miércoles, octubre 04, 2006

La vida consciente

Lo que llevábamos en aquel caserío dejado de la mano de Dios no podía considerarse vida, si acaso, se trataba de una vidita. Los que estaban viviendo eran otros, en alguna otra parte, nosotros sobrevivíamos apenas. Era una existencia miserable, en la que nuestra comida consistía de arroz y frijoles por la mañana, frijoles y arroz al mediodía y otra vez arroz y frijoles en la cena. El arroz era hervido hasta que se convertía en una masa pegajosa parecida al almidón, en una olla enorme en la que una buena cantidad del arroz se pegaba casi siempre al fondo y “ahumaba” todo el contenido que adquiría un penetrante olor a humo y un terrible sabor a cosa quemada. Cuando Kaki —hermano menor del pueta Mincho y sargento de la compañía— con su mano peluda que no se lavaba nunca, ponía en tu plato la pelota de arroz que te correspondía, había que comerlo pronto porque a medida que pasaban los minutos se volvía mas incomible y se hacía más difícil despegarlo del plato o de la hoja de plátano. Los frijoles eran cocidos y re-cocidos y vueltos a cocer porque eran usualmente de la peor calidad, viejísimos y duros, tanto que ya casi no era posible suavizarlos, por más que se pusieran en remojo toda una noche o se cocieran con cal o con hojas de papaya. De vez en cuando, un pedazo de carne cocida sin ningún condimento y sin ninguna gracia, dura, grasosa, maloliente y resbalosa acompañaba esta ración y en esas ocasiones terminábamos con dolor en las muelas de tanto masticar esa cosa parecida a suela de zapatos, pero quedábamos satisfechos y contentos. A veces algunos de los muchachos más jóvenes —aquellos creo yo que tenían madres que sabían cocinar— soltaban una que otra lágrima a la hora de la comida, recordando quizás las cosas que sus madres les preparaban en sus casas. A veces faltaba el arroz, o los frijoles, y nos quedábamos días y días comiendo nada más que arroz o frijoles. Las comidas se preparaban en unas pésimas condiciones sanitarias por lo que las diarreas y las infecciones intestinales estaban a la orden del día.

Cuando no estábamos preparando los alimentos y comiendo o haciendo guardia nos la pasábamos casi sin hacer nada. En los primeros días los jefes nos levantaban antes de la salida del sol a hacer ejercicios, que a decir verdad no eran tan exigentes, pero eran odiados a muerte porque se hacían en las horas más frescas del día en las que el sueño es el más delicioso. A estos ejercicios les llamábamos “matutinos” y consistían más que nada en ejercicios para mantener las coyunturas en buen estado y ejercicios de estiramiento, todo acompañado por supuesto, de una serie de consignas destinadas a mantenernos con la moral en alto y bien enfocados. Así, para darles un ejemplo, mientras hacíamos nuestros ejercicios el político de la compañía o del pelotón a voz en cuello nos preguntaba “¿Tienen hambre?” y nosotros, hambreados y todo respondíamos a una sola voz “¡No!” y el político de nuevo preguntaba “¿Tienen sed?“ y nosotros, que hubiéramos hecho casi cualquier cosa por un vaso de agua, contestábamos al unísono “¡No!” y el político de nuevo preguntaba “¿Están cansados?“ y nosotros que deseábamos con ansia loca irnos a dormir respondíamos, mentirosos que éramos, con mucho ardor “No, los hijos de Sandino no se venden ni se rinden ¡JAMÄS!“

Con el paso de los días, el aumento de la desmoralización de la tropa y el debilitamiento físico general, le fue cada vez más difícil a los jefecitos conseguir que nos levantáramos a hacer ejercicios. Al principio castigaron —con más horas de guardia o más tareas— a aquellos que no se levantaban pero luego ni con gritos ni con amenazas consiguieron arrancarnos del piso de madera que nos servía de cama. Con frecuencia fingíamos estar enfermos o lo estábamos en realidad y nos quedábamos tendidos en nuestros miserables lechos hasta ya bien entrada la mañana. Luego de algunos días en que sólo un grupito mudo y serio se levantaba a hacer los ejercicios, estos se suspendieron definitivamente y sin aviso, en una acción que la tropa agradeció a los jefecitos en silencio.

Nuestra vidita se volvió con el paso de los días tan pequeñita que las cosas que nos alegraban eran cosas que en condiciones “normales” ni siquiera hubiéramos notado. Los placeres más grandes eran cosas como bañarse en el río y ponerse luego una mudada de ropa limpia al regresar al campamento después de haber estado fuera varios días en misión. Cuando salías del río, recién bañado y oloroso a jabón te sentías el hombre más guapo del planeta, como cuando éramos niños y salíamos del peluquero con el pelo cortado al rape y un copetito y oliendo a colonia.

Pero si la comida era mala, si dormíamos tirados en el piso como limosneros y toda la vida en general era terrible, lo peor de todo era, sin lugar a dudas, las tres horas de guardia —la “posta“ le llamábamos— que cada cual debía hacer cada noche. Si tenías suerte te tocaba el turno que iba de las seis de la tarde a las nueve de la noche. Este era el mejor turno porque había aún movimiento en el pueblo y en el campamento y no te aburrías ni te entraba sueño y hasta venían tus compañeros de escuadra a platicar con vos. Además, cuando terminabas, la noche era aún joven y podías ir a dormir largamente. Los turnos que seguían iban haciéndose cada vez más pesados. El turno de nueve a doce era muy duro porque seguramente aún no habías dormido por estar esperando tu turno y estabas cansado y tenías que luchar contra el sueño a lo largo de tres horas. Además después te ibas a dormir y sólo podías dormir unas pocas horas antes de que el movimiento empezara, temprano en la madrugada. La posta de tres a seis de la mañana era bastante liviana si te habías ido a acostar temprano, lo malo era que luego de la posta ya no podías ir a dormir y te quedabas todo el día como un zombi, cayéndote de sueño.

El peor de todos los turnos era el que iba desde las doce de la noche hasta las tres de la mañana. Si tuviste suerte habías dormido dos o tres horas, un tiempo insuficiente, que sólo te había servido para que te diese más sueño. Te levantabas amargado, bravo, con hambre y sed a pararte como pendejo en mitad de la noche, en la oscuridad, en el frío y quizás bajo la lluvia, mientras todo el resto del mundo dormía a pierna suelta y vos podías oír desde tu puesto los ronquidos de tus compañeros, gozando del sueño. Empezaba entonces una lucha terrible de ciento ochenta minutos seguidos en la que te enfrentabas a vos mismo, tus temores y tus recuerdos y te paseabas de acá para allá tratando de espantar el sueño y el miedo. De pronto, una sombra se movía frente a tu puesto y vos imaginabas que era un contra y tomabas posición y le gritabas “¿Quién vive?“ y la sombra no te respondía y vos la examinabas bien y veías que se trataba nada más de una rama moviéndose al compás del viento y respirabas aliviado, sólo para asustarte de nuevo un minuto después al escuchar un ruido que venía hacia vos a ras del suelo y te imaginabas que era otro contra que de pronto se levantaría para apuñalarte como hacen en las películas gringas, pero no, era sólo un chancho hambreado, tratando de apagar el ardor de las tripas con lo que fuese que pudiera encontrar. A veces, no importaba si estuvieses sentado o de pie, te quedabas dormido por unos segundos nada más y a vos te parecía que habías dormido un montón y te sobresaltabas pensando que ya venían a cortarte el cuello y respirabas agitado tratando de orientarte y encontrar de nuevo tu posición en ese mundo que de pronto se te había ido y del que habías perdido todo punto de referencia y ya no sabías quién eras y como te llamabas y que estabas haciendo ahí. En este turno, si no te atacaba el sueño y estabas despierto y despabilado te atacaban entonces los recuerdos y una profunda melancolía se apoderaba de vos. No podías evitar comparar tus condiciones de vida actual con tu vida real, allá en Managua y te preguntabas qué putas andabas haciendo en esta movilización de mierda cuando hubieras podido estar en mil otras cosas.

A media posta se aparecía usualmente el “rondín”, que era casi siempre el jefe de tu pelotón acompañado de alguno de tus compañeros que recorrían los puestos de guardia para animar a los centinelas y para controlar que no se quedaran dormidos. La llegada del rondín te alegraba siempre, no importa quienes fuesen los que llegaban o si te cayeran muy mal, pues era un intermedio en tu guardia que te sacaba de los pensamientos tristes o de tu lucha contra el sueño. El rondín se quedaba acompañándote y hablando chochaditas el tiempo suficiente para fumarse un cigarrillo y se iba luego a visitar a los otros postas. Cuando se iba vos quedabas solo, enmedio de la noche y de vuelta a la agobiante realidad de tu miserable existencia. Entonces te la sacabas y te la jalabas. Era una pajita triste, en nada parecida a esa saludable paja que los jóvenes se hacen luego de una visita a la novia en la que hay nada más que prensadas espectaculares, burdas manipulaciones y frenéticos rozamientos y luego llegás a tu casa, te metés al baño y te la jalás, en nombre de la Juanita que esta noche otra vez te dijo que no, que sexo no y te dejó a medio palo, alborotado y en temblores. La paja del soldado allá en la posta era más bien como un recurso último, un premio de consolación frente a una vida en nada amable. Si nadie parece quererte, si nadie te acompaña y estás ahí solo y triste en ese mundo oscuro al menos te tenés a vos mismo, a la zurda y la derecha, a la estimada, nunca bien ponderada doña Manuela Palma, la incondicional, para darte consuelo y un poquito de placer en este tan poco placentero mundito de dios. Te la jalabas entonces sin mucha alegría, sin mucha emoción, un tanto mecánicamente y en lugar de terminar en una explosión de júbilo con una lluvia de fuegos artificiales, terminabas en una pequeña descarga, como de una triquitraca, ¡pum! y sanseacabó, te juistes tiste y ni adios dijiste. Por suerte, de madrugada y todo oscuro nadie podía mirar tu cara de idiota feliz.

Seguramente que a tu hermano, padre, tío o primo que te ha contado de sus aventuras como soldado de la reserva o del servicio militar obligatorio en aquellos tiempos, le habrá dado pena y se habrá saltado esta parte del cuento. No te ha contado seguro como gracias a esa pajita desolada pudo sobrevivir al hastío, el abandono y la enorme tristeza de aquellos días. A lo mejor ni siquiera es consciente de ello, o a lo mejor sí pero le da pena contarlo, pero yo que no tengo pelos en la lengua, o la tecla en este caso, te puedo asegurar que aquella desacreditada, incomprendida y vilipendiada paja jugó un papel fundamental en la vida del soldado. A más de uno, una sacudida a tiempo, en sus más tristes momentos, le habrá salvado la vida, le habrá calmado y reconciliado con el puto mundo que tan mal lo estaba tratando.

1 comentario:

chicolargo dijo...

me gusta tu estilo ,conciso,claro y expontaneo ademas de sincero muy realista casi crudo .