jueves, noviembre 30, 2006

Ser sin rumbo cierto (2)

Regresemos en este mi desordenado viaje por los recuerdos —en el que la brújula y las cartas de navegación se me pierden constantemente— a la época que viene ocupándome y a usted conmigo desde que empecé este blog. Vayamos pues de regreso a los meses de mediados del verano del año 1983 y a El Tortuguero, donde una tropa desmoralizada se muere de hastío y un jovencito flaquito se encuentra gravemente enfermo, atacado por un estreñimiento rebelde y violento que le ha hinchado la panza que parece estar a punto de reventar. Esta es la continuación del post Ser sin rumbo cierto (1) el que le recomiendo leer antes de leer este.

El motorista no apareció ni esa tarde ni esa noche así que a la mañana siguiente el sanitario fue a hablar de nuevo con el médico para averiguar si ya lo habrían encontrado. Nadie lo había visto desde el mediodía del día anterior y nadie parecía saber qué se habría hecho el hombre y la lancha pues ésta tampoco aparecía por ningún lado. El sanitario, que estaba preocupado por la salud del flaquito estreñido, que parecía ir en franco deterioro, se puso a hacer sus propias indagaciones y averiguó que el motorista se había conseguido desde hacía algunos días una querida que vivía a tres cuartos de hora en lancha —media hora río abajo sobre el río Tortuguero y luego otro cuarto de hora subiendo un caño tributario de éste. Unos muchachos que nadaban en el río el día anterior a eso de las dos de la tarde, habían ayudado al motorista a subir a la lancha un chancho maniatado. “Decile a tu papa que por ahí llego en la noche para que juguemos naipes” le había dicho el motorista a uno de los muchachos antes de subirse y apretar el acelerador del motor de la lancha para salir río abajo. El sanitario fue a buscar al motorista al lugar donde dormía pero le dijeron que la noche anterior no había regresado a dormir.

El sanitario le contó al médico lo que había averiguado y entre ambos concluyeron que algo le habría pasado al motorista que le impedía regresar y que lo mejor sería ir a buscarlo pues si el muchacho no era atendido pronto su situación podría agravarse. El sanitario había adelantado sus averiguaciones para esa contingencia y encontró que en todo el pueblo no había en ese momento ninguna lancha de motor o de remos y no parecía que ninguno de los tres o cuatro dueños de bote fuese a regresar pronto. Tampoco se sabía donde andaban para ir a buscarlos. El médico y el sanitario se fueron de inmediato —junto con el jefe de compañía que se les unió por el camino— a visitar al teniente para hacerle la sugerencia de enviar un grupo de soldados a buscar al motorista. El teniente estuvo de acuerdo y el jefe de compañía se fue a armar un grupito y encontró varios voluntarios pues el muchacho era muy estimado por la tropa y mucha gente quería ayudarle. Al final se formó un grupo de seis muchachos —pues no querían sobrecargar la lancha—, entre los cuales y como jefe del grupo iba el siempre dispuesto y combativo Milunch, que se puso a hacer bromas riéndose porque según decía, por primera vez en la vida lo ponían de jefe de alguna cosa. Una vez armado el grupo, a eso ya del mediodía, cayeron en la cuenta que nadie entre la tropa sabía como llegar al lugar donde vivía la querida del motorista así que el teniente, el jefe de la compañía y Milunch, cada cual por su lado se pusieron a buscar en el poblado a alguien que supiera como llegar allá y mejor aún, que estuviese dispuesto a acompañar al grupo de soldados. A media tarde, cuando Milunch ya casi decidía salir sin guía, armado con un mapa y una brújula a buscar el camino, encontraron un hombre ya viejón pero aún en buena condición física, que una vez hacía años, había hecho el viaje por tierra. No habían caminos dijo, para llegar allá y había que sortear varios caños que desembocan en el Río Tortuguero y que en ese punto eran profundos y a veces de fuerte corriente. No sería un viaje fácil, dijo, y calculaba que si salían a las cinco de la mañana del día siguiente y todo iba bien, caminando a paso firme podían estar en el lugar a eso de las doce del día.

—¿Siete horas? —Dijo el teniente riéndose— estás loco. Eso es aquí a la vueltecita, en dos horas podés estar allá.

Milunch se puso a examinar el mapa de la zona. La distancia en línea recta no era mucha pero había una maraña de ríos y caños que hacían muy difícil trazar un derrotero. Sólo alguien que conociera bien el terreno podía decir cual era la mejor ruta a seguir.

—Yo sí le creo —dijo Milunch —este viaje se ve complicado. Luego, dirigiéndose al hombre le preguntó —¿Entonces, nos rifamos mañana?

—Nos rifamos —dijo el hombre— sólo asegúrese que todo el que vaya sepa nadar bien y que todos anden calzoncillo o lleven su calzoneta, porque el que se meta desnudo al agua puede ser que salga capado. Por esos lados abundan los lagartos.

—¿Cinco en punto? —preguntó Milunch.

—Cinco en punto —confirmó el guía.

A esas alturas habían transcurrido ya más de veinticuatro horas desde que el médico ordenara trasladar al muchacho a Bluefields y aún no pasaba nada. La tarde anterior, cuando supo que el motorista no aparecía, el muchacho perdió los últimos ánimos que le quedaban y se retiró al rincón del aula donde dormía. La panza parecía haberle crecido aún más y lo obligaba a caminar con dificultad, doblando un poco las rodillas, bajando las nalgas y bamboleándose, de un modo parecido al andar de los chimpancés cuando caminan erguidos, o como los niños pequeños cuando tienen lleno el pañal. Se veía cada vez más verde y más afligido.

—Me avisan si aparece la lancha —dijo en un hilito de voz antes de acostarse con la cara a la pared. De vez en cuando el sanitario iba a darle agua y a tratar de animarlo.

El día siguiente el muchacho se lo pasó tendido en el colchón que el sanitario le había conseguido para hacer más llevadera su triste condición. Esa noche, cuando apagaron las luces se dieron cuenta que los ojos del muchacho habían empezado a brillar en la oscuridad. Nadie dijo nada pues todos pensaban que esa era una mala señal, como si ya la muerte lo anduviese rondando para llevárselo en cualquier momento. El muchacho no podía conciliar el sueño y a medianoche se levantó a mirarse en un espejo en la oscuridad.

—Me imaginé que ese reflejo verde que se ve en la pared venía de mí —dijo y sonrió mostrando los dientes que también le brillaban—, ahora sí que estoy jodido, me estoy convirtiendo en luciérnaga. Se rió de su propia ocurrencia y le entró un ataque de risa que contagió a los que estaban despiertos y que hizo hablar en sueños a algunos de los dormidos. La risita se le convirtió luego en una tosecita débil que se fue apagando hasta que de pura debilidad se quedó dormido.

Milunch y el resto del grupito que iría a buscar al motorista se acostaron temprano y a eso de las cuatro de la mañana se levantaron. El sanitario se había despertado más temprano aún para prepararles café, que les sirvió en la cocina en grandes vasos de plástico junto con empanadas de queso azucarado y que los muchachos comieron de pie mientras se ponían los aperos de soldado y ponían a punto las mochilas. Milunch pasó a despedirse del muchacho antes de salir. Todavía estaba oscuro pero no tuvo necesidad de prender una luz para encontrarlo pues el muchacho estaba despierto y tenía los ojos abiertos.

—Voy a traer la lancha para que te vayas a Bluefields —dijo Milunch— no te aflijás que el que se aflije se afloja. Bueno, es un decir, vos no te aflojás, lo que quiero decir es que no te agüevés que esto se va a componer.

—Ojalá me aflojara —dijo el muchacho riéndose— pero más bien aprieto el culo cada vez más.

—Te vas a componer —dijo Milunch— vas a ver, como que me llamo Milunch..

—Buena suerte, tené cuidado no vaya a ser que los lagartos se te coman tus tristes atributos masculinos. Cuídense todos, no vaya a salir peor la cosa de lo que ya está.

—Toco madera —dijo Milunch y le dio al muchacho un golpecito en la cabeza—, nos vemos.

El grupito —que ahora en vez de seis tenía cinco miembros para dar cabida al guía—, en el que iban los más fuertes, los mejores caminantes y los mejores nadadores de toda la compañía, empezó a andar antes de las cinco de la mañana. Por esos días hacía un calor insoportable así que había que aprovechar el frescor de la mañana para avanzar lo más que se pudiera. En las mochilas, siguiendo la sabia recomendación del guía, llevaban herramientas, aceite, gasolina y algunas piezas de repuesto, por si acaso el motor hubiera fallado. El motorista y el guía mismo, que alguna vez había sido motorista, sabían lo suficiente de mecánica para arreglar casi cualquier desperfecto que el motor pudiera presentar.

El motorista mientras tanto, allá donde estaba, se había levantado muy temprano también y se estaba preparando para ir a lanzarse al agua con un mecate atado a la cintura. Se había pasado toda la tarde del primer día y todo el segundo día buscando el motor de la lancha que había caído al fondo del río gracias a la torpeza de su nuevo entenado —un muchacho de quince años—, que se había llevado la lancha sin permiso para ir a pasear por el río con dos amigos suyos de su misma edad, mientras el motorista se entretenía dentro de la casa con su nuevo amor.

Las cosas le habían salido al motorista muy diferentes de como las había planeado pues la tarde que salió a visitar a su novia había pensado quedarse con ella nada más que el tiempo necesario para dejarle el cerdo que le había traído de regalo y echar un polvito rápido. Pensaba estar de vuelta en el pueblo antes del oscurecer y por eso no le había contado a nadie adonde iba. Todo había salido mal y ahora sólo atinaba a echarle la culpa a la mala suerte. Ni siquiera se había enojado con el entenado —que después de dejar caer el motor había huido al monte— por robarse la lancha, pues el mismo había hecho cosas como esa y peores aún a esa edad, por eso mandó a los dos amigos del muchacho a buscarlo y ahora estaban los cuatro buscando el motor en el fondo del caño. No se explicaba cómo podía haberse caído el motor pues el muchacho, aunque inexperto, era bastante bueno manejando una lancha y el río en ese punto no presentaba ningún obstáculo que se supiera. Tampoco podía explicarse cómo era que no podían encontrar el motor si habían tanteado todo el fondo del río por toda el área donde podía haber caído. El día anterior se había pasado todo el día diciendo lo mismo “un misterio” y luego, “pura sal” y se echaba a continuación un trago de aguardiente para meterse de nuevo al agua a seguir buscando.

La caída de un motor al agua no es en el Caribe una ocurrencia muy rara, por eso los motoristas de experiencia amarran con frecuencia un extremo de una cuerda larga a la parte trasera del bote y el otro extremo lo atan al motor mismo. De esta manera si el motor se cayera porque golpeó una piedra o un tronco o por cualquier otra impredecible razón, siempre se puede recuperar y sólo requerirá de una limpieza profunda para funcionar de nuevo. Esa tarde quiso la mala suerte que el motorista no pudiese encontrar una cuerda para maniatar el cerdo y decidiese usar la cuerda del motor para ello. No lo había pensado dos veces pues las condiciones climáticas de los últimos días no eran para preocuparse porque se le fuera a caer el motor, quizás por esa razón es que se le había caído.

[Ya sobrepasé mi límite de dos mil palabras por post así que aquí lo dejo para seguir el próximo domingo]

Continuará...

domingo, noviembre 19, 2006

Hermanas siamesas (3)

Párrafo a párrafo, como quien va raspando la olla del gallopinto voy raspando yo la olla de mis recuerdos y voy escribiendo mis memorias, para que dentro de quince o veinte años mis dos pequeñas hijas puedan saber sobre su padre de fuente primaria pues uno nunca sabe qué le va a ocurrir y no me gusta la idea de caer muerto de pronto, de un infarto o porque un rayo me partió y dejar a mis hijas sin información sobre esa parte de ellas que soy yo. Eso sería de muy mala educación y muy desconsiderado. Ellas tienen todo el derecho de conocer su pre-historia y mejor se las cuento yo y no que vengan otras personas a contarles sabrá dios qué cosa y a hacerles sabrá dios qué interpretación de mi vida y mis actos. De esas memorias estoy sacando para publicarlas en este blog, aquellas cosas menos intimas, cosas que podría contar en una mesa de tragos sin apenarme o apenar al oyente. Las memorias y este blog también, son un recuento personal en el que muestro la imagen que de la vida y sus cosas, de gentes y de lugares, he ido obteniendo mirando a través de la pequeña rendija que a mí me ha tocado en suerte. No escribo aquí un tratado histórico, sociológico o antropológico y las cosas que les voy contando son producto de la observación vulgar, es decir: no-científica. Le cuento todo esto para que no nos enredemos ni usted ni yo y no pensemos que esto es otra cosa y empecemos a hacernos exigencias. A mí mismo se me olvida a veces y me quedo trabado, como ahora que me he pasado tres semanas escribiendo para ustedes una cosa demasiado seria, demasiado complicada y aburrida, que al final he guardado para usarla para otros menesteres alguna otra vez, si la ocasión se presentara. Así que le ruego me disculpe si no he cumplido con mi obligación de publicar cada domingo un nuevo post. Sí, yo se que usted no me paga y no espera que yo cumpla, pero compromiso es compromiso y a eso me he comprometido. Sigamos.

En alguna otra ocasión les contaré sobre el proceso histórico que fue diferenciando a la región del litoral Pacífico y del centro de Nicaragua de aquella inmensa región que se extiende hacia el Este hasta llegar al Mar Caribe. Les contaré entonces cómo la influencia del pasado indígena propio de cada región en combinación con la influencia española —en el Oeste—, nor-europea y africana —en el Este—, dio como resultado en un proceso de siglos, dos pueblos completamente diferentes. Hoy quiero contarle otras cosas.

En un post anterior les decía que los nueve comandantes de la revolución no eran ni muy inteligentes ni muy instruidos y analizaban la realidad desde rígidos manuales comunistas soviéticos que seguían al pie de la letra aplicándolos a la realidad como se aplica una camisa de fuerza. Por eso no es de sorprender que su interpretación fuese con mucha frecuencia disparatada y cuando se lee las cosas que dijeron o escribieron sobre Nicaragua, su historia y el agro —entre otras mil cosas sobre las que opinaban— da la impresión que están hablando de otro país y de otras gentes.

[Cada vez que leo documentos de aquella época, noticias, discursos y entrevistas y caigo en la cuenta de la enorme ignorancia de la Dirección Nacional del FSLN y de su alejamiento de la realidad del país de carne y hueso, me pregunto de nuevo cómo fue que entonces no fuimos capaces de detenerlos y desenmascararlos como impostores y de nuevo me respondo que en aquel entonces estábamos enamorados de ellos ciegamente, del mismo modo que se enamoran las muchachitas quinceañeras y no veíamos sus errores. La gran mayoría tampoco entendía muy bien en aquel momento el país en que nos tocó nacer y no percibían los errores. Otros podían ver los errores pero no decían nada porque encima estaba el yanqui haciendo la guerra y no era el momento de distraer las fuerzas señalando errores y pensaban quizás que el momento llegaría alguna vez. Otros más señalaban las grandes fallas, hacían propuestas y criticaban pero estos eran purgados sin piedad. En la época sandinista la dirección del fsln concentraba todo el poder y los cuadros intermedios y las bases sólo debían ejecutar los lineamientos que llegaban de arriba, aquel que no obedecía era apartado. La revolución era como un tren, o te subías, o te apartabas porque si te le ponías enfrente intentando detenerlo, te pasaba por encima.]

Si la visión que la dirección del frente tenía de la Nicaragua del Oeste y del centro estaba completamente alejada de la realidad, hablando de clases sociales y relaciones de producción inexistentes —para mencionar nada más que un par de errores—, la visión que del caribe tenían era aún más traída de los pelos. Marx no estudió nunca el tipo de sociedad que en el Caribe se produce ni nada por el estilo y los manuales soviéticos no analizan tampoco nada parecido a esos pueblos que allá existen, sus relaciones, sus modos de producir y sus modos de vida. Los sandinistas llegaron a la costa con un vacío teórico y metodológico y un saco lleno de prejuicios. Cuando se referían a la Costa Atlántica (nunca descubrieron la existencia del Mar Caribe) la llamaban “un gigante que despierta” porque consideraban que esa enorme región estaba en realidad “dormida”, esto es, atrasada, quedada, abandonada, haraganeando. Los comandantes, y los sandinistas en general, consideraban en un inicio que esa parte del país debía ser incorporada a la más avanzada mitad oeste y copiar de ésta su dinamismo. No fueron capaces de percibir —aunque ocurren a plena luz y son visibles al ojo desnudo— la multitud de procesos productivos que en la costa tienen lugar, la complejidad de los procesos sociales en movimiento y la enorme madeja de relaciones de todo tipo que los habitantes establecen. Los sandinistas se apegaron a los prejuicios que en el Pacífico se tienen sobre la costa Este y no pudieron por ello entenderla y por eso todas sus políticas estaban condenadas al fracaso y fracasaron. Para ellos, la costa era nada más que un inmenso territorio poblado por indios ignorantes viviendo en la edad de piedra y negros haraganes buenos para nada, que debían ser civilizados e integrados en la vida “nacional”. Porque pensaban de este modo enviaron hacia allá contingentes de ocupación compuestos por miembros del partido sandinista de tercera y cuarta categoría junto a unidades del ejército y de la Seguridad del Estado, para imponer ideas y nuevas maneras de relacionarse, en lugar de establecer vías de comunicación con los habitantes autóctonos e insertarse en la dinámica de la sociedad. De un día para el otro el español fue impuesto en la práctica como la lengua oficial —los sandinistas no hablaban ni aprendieron nunca otra lengua— en una región donde el español se habla mal y a desgana y la gente se comunica en otras lenguas bien adaptadas, tras siglos de uso, a los modos de vida de la gente. Para mencionar sólo unos pocos ejemplos: en mískito y sumo, las lenguas más habladas, no existen palabras para “revolución”, “comandante” o “imperialismo”, ni existe el concepto detrás de estas palabras. Del otro lado, el español es insuficiente para nombrar la enorme multitud de cosas propias del lugar que las lenguas locales sí pueden nombrar.

Una vez ido el dictador Somoza, la Costa abrió sus brazos, su corazón y su mente a su hermana del Oeste y buscó ansiosa la integración. También la Costa, como el resto del país, creyó en los sandinistas y recibió su ascenso al poder complacida. Habrán visto quizás los costeños en la revolución una oportunidad de equilibrar las relaciones con su hermana siamesa que hasta entonces lo único que había hecho era extraer los recursos mineros, madereros, pesqueros y vaya usted a saber sin dar mucho a cambio. Los costeños saben entonces que —al menos en ese momento— romper el vínculo con la hermana siamesa es muy difícil y sólo les queda sacar el mejor partido. Que no le cuenten a usted cuentos, el “separatismo” de los costeños surge con el sandinismo, la tentación y las ganas de cortar el vínculo y empezar desde cero con un pedazo de territorio aún rico y sin deuda externa sólo empieza a considerarse seriamente y sólo en ciertos círculos con la llegada del sandinismo, como una reacción a éste y no antes.

Como en la Costa Caribe no había habido guerra y la presencia “somocista” (la Guardia Nacional y unos pocos funcionarios de nivel medio y bajo) había sido muy reducida, cuando Somoza se va la revolución encuentra intacta toda la estructura social y productiva de la región. Aquí no había pasado nada y sólo era cuestión de dejar las cosas seguir su curso, empezar a distribuir los excedentes de manera más equitativa, re-invirtiendo en lo social y en lo económico y se habría tenido una región vibrante, dinámica, un motor —no el único pero sí uno importante— para echar a andar toda la economía nacional. En lugar de eso, en su profunda torpeza el sandinismo, para decirlo de algún modo, echó arena en el engranaje de una maquinaria poderosa que funcionaba bien y echó arena en el ojo de la hermana.

Quizás recordarán ustedes un hecho emblemático de lo que estaba ocurriendo en el país y con el país, bien porque lo vieron o porque alguien les habrá contado. En los primeros meses que siguieron al derrocamiento de Somoza, allá, en los predios de la Hacienda “El Retiro” que había pertenecido al dictador y predios aledaños a esta hacienda, fueron acumulándose los restos de centenares de vehículos que habían sido estrellados contra otros vehículos, árboles, paredones, carretas, semovientes o personas. Eran los vehículos que aquellos que se fueron habían dejado en su huida y habían sido “recuperados” por los “compas” sandinistas, que sin saber manejar se ponían al timón y por supuesto se estrellaban. Cada día llegaban nuevos restos a juntarse con los existentes y cuando uno —alguien curioso como yo— se aproximaba y los examinaba de cerca, podía ver la sangre fresca aún y otros restos orgánicos entre los retorcidos hierros. Cada ciudad del país tenía su propio montoncito, expuesto al ojo de quién quisiera apreciarlo y mostrado casi con orgullo. Era claro que los sandinistas no sabían manejar, luego fue quedando claro también que no estaban dispuestos a prestar el timón o a tomar un curso de manejo.

Si eso estaba ocurriendo con los vehículos en la mitad Oeste, en la otra mitad, gente que nunca había trabajado en sus vidas —que había sido puesta a dirigir empresas por el sólo mérito de ser sandinista— iba destruyendo alegremente la base productiva de la región, acabando con los medios de vida de la gente y arrojando al desempleo a cientos de cabezas de familia. Casí cada día una nueva empresa iba a la bancarrota, a formar parte del montón de hierros inservibles. Años después, vehículos y empresas de todo el país serían vendidos como chatarra —a una fracción ínfima de su valor— y transportados a El Salvador encima de enormes rastras que terminarían de arruinar las carreteras.

[Continuará, por supuesto]