alambique que en ese momento se encontraba en pleno hervor. El pueta Mincho que dormía en ese momento como un niño de pecho, se despertó de pronto con los ojos pelados, empapado en sudor. El pueta contaba entre sus artes con el don de la clarividencia, que en su caso era muy molesto e inservible pues aún no sabía interpretar correctamente sus visiones y no sabía precisar cuando ocurrirían sus premoniciones, ni sabía decir quién era el que se iba a morir ni quién la que se iba a casar. De cada diez ataques de clarividencia sólo podía interpretar uno, pero esta vez no se equivoco y supo claramente lo que había ocurrido, como si hubiese estado ahí donde ocurría.

—¡La sangre de Cristo! —dijo, saliendo de su sueño y sentándose.

—¿Qué pasó? —preguntó Carlos, que dormía entre el pueta Mincho y yo, dándonos posada en su enorme cobija.

—Se volvió loca la Goyita y se cagó en ella misma, en la nieta y en todos nosotros —dijo el pueta, que en su sueño había podido ver con claridad y como en cámara lenta el “swing” de la viejita y había podido escuchar el ruido de la olla rompiéndose y el líquido vital corriendo.

—El que está loco sos vos —dije yo que para entonces no creía aún en los poderes extra-sensoriales del pueta.

—Levantate —dijo el pueta— vamos a visitarla, no vaya a ser que se le ocurra suicidarse. Pobre viejita.

Yo me levanté y acompañé al pueta más que nada porque era y sigo siendo muy curioso y porque soy muy vago desde muy pequeñito y aprovecho cualquier oportunidad para salir de la rutina.

—¡Qué barbaridad! —repetía el pueta una y otra vez mientras caminábamos hacia la casa de la Goyita. Andábamos a paso lento pues el pueta jamás tenía prisa y nunca corría, por ninguna razón. En su diccionario particular, “prisa” era una palabra obscena y su sola mención le producía escalofríos.

—¡Mirá! —dijo el pueta cuando llegamos al pie de la lomita de la Goyita. Señalaba con su dedo un punto en el suelo— Hasta aquí llegó el desastre. En efecto, en el punto que el poeta señalaba terminaba una sombra parecida a un pequeño río que bajaba zigzagueando desde la lomita. Era el contenido de la olla del alambique, que había llegado hasta ese punto.

miércoles, julio 26, 2006

Katiuska (2 y aún no termino)

[Entrega elaborada a partir de anotaciones en mi diario hechas en 1990]

Algunos años después, allá por 1988 ó 1989, en una mesa de tragos habría yo de caer en la cuenta del uso desmesurado que el Ejército Popular Sandinista había hecho de las BM-21 en la Costa Atlántica. En una fiesta en su casa, ya medio bolos y cuando se había ido casi todo el mundo, mi amigo Ramiro, que había sido oficial en las tropas que combatieron a los miskitos en el Caribe, me hizo un relato pormenorizado de la manera que el arma había sido empleada en aquellos lares [sobre el empleo en otras zonas les contaré en otra ocasión].

Por aquel entonces Ramiro había empezado a recorrer la ruta del desencanto, un camino que yo había recorrido hacía tiempo ya pero que para él era mucho más largo y mucho más doloroso que para mí, porque él se había entregado con alma, vida y corazón a la revolución y yo no. Desde muy jovencito —casi veinte años atrás por aquel entonces— se había enrolado en las filas del sandinismo, había sido dirigente estudiantil en la universidad y, cuando la Oficina de Seguridad Nacional empezó a perseguirlo tratando de capturarlo, se había ido a la montaña a combatir a la Guardia Nacional, el ejército del dictador Somoza. Era alguien a quien “la causa le costaba” —para emplear una frase muy utilizada por entonces— y porque le había costado mucho le era muy difícil aceptar que lo que había en Nicaragua no era una revolución como la que había soñado, ni cosa parecida, y que por ese esperpento que ahora teníamos, ese odioso sistema de cosas que se había adueñado del país, había sacrificado los mejores años de su vida. Porque la ruta de ida hacia la revolución había sido para él muy trabajosa, la ruta de regreso le era muy dura de recorrer, pero la recorrió, como mucha gente valiosa que poco a poco fue dejando el sandinismo cuando fue claro que por su medio no se llegaba a la revolución.

La noche que ahora les cuento, estábamos haciendo un recuento de las acciones y omisiones que a nuestro juicio habían ido paseándose en la revolución y en la posibilidad de hacer alguna vez revolución en Nicaragua y en Centroamérica. En un cierto momento abordamos la cuestión miskita, esto es, la manera en que los indígenas fueron incorporados en la vida nacional en la época sandinista. [El dialogo que a continuación les presento ha sido reconstruido de memoria, de modo aproximado, el contenido es auténtico.]

—Fuimos unos salvajes —me soltó Ramiro de pronto.

—¿Quiénes? —dije, tratando de entender lo que Ramiro quería exactamente decir.

—Los sandinistas por supuesto. Fuimos unos bárbaros, peores que la guardia, tratamos a los indígenas como enemigos, como mierdas, como animales.

—Tan terrible no habrá sido —dije, buscando un punto medio en el cual balancearse.

—Yo estuve ahí, vos no, yo sé lo que te digo. Fue terrible, peor que terrible, horrorizante, si acaso existe la palabra. En la “navidad roja” y en los meses que siguieron quisimos darle un escarmiento a los alzados. Queríamos aterrorizarlos y creo que lo conseguimos. En cierto momento —no me acuerdo bien cuándo exactamente— les pusimos las katiuskas día y noche, día tras día tras día. Los hicimos cagarse del miedo, les sacamos plumeros.

—¿Les pusimos? —dije, buscando decididamente información.

—El ejército y el Ministerio del Interior, Delgadillo (jefe del ejército en la Región Militar n. del a. ). Aunque para ser justos, Delgadillo recibió la orden de arriba.

—¿De arriba? —bien sabía yo qué quería decir arriba pero quería oirlo.

—De Humberto Ortega directamente, por la radio. Todo el mundo en el puesto de mando pudo oírlo. Delgadillo le hizo un recuento de la situación y Humberto le dijo entonces “ponele las muchachas a esos hijueputas”. Delgadillo todavía le preguntó, como si no hubiera oído y olvidándose de hablar en clave: “¿Las BM-21, comandante?” Al otro lado Humberto parecía impaciente: “Así es, las BM, dejáselas caer, si tenemos el arma hay que usarla” y Delgadillo, muy obediente como siempre ha sido— les cayó encima con todo el güevo.

—Pero estábamos en guerra, los miskitos se habían alzado, había que responder —dije, usando el viejo truco siquiátrico de tomar el lado del informante y mostrar comprensión.

—Pero no de ese modo —siguió Ramiro— no había necesidad de tanta violencia. Es como si un padre le corte una mano a su hijo porque éste le robó un peso. La respuesta no iba de acuerdo a la ofensa, fue exagerada y me pasé años tratando de entender por qué se respondió de este modo. Los últimos meses lo he venido pensando y he hablado con alguna gente sobre esto y creo que al fin lo entendí: Humberto mandó a usarlas como ensayo, como entrenamiento, para prepararse para lo que vendría después.

—¿Lo que vendría después? —dije, sinceramente intrigado.

—Los asesores cubanos de Humberto Ortega, que no lo dejaban ni a sol ni a sombra, le venían diciendo desde antes del triunfo que había que prepararse porque seguramente vendría una contrarrevolución, que Nicaragua no era una isla, como Cuba y en algún momento habría que combatir tropas contrarrevolucionarias en el propio territorio. Reagan ni siquiera aparecía en el panorama cuando Castro ya decía que el imperialismo trataría de destruir la revolución nicaragüense y apoyaría movimientos armados. Humberto habrá visto en la “navidad roja” un buen momento y un buen pretexto para ejercitar el músculo. A lo mejor pensaba que como la Costa queda lejos de Managua nadie se iba a dar cuenta.

—Nadie se dio cuenta —dije yo, que hasta entonces sabía de esto.

—Todo se sabe alguna vez —dijo Ramiro, pensando quién sabe qué cosa— y esto también se sabrá alguna vez. A lo mejor es hasta bueno que se sepa.

Casi veinte años después, escribiendo esta nota, me doy cuenta que estas cosas no las sabe mucha gente.

[En una entrega futura les contaré sobre la Navidad Roja de los Miskitos]

lunes, julio 17, 2006

Katiuska (1)

Interrumpo por un momento el relato del episodio de la Goyita para escribir esto que ahora empiezo a contarles no vaya a ser que se me olvide. Una conversación telefónica sostenida hace unos días con un viejo amigo y un documental que he visto hace poco me trajeron a la mente estos recuerdos que hoy quiero compartir con ustedes

No recuerdo con exactitud si fue en la celebración del primero o del segundo aniversario de la Revolución Sandinista o de un aniversario de fundación del Ejército Popular Sandinista cuando vi por primera vez aquellos enormes camiones de tres ejes llevando sobre sí una plataforma de largos y anchos tubos.

La BM-21

Recuerdo bien que se tratab
a de una de esas enormes concentraciones, con desfile militar incluido, con que los sandinistas celebraban sus fechas más queridas y que la visión de estas armas me dejó impresionado y con la boca abierta para el resto del día. Se trataba de la BM-21, un arma lanzacohetes múltiple, heredera directa, modernizada y muchísimo más mortífera, de la famosa Katiuska, esa pieza de artillería de campaña de medio calibre introducida por el ejercito ruso en la Segunda Guerra Mundial que aterrorizó al ejército alemán y le causó innumerables bajas.

La Katiuska


Esa tarde, mientras cenábamos, le hice el comentario a un amigo mío, de conocimiento enciclopédico y experto autodidacta en asuntos militares.

—Ví las BM-21 de cerquita —dije, sin saber que estaba trayendo a la mesa el tema que ocuparía toda la conversación de la cena y de la sobremesa.
—¿Y, qué te parecieron? —respondió mi amigo, sonriente.

—Lindas. Me dejaron mudo, quieto, impresionado, pálido y chirizo. No me gustaría estar del lado por el que sale el cohete.

—Ese es precisamente el efecto que se busca crear con su exhibición, que cualquiera que esté pensando en meterse con los sandinistas la piense de nuevo, que se asuste y se porte bien porque si no la va a pasar muy mal. Es igualito a lo que hacía tu abuelita, enseñarles la tajona para mantenerlos quietos sin tener que verse en la necesidad de usarla.

El amigo este sabía mucho de las BM-21 y en los días recién pasados las había estado estudiando a profundidad porque había sabido antes que muchos otros, que los sandinistas las habían adquirido de los rusos y que las exhibirían en esta fecha. Era un curioso, un erudito, una de esas personas fanáticas del conocimiento, de esos que se levantan a media noche a abrir un libro para buscar un dato cuyo desconocimiento les quita el sueño. Cuando nos levantamos de la mesa fuimos a continuar la conversación a la amplia y ordenada biblioteca y pude examinar detenidamente las fuentes del conocimiento de mi amigo.

BM-21 camuflada

—Con todo y que las BM son lindas y un arma poderosísima —me dijo mi amigo a modo de conclusión antes de retirarse a atender otros asuntos y dejarme leer tranquilo— en este país, en esta época y en esta región del mundo no sirven para nada. Sólo sirven para que el mancuncho [Humberto Ortega, por entonces jefe del ejército] saque pecho y se sienta bien macho. No puedo imaginar un escenario en el que podrían ser utilizadas: a lo interno del país jamás podrían ser usadas y con los vecinos nunca entraríamos a una guerra total que justificara su uso.

Esa noche me quedé hasta bien pasada la medianoche leyendo sobre las BM-21, las Katiuskas y la Segunda Guerra Mundial. En esos días no existía aún la internet y si uno quería averiguar algo tenía que ir a quemarse las pestañas y buscarlo en los libros. Mi amigo tenía una biblioteca enorme llena de titulos interesantísimos y a veces me perdía por horas y horas pasando de uno a otro volumen, al igual que los muchachos de hoy en día se pasan horas saltando de website en website. Esa era una de las casas en las que era recibido como si fuera un miembro de la familia, a la que llegaba de visita sin aviso previo y en la que me quedaba a dormir —o leer toda la noche— si así se me ocurría. Antes de irme, cerca ya del amanecer, entendí que mi amigo tenía razón y los sandinistas no usarían nunca esa arma poderosa pues su empleo presupone que del otro lado de los cañones sólo hay territorio enemigo y sólo hay ejército enemigo en gran concentración. Si las tropas enemigas se encuentran dispersas o se mueven en tu propio territorio en zonas donde hay presencia de población, el arma simplemente no debe usarse.

[Abajo: Katiuskas en acción]


En la segunda guerra mundial el ejército rojo empleó la Katiuska —la abuela de la BM-21, con un poder de fuego muy inferior al de ésta— para la ejecución de bombardeos de saturación, dado el efecto psicológico que producían sobre el enemigo, principalmente por la intensidad y velocidad del tiro. Los rusos reunían usualmente un gran número de Katiuskas que eran alineadas y puestas a disparar sobre las posiciones alemanas, causando un terrible efecto de choque sobre las tropas. Aquellos que no caían muertos o mutilados corrían espantados, sin poder hacer nada frente a un enemigo que se hallaba a kilómetros de distancia, y sin saber por donde caería el próximo cohete.

En un website cuyo vínculo escribo al final he encontrado esta nota sobre las Katiuskas:

Su bautismo de fuego tuvo lugar el 15 de julio de 1941, como relata el general Eremenko: “Experimentamos por primera vez esa estupenda arma en Rudnia, al noroeste de Smolensk. Por la tarde del día 15, la tierra fue sacudida por los tremendos estallidos de sus cohetes. Como cometas de cola roja, las granadas fueron lanzadas al cielo. Los alemanes escaparon presas del pánico, y también nuestros mismos soldados, que por motivos de seguridad no habían sido advertidos del empleo de esta nueva arma.”

Déjeme darle algunos datos para que sepa a qué me refiero cuando digo que el arma es mortífera. La BM-21, es un sistema lanzacohetes múltiple de 40 tubos, de cohetes de 122 mm. El arma fue introducida al servicio operacional por el ejército soviético en 1963 para pasar a ser en poco tiempo el sistema lanzacohetes múltiple más utilizado, tanto que en la actualidad más de cincuenta países cuentan con el arma en su arsenal. El éxito de las BM-21 llevó a diversos países a desarrollar sistemas similares —o copiarlos simplemente—, entre ellos China, Corea del Norte, Egipto y algunos países de lo que fuera el bloque soviético.

Los 40 cohetes de 122 mm que constituyen la carga de las BM-21 pueden ser disparados todos de una sola vez, en cuyo caso los cohetes salen de los tubos en un intervalo de medio segundo entre uno y otro, es decir toda la carga sale en veinte segundos, o puede lanzarse un cohete tras del otro, en cuyo caso hay un intervalo de cinco segundos entre cada uno. El equipamiento humano —usualmente cinco soldados— que da servicio al arma garantiza que en ocho minutos ésta esté cargada y lista para ser disparada de nuevo. La cabeza del misil tiene un peso de 18.4 Kg. y los cohetes, de una longitud de 2.87 metros, tienen un alcance mínimo de 5 Km. y un máximo de 20.38 Km. El cohete es capaz de transportar diversos tipos de cabeza: granadas de humo, incendiarias, químicas, minas antitanques, minas antipersonales, entre otras. Con las BM-21 es muy difícil acertar con precisión en el blanco pues son muchos los factores que pueden alterar la ruta del cohete, pero la falta de puntería se compensa con la intensidad y la velocidad del tiro, factores que la hacen muy efectiva en bombardeos de saturación. Ser blanco de las BM-21 debe ser muy parecido a estar en el infierno. Si usted sobrevivió al primer tiro aún le falta soportar 39 que lloverán sobre usted a un ritmo de uno cada medio segundo.

Esa madrugada dejé esa casa convencido que las BM-21 no serían jamás utilizadas en Nicaragua pues no había nada que pudiese justificar su uso. Yo era entonces muy joven y muy ingenuo y venía de un pueblito pequeñito en el que sólo vivía buena gente y no se me ocurrió pensar que pudiesen ser utilizadas sin justificación alguna, como en efecto ocurrió. No podía pasarme por la cabeza que el jefe del ejército pudiese alguna vez dar personalmente —como lo hizo—la orden de disparar esas armas terribles sobre los más pobres entre los pobres.

En 1979, en la insurrección que finalmente lo derrocaría, el General de División don Anastasio Somoza, dictador de Nicaragua, había mandado a bombardear las ciudades con enormes bombas lanzadas desde pequeños aviones, pero aunque el bombardeo hizo muchísimo daño y destruyó manzanas enteras en varias ciudades, el suyo no pasó de ser un bombardeo artesanal, con avioncitos y con bombas —a veces fueron barriles de gasolina— que no habían sido diseñados para el uso que se les dio. La comunidad internacional criticó horrorizada estos hechos y los sandinistas los denunciaron en cuanto foro pudieron.
Unos pocos años más tarde, Humberto Ortega, un pequeño y mezquino hombrecito salido de la nada, que más tarde se daría a sí mismo el rimbombante título de “General de Ejército” habría de mandar alinear las recién adquiridas BM-21 frente a aldeas misquitas y habría de bombardearlas despiadadamente, día y noche, por días enteros, en una manera de atacar poblaciones indefensas que dejaba pequeñito al dictador Somoza. En la próxima entrega le contaré más, mucho más sobre este tema.


BM-21 en acción






martes, julio 04, 2006

Goyita del Santo Espíritu (1)

Regresemos, después de este largo desvío, al cuento que nos ocupa, a los primeros meses del año 1983 y a El Tortuguero, un pueblito —más bien un caserío— que cae bajo la jurisdicción de Bluefields, en el que me encontraba para entonces movilizado en el Batallón de Infantería de Reserva 3072.

Lo que más teníamos en aquellos tiempos en El Tortuguero era tiempo libre, un tiempo que era nuestro, sin obligación ninguna. Teníamos unas cuantas obligaciones cada día que no nos tomaban mucho tiempo, pero la mayor parte del tiempo era tiempo libre. En algún manual militar estará escrito que no hay cosa más dañina para una tropa que el ocio, pues éste produce en los soldados aburrimiento que conduce luego a la desmoralización, pero seguramente nuestros jefecitos no habían leído nunca un manual militar y no eran capaces de mantener a la tropa ocupada ni les preocupaba mucho que los muchachos se aburrieran y fue así que los muchachos se aburrieron horriblemente en esos días, tanto que hasta hubo alguno que se pegó un tiro en un pie para ser trasladado y librarse de este modo del peso terrible del hastío.

No todos se aburrieron a decir verdad, pues para algunos de nosotros estos días fueron de los mejores que hemos vivido. Para un puñado de nosotros, aquellos días fueron vacaciones, con escasez de comida y de comodidades, pero vacaciones al fin y yo fui uno de los que más disfrutó este tiempo maravilloso. Creo que no les he contado aún que el tiempo libre es precisamente una de las cosas que más me gustan en la vida, que la palabra aburrimiento no aparece en mi diccionario personal y tengo mil y un uso posibles para el tiempo libre. Uno de mis usos favoritos, especial para días soleados, es untarme la piel toda con aceite de coco, tenderme sobre mi espalda y mirar al cielo sobándome la panza, dándome vuelta de vez en cuando para exponer mi espalda a los rayos solares y poder tostarme parejo, como los pollos en esas maquinitas de asar que usan en los restaurantes. Debe ser por el calor o por el sensual olor que despide el aceite al calentarse sobre la piel, pero en esos momentos, tendido al sol, vienen a mi cuerpo las más deliciosas sensaciones y los más sublimes pensamientos acuden a mi cabeza. Lo malo de esta ocupación es que, por culpa de esos pendejos valores que los curas nos han venido metiendo desde chiquitos, no puedo evitar un cierto sentimiento de culpa por estar ahí tirado sin hacer nada más que disfrutar de la vida, cuando pudiera estar haciendo algo "más productivo". Gracias a esta movilización pude tirarme al sol horas y horas sin sentirme culpable, porque estaba ahí asoleándome al mismo tiempo que defendía la patria de sus enemigos externos e internos. Mi fusil me hacía compañía, cubierto por un paño blanco para no recalentarse, listo siempre para salir al paso del esquivo enemigo.

Otro de mis usos favoritos para el tiempo libre era en aquellos tiempos sentarme —no importa dónde pero sentarme— a beber guaro con gente simpática y divertida. En esta movilización pude dedicar un buen tiempo a esta agradable y espiritual ocupación, en compañía sobre todo del Pueta Mincho.

El pueta y yo no nos conocíamos antes de ir a parar a la misma escuadra combativa, pero bien hubiéramos podido pasar por hermanos, pues teníamos muchas cualidades en común. Una de ellas era que a ambos nos gustaba el guaro y ya que había el tiempo y la oportunidad para hacerlo no quedaba más que echarse sus cachimbacitos, no fuera a ocurrir que el tedio se apoderara de nosotros como se había apoderado de otros compañeros. El pueta tenía un olfato finísimo para ciertas cosas y descubrió que saliendo del pueblo en una cierta dirección, en una lomita desde la que podía bajarse al río, vivía una viejita tísica que hacía cususa y allá fuimos, vestidos de civil para disimular y porque la viejita no le vendía a militares, a cambiar por guaro cosas que sólo hacían peso en la mochila y no tenían para nosotros ninguna utilidad en esas latitudes. Así nos pasamos la vida pues en aquellos días, yendo y viniendo desde la escuelita donde la tropa acampaba hasta la choza de la viejita, que nos agarró cariño y confianza y nos contaba la vida y milagros de ella misma y de todo el mundo en el pueblo, mientras nosotros escuchábamos con atención, interrumpiéndonos nada más para echarnos un trago de vez en cuando o darle un mordizco al mango celeque o lo que fuese que acompañara el trago. El pueta era —y debe ser aún seguramente— muy buen escucha y la viejita —que se llamaba Gregoria y le decían Goyita— le soltaba cuentos de nunca acabar en los que se mezclaban los tiempos y los lugares sin orden aparente y en los que entraban y salían personajes que no conocíamos ni teníamos por qué conocer, pero la viejita nos los mencionaba como si hubiesen sido muy conocidos parientes nuestros y apenas ayer los hubiéramos visto por última vez. A veces, en medio de la plática me quedaba dormido, pero el pueta oía casi sin parpadear a la viejita, recogiendo pacientemente cada pieza del complicado rompecabezas de la vida de la anciana, hasta que un día que veníamos de regreso, medio bolos ya, se detuvo pensativo y me hizo detenerme para contarme en menos de cinco minutos, de memoria y muy ordenadamente, la historia de la viejita, con cada nombre, cada lugar y cada época puestos en el sitio correspondiente. En el resumen del pueta, después de una vida azarosa yendo de aquí para allá y teniendo un amor y otro amor [“siempre me topé con hombres malos nada más”, nos había dicho] la viejita había llegado a parar a este apartado lugar en el que se dedicaba a criar gallinas, patos y chanchos y a hacer guaro para vender y poder mandarle dinero a una biznieta que estudiaba administración de empresas en una universidad de Managua.

Seguramente no sería mucho el dinero que la viejita enviaría a la biznieta pues la demanda para su producto no pasaría de unos pocos litros por mes, según los cálculos que el pueta y yo hacíamos y el margen de ganancia sería muy pequeño pues el precio que cobraba era bajísimo.

—Yo más bien hago este guarito por hacerle el volado a esta pobre gente —nos dijo un día la viejita— y porque uno tiene que usar las gracias que Dios le dio y a mí el señor me dio esta gracia de hacer guaro. Por ganar no lo hago porque no es mucho lo que gano.

—Usted tiene mucha razón, Goyita —dijo el pueta— uno tiene que usar las gracias que Dios le da, sino seríamos muy malagradecidos pues si Dios nos da algo es para que lo usemos. Y por si usted no lo sabe el guaro es un espíritu y en este caso diría yo que se trata de un espíritu santo porque ha sido inspirado por Dios. No será el Espíritu Santo mismo, pero si un santo espíritu, bendecido por el señor.

La viejita se quedó pensativa mirando al Mincho, como tratando de entender si el joven hablaba en serio o estaba jodiendo, pero el pueta se quedó serio como solía hacer cuando hacía una broma. El cerebro de la viejita tenía más de ochenta años de funcionar y cada cierto tiempo, cuando se esforzaba mucho, se le quemaba un cable más o se le fundía una bujía. Este día se le fundieron un par de bujías más y se le quemaron algunos cables.

—Usted es estudiado así que como usted lo dice así debe ser —dijo al fin la Goyita después de mucho pensarla— lo que yo saco es un espíritu santo.

A partir de entonces el pueta y yo habríamos de referirnos siempre a la viejita como “Goyita del santo espíritu”.