domingo, noviembre 19, 2006

Hermanas siamesas (3)

Párrafo a párrafo, como quien va raspando la olla del gallopinto voy raspando yo la olla de mis recuerdos y voy escribiendo mis memorias, para que dentro de quince o veinte años mis dos pequeñas hijas puedan saber sobre su padre de fuente primaria pues uno nunca sabe qué le va a ocurrir y no me gusta la idea de caer muerto de pronto, de un infarto o porque un rayo me partió y dejar a mis hijas sin información sobre esa parte de ellas que soy yo. Eso sería de muy mala educación y muy desconsiderado. Ellas tienen todo el derecho de conocer su pre-historia y mejor se las cuento yo y no que vengan otras personas a contarles sabrá dios qué cosa y a hacerles sabrá dios qué interpretación de mi vida y mis actos. De esas memorias estoy sacando para publicarlas en este blog, aquellas cosas menos intimas, cosas que podría contar en una mesa de tragos sin apenarme o apenar al oyente. Las memorias y este blog también, son un recuento personal en el que muestro la imagen que de la vida y sus cosas, de gentes y de lugares, he ido obteniendo mirando a través de la pequeña rendija que a mí me ha tocado en suerte. No escribo aquí un tratado histórico, sociológico o antropológico y las cosas que les voy contando son producto de la observación vulgar, es decir: no-científica. Le cuento todo esto para que no nos enredemos ni usted ni yo y no pensemos que esto es otra cosa y empecemos a hacernos exigencias. A mí mismo se me olvida a veces y me quedo trabado, como ahora que me he pasado tres semanas escribiendo para ustedes una cosa demasiado seria, demasiado complicada y aburrida, que al final he guardado para usarla para otros menesteres alguna otra vez, si la ocasión se presentara. Así que le ruego me disculpe si no he cumplido con mi obligación de publicar cada domingo un nuevo post. Sí, yo se que usted no me paga y no espera que yo cumpla, pero compromiso es compromiso y a eso me he comprometido. Sigamos.

En alguna otra ocasión les contaré sobre el proceso histórico que fue diferenciando a la región del litoral Pacífico y del centro de Nicaragua de aquella inmensa región que se extiende hacia el Este hasta llegar al Mar Caribe. Les contaré entonces cómo la influencia del pasado indígena propio de cada región en combinación con la influencia española —en el Oeste—, nor-europea y africana —en el Este—, dio como resultado en un proceso de siglos, dos pueblos completamente diferentes. Hoy quiero contarle otras cosas.

En un post anterior les decía que los nueve comandantes de la revolución no eran ni muy inteligentes ni muy instruidos y analizaban la realidad desde rígidos manuales comunistas soviéticos que seguían al pie de la letra aplicándolos a la realidad como se aplica una camisa de fuerza. Por eso no es de sorprender que su interpretación fuese con mucha frecuencia disparatada y cuando se lee las cosas que dijeron o escribieron sobre Nicaragua, su historia y el agro —entre otras mil cosas sobre las que opinaban— da la impresión que están hablando de otro país y de otras gentes.

[Cada vez que leo documentos de aquella época, noticias, discursos y entrevistas y caigo en la cuenta de la enorme ignorancia de la Dirección Nacional del FSLN y de su alejamiento de la realidad del país de carne y hueso, me pregunto de nuevo cómo fue que entonces no fuimos capaces de detenerlos y desenmascararlos como impostores y de nuevo me respondo que en aquel entonces estábamos enamorados de ellos ciegamente, del mismo modo que se enamoran las muchachitas quinceañeras y no veíamos sus errores. La gran mayoría tampoco entendía muy bien en aquel momento el país en que nos tocó nacer y no percibían los errores. Otros podían ver los errores pero no decían nada porque encima estaba el yanqui haciendo la guerra y no era el momento de distraer las fuerzas señalando errores y pensaban quizás que el momento llegaría alguna vez. Otros más señalaban las grandes fallas, hacían propuestas y criticaban pero estos eran purgados sin piedad. En la época sandinista la dirección del fsln concentraba todo el poder y los cuadros intermedios y las bases sólo debían ejecutar los lineamientos que llegaban de arriba, aquel que no obedecía era apartado. La revolución era como un tren, o te subías, o te apartabas porque si te le ponías enfrente intentando detenerlo, te pasaba por encima.]

Si la visión que la dirección del frente tenía de la Nicaragua del Oeste y del centro estaba completamente alejada de la realidad, hablando de clases sociales y relaciones de producción inexistentes —para mencionar nada más que un par de errores—, la visión que del caribe tenían era aún más traída de los pelos. Marx no estudió nunca el tipo de sociedad que en el Caribe se produce ni nada por el estilo y los manuales soviéticos no analizan tampoco nada parecido a esos pueblos que allá existen, sus relaciones, sus modos de producir y sus modos de vida. Los sandinistas llegaron a la costa con un vacío teórico y metodológico y un saco lleno de prejuicios. Cuando se referían a la Costa Atlántica (nunca descubrieron la existencia del Mar Caribe) la llamaban “un gigante que despierta” porque consideraban que esa enorme región estaba en realidad “dormida”, esto es, atrasada, quedada, abandonada, haraganeando. Los comandantes, y los sandinistas en general, consideraban en un inicio que esa parte del país debía ser incorporada a la más avanzada mitad oeste y copiar de ésta su dinamismo. No fueron capaces de percibir —aunque ocurren a plena luz y son visibles al ojo desnudo— la multitud de procesos productivos que en la costa tienen lugar, la complejidad de los procesos sociales en movimiento y la enorme madeja de relaciones de todo tipo que los habitantes establecen. Los sandinistas se apegaron a los prejuicios que en el Pacífico se tienen sobre la costa Este y no pudieron por ello entenderla y por eso todas sus políticas estaban condenadas al fracaso y fracasaron. Para ellos, la costa era nada más que un inmenso territorio poblado por indios ignorantes viviendo en la edad de piedra y negros haraganes buenos para nada, que debían ser civilizados e integrados en la vida “nacional”. Porque pensaban de este modo enviaron hacia allá contingentes de ocupación compuestos por miembros del partido sandinista de tercera y cuarta categoría junto a unidades del ejército y de la Seguridad del Estado, para imponer ideas y nuevas maneras de relacionarse, en lugar de establecer vías de comunicación con los habitantes autóctonos e insertarse en la dinámica de la sociedad. De un día para el otro el español fue impuesto en la práctica como la lengua oficial —los sandinistas no hablaban ni aprendieron nunca otra lengua— en una región donde el español se habla mal y a desgana y la gente se comunica en otras lenguas bien adaptadas, tras siglos de uso, a los modos de vida de la gente. Para mencionar sólo unos pocos ejemplos: en mískito y sumo, las lenguas más habladas, no existen palabras para “revolución”, “comandante” o “imperialismo”, ni existe el concepto detrás de estas palabras. Del otro lado, el español es insuficiente para nombrar la enorme multitud de cosas propias del lugar que las lenguas locales sí pueden nombrar.

Una vez ido el dictador Somoza, la Costa abrió sus brazos, su corazón y su mente a su hermana del Oeste y buscó ansiosa la integración. También la Costa, como el resto del país, creyó en los sandinistas y recibió su ascenso al poder complacida. Habrán visto quizás los costeños en la revolución una oportunidad de equilibrar las relaciones con su hermana siamesa que hasta entonces lo único que había hecho era extraer los recursos mineros, madereros, pesqueros y vaya usted a saber sin dar mucho a cambio. Los costeños saben entonces que —al menos en ese momento— romper el vínculo con la hermana siamesa es muy difícil y sólo les queda sacar el mejor partido. Que no le cuenten a usted cuentos, el “separatismo” de los costeños surge con el sandinismo, la tentación y las ganas de cortar el vínculo y empezar desde cero con un pedazo de territorio aún rico y sin deuda externa sólo empieza a considerarse seriamente y sólo en ciertos círculos con la llegada del sandinismo, como una reacción a éste y no antes.

Como en la Costa Caribe no había habido guerra y la presencia “somocista” (la Guardia Nacional y unos pocos funcionarios de nivel medio y bajo) había sido muy reducida, cuando Somoza se va la revolución encuentra intacta toda la estructura social y productiva de la región. Aquí no había pasado nada y sólo era cuestión de dejar las cosas seguir su curso, empezar a distribuir los excedentes de manera más equitativa, re-invirtiendo en lo social y en lo económico y se habría tenido una región vibrante, dinámica, un motor —no el único pero sí uno importante— para echar a andar toda la economía nacional. En lugar de eso, en su profunda torpeza el sandinismo, para decirlo de algún modo, echó arena en el engranaje de una maquinaria poderosa que funcionaba bien y echó arena en el ojo de la hermana.

Quizás recordarán ustedes un hecho emblemático de lo que estaba ocurriendo en el país y con el país, bien porque lo vieron o porque alguien les habrá contado. En los primeros meses que siguieron al derrocamiento de Somoza, allá, en los predios de la Hacienda “El Retiro” que había pertenecido al dictador y predios aledaños a esta hacienda, fueron acumulándose los restos de centenares de vehículos que habían sido estrellados contra otros vehículos, árboles, paredones, carretas, semovientes o personas. Eran los vehículos que aquellos que se fueron habían dejado en su huida y habían sido “recuperados” por los “compas” sandinistas, que sin saber manejar se ponían al timón y por supuesto se estrellaban. Cada día llegaban nuevos restos a juntarse con los existentes y cuando uno —alguien curioso como yo— se aproximaba y los examinaba de cerca, podía ver la sangre fresca aún y otros restos orgánicos entre los retorcidos hierros. Cada ciudad del país tenía su propio montoncito, expuesto al ojo de quién quisiera apreciarlo y mostrado casi con orgullo. Era claro que los sandinistas no sabían manejar, luego fue quedando claro también que no estaban dispuestos a prestar el timón o a tomar un curso de manejo.

Si eso estaba ocurriendo con los vehículos en la mitad Oeste, en la otra mitad, gente que nunca había trabajado en sus vidas —que había sido puesta a dirigir empresas por el sólo mérito de ser sandinista— iba destruyendo alegremente la base productiva de la región, acabando con los medios de vida de la gente y arrojando al desempleo a cientos de cabezas de familia. Casí cada día una nueva empresa iba a la bancarrota, a formar parte del montón de hierros inservibles. Años después, vehículos y empresas de todo el país serían vendidos como chatarra —a una fracción ínfima de su valor— y transportados a El Salvador encima de enormes rastras que terminarían de arruinar las carreteras.

[Continuará, por supuesto]

2 comentarios:

Isa dijo...

Continuará por supuesto, y aquí estaré pendiente...¡La Costa Atlántica es un mundo que desconozco! Muy interesante, para como decís vos "que no nos cuenten cuentos".

Me encantó la idea que escribás para tus hijas, precioso trabajo...

Ana dijo...

Hacia mucho tiempo que no te leia.
Una vez mas, me gustaron tus lineas y me rei con tu franqueza.
Anamaya