lunes, julio 31, 2006

Goyita del Santo Espíritu (2)

De las visitas que hacíamos a la Goyita no volvíamos nunca con las manos vacías. Al regreso traíamos siempre una botellita de cususa para alegrarle la vida a los miembros de nuestra escuadra —y de otras escuadras también— que se atrevían a tomar esa bebida de color claro amarillento y olor indefinible e indescriptible. La verdad había que ser valiente para soportar a la mañana siguiente el dolor de cabeza y el tufo a albañal que salía de la boca producido por el consumo del guaro de la Goyita. La escuadra nuestra era conocida como “la escuadra de los trompudos” pues la mayoría de nosotros éramos, como usted podrá adivinar, trompudos. Más tarde, cuando empezamos a tomar la cususa de la Goyita se nos pasó a conocer también como “los trompudos de las tapas hediondas”. La escuadra más hedionda era la nuestra, pero era también la más alegre.

Desde que el pueta encontró a la Goyita los días fueron pasando placenteramente, hasta que de tanto ir y venir de la escuelita a la casita de la Goyita el caminito se hizo más amplio y hubo más gente que empezó a transitarlo, descubriendo el secreto de nuestra alegría. Entre los que se aparecieron por donde la viejita llegaron los güillos de la compañía, un grupito de ese tipo de persona que en España llaman “gilipollas”, en Argentina “Gil” y en Nicaragua “Gilberto”. Los muy dundos le alabaron el guaro a la Goyita diciéndole que no había en todo el país mejor guaro que ese y ya bien rayados, sin cuidarse de no ser oídos por la Goyita, comentaron que el precio del guarito era ridículo y que bien podía venderse por un precio por lo menos dos veces más alto. La Goyita los oyó y su alma susceptible se perturbó tanto que no pudo dormir. Se quedó toda la noche despierta, pensativa, haciendo cuentas y a la mañana siguiente duplicó de una vez y sin aviso previo el precio de su cususa.

Si la cosa hubiera parado ahí, el daño no habría sido tan grande, pero la cosa no se detuvo ahí, de pronto todo mundo se apareció donde la viejita ofreciéndole esto y lo otro a cambio del guarito tufoso que gracias a la ley de la oferta y la demanda —que incluso en El Tortuguero tiene validez— llegó a cotizarse a precio de whisky.

Déjeme aclararle una cosa antes de continuar: el guaro de la Goyita no era bueno y si me esfuerzo un poco y subo los elásticos límites de mi tolerancia hasta un punto decente, podría decir que el guarito era más bien malo. Era guaro de pobre, elaborado con ingredientes de mala calidad, con un instrumental risible y con unos conocimientos de las artes etílicas muy escasos. Que la Goyita dijera que Dios le había dado la gracia de hacer guaro no significaba que hiciera el guaro de manera graciosa ni que el guaro contara con la bendición de Dios. La Goyita le había contado al pueta que ella había aprendido a hacer guaro mirando como lo hacía su padre en una finca que tenían en Santo Domingo, Chontales, hacía un montón de años y que ahora ella hacía el guaro de memoria. El producto era un guarito desmemoriado y poco agraciado, un guarito supletorio, que a falta de otra cosa embriagante nos veíamos obligados a tomar. Si había algo bueno que decir del guaro era que embriagaba y que te ponía alegre y amigable, a diferencia de otros guaros de licencia que se consumían en el país y que echaban a la gente a pelear.

En cierto momento, para acabar de complicar las cosas hizo su aparición don Dinero. No me acuerdo bien qué fue lo que ocurrió, quizás fue que llegó el correo con dinero de nuestra gente en Managua, o que nos dieron un adelanto del pequeño estipendio que nos daban como soldados de reserva, pero sea lo que fuese que hubiese ocurrido, de pronto tuvimos plata y no habiendo mucho en qué gastar ni mucha diversión, los muchachos se fueron a comprar el guarito de la Goyita, quien no se daba abasto produciendo cususa para atender la demanda y tuvo que poner el alambique a funcionar día y noche y hasta tuvo que contratar un muchacho hijo de una vecina para que le ayudara. Fue aquí precisamente donde empezó el problema, pues, aunque como he dicho el guarito de la Goyita era un guarito amistoso y alegre, algunos de los muchachos se pusieron pleitistas, escandalosos o muy tristes y se armó un gran relajo. Quizás los muchachos nunca se habían emborrachado, quizás estaban demasiado deprimidos para beber guaro o quizás tenían mucho enojo contenido y el guarito sirvió de vehículo para dejar salir las más escondidas emociones y hubo llanto, pleitos y reclamos a viva voz a la jefatura por su mal comportamiento. La jefatura por supuesto, sabiéndose infalible y llena de sabiduría ni siquiera puso en tela de duda su propio comportamiento, sino que echó la culpa de la actuación de los muchachos al guaro de la Goyita.

Hasta que nosotros llegamos, la única autoridad en el pueblo era un sub-teniente delegado del ejército en la zona, que vivía apaciblemente con su mujercita joven y bonita frente a la escuelita que ocupábamos como comando. Producir guaro del modo en que la Goyita lo hacía es ilegal en Nicaragua, pero el sub-teniente se hacía de la vista gorda para no alterar la paz social. A él mismo no le gustaba el guaro, pero no tenía nada contra los bebedores y hasta entonces nunca se habían producido problemas a causa de la cususa.

La jefaturatura de nuestra compañía no se andaba con delicadezas y sin consultar al sub-teniente se fue una tarde a hablar con la Goyita y ordenarle que dejara de venderle guaro a los soldados y que si no lo hacía le cerrarían el negocio. La Goyita que de dunda no tenía ni un pelo le dijo a nuestro jefe de compañía que ella no era la mamá de los muchachos, que era él y no ella quien debía cuidar de los muchachos y que ella no le vendía a soldados sino a gente que venía de civil y desarmada, que ella no era adivina para saber quién era soldado y quien no. El jefe de nuestra compañía se había ido entonces diciéndole que quedaba advertida.

La Goyita le contó el episodio a una vecina que, o bien por envidia al ver el éxito que estaba teniendo con su guarito o quizás por una genuina preocupación por la viejita, empezó desde ese día a aconsejarla que dejara ese negocio, que iban a venir a cerrárselo y se la iban a llevar presa a la cárcel de Juigalpa. La viejita empezó desde entonces a dormir mal y cuando se quedaba dormida, agobiada por el desvelo, soñaba que de pronto entraban a su casa, buscándola, dos perros negros enormes que parecían echar chispas por los ojos, que le ladraban horriblemente sin llegar a morderla porque un hombre negro y fuerte los sostenía con unas enormes cadenas, que detrás de los perros y el hombre negro venían un grupo de soldados que la encadenaban y se la llevaban presa, de rastras y nunca más se volvía a saber de ella.

Una mañanita, después de pasarse la noche en vela, con temor a dormirse porque el sueño se repetía una y otra vez, como un disco rayado, la viejita agarró el mango de un hacha y con un golpe seco que se oyó hasta la escuelita, partió en dos la olla de barro del alambique que en ese momento se encontraba en pleno hervor. El pueta Mincho que dormía en ese momento como un niño de pecho, se despertó de pronto con los ojos pelados, empapado en sudor. El pueta contaba entre sus artes con el don de la clarividencia, que en su caso era muy molesto e inservible pues aún no sabía interpretar correctamente sus visiones y no sabía precisar cuando ocurrirían sus premoniciones, ni sabía decir quién era el que se iba a morir ni quién la que se iba a casar. De cada diez ataques de clarividencia sólo podía interpretar uno, pero esta vez no se equivoco y supo claramente lo que había ocurrido, como si hubiese estado ahí donde ocurría.

—¡La sangre de Cristo! —dijo, saliendo de su sueño y sentándose.

—¿Qué pasó? —preguntó Carlos, que dormía entre el pueta Mincho y yo, dándonos posada en su enorme cobija.

—Se volvió loca la Goyita y se cagó en ella misma, en la nieta y en todos nosotros —dijo el pueta, que en su sueño había podido ver con claridad y como en cámara lenta el “swing” de la viejita y había podido escuchar el ruido de la olla rompiéndose y el líquido vital corriendo.

—El que está loco sos vos —dije yo que para entonces no creía aún en los poderes extra-sensoriales del pueta.

—Levantate —dijo el pueta— vamos a visitarla, no vaya a ser que se le ocurra suicidarse. Pobre viejita.

Yo me levanté y acompañé al pueta más que nada porque era y sigo siendo muy curioso y porque soy muy vago desde muy pequeñito y aprovecho cualquier oportunidad para salir de la rutina.

—¡Qué barbaridad! —repetía el pueta una y otra vez mientras caminábamos hacia la casa de la Goyita. Andábamos a paso lento pues el pueta jamás tenía prisa y nunca corría, por ninguna razón. En su diccionario particular, “prisa” era una palabra obscena y su sola mención le producía escalofríos.

—¡Mirá! —dijo el pueta cuando llegamos al pie de la lomita de la Goyita. Señalaba con su dedo un punto en el suelo— Hasta aquí llegó el desastre. En efecto, en el punto que el poeta señalaba terminaba una sombra parecida a un pequeño río que bajaba zigzagueando desde la lomita. Era el contenido de la olla del alambique, que había llegado hasta ese punto.

No hay comentarios.: