viernes, octubre 27, 2006

Hermanas siamesas (2)


[Aún no llego adonde quiero llegar. Tenga un poco de paciencia que esta serie me está costando trabajo: es un parto difícil]

Con el paso de los años y a medida que fui conociendo el Caribe más profundamente, aquella sensación primera y totalmente ingenua de estar en otro país fue convirtiéndose en convicción plena, madura y bien informada. Al estudiar detenidamente la historia de la región llegaría finalmente a entender como fue que aquellas dos grandes regiones que conforman el territorio del actual estado nicaragüense fueron tomando diferentes caminos y fueron constituyendo entidades completamente diferenciadas y autónomas. Con el tiempo entendería que en el centro de lo que hoy conocemos como Nicaragua, en algún lugar imposible de rastrear, existe una frontera invisible, una línea divisoria que sube hacia el Norte por el Este de los grandes lagos, dividiendo el territorio en dos mitades y separando a dos países enteramente diferentes, que han sido unidos a la fuerza para intentar constituir con ellos, sin éxito, un solo cuerpo, una sola nación. En un proceso de siglos, la Costa Caribe y el litoral Pacífico llegaron a ser como un par de hermanas siamesas, esos gemelos que por un error en su desarrollo embrionario nacen atados el uno al otro, conectados por un pedazo de cartílago o hueso, compartiendo con frecuencia órganos vitales y que aún siendo dos personas diferentes, están condenados a formar un sólo cuerpo de una manera artificial. A veces, la ruptura del lazo que los une puede ser fácilmente realizada por el cirujano y los gemelos pueden vivir separados, cada cual por su lado, como corresponde a dos personas distintas; otras veces, la unión de los siameses es tan complicada, las ataduras tan intrincadas o la dependencia de uno al otro gemelo tan fuerte que la separación significaría la muerte de uno o de ambos gemelos.

Podríamos viajar muy hacia atrás en el tiempo y decir que la diferenciación del Caribe y del Pacífico empezó a producirse desde el momento mismo de la creación divina, pero yo no creo en esas cosas y me parece además que no es necesario ir tan lejos. La conquista por la corona española de los inmensos territorios del “nuevo” continente “descubierto” por Colón, marca para América Latina y en particular para Nicaragua un punto de inflexión, el acontecimiento que habría de definir su historia. Sin exageración puede decirse que la llegada de los españoles constituye para América, efectivamente, el momento de la creación. Termina ahí todo lo anterior, lo que sea que ello fuese, y empieza una época nueva en que se recoge aquello que ha quedado en pie de los tiempos anteriores y se junta con las cosas que allende los mares han llegado. La creación de la Nicaragua de hoy empieza entonces a producirse, los caminos diferentes seguidos por el Caribe y el Pacífico empiezan entonces a delinearse y a transitarse. [Más adelante le cuento esto de nuevo y se lo cuento mejor]

Cuando los españoles llegaron por fin a la conquista de Nicaragua desde el Norte y desde el Sur, dos décadas después del primer contacto y tres desde el “descubrimiento”, concentraron sus operaciones en el territorio que se encuentra en la mitad Oeste del país. La escogencia no fue casual, era a este lado del país que se encontraban las mayores concentraciones de población y los diferentes pueblos que habitaban la región mostraban un alto grado de desarrollo. Recuérdese que los españoles estaban interesados en un principio en la riqueza ya realizada, esto es, metales y piedras preciosas trabajadas en la forma de objetos ornamentales y ceremoniales y de eso había buena cantidad. Una vez que esta riqueza era apropiada, embalada, subida en un barco y despachada a la metrópoli al otro lado del Atlántico, la otra fuente de riqueza la constituía la mano de obra, capaz de producir riqueza. El litoral pacífico y el centro-norte del país, por su alta concentración de población y la sofisticación de sus modos de vida constituyeron la fuente de mano de obra que los españoles necesitaban para extraer los metales que les eran tan preciados y producir los bienes necesarios para la vida.

Existen a lo largo y ancho de toda Latinoamérica multitud de territorios y grupos de población que los españoles no sometieron nunca y no incorporaron —o incorporaron a medias— en el nuevo orden de cosas que fueron estableciendo. No tuvieron los españoles el tiempo suficiente, la energía suficiente o la suficiente necesidad para hacerlo y no lo hicieron. En muchos casos, los descendientes de aquellos españoles tampoco pudieron dominar e incorporar esos territorios a los estados nacionales que se crearon cuando las colonias se hicieron independientes. La Costa Caribe nicaragüense es uno de esos territorios.

Aquel inmenso territorio que se extendía hacia el Este no tenía para los españoles de los primeros tiempos ningún atractivo. No había ninguna riqueza allá, los pequeños grupos dispersos de población que la habitaban vivían en las más terribles condiciones, muriendo como moscas por las enfermedades y el capricho de los elementos y no se tenía noticia que hubieran allá yacimientos de oro o plata u otras fuentes de riqueza. No había nada que justificase adentrarse en ese agreste territorio, lleno de fieras, serpientes y lagartos al acecho y exponerse a la furia del inconstante clima, a las lluvias torrenciales y a las enfermedades, en una geografía inhumana, sin caminos porque los caminos se cerraban apenas abiertos, de selvas impenetrables donde ni siquiera los rayos del sol podían entrar y donde quedabas expuesto a la horrible tristeza que según algunos que habían sobrevivido en la selva, te atacaba cada noche y te hacía sentir pequeñito y abandonado y te hacía llorar como un niño de pecho.

En Mayo de 1992, subido en una moto Honda 185 viajé a toda velocidad por la recién abierta trocha —el polvo de los últimos tractores no se asentaba aún— que conectaba la Colonia Naciones Unidas en el municipio de Nueva Guinea con la ciudad de Bluefields. A todo lo largo del viaje por aquel paisaje de ensueño fui deteniéndome constantemente para contemplar la geografía de esa región indomable que al fin permitía el paso por tierra a visitantes del Oeste, luego de 500 años de resistencia. Aquella noche, de regreso ya en Nueva Guinea me fue difícil conciliar el sueño después de haber recorrido de ida y de vuelta y en un mismo día los últimos ochenta kilómetros que le faltaban a los españoles para completar, después de cinco siglos, la conquista y tener acceso finalmente a todo el territorio.

Continuará...

1 comentario:

Isa dijo...

Recuerdo que una vez una persona me preguntó en una de mis leyendas porqué los españoles tenían que entrar por el Pacífico, cuando por lógica si venían de España, tenían que haber desembarcado en el Atlántico. Obviamente este lector era ajeno a la geografía americana. Lástima que no tenía referencia a este escrito tuyo que tan bien explica esta situación.