lunes, septiembre 04, 2006

Goyita del Santo Espíritu (3 y final)

[Con un poco de retraso paso ahora a contarles en qué paró la cosa con la Goyita]

Cuando llegamos a su casa encontramos a la Goyita hablando sola y yendo y viniendo de aquí para allá, recogiendo los pedazos de la enorme olla de barro que acababa de romper, mientras el muchacho ayudante alimentaba a los chanchos en el pequeño chiquero con los restos del contenido de la olla. Los chanchos daban chasquidos de placer, disfrutando de lo lindo del inesperado festín. La viejita estaba furiosa y ni siquiera se dignó a mirarnos llegar.

—Buenos días —dijo Mincho, con el deje cantadito usado por los campesinos de la zona.

La viejita alzó entonces los ojos para mirarnos y sin contestar al saludo regresó a su ocupación.

—Parece que aquí hubo un accidente —dijo el pueta, mientras se acuclillaba para ayudar a la viejita a recoger los restos de la olla. Yo fui a sentarme en la banca de madera destinada a los clientes.

—Que accidente ni que accidente, yo misma me la volé, de un sólo trancazo —dijo la Goyita sonriendo, enorgulleciéndose por un momento de su acción. Luego adoptó de nuevo el sombrío rostro que le vimos al llegar.

—Qué barbaridad —dijo el pueta— y ahora cómo le va a hacer.

—¿Cómo le voy a hacer? No hay nada qué hacer, ya no voy a hacer guaro y ya se jodieron todos ustedes. Decile al jetón de tu jefe que ya puede estar tranquilo, que la Goya ya no va a hacer más guaro y sus muchachitos culito cagado milicianos ya no se van a poner hasta el cerco.

—¿Cuál jefe es ese?

—El jefe de compañía, ese que vino a amenazarme con llevarme presa si seguía vendiendo mi guarito.

—Ese hijo de su madre es un abusivo Goyita, él no se la puede llevar presa porque no tiene nada que ver en esto, es reservista no policía. El único que puede decirle algo es el subteniente, ese es el que manda aquí, nadie más, nosotros estamos de paso. El jefe de compañía no sabe ni como se llama él mismo. ¿Por eso hizo usted esta barbaridad, porque ese bandido la amenazó? La viejita asintió con la cabeza.

—También es que la Rosa me metió en miedo —dijo la viejita en una voz muy triste—. Pero lo hecho hecho está, hasta aquí nomás llegué, ahora sólo voy a dedicarme a criar y vender mis chanchitos.

—No —dio el pueta poniéndose serio— esto no puede quedarse así, usted tiene una responsabilidad con la gente de este pueblo. Ahorita mismo voy a ir a hablar con el subteniente y va a ver como arreglamos todo esto. Para mientras quítese el miedo y si viene ese jetón por aquí mándelo a comer ya sabe usted qué cosa y miéntele la madre, que no joda dígale.

—¿Así es la cosa? —preguntó la Goyita, mirándonos un tanto extrañada.

—Así como le digo. Ahorita mismo paso por donde el subteniente contándole todo esto para que ponga en cintura a ese jefecito de nosotros.

—¿O sea que de babosa quebré la olla?

—Bueno —dijo Mincho sonriendo— si fue de babosa o de impulsiva eso será usted misma quien tiene que decirlo. Ahora lo que tiene que hacer es buscarse una olla más grande, y por favor la próxima vez pregúnteme antes de hacer una barbaridad como esa. Eso que usted hizo es un pecado muy grande, ahora que venga el cura vaya y confiésese y ojalá y le impongan una buena penitencia.

El pueta y yo éramos soldados rasos, los de más abajo en la jerarquía y sin ningún poder, pero oyendo al pueta hablar esa mañana cualquiera hubiera dicho que el era el jefe de la tropa.

Cuando hicimos ademán de irnos la Goyita nos pidió quedarnos un momento más, nos ofreció café y un pedazo de ese delicioso pan de maíz que en Managua llaman “cosa de horno” y en mi pueblo “perrerreque”. Disfrutábamos del café cuando de sopetón la Goyita nos confesó que tenía aún otra razón para haber roto la olla.

—Es que estoy arrecha —la viejita frunció la desdentada boca y echó la barbilla hacia adelante. Le costaba echar afuera lo que quería contarnos.

—¿Y por qué está brava? —pregunté entonces, pues la curiosidad me carcomía las entrañas y no había cosa que mas odiara que un cuento interrumpido.

—No, brava no estoy, estoy endiablada que es mucho peor. Es que la Albertina, la biznieta que les he contado que está estudiando y es buena alumna, resultó preñada la muy pendeja, con perdón de la palabra.

—¡Como va a creer! —dijo Mincho, con cara de preocupación. El pueta era mucho más empático que yo, a mí esas cosas me resbalaban, me dejaban frío. Había, pensaba yo, muchas otras cosas en el mundo para preocuparse, estas cosas eran pequeñeces.

—Así es —continuó la Goyita, ahora más relajada—, parece que un su maestro que tenía le enseñó más que sólo la lección. Lástima porque la muchacha era buena alumna y ya con esto va a tener que dejar de estudiar. Porque nadie le va a querer cuidar el cipote para que siga yendo a clases.

—¡Qué barbaridad! —dijo Mincho— ahora con más razón tiene que vender guaro pues va a tener que mandarle riales al tataranieto.

—Tendré que mandarle porque el tal maestro apenas supo que la muchacha estaba preñada se hizo el loco, dejó de hablarle y dijo que el no tenía nada que ver en eso.

—¡Que hijueputa! —dije yo, ensayando un poco de empatía.

—Nada tiene que ver la pobre madre en esto —dijo la Goyita y me lanzó una mirada un tanto despectiva—, la madre echa los hijos al mundo y trata de llevarlos por el buen camino, como la gallina con los pollitos, si los hijos agarran mal camino no es culpa de la que los pare, cada cual es dueño de su propia vida. Hay libre albedrío dice la biblia.

A partir de ese momento no tuve ya mas nada que decir. Mi intento solidario había salido mal así que me quedé callado escuchando a la viejita mientras le iba contando a Mincho todos los pormenores de la situación de la nieta preñada. Cuando al fin salimos de la casita el sol estaba alto y hacía calor.

Tal y como lo había prometido a la viejita, Mincho pasó por donde el subteniente contándole lo que había pasado y como lo había predicho, el subteniente había puteado a nuestro jefe y había ido personalmente donde la Goyita a decirle que no se preocupara y que siguiera en sus actividades si así lo tenía a bien.

A la semana siguiente la Goyita empezaría de nuevo a producir guaro pero para entonces, un suceso muy triste ocuparía nuestra atención: Carlos el generoso compañero que a Mincho y a mí nos daba hospedaje bajo su enorme colcha desde que nosotros vendimos las nuestras, habría de morir en las tristes circunstancias que ya les contaré.

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