martes, julio 04, 2006

Goyita del Santo Espíritu (1)

Regresemos, después de este largo desvío, al cuento que nos ocupa, a los primeros meses del año 1983 y a El Tortuguero, un pueblito —más bien un caserío— que cae bajo la jurisdicción de Bluefields, en el que me encontraba para entonces movilizado en el Batallón de Infantería de Reserva 3072.

Lo que más teníamos en aquellos tiempos en El Tortuguero era tiempo libre, un tiempo que era nuestro, sin obligación ninguna. Teníamos unas cuantas obligaciones cada día que no nos tomaban mucho tiempo, pero la mayor parte del tiempo era tiempo libre. En algún manual militar estará escrito que no hay cosa más dañina para una tropa que el ocio, pues éste produce en los soldados aburrimiento que conduce luego a la desmoralización, pero seguramente nuestros jefecitos no habían leído nunca un manual militar y no eran capaces de mantener a la tropa ocupada ni les preocupaba mucho que los muchachos se aburrieran y fue así que los muchachos se aburrieron horriblemente en esos días, tanto que hasta hubo alguno que se pegó un tiro en un pie para ser trasladado y librarse de este modo del peso terrible del hastío.

No todos se aburrieron a decir verdad, pues para algunos de nosotros estos días fueron de los mejores que hemos vivido. Para un puñado de nosotros, aquellos días fueron vacaciones, con escasez de comida y de comodidades, pero vacaciones al fin y yo fui uno de los que más disfrutó este tiempo maravilloso. Creo que no les he contado aún que el tiempo libre es precisamente una de las cosas que más me gustan en la vida, que la palabra aburrimiento no aparece en mi diccionario personal y tengo mil y un uso posibles para el tiempo libre. Uno de mis usos favoritos, especial para días soleados, es untarme la piel toda con aceite de coco, tenderme sobre mi espalda y mirar al cielo sobándome la panza, dándome vuelta de vez en cuando para exponer mi espalda a los rayos solares y poder tostarme parejo, como los pollos en esas maquinitas de asar que usan en los restaurantes. Debe ser por el calor o por el sensual olor que despide el aceite al calentarse sobre la piel, pero en esos momentos, tendido al sol, vienen a mi cuerpo las más deliciosas sensaciones y los más sublimes pensamientos acuden a mi cabeza. Lo malo de esta ocupación es que, por culpa de esos pendejos valores que los curas nos han venido metiendo desde chiquitos, no puedo evitar un cierto sentimiento de culpa por estar ahí tirado sin hacer nada más que disfrutar de la vida, cuando pudiera estar haciendo algo "más productivo". Gracias a esta movilización pude tirarme al sol horas y horas sin sentirme culpable, porque estaba ahí asoleándome al mismo tiempo que defendía la patria de sus enemigos externos e internos. Mi fusil me hacía compañía, cubierto por un paño blanco para no recalentarse, listo siempre para salir al paso del esquivo enemigo.

Otro de mis usos favoritos para el tiempo libre era en aquellos tiempos sentarme —no importa dónde pero sentarme— a beber guaro con gente simpática y divertida. En esta movilización pude dedicar un buen tiempo a esta agradable y espiritual ocupación, en compañía sobre todo del Pueta Mincho.

El pueta y yo no nos conocíamos antes de ir a parar a la misma escuadra combativa, pero bien hubiéramos podido pasar por hermanos, pues teníamos muchas cualidades en común. Una de ellas era que a ambos nos gustaba el guaro y ya que había el tiempo y la oportunidad para hacerlo no quedaba más que echarse sus cachimbacitos, no fuera a ocurrir que el tedio se apoderara de nosotros como se había apoderado de otros compañeros. El pueta tenía un olfato finísimo para ciertas cosas y descubrió que saliendo del pueblo en una cierta dirección, en una lomita desde la que podía bajarse al río, vivía una viejita tísica que hacía cususa y allá fuimos, vestidos de civil para disimular y porque la viejita no le vendía a militares, a cambiar por guaro cosas que sólo hacían peso en la mochila y no tenían para nosotros ninguna utilidad en esas latitudes. Así nos pasamos la vida pues en aquellos días, yendo y viniendo desde la escuelita donde la tropa acampaba hasta la choza de la viejita, que nos agarró cariño y confianza y nos contaba la vida y milagros de ella misma y de todo el mundo en el pueblo, mientras nosotros escuchábamos con atención, interrumpiéndonos nada más para echarnos un trago de vez en cuando o darle un mordizco al mango celeque o lo que fuese que acompañara el trago. El pueta era —y debe ser aún seguramente— muy buen escucha y la viejita —que se llamaba Gregoria y le decían Goyita— le soltaba cuentos de nunca acabar en los que se mezclaban los tiempos y los lugares sin orden aparente y en los que entraban y salían personajes que no conocíamos ni teníamos por qué conocer, pero la viejita nos los mencionaba como si hubiesen sido muy conocidos parientes nuestros y apenas ayer los hubiéramos visto por última vez. A veces, en medio de la plática me quedaba dormido, pero el pueta oía casi sin parpadear a la viejita, recogiendo pacientemente cada pieza del complicado rompecabezas de la vida de la anciana, hasta que un día que veníamos de regreso, medio bolos ya, se detuvo pensativo y me hizo detenerme para contarme en menos de cinco minutos, de memoria y muy ordenadamente, la historia de la viejita, con cada nombre, cada lugar y cada época puestos en el sitio correspondiente. En el resumen del pueta, después de una vida azarosa yendo de aquí para allá y teniendo un amor y otro amor [“siempre me topé con hombres malos nada más”, nos había dicho] la viejita había llegado a parar a este apartado lugar en el que se dedicaba a criar gallinas, patos y chanchos y a hacer guaro para vender y poder mandarle dinero a una biznieta que estudiaba administración de empresas en una universidad de Managua.

Seguramente no sería mucho el dinero que la viejita enviaría a la biznieta pues la demanda para su producto no pasaría de unos pocos litros por mes, según los cálculos que el pueta y yo hacíamos y el margen de ganancia sería muy pequeño pues el precio que cobraba era bajísimo.

—Yo más bien hago este guarito por hacerle el volado a esta pobre gente —nos dijo un día la viejita— y porque uno tiene que usar las gracias que Dios le dio y a mí el señor me dio esta gracia de hacer guaro. Por ganar no lo hago porque no es mucho lo que gano.

—Usted tiene mucha razón, Goyita —dijo el pueta— uno tiene que usar las gracias que Dios le da, sino seríamos muy malagradecidos pues si Dios nos da algo es para que lo usemos. Y por si usted no lo sabe el guaro es un espíritu y en este caso diría yo que se trata de un espíritu santo porque ha sido inspirado por Dios. No será el Espíritu Santo mismo, pero si un santo espíritu, bendecido por el señor.

La viejita se quedó pensativa mirando al Mincho, como tratando de entender si el joven hablaba en serio o estaba jodiendo, pero el pueta se quedó serio como solía hacer cuando hacía una broma. El cerebro de la viejita tenía más de ochenta años de funcionar y cada cierto tiempo, cuando se esforzaba mucho, se le quemaba un cable más o se le fundía una bujía. Este día se le fundieron un par de bujías más y se le quemaron algunos cables.

—Usted es estudiado así que como usted lo dice así debe ser —dijo al fin la Goyita después de mucho pensarla— lo que yo saco es un espíritu santo.

A partir de entonces el pueta y yo habríamos de referirnos siempre a la viejita como “Goyita del santo espíritu”.

4 comentarios:

Isa dijo...

Hola Pedro (Pedrito para mi? ;) )

Por aquí pasé disfrutanto del sonido de tus teclas y aquellos recuerdos tan importantes para todos los que vivimos aquellos tiempos.

Un abrazo pinolero..

Anónimo dijo...

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