sábado, septiembre 23, 2006

El significado de la palabra rebeso

Esto que ahora voy a contarles habrá seguramente ocurrido a inicios del año 1980, lo sé porque para entonces me encontraba en un proceso de búsqueda —un proceso muy complicado pues no sabía qué era lo que buscaba— que me llevaba a regiones geográficas en las que me sentía a gusto y en las que yo pensaba que encontraría lo que fuese que anduviera buscando. Para esa época me encontraba también en una de mis más profundas crisis financieras (para llamar de un modo elegante mi palmazón) así que para seguir en mi búsqueda y ganarme unos bollitos, me ofrecí para ir a vender ropa que una amiga de una de mis hermanas traía de Miami o Panamá o no sé de dónde. No creo que la amiga tuviese mucha confianza en mis habilidades como vendedor, pero aceptó después de un rato mi idea de ir a vender a Bluefields algunas docenas de camisas de colores chillantes que según creía yo, le encantarían a los blufileños que harían fila para comprarlas.

Así, una mañanita de enero iba yo viajando en un bus amarillo, de la marca ‘Thomas’, que en su juventud había transportado escolares en California y ahora viejo vivía una segunda vida, mucho más agitada que la anterior haciendo cada día el trayecto Managua-Rama y vuelta para atrás. Hacia el Rama iba pues, donde tomaría el barco a Bluefields, cabeceando de sueño y entregado a los recuerdos.

Bluefields era para entonces el lugar más agradable en mi memoria, el que despertaba en mí los más tiernos sentimientos y las más ardientes calenturas. Me ponía tiernito porque me recordaba a mi primer gran amor platónico, una morenita delgadita y de ojos verdes, bella como yo no había visto nunca, que cantaba y bailaba como si hubiera nacido para el canto y para el baile y en cuya presencia me volvía el más pendejo de los pendejos, de tanto amor que le tenía y no era capaz de confesarle, aunque yo sabía que ella sabía y ella sabía que yo sabía que ella sabía.

La morenita fue mi gran amor callado hasta una noche terrible en que decidí que el amor platónico era más insoportable que el rechazo y me fui a buscarla resuelto a confesarle mi amor, pasara lo que pasara. Era la noche de un sábado y después de darle tres vueltas a la manzana de su casa para agarrar valor, entré finalmente, cuando el carillón de una iglesia muy cercana —nunca voy a olvidar este detalle fatídico— anunciaba en un tono festivo que eran las siete en punto.

A mí me habían contado que en la vida alguna vez viviría situaciones difíciles, que alguna vez conocería el miedo y alguna vez sabría lo que era el sufrimiento. Esa noche entendí por fin el significado de estas frases, pero cualquier cosa que me hubieran dicho no podía haberme preparado para la terrible tortura de estar ahí sentado frente a esa muchacha de diecisiete años no cumplidos, de manos tan lindas y suaves, de voz tan dulce y sonrisa tan amable. Casi no le dije lo que había llegado a decirle y había practicado cien veces frente al espejo. Casi me fui, casi salí corriendo para irme a dormir al muelle y salir en el primer barco que saliera esa noche a cualquier parte. Casi, pero ella advirtió quizás que yo temblaba y pensaría quizás que estaba yo enfermo y se puso más amable y me dio té y galletitas que ella misma había horneado y me sonrió y me habló bajito y me contó cositas y yo pensé, iluso que siempre he sido, que eran buenas señales, que el ambiente era propicio. Le solté entonces todito el cuento, así de romplón, torpe como una mula mal bozaleada. Le solté un cuento idiota, inconexo, pendejo y ella me escuchó pacientemente, y dulcemente me fue rechazando, explicándome que tenía un novio desde hacía casi un año, que estaba enamorada de él, que yo le caía muy bien, que no quería herir mis sentimientos, pero que no podía ser más que mi amiga, una buena amiga. Hablamos todavía un poco más y yo me fuí y si antes de entrar estaba ya enamorado, ahora que salía, rechazado del modo más dulce imaginable, salía de esa casa loco de amor, con ganas de darme contra las paredes.

Pensar en Bluefields me ponía también en temblores febriles porque venía a mi memoria el recuerdo de aquella negra alta y de amplias formas que me encontró esa noche lloriqueando, medio bolo, en un rincón de un bar, y cuando supo por qué lloraba me llevó a su casa y a su cama y se empeñó en consolarme de la mejor manera que ella sabía consolar, una y otra vez, toda la noche y la mañana del día siguiente, hasta que recordar el rostro de la morenita ya no me produjo más tristeza. Me enamoré de ella también, con una forma de amor que yo no conocía, y caí en la cuenta que todos los poemas de amor que hasta entonces había escrito eran nada más que paja, vacíos, incompletos, ignorante de mí. Caí también en la cuenta que la idea del amor de pareja predicada por los curas era empobrecedora, limitante y hasta incluso quizás sub-desarrollante, porque bien se podía, ahora lo veía con suma claridad, amar a más de una al mismo tiempo. De aquella cama inmensa salí más entendido y comprendí que una cama es también una escuela para aquel que está abierto a la enseñanza. Cuando salí a la calle, cerca ya del mediodía, la ciudad vibraba bajo un sol deslumbrante y el aire traía un olor fascinante que antes nunca había percibido.

El lunes me subí de madrugada al ‘Bluefields Express’ y me fui porque tenía que irme, sin despedirme de ninguna porque no las encontré ya más la tarde del domingo. Me quedé horas de pie en la popa del barco, mirando la estela que iba dejando, añorando a mis dos amores, hasta que resolví que regresaría el mes siguiente. Pero no volví ni el mes siguiente ni el otro ni el siguiente. Para entonces el país entraría en una vorágine que no habría de conocer final por mucho tiempo y envolvería a todos. Mucho tiempo habría de pasar antes de poder yo encontrar al fin el piso o lo que fuese que para entonces sentía bajo mis pies.

Desde esa madrugada ni la una ni la otra se fueron de mi memoria y allá iba yo ahora de regreso, tres años después, a buscarlas, temeroso de encontrarlas porque no sabía qué les diría y no sabía con certeza qué cosa era lo que yo de ellas quería. Allá iba yo en el bus lleno hasta la pata de gente, sentado al lado de la ventana de la primera fila, detrás del chofer que bebía bolsas de fresco una tras otra tratando de apagar la sed que una horrible goma le producía. No me acuerdo si habíamos salido de Managua de madrugada o desde la noche anterior, pero recuerdo bien que la travesía parecía interminable pues el bus paraba cada cinco minutos para subir y bajar pasajeros y viajábamos por una carretera que parecía tener más cráteres que la luna y a cada momento debíamos reducir la velocidad para capearlos o entrar en ellos despacito, para que no se quebrara la suspensión del pobre vehículo que constantemente hacía crack por todos lados, quejándose del maltrato y bramando como un buey viejo al que se le exige con un chuzo que jale una carreta demasiado cargada.

A media mañana, a la altura de La Gateada, subió al bus y dijo buenos días una mujer pequeñita y descalza, de edad indefinible, llevando de la mano a un niño que parecía tener unos diez años. Se pararon a la par del asiento en el que yo iba sentado y se agarraron de éste pues no alcanzaban el pasamanos del bus, demasiado alto para ella. Pasado algún tiempo la mujer y la niña que iban al lado mío se bajaron y la vieja y el niño se sentaron, la vieja a mi lado y el niño al lado del pasillo. Yo no les presté demasiada atención, ocupado como estaba en tratar de dormir y acabar con mi propia goma, que si bien no era tan angustiosa como la del chofer no dejaba de molestarme. Ya había pasado un buen rato de zangoloteo cuando la mujer me tocó el hombro y con una vocecita muy finita me dijo ‘Siñor, ¿Me podría dar la ventana? Es que fíjese que yo rebeso’. Apenas estaba empezando a soñar con la morenita de los ojos verdes cuando la vieja me despertó así que la interrupción me causó irritación. ‘Señora’, le dije tratando de no sonar demasiado bravo, ‘en primer lugar no me diga señor que sólo tengo veinte años y soy palmado y en segundo lugar no le voy a dar la ventana porque este es el único lugar donde puedo dormir y yo vengo desde largo y me he pasado casi toda la noche en vela’. ‘Bueno, ay perdone’, dijo la vieja humildemente.

Yo cerré mis ojos y empecé un sueño en el que bailaba con la negra hermosa un palo de mayo brutal en el que ella se me restregaba todita, y de nuevo otra vez, la vieja con su vocecita me interrumpía y me bajaba de mi sueño que prometía un buen final: ‘Siñor, siñor’, me dijo y sonaba afligida, ‘¿Me podría dar la ventana? Es que fíjese que yo rebeso y voy algo almareada’. Y yo otra vez, odioso y cortante, casi sin escucharla, le volví a decir que estaba tratando de dormir, que por favor me dejara en paz, que ella seguramente ya pronto se iba a bajar y yo aún tenía un largo viaje por delante. El chofer miraba constantemente por el espejo retrovisor y se mantenía atento a la conversación que la vieja y yo sosteníamos. Me pareció ver que sonreía.


‘Bueno, después no diga que no le dije’, dijo la vieja.


Yo me fui a dormir y esta vez era de nuevo la morenita de ojos verdes quien se me aparecía en sueños y me abrazaba y me besaba apasionadamente y me decía que siempre me había querido y me hacía sentar a su lado en un sillón en el porche de su casa y me tocaba el brazo y yo me despertaba para encontrarme con la cara de la vieja que otra vez me interrumpía, esta vez sin decir nada, tocando mi brazo nada mas. En esta ocasión la miré más atentamente y me pareció que su piel adquiría un tono verdoso y sus ojos parecían a veces ponérsele en blanco por breves momentos. ‘Mire señora’, le dije ya bravo y abiertamente repugnante, ‘ya es mucha la fregadera. No le voy a dar la ventana y punto. No sé qué putas es eso de rebeso o reboso o rebaso o lo que sea y no me interesa saber. Si quiere tener ventana cómprese su carro, mientras tanto, por caridad de dios déjeme dormir antes que me agarre migraña, que es un dolor de cabeza horrible’. Me pareció que mis palabras surtían efecto porque la vieja lo único que entonces dijo fue un ‘bueno’ muy bajito. El chofer, que miraba siempre por el espejo parecía estarse divirtiendo con la conversación.


Un momento después me quedé de nuevo medio dormido, sin soñar, por un rato bastante largo, cuando de pronto el bus entró demasiado rápido a un hueco de la carretera, se detuvo en seco y se movió bruscamente hacia delante, atrás y a los lados. Yo sentí entonces en el hombro, el cuello y el pecho un caldo caliente y grueso que alguien me había echado encima y abrí mis ojos sólo para alcanzar a ver aún a la vieja que después de haberme vomitado en una primera violenta oleada, trataba de parar el vómito de una segunda oleada con su mano puesta en la boca, para conseguir nada más empeorar las cosas, pues el vómito salía ahora por entre sus dedos y los lados de la mano hacia todas las direcciones. Yo sentí un tufo horrible y para mi asco y asombro pude ver en mi camisa todo el contenido del estómago de la vieja y pude saber qué cosa había desayunado la glotona. Restos de tortillas, huevos, frijoles, maduro frito, queso, crema, café y vaya usted a saber qué mas, se confundían en una mezcla ácida nauseabunda que me daba la sensación de quemarme la piel y que yo quería quitarme de encima a toda costa. A la vez que empezaba a quitarme la camisa, le dejé ir a la vieja sin piedad toda la caja de lustrar. ‘Vieja chancha hija-de-la-gran-puta, como vas a creer que me hayas vomitado, cerda maldita, ¿Por qué no me dijiste nada?’


‘No jodás’, me dijo la vieja que ahora ya no sonaba tan humilde como antes, ya no me decía señor y me voseaba, ‘pero vos tuviste la culpa, bastante te dije que yo rebesaba’.


El chofer detuvo el bus no porque se apiadara de mí, sino porque de tanto reírse ya no era capaz de seguir manejando. Todos los pasajeros se reían a carcajadas mientras yo, echando sapos y culebras, bravo como un cascabel, me bajaba con la camisa colgando de mi mano extendida hacia adelante, para ir a lavarme brazos, manos, cara y pecho en un charco que la lluvia de la noche anterior había dejado en medio de la carretera. Del bus salían risas y frases mientras yo buscaba en mi valija algo para ponerme y me echaba colonia ‘Old Spice’ para tratar de matar el tufo, un tufo que habría de quedar grabado de manera indeleble en mi memoria. ‘ ’ta bueno que te pase, por hijueputa, flaco maldito, le hubieras dado la silla a la señora’, me dijo un hombre alto y chintano. ‘Vení amor que te beso y luego te rebeso’, me dijo una mujer gorda que vendía chancho con yuca. Y la gente no paraba de reírse y se reían aún diez minutos más tarde, cuando la vieja se apeó del bus y siguieron riéndose y divirtiéndose a mi costa todo el camino hasta llegar a Rama y a todo el que subía le contaban el cuento y todo el que se bajaba me decía algo gracioso, que todo el pasaje del bus celebraba con risas, castigándome de este modo, como si hubiera sido yo el hechor y no la víctima. Me castigaban así por ignorante, por ser aparentemente la única persona en el bus que no conocía el significado de la palabra rebeso.

De vacaciones

Estimados lectores, estimadas lectoras: si no me habían visto por acá es porque me fui de vacaciones a la playa por un montón de días. Me la pasé tirado al sol, bronceándome, embelleciéndome. Creo que de tanto sol que recibí se me secó el cerebro porque por más que lo exprimo no logro hacerlo parir nada nuevo para el blog. Para mientras regresan mis neuronas a su normalidad voy a compartir con ustedes el siguiente post ["El significado de la palabra rebeso"] que he publicado antes en otra parte y que trata de otros tiempos, mucho más atras de la época que ahora voy narrando. A aquellos que lo han leído ya, les ruego disculparme pero como les digo: no me sale nada y no quiero despachar al estimable público con las manos vacías. Espero que les guste y lo recomienden a sus amistades.

[A quienes me han escrito tratando de descubrir mi verdadera identidad y a quienes no me han escrito, les cuento que no, no me llamo Pedro, ni Pedro J. Sándigo ni nada por el estilo, estos son seudónimos inofensivos . Me llamo de otro modo que no les voy a contar ahora porque no es interesante y mi nombre real no les dirá nada de todas maneras]

lunes, septiembre 04, 2006

Goyita del Santo Espíritu (3 y final)

[Con un poco de retraso paso ahora a contarles en qué paró la cosa con la Goyita]

Cuando llegamos a su casa encontramos a la Goyita hablando sola y yendo y viniendo de aquí para allá, recogiendo los pedazos de la enorme olla de barro que acababa de romper, mientras el muchacho ayudante alimentaba a los chanchos en el pequeño chiquero con los restos del contenido de la olla. Los chanchos daban chasquidos de placer, disfrutando de lo lindo del inesperado festín. La viejita estaba furiosa y ni siquiera se dignó a mirarnos llegar.

—Buenos días —dijo Mincho, con el deje cantadito usado por los campesinos de la zona.

La viejita alzó entonces los ojos para mirarnos y sin contestar al saludo regresó a su ocupación.

—Parece que aquí hubo un accidente —dijo el pueta, mientras se acuclillaba para ayudar a la viejita a recoger los restos de la olla. Yo fui a sentarme en la banca de madera destinada a los clientes.

—Que accidente ni que accidente, yo misma me la volé, de un sólo trancazo —dijo la Goyita sonriendo, enorgulleciéndose por un momento de su acción. Luego adoptó de nuevo el sombrío rostro que le vimos al llegar.

—Qué barbaridad —dijo el pueta— y ahora cómo le va a hacer.

—¿Cómo le voy a hacer? No hay nada qué hacer, ya no voy a hacer guaro y ya se jodieron todos ustedes. Decile al jetón de tu jefe que ya puede estar tranquilo, que la Goya ya no va a hacer más guaro y sus muchachitos culito cagado milicianos ya no se van a poner hasta el cerco.

—¿Cuál jefe es ese?

—El jefe de compañía, ese que vino a amenazarme con llevarme presa si seguía vendiendo mi guarito.

—Ese hijo de su madre es un abusivo Goyita, él no se la puede llevar presa porque no tiene nada que ver en esto, es reservista no policía. El único que puede decirle algo es el subteniente, ese es el que manda aquí, nadie más, nosotros estamos de paso. El jefe de compañía no sabe ni como se llama él mismo. ¿Por eso hizo usted esta barbaridad, porque ese bandido la amenazó? La viejita asintió con la cabeza.

—También es que la Rosa me metió en miedo —dijo la viejita en una voz muy triste—. Pero lo hecho hecho está, hasta aquí nomás llegué, ahora sólo voy a dedicarme a criar y vender mis chanchitos.

—No —dio el pueta poniéndose serio— esto no puede quedarse así, usted tiene una responsabilidad con la gente de este pueblo. Ahorita mismo voy a ir a hablar con el subteniente y va a ver como arreglamos todo esto. Para mientras quítese el miedo y si viene ese jetón por aquí mándelo a comer ya sabe usted qué cosa y miéntele la madre, que no joda dígale.

—¿Así es la cosa? —preguntó la Goyita, mirándonos un tanto extrañada.

—Así como le digo. Ahorita mismo paso por donde el subteniente contándole todo esto para que ponga en cintura a ese jefecito de nosotros.

—¿O sea que de babosa quebré la olla?

—Bueno —dijo Mincho sonriendo— si fue de babosa o de impulsiva eso será usted misma quien tiene que decirlo. Ahora lo que tiene que hacer es buscarse una olla más grande, y por favor la próxima vez pregúnteme antes de hacer una barbaridad como esa. Eso que usted hizo es un pecado muy grande, ahora que venga el cura vaya y confiésese y ojalá y le impongan una buena penitencia.

El pueta y yo éramos soldados rasos, los de más abajo en la jerarquía y sin ningún poder, pero oyendo al pueta hablar esa mañana cualquiera hubiera dicho que el era el jefe de la tropa.

Cuando hicimos ademán de irnos la Goyita nos pidió quedarnos un momento más, nos ofreció café y un pedazo de ese delicioso pan de maíz que en Managua llaman “cosa de horno” y en mi pueblo “perrerreque”. Disfrutábamos del café cuando de sopetón la Goyita nos confesó que tenía aún otra razón para haber roto la olla.

—Es que estoy arrecha —la viejita frunció la desdentada boca y echó la barbilla hacia adelante. Le costaba echar afuera lo que quería contarnos.

—¿Y por qué está brava? —pregunté entonces, pues la curiosidad me carcomía las entrañas y no había cosa que mas odiara que un cuento interrumpido.

—No, brava no estoy, estoy endiablada que es mucho peor. Es que la Albertina, la biznieta que les he contado que está estudiando y es buena alumna, resultó preñada la muy pendeja, con perdón de la palabra.

—¡Como va a creer! —dijo Mincho, con cara de preocupación. El pueta era mucho más empático que yo, a mí esas cosas me resbalaban, me dejaban frío. Había, pensaba yo, muchas otras cosas en el mundo para preocuparse, estas cosas eran pequeñeces.

—Así es —continuó la Goyita, ahora más relajada—, parece que un su maestro que tenía le enseñó más que sólo la lección. Lástima porque la muchacha era buena alumna y ya con esto va a tener que dejar de estudiar. Porque nadie le va a querer cuidar el cipote para que siga yendo a clases.

—¡Qué barbaridad! —dijo Mincho— ahora con más razón tiene que vender guaro pues va a tener que mandarle riales al tataranieto.

—Tendré que mandarle porque el tal maestro apenas supo que la muchacha estaba preñada se hizo el loco, dejó de hablarle y dijo que el no tenía nada que ver en eso.

—¡Que hijueputa! —dije yo, ensayando un poco de empatía.

—Nada tiene que ver la pobre madre en esto —dijo la Goyita y me lanzó una mirada un tanto despectiva—, la madre echa los hijos al mundo y trata de llevarlos por el buen camino, como la gallina con los pollitos, si los hijos agarran mal camino no es culpa de la que los pare, cada cual es dueño de su propia vida. Hay libre albedrío dice la biblia.

A partir de ese momento no tuve ya mas nada que decir. Mi intento solidario había salido mal así que me quedé callado escuchando a la viejita mientras le iba contando a Mincho todos los pormenores de la situación de la nieta preñada. Cuando al fin salimos de la casita el sol estaba alto y hacía calor.

Tal y como lo había prometido a la viejita, Mincho pasó por donde el subteniente contándole lo que había pasado y como lo había predicho, el subteniente había puteado a nuestro jefe y había ido personalmente donde la Goyita a decirle que no se preocupara y que siguiera en sus actividades si así lo tenía a bien.

A la semana siguiente la Goyita empezaría de nuevo a producir guaro pero para entonces, un suceso muy triste ocuparía nuestra atención: Carlos el generoso compañero que a Mincho y a mí nos daba hospedaje bajo su enorme colcha desde que nosotros vendimos las nuestras, habría de morir en las tristes circunstancias que ya les contaré.