martes, octubre 10, 2006

Ser sin rumbo cierto (1)

Con todo, aunque las condiciones de vida eran muy malas, no eran ellas las causantes de nuestra desmoralización, sino el hecho que no había ninguna compensación a esas terribles condiciones en las que nos encontrábamos metidos hasta el cuello. No veíamos el sentido de estar ahí recutidos en el culo del mundo, haciendo nada, cuando nos habíamos alistado para combatir al enemigo a sangre y fuego, pero no se veía ningún enemigo por ningún lado y las emboscadas que poníamos y las peinadas que salíamos a hacer por días y días no deban ningún resultado, en nuestro peine no caía ni un piojo, nada. Estábamos sufriendo para nada, estábamos perdiendo el tiempo para nada y esa idea nos resultaba insoportable. Si no hubiésemos estado tan lejos de seguro que habría habido una deserción masiva, pero estábamos a días y días de camino de cualquier lugar y las maneras de regresar eran tan complicadas, los caminitos tan intrincados que la sola idea de escapar era rechazada apenas se te ocurría. La mejor manera de irse era enfermándose, pero para que te mandaran a Bluefields, la salida “natural” de El Tortuguero, a un montón de horas de viaje por el río en bote rápido, tenías que estar gravemente enfermo pues en el caserío había un puesto de salud con unas pocas camas en el que atendía un médico y dos o tres enfermeras. Los enfermos eran atendidos en este puesto en primera instancia y si el caso lo ameritaba el enfermo era sacado en la lancha ambulancia hacia el hospital de Bluefields.

Aunque hubo muchos intentos, no fueron muchos los que salieron por esta vía. El primero en irse fue el más joven de dos hermanos gemelos chelitos, flaquitos, de cara triste y muy jovencitos, que se pegó un tiro en el pie, hastiado de la vida que estábamos llevando. El médico del puesto de salud, con todo y que tenía experiencia en heridas de bala, vio el asunto muy complicado para tratarlo en las humildes condiciones de su puesto de salud, le inyectó un fuerte analgésico y lo despachó de inmediato con una enfermera que llevaba otra dosis de analgésico por cualquier contingencia. Más tarde supimos que en realidad no le había ido tan mal y que iba a recuperarse. Al del tiro en el pie le siguió unos días más tarde el más joven de los soldados, un flaquito morenito de catorce años que del estrés terrible agarró un estreñimiento que resistió a todos los laxantes del médico, a los remedios caseros de las viejas del pueblo y a las amargas hierbas del curandero miskito que vivía a un día de camino y con el que dimos de pura casualidad en una de nustras peinadas.

Daba lástima ver a aquel muchacho que más que flaquito era un saco de huesos, con aquella gran panza que le iba creciendo cada día y a la que no lograba acostumbrarse, que no aprendía a controlar y que lo obligaba a caminar trastabillando. Era un muchacho tranquilo y ruiseño y todo el mundo estaba preocupado por él así que a cada rato todo el que aún no lo había visto ese día le hacía la misma pregunta: “¿Cagaste?” o le hacía una broma que el cipote aguantaba estoicamente.

El muchacho era muy paciente, pero un día, cuando habrían pasado ya cerca de dos semanas desde su última deposición, alguien en la fila para comer le repitió por enésima vez la gastada pregunta “¿Cagaste al fin?” y el muchachito, quizás aburrido ya de tanta preguntadera y alterado seguramente su metabolismo por la falta de evacuación del vientre, nos soltó en una voz chillona y llena de aflicción una retahila enorme en la que entre otras cosas decía que no, que no había cagado ese día ni el de ayer ni ningún otro desde el martes de la semana anterior hacía ya trece días, que al día siguiente cumpliría 14 días sin cagar, que su última cagada había sido blancuzca, aguada y lechosa, adornada con las semillas de una guayaba que se había comido el día anterior a ese, que cada día se sentaba en el excusado e intentaba defecar pero no podía, que había probado 65 diferentes remedios pero que no le hacían nada, que ya estaba harto de tanta pregunta y que lo que iba a hacer era que el día que al fin pudiera cagar iba a salir con el pito y el tambor anunciando la cagada y que además lo iba a anunciar en un rótulo en grandes letras blancas, en el centro del pueblo para que todo el mundo supiera que había cagado. Dijo que pensándolo bien lo que le arrechaba en realidad no era que todo el mundo le preguntara siempre lo mismo, sino el hecho que le preguntaban por preguntar, por curiosidad de vieja chismosa y que estaba harto ya de hablar mierdas. El muchachito, que había dicho todo esto y más casi sin respirar se quedó de pronto quieto, puso los ojos en blanco, suspiró y se desplomó, desmayado. Uno de los sanitarios que casualmente estaba muy cerca lo agarró en el aire y evitó que se golpeara al caer al suelo. El sanitario lo sentó despacito en el piso mientras intentaba reanimarlo.

—¡Puta! —dijo el sanitario arrugando la nariz y volteando la cara— ¡Como hiede este muchacho! Yo me acerqué para comprobarlo y me dí cuenta que el sanitario no mentía ni exageraba. El muchachito hedía de un modo parecido al olor que despide la mierda que se ha secado al sol sobre una piedra. Hedía también a ropa sucia, pero yo sabía, porque lo había visto esa mañana bañándose en el río, que se había puesto ropa limpia. No, el olor salía de su cuerpo, desde lo más profundo de sus tripas atascadas atravesando su piel, que quizás por servir de filtro al tufo interno había adquirido un tono amarillo verdoso.—A este paso este chavalo se va a morir —dijo el sanitario, y todos los que estábamos alrededor movimos la cabeza, asintiendo. El muchachito tenía un lastimoso aspecto y daba la impresión de ir andando a paso doble por el camino de la muerte. Estaba mucho más flaquito que al llegar unas pocas semanas atrás, los dientes que antes fueron blanquísimos eran ahora amarillentos y para colmo ahí estaba esa gran panza de viejo cervecero, enorme y tilinte como el cuero de un tambor, que parecía a punto de explotar y desentonaba con el cuerpecito del muchacho, que apenas había empezado a emplumar y apenas iba adquiriendo forma de hombre.

—No me gustaría ser yo quien le contara a la madre de este chavalo la manera en que murió su hijo —dijo el sanitario dirigiéndose al jefe de compañía que se había acercado a mirar. El jefe de compañía dio muestras de haber percibido el horrible tufo que el muchacho expelía y le pidió al sanitario que lo llevara otra vez al doctor y que esta vez no regresara hasta que el médico lo hubiera visto y tratado. El sanitario logró al fin reanimar al muchacho y se lo llevó entonces al puesto de salud. Cuando regresaron, a media tarde, el sanitario contó que el médico lo había examinado detenidamente y que al final recomendó llevarlo a chequear más profundamente a Bluefields. El médico se encargaría de mandar a preparar la lancha pera salir a las cuatro de la mañana del siguiente día, todo era asunto de encontrar al motorista de la lancha para darle la orden.


[Más adelante continuaré contándoles sobre El Tortuguero y el jovencito estreñido, ahora, antes de que se me olvide, quiero contarles lo que les contaré en los posts siguientes, un tema que por ahora me interesa más que este. Si no le gusta mi estilo y le molesta que pase de un tema a otro sin terminar ni uno ni otro asunto me avisa y vamos a ver que se puede hacer.]


3 comentarios:

lestat dijo...

no no mi amigo echese los temas como usted quiera... total así escribo yo también en retazos...

Me gusto la anécdota del chavalo estético... claroqeu voy a estar pendiente de lo qeu escriba sobre el tortuguero

Saludos compai

lestat

Pedro el malo dijo...

Bueno, voy a tratar de ordenarme un poco si no esto va a ser un caos tremendo.

Gracias por tu visita lestat y por dejar este positivo comentario. Que los lectores me hagan el volado de leerme me parece pijudísimo pero que además me dejen un comentario me deja simplemente sin habla, encantado de la vida. El feedback de los lectores es tu brújula, así sabés por donde andás.

Ahora voy para tu blog a ver qué cosas has escrito...

Saludos, un abrazo, suerte

PEM

Anónimo dijo...

Your blog keeps getting better and better! Your older articles are not as good as newer ones you have a lot more creativity and originality now keep it up!