lunes, octubre 30, 2006

Intermezzo melancólico

El tiempo pasa...

Mi buen amigo Antonio que vive en Costa Rica me regaló hace algunos años un cd de Pablo Milanés y Víctor Manuel. Hasta ahora sólo lo había oído unas cuantas veces, pero hace unos días convertí las canciones al formato mp3 y las puse en uno de esos aparatitos que reproducen ese formato. Hoy, mientras paseaba el perro me puse a escuchar esas canciones que junto a otras muchas de otros muchos autores sirvieron de telón de fondo a la revolución en aquellos tiempones y tengo que confesar a ustedes que me agarró melancolía y se me salieron un par de lágrimas. Por suerte para mi máscara de duro, en ese momento llovía y nadie puso darse cuenta que eso que se veía deslizándose por mi rostro no eran gotas de lluvia, sino lágrimas que salían desde el fondo de mi corazón suavizado por esas notas que tan buenos y dulces recuerdos traen a mi memoria. Escuchar una tras de otra esas quince o dieciséis canciones fueron un ejercicio de pura catarsis. Voy a explicarle o intentar explicarle como es esto.

Si bien la revolución sandinista fue para mucha gente una desgracia, si mucha gente la pasó muy mal, si hubo miles de muertos y las vidas de muchas gentes fueron destruidas o cambiadas profundamente, hubo otras muchas personas para quienes estos años fueron los mejores de sus vidas y los únicos años de sus pequeñas existencias en que tuvieron verdaderas ganas de vivir. No estoy siendo cínico, no estoy refiriéndome aquí a los vividores, a los que medraron a la sombra del poder, ni a los piñateros ni a los arribistas ni nada por el estilo. Estoy hablando de gente como usted y como yo, gente honesta y bien intencionada que en aquellos primeros tiempos apoyaron la revolución y deseaban un cambio en Nicaragua en favor de los humildes, un cambio, que usted estará de acuerdo conmigo, era muy justo y muy necesario.Para mí personalmente, estos fueron años muy hermosos pero fueron también por muchas razones años muy difíciles y aunque tuve siempre la puerta abierta para salir, no lo hice, no me fui como bien podría fácilmente haber hecho. Mi vida siempre ha sido mía y siempre la he vivido como se me ha dado la gana y aquellos años de revolución no fueron la excepción. Yo quería revolución y si mordí el leño fue por mi gusto, si me fui al monte a realizar las más humildes labores de la revolución fue por decisión propia. Si fui soldado y me dejé dar órdenes de jefes a quienes sólo les faltaba un grado para ser retardados fue por mi gusto, porque yo pensaba que eso era necesario para el bien común, para hacer la revolución y ¿sabe usted? Yo no estaba solo en esto, no era el único en esas condiciones, yo no era excepcional. Ahora mismo, alrededor suyo andan por ahí cuarentones o cincuentones que entonces eran muchachos y muchachas que no pensaban en su propia vida, que no tenían sueños para sí sino para el pueblo, para los pobres y estaban dispuestos a todo para convertir sus sueños en realidad.

Mire usted —y si es usted danielista agárrese—, la única diferencia entre el que esto escribe y muchos de los así llamados “héroes y mártires” de los sandinistas es que aquellos se murieron y yo estoy vivo, escribiendo este post y este blog y tratando de explicarle a nombre de ellos por qué creo yo que lo peor que puede pasarle a Nicaragua es que Daniel Ortega gane las elecciones.

Así es, se lo repito, la diferencia fundamental entre un montón de esos muchachos que murieron por la revolución y yo es que ellos, lamentablemente para ellos, se murieron y yo sobreviví. Yo conocí a muchos de ellos y eran muchachos y muchachas comunes y corrientes, con los mismos sueños que todos teníamos entonces. Básicamente eran como usted y como yo éramos a esa edad. Si no me lo cree pregúntele a la madre de alguno de esos muchachos.

Que haya yo sobrevivido y no ellos es sólo una cuestión de suerte, ellos sacaron el número premiado, yo no. Probablemente eran ellos más puros que yo, mas buena gente que yo, pero yo, como ellos andaba dispuesto a dar la vida por aquellas ideas que entonces teníamos.

Por eso, esta noche cuando escuchaba esas canciones de Pablo Milanés que entonces cantábamos y coreábamos como cantábamos a Silvio Rodriguez y Mercedes Sosa, recordé aquellos tiempos, recordé gente que se murió y otros que aún andan por ahí y me dio mucha tristeza pensar en tanta energía que la juventud puso, tantos buenos sentimientos, tantas ganas de cambiar las cosas, tanta vida entregada en sacrificio a una causa que era entonces justa.

Aquellas canciones nos acompañaban siempre, nos animaban a seguir, nos emocionaban, nos hacían pensar en nuestros amores, nos hacían soñar despiertos un mundo mejor y saber que estábamos trabajando para conseguir ese mejor mundo era nuestra gran satisfacción. Las cantábamos cuando íbamos a las plazas a las manifestaciones, cuando nos movilizábamos en la reserva, cuando íbamos a cortar café. Eran canciones que nos lavaban el cerebro pensará usted y a lo mejor tiene usted razón, pero como sea, eran nuestras canciones y sacaban nuestras emociones y daban cohesión al grupo. Cantabas y estabas con tu gente y eras feliz.Nosotros, esos jóvenes que hacíamos la revolución allá abajo, en la llanura, éramos la cara pura y buena de la revolución, éramos el sentimiento y la pasión, éramos realmente la revolución. En esto no tenía nada que ver Daniel Ortega, éste y los otros ocho enanitos eran demasiado pequeños y mezquinos para hacer la revolución que ellos mismos proponían. La juventud y la gran mayoría del pueblo estuvo a la altura de las exigencias, ellos no y mientras los jóvenes se entregaban en sacrificio empujados por las ideas revolucionarias, ellos sólo podían hacer las pequeñas cosas que hacen los mezquinos como violar a sus hijastras, abusar de sus secretarias y sus empleadas domésticas y gastarse la plata del pueblo en lujos que antes nunca pudieron darse. Con sus acciones, estos nueve enanitos se pasearon en la revolución. Por eso, aquellos jóvenes revolucionarios de entonces no votarán hoy por Daniel y los que se murieron, si estuvieran vivos, no votarían tampoco por Daniel.

Los "heroes y mártires" de la revolución se estremecerían seguramente en sus tumbas de disgusto si Daniel Ortega regresara al sillín presidencial.

¿Y ahora para qué querés mi voto Daniel Ortega? Ya tuviste tu chance, ya mostraste tu rostro, ya vimos que este puesto te queda demasiado grande, ahora, ¿qué más querés? ¿Más muertos? ¿Más vidas jóvenes? ¿Para qué?


viernes, octubre 27, 2006

Hermanas siamesas (2)


[Aún no llego adonde quiero llegar. Tenga un poco de paciencia que esta serie me está costando trabajo: es un parto difícil]

Con el paso de los años y a medida que fui conociendo el Caribe más profundamente, aquella sensación primera y totalmente ingenua de estar en otro país fue convirtiéndose en convicción plena, madura y bien informada. Al estudiar detenidamente la historia de la región llegaría finalmente a entender como fue que aquellas dos grandes regiones que conforman el territorio del actual estado nicaragüense fueron tomando diferentes caminos y fueron constituyendo entidades completamente diferenciadas y autónomas. Con el tiempo entendería que en el centro de lo que hoy conocemos como Nicaragua, en algún lugar imposible de rastrear, existe una frontera invisible, una línea divisoria que sube hacia el Norte por el Este de los grandes lagos, dividiendo el territorio en dos mitades y separando a dos países enteramente diferentes, que han sido unidos a la fuerza para intentar constituir con ellos, sin éxito, un solo cuerpo, una sola nación. En un proceso de siglos, la Costa Caribe y el litoral Pacífico llegaron a ser como un par de hermanas siamesas, esos gemelos que por un error en su desarrollo embrionario nacen atados el uno al otro, conectados por un pedazo de cartílago o hueso, compartiendo con frecuencia órganos vitales y que aún siendo dos personas diferentes, están condenados a formar un sólo cuerpo de una manera artificial. A veces, la ruptura del lazo que los une puede ser fácilmente realizada por el cirujano y los gemelos pueden vivir separados, cada cual por su lado, como corresponde a dos personas distintas; otras veces, la unión de los siameses es tan complicada, las ataduras tan intrincadas o la dependencia de uno al otro gemelo tan fuerte que la separación significaría la muerte de uno o de ambos gemelos.

Podríamos viajar muy hacia atrás en el tiempo y decir que la diferenciación del Caribe y del Pacífico empezó a producirse desde el momento mismo de la creación divina, pero yo no creo en esas cosas y me parece además que no es necesario ir tan lejos. La conquista por la corona española de los inmensos territorios del “nuevo” continente “descubierto” por Colón, marca para América Latina y en particular para Nicaragua un punto de inflexión, el acontecimiento que habría de definir su historia. Sin exageración puede decirse que la llegada de los españoles constituye para América, efectivamente, el momento de la creación. Termina ahí todo lo anterior, lo que sea que ello fuese, y empieza una época nueva en que se recoge aquello que ha quedado en pie de los tiempos anteriores y se junta con las cosas que allende los mares han llegado. La creación de la Nicaragua de hoy empieza entonces a producirse, los caminos diferentes seguidos por el Caribe y el Pacífico empiezan entonces a delinearse y a transitarse. [Más adelante le cuento esto de nuevo y se lo cuento mejor]

Cuando los españoles llegaron por fin a la conquista de Nicaragua desde el Norte y desde el Sur, dos décadas después del primer contacto y tres desde el “descubrimiento”, concentraron sus operaciones en el territorio que se encuentra en la mitad Oeste del país. La escogencia no fue casual, era a este lado del país que se encontraban las mayores concentraciones de población y los diferentes pueblos que habitaban la región mostraban un alto grado de desarrollo. Recuérdese que los españoles estaban interesados en un principio en la riqueza ya realizada, esto es, metales y piedras preciosas trabajadas en la forma de objetos ornamentales y ceremoniales y de eso había buena cantidad. Una vez que esta riqueza era apropiada, embalada, subida en un barco y despachada a la metrópoli al otro lado del Atlántico, la otra fuente de riqueza la constituía la mano de obra, capaz de producir riqueza. El litoral pacífico y el centro-norte del país, por su alta concentración de población y la sofisticación de sus modos de vida constituyeron la fuente de mano de obra que los españoles necesitaban para extraer los metales que les eran tan preciados y producir los bienes necesarios para la vida.

Existen a lo largo y ancho de toda Latinoamérica multitud de territorios y grupos de población que los españoles no sometieron nunca y no incorporaron —o incorporaron a medias— en el nuevo orden de cosas que fueron estableciendo. No tuvieron los españoles el tiempo suficiente, la energía suficiente o la suficiente necesidad para hacerlo y no lo hicieron. En muchos casos, los descendientes de aquellos españoles tampoco pudieron dominar e incorporar esos territorios a los estados nacionales que se crearon cuando las colonias se hicieron independientes. La Costa Caribe nicaragüense es uno de esos territorios.

Aquel inmenso territorio que se extendía hacia el Este no tenía para los españoles de los primeros tiempos ningún atractivo. No había ninguna riqueza allá, los pequeños grupos dispersos de población que la habitaban vivían en las más terribles condiciones, muriendo como moscas por las enfermedades y el capricho de los elementos y no se tenía noticia que hubieran allá yacimientos de oro o plata u otras fuentes de riqueza. No había nada que justificase adentrarse en ese agreste territorio, lleno de fieras, serpientes y lagartos al acecho y exponerse a la furia del inconstante clima, a las lluvias torrenciales y a las enfermedades, en una geografía inhumana, sin caminos porque los caminos se cerraban apenas abiertos, de selvas impenetrables donde ni siquiera los rayos del sol podían entrar y donde quedabas expuesto a la horrible tristeza que según algunos que habían sobrevivido en la selva, te atacaba cada noche y te hacía sentir pequeñito y abandonado y te hacía llorar como un niño de pecho.

En Mayo de 1992, subido en una moto Honda 185 viajé a toda velocidad por la recién abierta trocha —el polvo de los últimos tractores no se asentaba aún— que conectaba la Colonia Naciones Unidas en el municipio de Nueva Guinea con la ciudad de Bluefields. A todo lo largo del viaje por aquel paisaje de ensueño fui deteniéndome constantemente para contemplar la geografía de esa región indomable que al fin permitía el paso por tierra a visitantes del Oeste, luego de 500 años de resistencia. Aquella noche, de regreso ya en Nueva Guinea me fue difícil conciliar el sueño después de haber recorrido de ida y de vuelta y en un mismo día los últimos ochenta kilómetros que le faltaban a los españoles para completar, después de cinco siglos, la conquista y tener acceso finalmente a todo el territorio.

Continuará...

sábado, octubre 14, 2006

Hermanas Siamesas (1)




[En esta serie quiero referirme a la así llamada Costa Atlántica de Nicaragua (en realidad deberia llamársele Costa Caribe), su relación histórica con el litoral del Pacífico y el trato que los sandinistas le dieron en los años de revolución]

La primera cosa que pensé, al desembarcar en el muelle de Bluefields aquella tarde de 1976 fue que había dejado Nicaragua y estaba arribando a un otro país. El aire trayéndome deliciosos aromas que por primera vez percibía y no sabía interpretar, aquellas lenguas tan extrañas para mí que esa gente alegre, despreocupada y ruidosa usaba para comunicarse entre sí, la música y los otros sonidos, la arquitectura, la geografía, en fin, cada cosa que iba viendo, oyendo, sintiendo, me decía que esto no era Nicaragua, que este era otro país y otra gente. Yo era para entonces nada más que un joven de dieciséis o diecisiete años, sin mucha experiencia de la vida, haciendo un viaje escolar en el último año del bachillerato, que no sabía muy bien qué cosa era otro país pues además de Nicaragua sólo conocía Costa Rica, un país no muy diferente. Además de mi juventud e inexperiencia, desde esa madrugadita mi juicio estaba profundamente afectado, fuera de balance o quizás hasta perdido y andaba como flotando en una nube rosada, naranja y púrpura. Esa madrugada, a eso de las tres y cuarenticinco me había enamorado —a primera vista por supuesto como todos mis enamoramientos— de una manera que hasta entonces no había experimentado, ni en forma ni en intensidad ni en velocidad. Fue asunto de tropezar suavemente con ella en el pasillo del bus, mirar sus ojos en la escasa luz y escuchar esa vocecita suya diciendo en voz bajita “¡Oh, perdón!” y me enamoré, irremediablemente. Le bastaron un par de segundos a esa jovencita delgadita y bella como no había visto nunca, para conseguirse un incondicional, alguien que hubiese hecho cualquier cosa que ella le pidiese. Yo era y sigo siendo quizás, pupilo de la escuela romántica cortapulsos y mi noción del amor y de amar eran más o menos aquellas que las canciones mexicanas nos metían en la cabeza desde la omnipresente radio. Había seguido a mi hermano mayor y sus amigos cuando salían a poner serenatas y suspiraba con aquellas canciones de total entrega y me conmovía con versos como “buscaba mi alma con afán tu alma” y “yo presentí en el mundo tu existencia y como a Dios sin verte te adoré”. Había visto a mas de un hombre grande y fuerte que ya borracho caía víctima de la cabanga y “aturdido y abrumado por la duda de los celos” lloraba como niño de pecho la pérdida de un amor. El amor, había oído yo más de una vez, cuando es amor de verdad, duele cuando se pierde, con un dolor que no tiene comparación. Así me enamoré yo aquella mañanita, con todo el güevo, y así de golpe, empecé a entender los poemas de Neruda que leía en los libros de mis hermanas y las novelas clásicas francesas que mi amigo Adonai, lector insaciable, me prestaba sacándolas subrepticiamente de la enorme biblioteca de su padre.

Aquella mañanita habíamos dejado Rivas a eso de las dos de la mañana, en un bus alquilado que nos llevaría a Rama donde tomaríamos el barco hacia Bluefields. Eramos veinte o veinticinco estudiantes del quinto año de bachillerato acompañados por los dos maestros (uno de ellos era mi hermana) más simpáticos del Instituto Rosendo López. En la Colonia Centroamérica, en Managua, recogeríamos a un grupito de estudiantes del Colegio Cristóbal Colón de Bluefields, que serían nuestros anfitriones en su ciudad. En este grupito venía esta joven que les cuento, que tropezó conmigo como les he contado.

Apenas se subieron las blufileñas (creo que sólo había mujeres) la atmósfera del bus cambió por completo, llenándose de una alegría contagiosa que nos habría de acompañar cada día de este maravilloso viaje. Aquellas cancioncitas románticas, dulcetes y pendejas que veníamos cantando ['tan pequeña es, tan frágil es... sin tí lo sé, yo ya no puedo vivir”] dieron paso a la música vibrante que aquel grupito de muchachos empezó a cantar [“ay, ay, ay, playa bonita y su bello mar”] y acompañar usando como tambores los asientos del bus. Aquella jovencita cantaba, bailaba, reía y con cada cosa que hacía o decía me iba yo enamorando más, me iba idiotizando más y más y dejando en mí una profunda impresión. Se llamaba Gloria Bacon y no era sólo bella, tenía además una gracia como yo nunca había visto hasta entonces ni volví a ver jamás. Este amor —no recuerdo bien si se lo confesé— fue platónico y uni-direccional, como todos los amores míos de aquel tiempo, porque yo era para entonces sólo un teórico del amor y por más que hubiese leído El arte de Amar, Narciso y Golmundo y otros sabios volúmenes —cuyo nombre he olvidado— sobre el tema del amor, era completamente incapaz de llevar la teoría a la práctica: no agarraba nada.


martes, octubre 10, 2006

Ser sin rumbo cierto (1)

Con todo, aunque las condiciones de vida eran muy malas, no eran ellas las causantes de nuestra desmoralización, sino el hecho que no había ninguna compensación a esas terribles condiciones en las que nos encontrábamos metidos hasta el cuello. No veíamos el sentido de estar ahí recutidos en el culo del mundo, haciendo nada, cuando nos habíamos alistado para combatir al enemigo a sangre y fuego, pero no se veía ningún enemigo por ningún lado y las emboscadas que poníamos y las peinadas que salíamos a hacer por días y días no deban ningún resultado, en nuestro peine no caía ni un piojo, nada. Estábamos sufriendo para nada, estábamos perdiendo el tiempo para nada y esa idea nos resultaba insoportable. Si no hubiésemos estado tan lejos de seguro que habría habido una deserción masiva, pero estábamos a días y días de camino de cualquier lugar y las maneras de regresar eran tan complicadas, los caminitos tan intrincados que la sola idea de escapar era rechazada apenas se te ocurría. La mejor manera de irse era enfermándose, pero para que te mandaran a Bluefields, la salida “natural” de El Tortuguero, a un montón de horas de viaje por el río en bote rápido, tenías que estar gravemente enfermo pues en el caserío había un puesto de salud con unas pocas camas en el que atendía un médico y dos o tres enfermeras. Los enfermos eran atendidos en este puesto en primera instancia y si el caso lo ameritaba el enfermo era sacado en la lancha ambulancia hacia el hospital de Bluefields.

Aunque hubo muchos intentos, no fueron muchos los que salieron por esta vía. El primero en irse fue el más joven de dos hermanos gemelos chelitos, flaquitos, de cara triste y muy jovencitos, que se pegó un tiro en el pie, hastiado de la vida que estábamos llevando. El médico del puesto de salud, con todo y que tenía experiencia en heridas de bala, vio el asunto muy complicado para tratarlo en las humildes condiciones de su puesto de salud, le inyectó un fuerte analgésico y lo despachó de inmediato con una enfermera que llevaba otra dosis de analgésico por cualquier contingencia. Más tarde supimos que en realidad no le había ido tan mal y que iba a recuperarse. Al del tiro en el pie le siguió unos días más tarde el más joven de los soldados, un flaquito morenito de catorce años que del estrés terrible agarró un estreñimiento que resistió a todos los laxantes del médico, a los remedios caseros de las viejas del pueblo y a las amargas hierbas del curandero miskito que vivía a un día de camino y con el que dimos de pura casualidad en una de nustras peinadas.

Daba lástima ver a aquel muchacho que más que flaquito era un saco de huesos, con aquella gran panza que le iba creciendo cada día y a la que no lograba acostumbrarse, que no aprendía a controlar y que lo obligaba a caminar trastabillando. Era un muchacho tranquilo y ruiseño y todo el mundo estaba preocupado por él así que a cada rato todo el que aún no lo había visto ese día le hacía la misma pregunta: “¿Cagaste?” o le hacía una broma que el cipote aguantaba estoicamente.

El muchacho era muy paciente, pero un día, cuando habrían pasado ya cerca de dos semanas desde su última deposición, alguien en la fila para comer le repitió por enésima vez la gastada pregunta “¿Cagaste al fin?” y el muchachito, quizás aburrido ya de tanta preguntadera y alterado seguramente su metabolismo por la falta de evacuación del vientre, nos soltó en una voz chillona y llena de aflicción una retahila enorme en la que entre otras cosas decía que no, que no había cagado ese día ni el de ayer ni ningún otro desde el martes de la semana anterior hacía ya trece días, que al día siguiente cumpliría 14 días sin cagar, que su última cagada había sido blancuzca, aguada y lechosa, adornada con las semillas de una guayaba que se había comido el día anterior a ese, que cada día se sentaba en el excusado e intentaba defecar pero no podía, que había probado 65 diferentes remedios pero que no le hacían nada, que ya estaba harto de tanta pregunta y que lo que iba a hacer era que el día que al fin pudiera cagar iba a salir con el pito y el tambor anunciando la cagada y que además lo iba a anunciar en un rótulo en grandes letras blancas, en el centro del pueblo para que todo el mundo supiera que había cagado. Dijo que pensándolo bien lo que le arrechaba en realidad no era que todo el mundo le preguntara siempre lo mismo, sino el hecho que le preguntaban por preguntar, por curiosidad de vieja chismosa y que estaba harto ya de hablar mierdas. El muchachito, que había dicho todo esto y más casi sin respirar se quedó de pronto quieto, puso los ojos en blanco, suspiró y se desplomó, desmayado. Uno de los sanitarios que casualmente estaba muy cerca lo agarró en el aire y evitó que se golpeara al caer al suelo. El sanitario lo sentó despacito en el piso mientras intentaba reanimarlo.

—¡Puta! —dijo el sanitario arrugando la nariz y volteando la cara— ¡Como hiede este muchacho! Yo me acerqué para comprobarlo y me dí cuenta que el sanitario no mentía ni exageraba. El muchachito hedía de un modo parecido al olor que despide la mierda que se ha secado al sol sobre una piedra. Hedía también a ropa sucia, pero yo sabía, porque lo había visto esa mañana bañándose en el río, que se había puesto ropa limpia. No, el olor salía de su cuerpo, desde lo más profundo de sus tripas atascadas atravesando su piel, que quizás por servir de filtro al tufo interno había adquirido un tono amarillo verdoso.—A este paso este chavalo se va a morir —dijo el sanitario, y todos los que estábamos alrededor movimos la cabeza, asintiendo. El muchachito tenía un lastimoso aspecto y daba la impresión de ir andando a paso doble por el camino de la muerte. Estaba mucho más flaquito que al llegar unas pocas semanas atrás, los dientes que antes fueron blanquísimos eran ahora amarillentos y para colmo ahí estaba esa gran panza de viejo cervecero, enorme y tilinte como el cuero de un tambor, que parecía a punto de explotar y desentonaba con el cuerpecito del muchacho, que apenas había empezado a emplumar y apenas iba adquiriendo forma de hombre.

—No me gustaría ser yo quien le contara a la madre de este chavalo la manera en que murió su hijo —dijo el sanitario dirigiéndose al jefe de compañía que se había acercado a mirar. El jefe de compañía dio muestras de haber percibido el horrible tufo que el muchacho expelía y le pidió al sanitario que lo llevara otra vez al doctor y que esta vez no regresara hasta que el médico lo hubiera visto y tratado. El sanitario logró al fin reanimar al muchacho y se lo llevó entonces al puesto de salud. Cuando regresaron, a media tarde, el sanitario contó que el médico lo había examinado detenidamente y que al final recomendó llevarlo a chequear más profundamente a Bluefields. El médico se encargaría de mandar a preparar la lancha pera salir a las cuatro de la mañana del siguiente día, todo era asunto de encontrar al motorista de la lancha para darle la orden.


[Más adelante continuaré contándoles sobre El Tortuguero y el jovencito estreñido, ahora, antes de que se me olvide, quiero contarles lo que les contaré en los posts siguientes, un tema que por ahora me interesa más que este. Si no le gusta mi estilo y le molesta que pase de un tema a otro sin terminar ni uno ni otro asunto me avisa y vamos a ver que se puede hacer.]


miércoles, octubre 04, 2006

La vida consciente

Lo que llevábamos en aquel caserío dejado de la mano de Dios no podía considerarse vida, si acaso, se trataba de una vidita. Los que estaban viviendo eran otros, en alguna otra parte, nosotros sobrevivíamos apenas. Era una existencia miserable, en la que nuestra comida consistía de arroz y frijoles por la mañana, frijoles y arroz al mediodía y otra vez arroz y frijoles en la cena. El arroz era hervido hasta que se convertía en una masa pegajosa parecida al almidón, en una olla enorme en la que una buena cantidad del arroz se pegaba casi siempre al fondo y “ahumaba” todo el contenido que adquiría un penetrante olor a humo y un terrible sabor a cosa quemada. Cuando Kaki —hermano menor del pueta Mincho y sargento de la compañía— con su mano peluda que no se lavaba nunca, ponía en tu plato la pelota de arroz que te correspondía, había que comerlo pronto porque a medida que pasaban los minutos se volvía mas incomible y se hacía más difícil despegarlo del plato o de la hoja de plátano. Los frijoles eran cocidos y re-cocidos y vueltos a cocer porque eran usualmente de la peor calidad, viejísimos y duros, tanto que ya casi no era posible suavizarlos, por más que se pusieran en remojo toda una noche o se cocieran con cal o con hojas de papaya. De vez en cuando, un pedazo de carne cocida sin ningún condimento y sin ninguna gracia, dura, grasosa, maloliente y resbalosa acompañaba esta ración y en esas ocasiones terminábamos con dolor en las muelas de tanto masticar esa cosa parecida a suela de zapatos, pero quedábamos satisfechos y contentos. A veces algunos de los muchachos más jóvenes —aquellos creo yo que tenían madres que sabían cocinar— soltaban una que otra lágrima a la hora de la comida, recordando quizás las cosas que sus madres les preparaban en sus casas. A veces faltaba el arroz, o los frijoles, y nos quedábamos días y días comiendo nada más que arroz o frijoles. Las comidas se preparaban en unas pésimas condiciones sanitarias por lo que las diarreas y las infecciones intestinales estaban a la orden del día.

Cuando no estábamos preparando los alimentos y comiendo o haciendo guardia nos la pasábamos casi sin hacer nada. En los primeros días los jefes nos levantaban antes de la salida del sol a hacer ejercicios, que a decir verdad no eran tan exigentes, pero eran odiados a muerte porque se hacían en las horas más frescas del día en las que el sueño es el más delicioso. A estos ejercicios les llamábamos “matutinos” y consistían más que nada en ejercicios para mantener las coyunturas en buen estado y ejercicios de estiramiento, todo acompañado por supuesto, de una serie de consignas destinadas a mantenernos con la moral en alto y bien enfocados. Así, para darles un ejemplo, mientras hacíamos nuestros ejercicios el político de la compañía o del pelotón a voz en cuello nos preguntaba “¿Tienen hambre?” y nosotros, hambreados y todo respondíamos a una sola voz “¡No!” y el político de nuevo preguntaba “¿Tienen sed?“ y nosotros, que hubiéramos hecho casi cualquier cosa por un vaso de agua, contestábamos al unísono “¡No!” y el político de nuevo preguntaba “¿Están cansados?“ y nosotros que deseábamos con ansia loca irnos a dormir respondíamos, mentirosos que éramos, con mucho ardor “No, los hijos de Sandino no se venden ni se rinden ¡JAMÄS!“

Con el paso de los días, el aumento de la desmoralización de la tropa y el debilitamiento físico general, le fue cada vez más difícil a los jefecitos conseguir que nos levantáramos a hacer ejercicios. Al principio castigaron —con más horas de guardia o más tareas— a aquellos que no se levantaban pero luego ni con gritos ni con amenazas consiguieron arrancarnos del piso de madera que nos servía de cama. Con frecuencia fingíamos estar enfermos o lo estábamos en realidad y nos quedábamos tendidos en nuestros miserables lechos hasta ya bien entrada la mañana. Luego de algunos días en que sólo un grupito mudo y serio se levantaba a hacer los ejercicios, estos se suspendieron definitivamente y sin aviso, en una acción que la tropa agradeció a los jefecitos en silencio.

Nuestra vidita se volvió con el paso de los días tan pequeñita que las cosas que nos alegraban eran cosas que en condiciones “normales” ni siquiera hubiéramos notado. Los placeres más grandes eran cosas como bañarse en el río y ponerse luego una mudada de ropa limpia al regresar al campamento después de haber estado fuera varios días en misión. Cuando salías del río, recién bañado y oloroso a jabón te sentías el hombre más guapo del planeta, como cuando éramos niños y salíamos del peluquero con el pelo cortado al rape y un copetito y oliendo a colonia.

Pero si la comida era mala, si dormíamos tirados en el piso como limosneros y toda la vida en general era terrible, lo peor de todo era, sin lugar a dudas, las tres horas de guardia —la “posta“ le llamábamos— que cada cual debía hacer cada noche. Si tenías suerte te tocaba el turno que iba de las seis de la tarde a las nueve de la noche. Este era el mejor turno porque había aún movimiento en el pueblo y en el campamento y no te aburrías ni te entraba sueño y hasta venían tus compañeros de escuadra a platicar con vos. Además, cuando terminabas, la noche era aún joven y podías ir a dormir largamente. Los turnos que seguían iban haciéndose cada vez más pesados. El turno de nueve a doce era muy duro porque seguramente aún no habías dormido por estar esperando tu turno y estabas cansado y tenías que luchar contra el sueño a lo largo de tres horas. Además después te ibas a dormir y sólo podías dormir unas pocas horas antes de que el movimiento empezara, temprano en la madrugada. La posta de tres a seis de la mañana era bastante liviana si te habías ido a acostar temprano, lo malo era que luego de la posta ya no podías ir a dormir y te quedabas todo el día como un zombi, cayéndote de sueño.

El peor de todos los turnos era el que iba desde las doce de la noche hasta las tres de la mañana. Si tuviste suerte habías dormido dos o tres horas, un tiempo insuficiente, que sólo te había servido para que te diese más sueño. Te levantabas amargado, bravo, con hambre y sed a pararte como pendejo en mitad de la noche, en la oscuridad, en el frío y quizás bajo la lluvia, mientras todo el resto del mundo dormía a pierna suelta y vos podías oír desde tu puesto los ronquidos de tus compañeros, gozando del sueño. Empezaba entonces una lucha terrible de ciento ochenta minutos seguidos en la que te enfrentabas a vos mismo, tus temores y tus recuerdos y te paseabas de acá para allá tratando de espantar el sueño y el miedo. De pronto, una sombra se movía frente a tu puesto y vos imaginabas que era un contra y tomabas posición y le gritabas “¿Quién vive?“ y la sombra no te respondía y vos la examinabas bien y veías que se trataba nada más de una rama moviéndose al compás del viento y respirabas aliviado, sólo para asustarte de nuevo un minuto después al escuchar un ruido que venía hacia vos a ras del suelo y te imaginabas que era otro contra que de pronto se levantaría para apuñalarte como hacen en las películas gringas, pero no, era sólo un chancho hambreado, tratando de apagar el ardor de las tripas con lo que fuese que pudiera encontrar. A veces, no importaba si estuvieses sentado o de pie, te quedabas dormido por unos segundos nada más y a vos te parecía que habías dormido un montón y te sobresaltabas pensando que ya venían a cortarte el cuello y respirabas agitado tratando de orientarte y encontrar de nuevo tu posición en ese mundo que de pronto se te había ido y del que habías perdido todo punto de referencia y ya no sabías quién eras y como te llamabas y que estabas haciendo ahí. En este turno, si no te atacaba el sueño y estabas despierto y despabilado te atacaban entonces los recuerdos y una profunda melancolía se apoderaba de vos. No podías evitar comparar tus condiciones de vida actual con tu vida real, allá en Managua y te preguntabas qué putas andabas haciendo en esta movilización de mierda cuando hubieras podido estar en mil otras cosas.

A media posta se aparecía usualmente el “rondín”, que era casi siempre el jefe de tu pelotón acompañado de alguno de tus compañeros que recorrían los puestos de guardia para animar a los centinelas y para controlar que no se quedaran dormidos. La llegada del rondín te alegraba siempre, no importa quienes fuesen los que llegaban o si te cayeran muy mal, pues era un intermedio en tu guardia que te sacaba de los pensamientos tristes o de tu lucha contra el sueño. El rondín se quedaba acompañándote y hablando chochaditas el tiempo suficiente para fumarse un cigarrillo y se iba luego a visitar a los otros postas. Cuando se iba vos quedabas solo, enmedio de la noche y de vuelta a la agobiante realidad de tu miserable existencia. Entonces te la sacabas y te la jalabas. Era una pajita triste, en nada parecida a esa saludable paja que los jóvenes se hacen luego de una visita a la novia en la que hay nada más que prensadas espectaculares, burdas manipulaciones y frenéticos rozamientos y luego llegás a tu casa, te metés al baño y te la jalás, en nombre de la Juanita que esta noche otra vez te dijo que no, que sexo no y te dejó a medio palo, alborotado y en temblores. La paja del soldado allá en la posta era más bien como un recurso último, un premio de consolación frente a una vida en nada amable. Si nadie parece quererte, si nadie te acompaña y estás ahí solo y triste en ese mundo oscuro al menos te tenés a vos mismo, a la zurda y la derecha, a la estimada, nunca bien ponderada doña Manuela Palma, la incondicional, para darte consuelo y un poquito de placer en este tan poco placentero mundito de dios. Te la jalabas entonces sin mucha alegría, sin mucha emoción, un tanto mecánicamente y en lugar de terminar en una explosión de júbilo con una lluvia de fuegos artificiales, terminabas en una pequeña descarga, como de una triquitraca, ¡pum! y sanseacabó, te juistes tiste y ni adios dijiste. Por suerte, de madrugada y todo oscuro nadie podía mirar tu cara de idiota feliz.

Seguramente que a tu hermano, padre, tío o primo que te ha contado de sus aventuras como soldado de la reserva o del servicio militar obligatorio en aquellos tiempos, le habrá dado pena y se habrá saltado esta parte del cuento. No te ha contado seguro como gracias a esa pajita desolada pudo sobrevivir al hastío, el abandono y la enorme tristeza de aquellos días. A lo mejor ni siquiera es consciente de ello, o a lo mejor sí pero le da pena contarlo, pero yo que no tengo pelos en la lengua, o la tecla en este caso, te puedo asegurar que aquella desacreditada, incomprendida y vilipendiada paja jugó un papel fundamental en la vida del soldado. A más de uno, una sacudida a tiempo, en sus más tristes momentos, le habrá salvado la vida, le habrá calmado y reconciliado con el puto mundo que tan mal lo estaba tratando.