miércoles, julio 26, 2006

Katiuska (2 y aún no termino)

[Entrega elaborada a partir de anotaciones en mi diario hechas en 1990]

Algunos años después, allá por 1988 ó 1989, en una mesa de tragos habría yo de caer en la cuenta del uso desmesurado que el Ejército Popular Sandinista había hecho de las BM-21 en la Costa Atlántica. En una fiesta en su casa, ya medio bolos y cuando se había ido casi todo el mundo, mi amigo Ramiro, que había sido oficial en las tropas que combatieron a los miskitos en el Caribe, me hizo un relato pormenorizado de la manera que el arma había sido empleada en aquellos lares [sobre el empleo en otras zonas les contaré en otra ocasión].

Por aquel entonces Ramiro había empezado a recorrer la ruta del desencanto, un camino que yo había recorrido hacía tiempo ya pero que para él era mucho más largo y mucho más doloroso que para mí, porque él se había entregado con alma, vida y corazón a la revolución y yo no. Desde muy jovencito —casi veinte años atrás por aquel entonces— se había enrolado en las filas del sandinismo, había sido dirigente estudiantil en la universidad y, cuando la Oficina de Seguridad Nacional empezó a perseguirlo tratando de capturarlo, se había ido a la montaña a combatir a la Guardia Nacional, el ejército del dictador Somoza. Era alguien a quien “la causa le costaba” —para emplear una frase muy utilizada por entonces— y porque le había costado mucho le era muy difícil aceptar que lo que había en Nicaragua no era una revolución como la que había soñado, ni cosa parecida, y que por ese esperpento que ahora teníamos, ese odioso sistema de cosas que se había adueñado del país, había sacrificado los mejores años de su vida. Porque la ruta de ida hacia la revolución había sido para él muy trabajosa, la ruta de regreso le era muy dura de recorrer, pero la recorrió, como mucha gente valiosa que poco a poco fue dejando el sandinismo cuando fue claro que por su medio no se llegaba a la revolución.

La noche que ahora les cuento, estábamos haciendo un recuento de las acciones y omisiones que a nuestro juicio habían ido paseándose en la revolución y en la posibilidad de hacer alguna vez revolución en Nicaragua y en Centroamérica. En un cierto momento abordamos la cuestión miskita, esto es, la manera en que los indígenas fueron incorporados en la vida nacional en la época sandinista. [El dialogo que a continuación les presento ha sido reconstruido de memoria, de modo aproximado, el contenido es auténtico.]

—Fuimos unos salvajes —me soltó Ramiro de pronto.

—¿Quiénes? —dije, tratando de entender lo que Ramiro quería exactamente decir.

—Los sandinistas por supuesto. Fuimos unos bárbaros, peores que la guardia, tratamos a los indígenas como enemigos, como mierdas, como animales.

—Tan terrible no habrá sido —dije, buscando un punto medio en el cual balancearse.

—Yo estuve ahí, vos no, yo sé lo que te digo. Fue terrible, peor que terrible, horrorizante, si acaso existe la palabra. En la “navidad roja” y en los meses que siguieron quisimos darle un escarmiento a los alzados. Queríamos aterrorizarlos y creo que lo conseguimos. En cierto momento —no me acuerdo bien cuándo exactamente— les pusimos las katiuskas día y noche, día tras día tras día. Los hicimos cagarse del miedo, les sacamos plumeros.

—¿Les pusimos? —dije, buscando decididamente información.

—El ejército y el Ministerio del Interior, Delgadillo (jefe del ejército en la Región Militar n. del a. ). Aunque para ser justos, Delgadillo recibió la orden de arriba.

—¿De arriba? —bien sabía yo qué quería decir arriba pero quería oirlo.

—De Humberto Ortega directamente, por la radio. Todo el mundo en el puesto de mando pudo oírlo. Delgadillo le hizo un recuento de la situación y Humberto le dijo entonces “ponele las muchachas a esos hijueputas”. Delgadillo todavía le preguntó, como si no hubiera oído y olvidándose de hablar en clave: “¿Las BM-21, comandante?” Al otro lado Humberto parecía impaciente: “Así es, las BM, dejáselas caer, si tenemos el arma hay que usarla” y Delgadillo, muy obediente como siempre ha sido— les cayó encima con todo el güevo.

—Pero estábamos en guerra, los miskitos se habían alzado, había que responder —dije, usando el viejo truco siquiátrico de tomar el lado del informante y mostrar comprensión.

—Pero no de ese modo —siguió Ramiro— no había necesidad de tanta violencia. Es como si un padre le corte una mano a su hijo porque éste le robó un peso. La respuesta no iba de acuerdo a la ofensa, fue exagerada y me pasé años tratando de entender por qué se respondió de este modo. Los últimos meses lo he venido pensando y he hablado con alguna gente sobre esto y creo que al fin lo entendí: Humberto mandó a usarlas como ensayo, como entrenamiento, para prepararse para lo que vendría después.

—¿Lo que vendría después? —dije, sinceramente intrigado.

—Los asesores cubanos de Humberto Ortega, que no lo dejaban ni a sol ni a sombra, le venían diciendo desde antes del triunfo que había que prepararse porque seguramente vendría una contrarrevolución, que Nicaragua no era una isla, como Cuba y en algún momento habría que combatir tropas contrarrevolucionarias en el propio territorio. Reagan ni siquiera aparecía en el panorama cuando Castro ya decía que el imperialismo trataría de destruir la revolución nicaragüense y apoyaría movimientos armados. Humberto habrá visto en la “navidad roja” un buen momento y un buen pretexto para ejercitar el músculo. A lo mejor pensaba que como la Costa queda lejos de Managua nadie se iba a dar cuenta.

—Nadie se dio cuenta —dije yo, que hasta entonces sabía de esto.

—Todo se sabe alguna vez —dijo Ramiro, pensando quién sabe qué cosa— y esto también se sabrá alguna vez. A lo mejor es hasta bueno que se sepa.

Casi veinte años después, escribiendo esta nota, me doy cuenta que estas cosas no las sabe mucha gente.

[En una entrega futura les contaré sobre la Navidad Roja de los Miskitos]

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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