sábado, diciembre 09, 2006

Ser sin rumbo cierto [parte 3]

Esa mañanita el entenado no se había levantado aún y no había llegado ninguno de sus dos amigos. El motorista estaba listo ya para hacer su primer clavado del día cuando uno de los dos amigos del entenado llegó remando apresuradamente desde el lado opuesto del río en una piragua pequeñita.

—Dice mi abuelo que estamos buscando mal —dijo sin preocuparse siquiera de dar los buenos días.

—¿Y que sabe tu abuelo? —el motorista rió divertido, pues él no era de ese lugar y no sabía quién era el abuelo del muchacho y no estaba enterado de la fama de sajurín que el viejo tenía a diez leguas a la redonda.

—Sabe —dijo el muchacho, sin darse por enterado de la risa del motorista— dice que una vez, hace añales, aquí en este mismo lugar donde estamos, se le cayó a una su mujer que él tenía una máquina de coser, de esas Singers de pedal y que la buscaron y rebuscaron por días y días y no la pudieron encontrar. Dice que al año siguiente, unos muchachos que jugaban a sacar arena del fondo del río se tropezaron con ella de casualidad debajo del agua, allá en aquel playón, en dirección de ese gran Almendro que se mira ahí.

—Tu abuelo está mal de la cabeza, eso queda río arriba, y hay como 75 varas desde aquí hasta allá, no puede ser —el motorista se había sentado en el borde del pequeño embarcadero, tocando el agua con los pies. El muchacho se había detenido a un par de varas de distancia y desde allá hablaba.

—Lo mismito le dije yo, pero dice mi abuelo que hay noches que la corriente del río se invierte en el fondo y el agua en lugar de correr río abajo agarra río arriba. Es una correntada de agua helada que sube desde quién sabe donde, pasa por aquí y sube hasta la boca de un cañito como a una legua de aquí. Hay noches, dice mi abuelo, que se forma un remolino en el centro del río y cuando hay luna se puede ver clarito.

—¿Eso te contó tu abuelo? —el motorista había oído cuentos raros en su vida y había visto con sus propios ojos algunas rarezas. Por eso no rechazaba ningún cuento de entrada pues toda cosa, decía, tiene siempre algo de verdad.

—Eso y más, dice que todo lo que cae en el fondo de este río termina debajo del almendro, ahí donde el río empieza a hacer curva.

—Pues no se si creerle —dijo el motorista— como te digo, ese almendro queda muy largo de aquí y encima río arriba.

—Vieras como le discutí yo y el señor cerrado, que no importa, dijo, si fueran cien o cuatrocientas o mil varas las que hubiera desde aquí hasta allá, que si es río arriba o no, dice que todo todo termina en ese lugar y que si querés encontrar el motor tenés que buscar allá pues aquí donde estamos primero vamos a convertirnos en camarones de río antes de encontrar nada —e muchacho se quedó callado, como esperando la reacción del motorista.

—¿Y que pito toca tu abuelo en todo esto? Ni pariente suyo soy, que yo sepa —dijo el motorista.

—Eso mismo y con esas mismas palabras le dije yo, arrecho porque no me dejaba dormir con la jodarria que viniera a buscarte y lo que me contestó fue que hay una persona que le pidió que te ayudara —el muchacho miró la cara de extrañeza del motorista y continuó hablando— y que no me iba a decir quién era esa persona y sólo te lo iba a decir a vos personalmente. Dijo que va a venir a hablar con vos cuando oiga que encendiste el motor.

—Pues hombré, la verdad es que no tenemos nada que perder así que hagámole caso a ese tu abuelo y vamos a buscar un rato por ese lado—el muchacho estiró el remo que el motorista atrajo hacia así para aproximar el bote al embarcadero y acto seguido subió y se sentó en el otro extremo.

—Seguime contando —dijo el motorista— lo que dijo el viejo.

—Dijo que no tenemos que sacar del río nada más que el motor, que si sacáramos otra cosa nos va a caer sal porque esas cosas son de otra gente y si las sacamos al río no le va a gustar y un día nos va a pasar algo malo. Que no importa lo que viéramos dice, no hay que sacar nada más.

—¿Y no será que tu abuelo en realidad está loco?

—Pues a lo mejor, pero loco o no loco las cosas que dice salen siempre como las dice. Es que habla con los espíritus, que según parece andan por todos lados mirando todo y ellos le cuentan lo que va a pasar. Anoche mismo lo oí en una sola habladera, yo oía dos voces y por curiosear le llevé café para ver si lograba ver algo o tan siquiera oir, pero cuando yo llegué se quedaron callados mi abuelo y el espíritu.

—¿Y miraste el espíritu? —el motorista creía en estas cosas.

—No, pero lo sentí detrás de mí, helado helado, creo que estaba mirando por encima de mi hombro a ver qué cosa había en la taza que le llevé a mi abuelo. Me dio escalofrío y se me pararon los pelos, me dio miedo, te digo. Por suerte el abuelo me dijo que no tuviera miedo, que no pasaba nada y que el que estaba de visita era un espíritu bienhechor. Eso me calmó un poquito la tembladera que me agarró, pero de todos modos salí corriendo a zambullirme en la hamaca. Cerré los ojos y me puse a rezar hasta que me quedé dormido.

El muchacho hablaba a la vez que remaba vigorosamente, así que pronto estuvieron del otro lado del río.

—Creo que hay que buscar en este lugar donde estamos —dijo el muchacho— aquí fue donde me dijo mi abuelo.

—Antes de meternos a buscar, decime: ¿Hay algo más que te haya dicho el viejo? —el motorista era un hombre muy curioso que no soportaba quedarse sin saber el final de un cuento.

—Bueno, me dijo que te dijera que te apuraras a sacar el motor porque hoy en la noche tenés que estar en Bluefields. Dice que apenas saqués el motor del agua lo desarmés para limpiarlo.

—¿En Bluefields? ¿Y te dijo con qué putas voy a limpiar el motor? Ni cepillo de dientes traje y sólo tengo un desarmador, un alicate y una llave.

—No, eso no me dijo, pero si encontramos el motor creo que será mejor hacer como dice —el muchacho empezó a quitarse la ropa— ¿Me lanzó yo primero?

—Dale —dijo el motorista— hacele güevo.

El muchacho se lanzó al agua mientras el motorista aguardaba sentado en el bote. El sol había salido apenas, pero en el punto donde estaban el agua era muy clara y pudo ver al muchacho perderse allá a lo lejos. El río era muy profundo en este lugar. El motorista no lo sabía pero el muchacho sí, el abuelo le había contado y le había descrito la geografía del fondo. Luego de un par de minutos el muchacho sacó la cabeza a unas cuantas varas del bote.

—Aquí está el motor —dijo el muchacho y palmeó el agua con ambas manos para señalar el lugar—, en el mismo lugar que me explicó mi abuelo. Ni siquiera tenés que mojarte, pasame el mecate y yo lo amarro.

—No, yo lo amarro, es mi motor y además eso tengo que verlo —el motorista saltó con la cuerda atada a un pie y se sumergió junto con el muchacho. En efecto, el motor se encontraba dentro de un hueco en el fondo del río, así que lo ataron, salieron y luego lo izaron al bote. Tenía sólo unos pequeñitos rasguños y estaba aparentemente en buen estado Se sentaron en el fondo y se rierona carcajadas, felices. El motorista gritaba de alegría.

—¿Cómo se llama tu abuelo? —preguntó, cuando pudo dejar de reir.

—Alfonso Pérez—dijo el muchacho.

—¡Que viva Alfonso Pérez, jodido! —gritó el motorista jubiloso. El muchacho estaba contento, orgulloso por su abuelo.

—¿Le gusta el guaro a tu abuelo? —preguntó luego el motorista.

—No le gusta —dijo el muchacho— le encanta. Su deleite es echarse sus traguitos de vez en cuando.

—Decile que le voy a traer una botella de buen guaro la próxima vez que venga —el motorista hablaba en serio, tan contento estaba de haber encontrado el motor.

—Yo se lo digo —dijo el muchacho.

—Vamos a desarmar este motor de una vez, pues no me aguanto la curiosidad por saber qué va a decirme tu abuelo. Pero primero vamos a desayunar pues si las cosas salen como él dice y hoy tengo que estar en Bluefields, este va a ser un día muy largo.