martes, diciembre 04, 2007

Managua, linda Managua

El regreso a Managua fue más fácil que la ida, sobre todo porque tenía gente que quería ayudarme a encontrar mi camino y me iba a ayudar a seguirlo hasta el final. No estaba solo, por más que las cosas fuesen duras y eso me daba fortaleza.

Más de uno me había dicho en California que estaba yo loco, regresando a un país del que mucha gente estaba escapando y del que muchísima gente más quería salir sin poder hacerlo. En el cerca de año y medio que estuve fuera, todas las cosas se habían ido deteriorando a gran velocidad y si ya al salir hacia Estados Unidos en noviembre o diciembre de 1984, pensaba yo que la revolución iba por mal camino, a mi regreso, en abril de 1986 y apenas bajándome del avión empecé a pensar que la revolución había muerto y que lo único que mantenía en el poder a los comandantes -nueve enanitos sin ninguna blanca nieve- era la torpeza del gobierno estadounidense apoyando decidida y ciegamente al ejército de la contra en su guerra contra el sandinismo. Había descontento y malestar dentro de Nicaragua -e incluso dentro del sandinismo, aunque no mucho- con la conducción que los comandantes hacían de una revolución que se suponía de todos, pero la presión del gobierno Reagan no dejaba lugar para otra cosa que no fuese cerrar filas frente a lo que entonces se veía como una intromisión del gobierno estadounidense. El gobierno Reagan le había cerrado los espacios de acción a cualquier oposición al sandinismo dentro del país pues cualquier oposición era considerada traición y tratada en consecuencia.

Creo que fue en junio de ese año 1986 que el congreso estadounidense aprobó una ayuda de cien millones de dólares para la contrarrevolución. Al día siguiente el gobierno de Ortega cerró el diario La Prensa por tiempo indefinido y de entonces en adelante el estado de emergencia que el gobierno había decretado -después me acordaré desde cuando- se hizo aún más estricto, más restrictivo. Para entonces el servicio militar obligatorio bajo el eufemismo de “Servicio Militar Patriótico” reclutaba a las buenas o a las malas a lo mejor de la juventud del campo y la ciudad para enviarla a combatir a los jóvenes de la contrarrevolución, reclutados con métodos no mucho mejores y quizás peores aún. Los jóvenes de ambos bandos morían a camionadas y por camionadas regresaban mutilados física y espiritualmente. Así se habían hecho siempre las guerras en Nicaragua y así seguían haciéndose, los muertos eran siempre jóvenes y eran siempre los hijos de los pobres.

Aquel fue un año muy difícil para todos. Todo escaseaba para entonces. Escaseaba el arroz, los frijoles, la carne, el pan, todo, y entre tanta escasez no fue nada extraño que incluso las ganas de seguir viviendo escasearan también. Un enorme sentimiento de tristeza, de abandono, de pesadumbre, hizo presa de la gente. A veces iba yo a Rivas a visitar una hermana que aún me quedaba por allá y a ver a antiguas amistades y la visión de mi púeblo cayéndose a pedacitos me daba mucha tristeza. Nadie pintaba las casas, nadie reparaba la cerradura de una puerta y si una teja se caía nadie se subía al techo a reparar la gotera. Muchas casa eran nada más que cascarones, por dentro todo se iba destruyendo, desde el mobiliario hasta los ocupantes de las casas. Una enorme indolencia se había apoderado de las gentes, como si el mundo para entonces se hubiera ya acabado, como si no hubiese nada más que hacer. La gente había perdido toda esperanza y aquello parecía que duraría para siempre. En el pueblo nicaragüense, capaz de grandes cosas se había enseñoreado el “valeverguismo”, esto es, una manera de ser en la que ya nada te importa pues nada te parece importante y lo que a tu alrededor ocurra te tiene sin cuidado.

En todo el país, mucha gente, nadando en aquella tristeza que podía respirarse en el aire perdía el contacto con la realidad y enloquecía. Todos los pueblos del país se llenaron de locos. Los cerebros de mucha gente no habían sido capaces de soportar tanta tristeza -o la falta de vitaminas debido a la escasez de todo- y habían enloquecido. La locura era el camino que el espíritu había escogido para poder soportar aquellas condiciones que para muchísima gente eran terribles.

Con aquella guerra horrible que por suerte no llegaba hasta las ciudades, en aquella falta de esperanzas, en aquel desánimo generalizado, no era Nicaragua el mejor país para vivir, pero era mi país, el país en el que yo quería vivir y por el que quería hacer “algo”. Para eso había regresado y no iba yo a dejarme contagiar de la dejadez. La demencia no estaba entre mis planes, ni la tristeza, ni el desánimo. Esas cosas no eran para mí, no había regresado para sufrir.

jueves, noviembre 22, 2007

Cien mil piches y el rancho ardiendo

Hoy quiero salirme del tema de este blog mío para rendir un humilde homenaje a Martha Isabel Arana, una nicaragüense bloguera rigiosa, que en mi humilde opinión, es probablemente la persona presente hoy en el ciberespacio, que desde éste más ha contribuido a conservar y alimentar en nosotros - los nicas de nación o de corazón- ese sentimiento de pertenencia a ese grupo humano adolorido y problemático que somos los nicas, que sin importar donde estemos y sin importar si estemos bien o si estemos mal seguimos considerándonos, seguimos sintiéndonos y seguimos siendo simplemente nicas, sin importar si hemos sacado otro pasaporte, si hablamos todo el día en una lengua diferente y andamos moviéndonos entre otras gentes y no vamos desde hace décadas al pueblo.

Se me ha ocurrido pues escribir esta notita en reconocimiento a la enorme labor que Isa ha venido realizando por y para sus nicas, desde su pequeño nicho en el mundo virtual, movida nada más que por un enorme cariño a su tierra y a su gente. Los nicas que desde donde estén tienen acceso a este maravilloso mundo que con la internet se ha creado, han percibido ese inmenso cariño de Isa que se derrama a borbollones y han sabido corresponderle pasando cada día a asomarse por su sitio en http://www.marthaisabelarana.com/ que es en el ciberespacio, como ese parque en San José de Costa Rica que ahora se conoce como "el parque de los nicas", al que nuestros compatriotas acuden por carretadas cada día para hacer contacto con sus paisanos. El día de hoy las visitas al sitio de Isa han llegado a cien mil y es por eso que se me ha ocurrido dejarle esta notita. Ya quisieran los políticos nicas tener un nivel de aceptación tan grande como el que esta joven disfruta.

Muy bien Isa, te felicito y te agradezco. Te mando desde aquí un enorme abrazo virtual.

[Si tiene usted un comentario vaya y déjeselo a Isa, no a mí. Este post está cerrado a comentarios]

martes, octubre 23, 2007

California, here I come (parte 11 y final)

Yo no fuí el único sorprendido de que me hubieran dado la visa, también se sorprendieron todos aquellos que antes pensaron que yo estaba loco y tuve que mostrar el pasaporte a todo el mundo para que me creyeran. Mi primo Eduardo, viendo que yo había tenido suerte se fue a intentar también obtener una visa. No pude ayudarle a conseguir una carta como la que yo había llevado así que se fue a la embajada sólo con la solvencia y la pinta pero no le dió resultado. Eso no afectó ni su ánimo ni sus planes. Su hermano tenía arreglado ya su paso de modo ilegal y Eduardo estaba listo para salir apenas aquel lo mandara a llamar.

En los días siguientes, vendí mi carro, mi papá me mandó dinero, compré el pasaje, me despedí de mi novia y me fuí. Un par de semanas más tarde llegaba Eduardo también, feliz de la vida, decidido a trabajar como loco para pagarle a su hermano y para hacerse rico. Unos pocos años más tarde, trabajando dura y honradamente había conseguido hacerse rico, le había pagado a su hermano y había mandado a traer a su madre. Tal y como su madre lo pronosticara, a él le había ido bien mientras que aquellos que lo habían perjudicado terminaron comiendo mierda a dos carrillos.

En lo que a mí respecta, aunque me había ido pensando regresar en algunas semanas, el viaje se me fue extendiendo y me quedé un año y cuatro meses. No tenía ganas de quedarme pero no tenía tampoco ganas de regresar. Estaba convencido que eso que había en Nicaragua no era la revolución que se esperaba y que los nueve hombrecitos que dirigían el país sólo estaban en el poder para disfrutar de sus mieles, para poder coger con muchachas bonitas, para comer y beber, para disfrutar pues de aquellas cosas a las que nunca habían tenido acceso y jamás habrían tenido acceso trabajando. Pensando en todo esto y mirando las cosas desde lejos fui entendiendo entonces cosas que antes no entendí por estar tan cerca de ellas. Me entró una terrible depresión que me duró largos meses. No tenía raíces en inguna parte y no tenía ganas de echarlas. En San Francisco mi hermano menor me dio posada en su apartamento. El trabajaba duro, yo muy poco, dormía mucho y me pasaba las tardes y a veces días enteros metido en la biblioteca pública. Allá era siempre caliente y estaba rodeado de libros y de gente. De tanto leer, mi inglés elemental se volvió muy avanzado y de tanto platicar mi inglés verbal mejoró un poco sin llegar nunca a ser muy bueno. Platicaba con los bibliotecarios y me hice “amigo” de varios de los visitantes habituales de la biblioteca, usualmente gente sin techo, borrachos y drogadictos, pero también personas muy sanas que por alguna razón se habían quedado solos y llegaban a la biblioteca a llenar de alguna manera sus horas y a tener algún contacto con otros seres humanos. Hablaba de poesía con los que gustaban de poesía, de historia con los históricos y de las injusticias sociales con los sin techo.

Leí de nuevo, ahora en inglés a mis viejos amigos Nietzsche, Hesse y Dostoievsky, que no me ayudaron mucho a salir de mis tristezas, pero mi lectura favorita fueron los libros de patentes, que comencé a leer desde la primera página y que se convirtieron en el mapa con el que me fui guiando para entender el camino que había seguido la técnica en los Estados Unidos. Para seguir el rastro de las patentes fui leyendo otros libros, de historia, de sociología, tratando de entender el contexto en que las invenciones y descubrimientos se producían y de este modo fui entendiendo la sociedad estadounidense y entendiendo el camino que había seguido en su desarrollo. Había empezado a leer las patentes y a hacer anotaciones pensando encontrar ideas que podrían ser útiles para Nicaragua y que quizás podría adaptar a las condiciones del país al regresar allá. Ingenuamente me había construido y había seguido un programa de estudios que me había dotado de conocimientos históricos, sociales y técnicos y me había enseñado a mi mismo una nueva lengua. Meses después, cuando levanté la cabeza de mis libros descubrí que la depresión se había ido y que sin habérmelo preguntado directamente sabía ahora -aún vagamente- qué cosa quería y qué cosas iba a hacer. De pronto me entró una prisa enorme, dejé los libros que estaba leyendo, me levanté y me fuí.

Cuando regresó de su trabajo mi hermano menor me encontró arreglando mis cosas, lavando ropa, cocinando, empacando maletas y haciendo una lista detallada de las cosas que tenía que hacer antes de irme y de lo que tenía que llevar.

-¿Entonces, qué has pensado? -me preguntó, para iniciar una conversación.

-Me voy de vuelta para Nicaragua.

-Vos sí que estás loco -mi hermano pensaba en realidad que yo estaba algo loco- mientras todo el mundo está buscando como salir de Nicaragua vos querés regresarte. Ve que lindo. ¿Y qué pensás hacer allá?

-No sé, dar clases en primaria, estudiar, hacer algo pŕoductivo, vivir, pues esto que tengo aquí no es vida.

-¿Querés estudiar? Estudiá aquí, escogé lo que querrás estudiar, yo te pago los estudios aunque tenga que agarrar otro pegue. ¿Qué querés estudiar? ¿Psicología? ¿Ciencias políticas?

-No quiero quedarme más, estoy aburrido de este país, además todo el mundo sabe que no vine a quedarme y que alguna vez tendría que irme.

-A vos lo que te faltan son vitaminas, tenés alguna deficiencia y por eso no pensás bien -mi hermano menor era y es aún un hombre grande, fuerte y bravo, cargado de testosterona, yo era un flaquito debilucho.

-A lo mejor lo que te falta a vos es sexo -mi hermano cogía cada semana con una muchacha diferente-, hoy es viernes ¿por qué no me acompañás a la disco? A lo mejor te encontrás una chavala y te encajás y se te quitan esas ideas estúpidas de la cabeza. Claro, tenés que ponerte las pilas y hablarle de cosas agradables a las muchachas, bailar con ellas, restregárteles, sonreir, en lugar de andar amargado pensando en revoluciones y mierdas.

-Dale, vamos -dije-, después de la cena me baño y nos vamos.

-Pero sólo bañate, no te la jalés que después te quedás dormido en la mesa. O no te bañés, te perfumás y ya.

Esa noche nos fuimos a bailar a una disco en San Mateo creo, o quizás en el mismo San Francisco, cerca de un bosquecito. Mi hermano bailó un buen rato con una rubia hermosísima y sonriente y se la llevó después a caminar por el bosquecito. Yo bailé un par de veces con una flaquita lindísima, de piel bronceada y ojos verdes, pero me falló el remate y no la pude sacar a caminar al bosquecito. Cuando la flaquita se me fue con otro yo me fui a sentar con una muchacha bonita que resultó que estudiaba Ciencias Políticas en Berkeley. Le conté que era yo de Nicaragua y ya no paramos de platicar toda la noche pues su tesis, que estaba ya por terminar, versaba sobre el gobierno de Carter y la revolución nicaragüense. Mi hermano regresó más tarde, abrazándose y besándose con la rubia hermosa y desde lejos me guiñó un ojo. Cuando fui al bar a buscar un par de tragos mi hermano se me acercó contento.

-Vas bien, pero sacala a bailar, calentala, no la dejés enfriar. Ya la miré bien cuando fue al bar hace un ratito, es culazo.

-Aquí no voy a agarrar nada -le dije- la bróder es lesbiana, ya me contó para cortarme las alas.

-No me digás!. Entonces ¿para qué le estás comprando un trago? Estás perdiendo el tiempo, buscate otra, aquella flaca por ejemplo, que te está mirando desde hace rato -mi hermano saludó a la flaca desde lejos y ella devolvió el saludo.

-No, me quedo con mi lesbiana. Me encanta, estoy enamorado de ella y si tengo que cambiarme el sexo para cogérmela pues me lo cambio.

-Si no agarrás nada como hombre, como mujer te va a ir peor. Pero bueno, es tu vida. ¿Y esa jaña tuya vino sola?

-Si, vino a juntarse con su novia que es bisexual.

-¿Y esa donde está?

-Es aquella, con la que saliste a coger -la rubia hermosa se encaminaba hacia su novia-, vení sentate con nosotros que esto se va a poner “cozy”.

Mi hermano casi se desmayó del susto pero vino a sentarse con nosotros sin tocar ya más a la rubia hermosa. Yo traté todavía de convencer a la lesbiana de que ella era más bien bisexual, que el sexo con hombres -conmigo- podía ser placentero y de que echáramos un polvito, pero ella estaba muy segura de lo que quería así que yo no insistí más, conformándome con disfrutar de su conversación. Con mi hermano y la rubia formamos los cuatro un grupito muy divertido y nos la pasamos jodiendo, bailando en molote, contando chistes y riéndonos. Al final de la noche nos despedimos todos como amigos e intercambiamos teléfonos y besitos amistosos. Cuando ya íbamos empezando a andar mi hermano y yo hacia la salida, ella me detuvo, jalando mi brazo delicadamente, acercó su cabeza hacia la mía y me besó en la boca. Fue un beso delicioso, diferente que otros besos que yo hubiese recibido. Ella introdujo en mi boca su lengua, tersa, fuerte, apasionada, dulce, que cabalgó graciosa sobre la mía y fue luego a posarse debajo de ella y a moverse allá abajo, suave, rítmicamente para subir de nuevo y entrar casi hasta mi garganta para luego salir subiendo hasta el cielo de mi boca, haciéndome cosquillas allá arriba. No fue un beso muy largo, fue exacto, preciso, académico casi y cuando terminó, ella tuvo aún tiempo de posar un delicado beso sobre mis labios, como un suave soplido o como el aleteo de una mariposa. Ella y yo nos estremecimos de placer. Un momento antes habíamos hablado de cuáles eran nuestros sabores favoritos de sorbete y tanto ella como yo preferíamos el helado de ron con pasas por sobre todos los demás.

-Más rico que el ron con pasas -dije cuando nos separábamos, pues eso fue lo único que se me ocurrió decir.

-Más rico -dijo ella- nos vemos. Me encantó conocerte.

-Nos vemos, a mí también -dije yo y empecé a andar de nuevo, caminando hacia atrás, con mi hermano que no se había perdido ningún detalle del momento. La novia de ella, la hermosísima rubia, conmovida, la atrajo hacia sí y nos dijo adiós con la mano al mismo tiempo que le decía a su amor "that was soooo beautiful" y le frotaba la espalda. La que me había besado nos mostró también la palma de su mano en señal de adiós.

De regreso mi hermano venía manejando y por un rato no dijo nada, dejándome disfrutar del recuerdo de aquel beso increíble, pero luego no se aguantó y empezó a hablar.

-Entonces, ¿fue tan rico el beso tanto como me lo pareció?

-Más rico, fue increíble.

-¿Más rico que un polvo?

-Eso que vos viste no fue sólo un beso, fue todo un polvo. Un polvo concentrado, polvo de estrellas, polvo cósmico pues -yo no lograba bajarme de mi nube.

-Estás loco hijueputa, o fumaste alguna cosa.

-No fume nada. Qué cosa más rica. Más rico seguramente que tu polvo con la rubia.

-¿Viste? y así te querés ir a Nicaragua a que te mate un contra cuando podés gozar de estas mujeres tan lindas.

-Nadie me va a matar y allá también hay mujeres lindas, que además me entienden.

-No hablés pajas, a vos las mujeres no te entienden ni vos las entendés a ellas. Esta pareció entenderte y eso porque era cochona.

-Eso suena muy feo, no le digás así a esa mujer tan linda -yo me había vuelto a enamorar.

-¿No? ¿y cómo querés que le diga para que suene más bonito? ¿Tortillera? ¿Rechivuelta? - mi hermano me estaba haciendo bromas, desquitándose de todo lo que yo lo había molestado cuando era pequeñito.

-No digás nada hijueputa. Cuando estás callado hasta parecés simpático.

Mi hermano dejó al fin de hablar y yo pude pensar de nuevo en aquella mujer. Casi estábamos llegando cuando creí entender las cosas mejor.

-Fue un beso espititual -dije- de espíritu a espíritu.

-No hablés mierdas -dijo mi hermano- fue un beso que salió de sus centros de placer hacia los tuyos. Fue deseo, fue la bestia saliendo, fue testosterona pura disolviéndose en el aire y mezclándose con una nube de progesterona.

-Vos no entendés nada -le dije, vos sos carnal y no sabés de estas cosas del espíritu.

-Vos sos el que no entiende nada porque sólo vivís soñando y así vas a morir, lo que nos mueve son los sentidos, la carne, no ningún ánima que a lo mejor ni existe. No hay nada mejor que el sexo y el sexo es físico. Las conexiones que se establecen al coger son hormonales no espirituales. Cuando entendás esto talvez bajarás a la vida real, talvez evolucionarás.

Quizás por eso nos llevábamos tan bien mi hermano y yo, porque aunque veníamos del mismo nido pensábamos en muchas cosas de modo diferente. Por eso jamás nos aburríamos y quién sabe por qué jamás nos enojábamos.

Ni la salida a la disco, ni aquel beso divino, ni el frasco de multivitaminas que al día siguiente me compró mi hermano me hicieron desistir de mi idea de regresar a Nicaragua. Aún me pasé varias semanas arreglando cosas y despidiéndome de toda la gente y al fin hice una reservación para el primero de abril. Dos semanas antes del día de mi viaje me llegó un sobre enorme del servicio migratorio, diciéndome que aprobaban la solicitud de residencia que mi padre había hecho a mi favor el año anterior. Me enviaban un montón de formularios que debía llenar e instrucciones que debía seguir para que me extendieran la tarjeta verde que tanta gente ansiaba. Yo no tenía ganas de continuar con el procedimiento pues implicaba regresar a Nicaragua, hacerme unos exámenes médicos, gastar un montón de plata y regresar luego a Estados Unidos. El problema era que yo no quería regresar a Estados Unidos. Alguien de la familia empezó una recolecta de fondos para cubrir todos los gastos en que debía incurrir si seguía con los trámites pero yo rechacé el amable ofrecimiento y le dije a todos que lo único que yo quería era regresar a Nicaragua y tratar de hacer vida allá. A insistencia de mi padre me llevé los papeles, por si acaso cambiaba de opinión pero nunca cambié de opinión y hasta hoy nunca me arrepentí de mi decisión. El primero de abril estaba de regreso en Nicaragua. Cuando bajé del avión el calor de Managua me golpeó en el rostro y me puso eufórico.


Una nota final: mis disculpas si esta serie se me hizo demasiado larga pero no encontré la manera de abreviar. Quizás debería hacer un curso de redacción para llegar al grano de una vez. En el futuro procuraré ser más breve porque no es justo abusar de la paciencia del lector. En los días que vienen empezaré a contarles de la vida en Nicaragua desde 1986 en adelante.

domingo, octubre 21, 2007

California, here I come (parte 10)

Yo tenía para entonces una novia que me fascinaba, que olía riquísimo por todas partes, que no conocía la palabra “no”, que estaba enamoradísima de mí y con la que pasabamos noches, mañanas y tardes deliciosas. Hasta entonces casi siempre había tenido amores compartidos. Había sido amante de mujeres con marido, o amante de las amantes de hombres casados o emparejados con otras mujeres, o novio de mujeres que tenían otros novios. Hacía años que no tenía un amorcito para mí solito, una muchacha con la que podía coger sin contener los quejidos, haciendo ruido, sin temor a ser escuchado por un amante traicionado. Si no podía viajar a California ya sabía yo de qué manera iba a encontrar el consuelo.

Pensando en esas cosas estaba cuando el yanqui de la ventanilla me llamó por segunda vez pues no lo había escuchado la primera vez.

-Buenos días -dije, educadamente.

-Buenos días -contestó el yanqui- parece que está usted un poco dormido el día de hoy.

-Soñando despierto -dije.

-¿Y qué sueña usted, si se puede saber? -yo no me había preparado para este tipo de preguntas y me pareció que no eran preguntas standard y aquel hombre tenía simplemente ganas de platicar.

-En este momento -dije, sincero, sin pensar en adoptar una postura- estaba pensando en lo bonitas y suaves que son las manos de mi novia.

-Pero usted quiere dejarla para irse a Estados Unidos.

-Pero no más que el tiempo que ella me va a esperar antes de buscarse otro.

-¿Y cuánto tiempo es ese que ella podrá esperar?

-Dos meses, no más. Ni ella es Penélope ni yo soy Ulises.

-¿Y usted para qué quiere viajar a Estados Unidos? -el yanqui regresaba a sus funciones.

-Para ver a mi padre, a quien no veo desde hace cinco años y a mi madre a quien no he visto en tres años.

-¿Tiene hermanos allá?

-Cinco, todos en California, pienso quedarme una semana con cada uno.

-¿Usted estuvo antes allá?

-Una vez, hace cinco años, unos pocos meses, estudiando inglés con una visa I-20.

-So, you do speak English.

-A little bit.

-¿Ha pensado en quedarse allá si obtiene la visa?

-Lo he pensado, como todo el mundo, pero eso no me conviene. Mi vida está aquí, no allá, y aunque me encanta viajar ya estoy ansioso por regresar. Algunos tienen más posibilidades allá que aquí, yo no.

-¿En qué trabaja usted?

-Soy jefe de personal y accionista de una empresa de construcción -yo no estaba diciendo exactamente la verdad pero no me tembló ningún músculo cuando le extendí la carta al funcionario de la embajada. Estaba haciendo bluff y me encantaba.

El funcionario leyó la carta despacito: Cuando hubo terminado me miró a los ojos y me preguntó si llevaba otros documentos. Le pasé la solvencia de impuestos.

-¿Algo más? -me preguntó.

-Eso es todo lo que he traído -respondí. El hombre leyó la carta de nuevo, muy lentamente, y lentamente examinó la solvencia fiscal.

-¿No trajo usted nada más? -el funcionario sonaba extrañado.

-Nada más, pensé que no era necesario -dije, y empecé a sentir que había perdido el juego, que el yanqui me despacharía como la maestra que despacha a su casa a un niño que olvidó llevar sus libros y cuadernos a la escuela.

-Pues pensó mal, son necesarios -me dijo el funcionario en tono amable, no reprochándome o juzgándome, sino más bien como estableciendo un hecho.

-I am sorry, -dije yo, poniendo las palmas de las manos hacia arriba- thank you for your time, I will bring the rest of the documents tomorrow.

-Don't worry -dijo el yanqui señalando hacia un salón de espera-. Please take a seat. -Yo no podía creer lo que estaba oyendo pero no iba a preguntar nada, no fuese que el hombre se arrepintiera. El yanqui me estaba mandando a sentar y por lo que había estado observando, sólo mandaban a sentarse a aquellos que recibirían la visa.

-Thank you very much -dije.

-You're welcome -dijo el yanqui, y yo me fuí a sentar.

Sentado ahí, rodeado de los escogidos por los dioses del Olimpo, aún no podía creerme que me iban a dar la visa. Me parecía imposible. Las otras pocas personas que estaban ahí sentadas estaban seguras que iban a recibir la visa ¿Si no, para qué nos sentaron aquí? me dijo una joven que yo ya conocía de antes. Pero yo no estaba seguro, más bien estaba un poco temeroso, tratando de pensar si había cometido yo algún delito que los yanquis pudieran perseguir. Poco a poco sin embargo fui cayendo en la cuenta que las cosas me habían salido bien. Sería probablemente gracias a la carta, o quizás a mi despreocupación o a la buena voluntad del entrevistador, pero lo cierto era que ahora podría viajar legalmente a Estados Unidos a ver a la familia Un rato más tarde empezaron a llamarnos a la ventanilla para recoger nuestros pasaportes.

-Buen viaje -me dijo mi entrevistador al entregarme el pasaporte.

-Muchas gracias -le dije, y salí caminando a paso firme pero sin prisa. Mientras caminaba examiné el sello: me habían extendido una visa multiple por tiempo indefinido. Con ella podría de ahora en adelante viajar cada vez que así lo deseara. Quién sabe cuánta gente habría deseado estar en mis zapatos en ese momento. Quién sabe cuántos habrían dado gustosos casi cualquier cosa por tener un pasaporte como ese que ahora estaba poniendo en el bolsillo de mi camisa. Me dió pena de toda esa gente y sentí casi un remordimiento de conciencia, como si hubiese yo hecho algo malo.

-¿Te la negaron? -me preguntó al verme serio, un desvisado con el que había estado platicando en la fila.

-Me la dieron -le dije, y le mostré el sello.

-Qué hi-jue-pu-ta más suertero -dijo- te felicito y ojalá le saqués el jugo.

-Ojalá .-dije yo, y me fui.



En el próximo post: parte 11 y final de la serie.

sábado, octubre 20, 2007

California, here I come (parte 9)

Para cuando me contaba todas estas cosas Eduardo tenía bastante adelantados sus planes para viajar a Estados Unidos. Su hermano mayor, que vivía en una ciudad del norte de California le había mandado dinero para que pudiera irse y estaba haciendo arreglos con las personas que de manera ilegal lo introducirían en Estados Unidos. Eduardo había solicitado un nuevo pasaporte pues el viejo tenía sellos de entrada y salida de la RDA y de Cuba y si por alguna razón caía en manos de las autoridades de migración estadounidenses, el pasaporte podía crear innecesarias complicaciones.

No recuerdo bien si a la llegada de Eduardo ya tenía yo la idea de viajar a Estados Unidos o si fue él quien me trajo la idea. En todo caso, al aparecer éste las cosas se apresuraron. Pensé que yo no tenía nada que perder intentando viajar de manera legal, así que hice planes para ir a la embajada yanqui a solicitar visa. Pensaba que como ya una vez, hacía años, había tenido visa y había viajado a Estados Unidos no me sería muy difícil conseguirla de nuevo. Casi cada persona a quien le conté que iba a ir a buscar visa se rió de mí o en secreto consideró que estaba yo loco. La embajada estaba dando visas a cuentagotas a ciertas personas nada más y yo no cumplía con los criterios que la embajada explícitamente señalaba, ni con los otros criterios que no se mencionaban pero que era claro que la embajada seguía al otorgar o denegar las visas. Yo tenía mucho en común con las personas a quienes la embajada les denegaba la visa: no tenía ni en qué caer muerto (la embajada no le daba visas a los pobres), tenía veinticinco años (la embajada no le daba visa a los jóvenes en edad de hacer el servicio militar) y aparentaba ser sandinista (la embajada sólo le daba visa a los opositores). Con todo y gracias a esa manía mía de llevar la contraria me fui a la embajada. El hijo de un buen amigo de mi cuñado, un hombre rico y de contactos, me había extendido una carta de presentación en la quie decía cosas buenas sobre mí. Esa carta, una nota de la dirección de ingresos quie decía que estaba solvente del pago de mis impuestos (un requisito ineludible), un optimismo rayano en la locura y un modo de andar que había ensayado frente al espejo hasta que pareció natural, eran mis instrumentos esa mañana. Como dicen en Nicaragua cuando lo quieren animar a uno a emprender una empresa difícil, ya tenía el no y ahora iba a buscar el sí.

Cuando llegué a la embajada, a eso de las cinco o y media de la mañana, la fila era ya muy larga. Media hora más tarde se hizo larguísima y los que llegaban se iban de regreso a sus casas, desesperanzados, para regresar al día siguiente a intentarlo de nuevo, más temprano. Eramos cientos de personas avanzando lentamente, como si de un entierro se tratase, o de un desfile de tortugas. Creo que aún no se había inventado el oficio de “filero”, de esa gente que sabiendo lo codiciada que la visa era se iba a la embajada de madrugada a hacer fila para luego vender el puesto en la fila a quienes ansiaban entrar. Yo hice la fila como cualquier hijo de vecino pues hubieran o no fileros vendiendo los buenos lugares, yo no tenía ni un peso en la bolsa y no hubiera podido comprar un lugar. Según mis anotaciones de entonces, en la fila había de todo tipo de gente, de todas las edades, de todas las clases sociales y con todo tipo de vestimenta. Para impresionar favorablemente al entrevistador, mucha gente se ponía sus mejores ropas, pero aparentemente era este un error táctico pues los que iban con las ropas más elegantes casi siempre regresaban sin visa, cosa que podíamos adivinar en sus rostros descompuestos al pasar de regreso.

La verdad, esa gente haciendo aquella larguísima fila, entrando y saliendo de aquella embajada, era un espectáculo triste, deprimente. Casi todos los que estábamos ahí íbamos buscando una visa de turismo con el propósito oculto de quedarnos en los Estados Unidos de manera ilegal. Eso lo sabíamos todos los que estábamos buscando la visa y lo sabían bien los entrevistadores. Mucha gente de la que estaba ahí haciendo fila se había pasado meses reuniendo los documentos que la embajada solicitaba, desde títulos de propiedad de tierras, casas y vehículos hasta estados de las cuentas bancarias, constancias de trabajo y de esto y de lo otro. Cada cual tenía su estrategia, pero casi todas las estrategias fallaban, a juzgar por los rostros que traían los solicitantes al regresar.

Toda la tensión que se había venido acumulando en los días y semanas anteriores alcanzaba ahora su momento culminante, y en la fila cada cual dejaba salir sus nervios a su manera. Algunos contraían el rostro, mirando a ninguna parte, idos, rumiando quizás sus ilusiones, otros eran atacados implacablemente por sus tics, otros más se comían las uñas sin parar hasta que los dedos se les ponían cabezones. La mayoría platicábamos con los vecinos de atrás y adelante en la fila, dándonos ánimos los unos a los otros.

Mucha gente había puesto todas sus esperanzas en conseguir la visa y cuando no se las daban rompían a llorar como niños abandonados. Algunos tenían toda su vida paralizada, esperando nada más conseguir aquel sello que les autorizaba a viajar a aquel país donde pensaban podrían trabajar y vivir bien y desde el que podrían enviar dinero para ayudar a su gente. Muchos no tenían un plan alternativo y el no conseguir la visa era una tragedia enorme y no sabían que harían de sus vidas en adelante. Por eso daba tristeza ver salir a hombres y mujeres con los rostros desencajados luego que el empleado de la embajada les hacía saber que no calificaban para obtener la visa y les ponía un sello en la última página del pasaporte, para que no pudieran regresar antes de seis meses a intentar de nuevo conseguir aquel otro sello, el sello de los escogidos para entrar al paraíso.

Los que conseguían la visa salían jubilosos. En su rostro y en sus ojos podía verse la felicidad aunque trataran de ocultarla y de comportarse de manera natural, algunos para no parecer demasiado ansiosos y otros para no hacer más difícil el triste momento que los des-visados estaban viviendo.

Cuando entré al fin al recinto del consulado, a media mañana, ya estaba convencido que no me darían la visa. Había visto salir de regreso, sin visa, a gente que tenía grandes propiedades, que tenían negocios muy productivos y que evidentemente no necesitaban irse a Miami o California a trabajar como peones agrícolas, obreros o mucamas. Señoras que se notaba andaban siempre bien vestidas y no se habían vestido nada más para la ocasión, de refinados modales y hablar pausado, regresaban con lágrimas en los ojos, rechazadas. Señores de mediana edad con pinta de ejecutivos, vestidos con pantalones bien planchados con la raya bien marcada y sin ningún doblez fuera de lugar, calzados con finos y elegantes zapatos italianos, que habían entrado al consulado con la frente en alto y la sonrisa a flor de labio, regresaban de aquella cámara de tortura con el rostro desencajado, tratando de entender qué cosa había fallado. Yo había comido bien aquella madrugada. Me había despachado despacito un enorme plato de avena con agua y azúcar y un tazón de café amargo que me habían dado suficiente energía como para pasarme todo el día haciendo la fila. Tenía la mente clarísima y estaba de buen humor. Cuendo llegue a la conclusión que mis probabilidades de obtener la visa eran en realidad bajísimas, me dí cuenta casi sorprendido que no me importaba mucho. En realidad me resbalaba si no me la daban. Mis padres, mis dos hermanos y tres de mis seis hermanas estaban en California y me encantaba la posibilidad de ver a todos de nuevo después de varios años, pero aquella mañana caí en la cuenta que no estaba demasiado ansioso por verlos y mi vida no iba a caerse en pedacitos si el yanqui me decía que no. Me relajé y pensé que si había llegado hasta ahí no iba a ser para regresarme ahora. Iba a ir a aquella ventanilla a hacer lo que había ido a hacer. Me dije a mí mismo, que ocurriese lo que ocurriese iba a regresar sonriendo. Me descubrí a mí mismo encantado de la vida en ese preciso momento y seguramente se me veía en el rostro.

jueves, octubre 11, 2007

California, here I come (parte 8)

Cuando Eduardo me contaba todas estas cosas habían pasado ya varias semanas desde su llegada, ya todo había sido resuelto y su voz no reflejaba ninguna emoción al contarme los detalles. Hablaba de sí mismo y de sus cosas con mucha tranquilidad, como si hubiese estado hablando de otra persona.

Su sentencia estaba ya lista cuando le enviaron a traer y aunque intentó por todos sus medios cambiar las cosas no pudo lograrlo. En Managua la comisión disciplinaria fingió escucharle, fingieron que examinaban la “evidencia” pero al final soltaron el veredicto que Eduardo ya sabía de antemano: la beca le era suspendida por sus faltas disciplinarias. En consideración a su precaria situación económica y gracias a la generosidad revolucionaria no le exigirían el pago de lo que la revolución había gastado al enviarlo a estudiar.

-Pero cómo fue, contame- le pregunté curioso.

-Cuando llegué del aeropuerto a la casa de la JS era casi mediodía. Me dieron de almorzar y me dijeron que iban a convocar a los miembros de la comisión para esa misma tarde. Yo tenía un sueño brutal pues mi cuerpo aún estaba en otro ritmo así que me pasé la tarde cabeceando en una silla. Como a las ocho de la noche una compa vino a decirme que no habían podido contactar a la gente y que la reunión se haría otro día. Me pidió que regresara al día siguiente por la mañana. Le pregunté si podía dejar mi maleta hasta el día siguiente y me dijo que sí así que la metí en un armario y sólo me llevé una mochila con lo más esencial. Cuando le pregunté me contó que no muy lejos de ahí había una pensión buena, bonita y barata en la que podía pasar la noche. No tenía ganas de buscar a nadie conocido ni a mi familia así que simplemente me encaminé a la pensión, alquilé un cuarto y me dormí de una vez de pura tristeza.

-¿Y se reuniueron al fin al día siguiente? -Pregunté yo impaciente pues siempre quiero oir el final de los cuentos de una vez.

-Ni ese día ni el siguiente ni el que siguió. Me tuvieron con cuentos toda la semana. Ya no tenía cómo pagar la pensión así que me fuí a buscar a un compa que había conocido en Alemania pero que se había venido de regreso porque le había entrado nostalgia. El camarada me dió posada y me alimentó por unos días. Yo no quería buscar a mi familia antes de saber cuál iba a ser mi destino pero un día me fuí al mercado oriental y un rivense que me encontré me reconoció. Para entonces habían pasado ya dos semanas así que antes que el rivense llegara al pueblo y empezara a contarle a todo el mundo que me había visto en Managua, me subí en un bus y me fui a mi casa. Por el camino iba pensando qué le diría a mi madre cuando me preguntara a qué había vuelto y decidí contar las cosas como yo las veía, sin sumarle ni restarle.

-¿Y tu mamá, cómo lo recibió?

-Si yo no había llegado a la casa era porque me daba pena causarle tristeza a mi vieja, pero ella lo tomó de la mejor manera. “Todos estos hijos de puta sandinistas son unas mierdas”, me dijo y me dijo más aún: “vos hiciste las cosas bien, hiciste lo que estaba a tu alcance, no tenés nada que lamentar, no es tu culpa y no tenés que avergonzarte ni agüevarte. Vos vas a salir adelante y todos los que te jodieron van a comer mierda. Ya vas a ver vos.” Cuando mi mama me dijo esto se me salieron las lágrimas y un peso enorme se me quitó de encima. Por fin pude entonces relajarme y empezar a pensar en mi futuro.

-¿Y la comisión se reunió al final?

-La comisión, que eran cuatro hombres y una mujer que yo nunca había visto, se reunió al fin tres semanas después de mi llegada. Ese día me habían citado para las tres de la tarde pero fue sólo a las nueve de la noche que la comisión disciplinaria se presentó. A esa hora empezaron a revisar mis cajas con mis documentos mientras yo esperaba fuera del salón donde se habían reunido. Como a media noche me llamaron para hablar conmigo. El que actuaba como jefe de la comisión, un chaparrito trompudo, dió por iniciada la reunión “para analizar el caso del compañero Eduardo quén supuestamente ha incurrido en faltas disciplinarias en su condición de becario en la RDA”. Luego de esto empezaron un larguísimo interrogatorio con el que de manera cronológica iban revisando cada frase que yo dije o no dije, cada cosa que hice o no hice, guiándose para ello en los informes que la JS había preparado sobre mí y en informaciones que sus espías les habían hecho llegar.Yo no era modelo de comportamiento partidario pero tampoco era un contra así que tomé en serio mi defensa, tratando de explicar cada cosa. En los rostros serios de los miembros de la comisión se veía que les disgustaba estar hablando conmigo y que no aprobaban mi comportamiento “pequeño burgues”. Les molestaba que tuviera una novia, que hubiera hecho amigos y que no me hubiera quedado comiendo mierda con los compitas miedositos que nunca salían de puro miedo y de acomplejados que eran.

Hubo un momento en que de pasada y casualmente hablaron de mis actividades académicas. Creo que habían estado evitando hablar de esto pero era ya de madrugada y estaban cansados así que bajaron la guardia.

-Parece que eras buen alumno -dijo el chaparrito, hablando en pasado y dejándome entrever mi futuro.

-No, le dije yo, no era buen alumno. Era el mejor alumno de toda la universidad, punto.

-Usted es poco humilde, compa -me dijo el chaparrito, molesto.

-No, sólo le aclaro, compa, cómo son las cosas. Si no me cree mande a preguntar a la universidad, o lea los reportes que tiene en sus manos ¿O es que eso no aparece ahí?

-No con esas palabras.

-Pues esas son las palabras correctas y a lo mejor hay otras cosas en sus reportes que no están dichas con las palabras correctas -dije, y el chaparrito se quedó callado..

Al final de la sesión sacaron el as que tenían guardado debajo de la manga. Me pasaron un documento y me preguntaron si las anotaciones que podían leerse en las márgenes así como los subrayados y otros comentarios en el texto habían sido hechas de mi puño y letra. El documento que me habían pasado estaba muy bien encuadernado y en la caratula podía leerse su título y su autor: “Comandante de la Revolución Fulano de Tal”. Entonces entendí todo el asunto de una sola vez. Era el mismo documento que el .jefe de la JS en la RDA me había dado aquella noche para que se lo comentara y del que yo tan mal había hablado en la reunión que luego tuvimos. El jefe de la JS o quien fuera, le había quitado al documento toda identificación, me habían pedido criticarlo y cuando se los regresé lo habían encuadernado de nuevo, con todo el veneno que yo había vertido en un documento tan mierda como aquel. El jefe de la JS en la RDA sabía igual que yo que el documento era malísimo así que intentó embaucarme y lo consiguió. Contradecir a un comandante es un pecado muy grande que merece una fuerte penitencia. Lo que yo había hecho era como si un curita de pueblo se pusiera de pronto a criticar al papa desde su púlpito. Al día siguiente lo mandarían a remover y lo mandarían en misión a Africa.

-¿Hiciste esas anotaciones? -me preguntó el chaparrito.

-Esa es mi letra y mis anotaciones. Yo las hice, pero las hice en un documento sin identificación, este documento fue encuadernado después de mis anotaciones...

-Limitate a responder las preguntas que se te hacen -me interrumpió el chaparrito- contestá sí o no, ¿Hiciste vos las anotaciones?

-Este no es un juicio y ustedes no son jueces, así que no voy a limitarme a responder lo quie querés oir – le dije al chaparrito-, voy a responder lo que haya que responder para aclarar este asunto y si ustedes quieren aclararlo será mejor que oigan lo que digo. Claro que hice yo las anotaciones. Caí en una trampa que alguien me tendió para joderme. Yo escribí mis comentarios sin saber quién era el autor. De haber sabido quien era el autor del documento no escribo esas cosas.

-¿Y por qué las hiciste? -me preguntó el que estaba a la par del chaparrito.

-Porque el responsable de la JS en la RDA me pidió revisarlo y comentarlo.

-¿Y vos pensás que lo que escribiste es correcto? -siguió el comisionado preguntando.

-En ese momento pensé que era correcto, sabiendo ahora -dije, intentando del mejor modo salvar mi pellejo- quién es el autor ya no estoy tan seguro.

-Si lo que decís es cierto -me preguntó la única mujer del grupito y sentí que estaba tratando de ayudarme- si escribiste esas cosas sin saber quién era el autor, decime, ¿Ahora que sabés quién lo escribió escribirías lo mismo?

-Claro que no, sería una falta de respeto para el comandante.

-Pero lo seguirías pensando -dijo el chaparrito, que no estaba dispuesto a dejarme salir ileso de esa habitación.

-Eso no puede saberlo usted compa, ni yo. Probablemente mi visión sobre el documento hubiera sido otra de haber sabido quién lo escribió. El responsable de la JS me dijo que el documento lo había escrito un compa del departamento de propaganda del partido. A un compa lo critico de un modo, a un comandante lo miro de otro modo.

-Dijiste en una reunión que el autor seguramente no era economista ni había hablado ni con la mujer de un economista -dijo el chaparrito, leyendo las notas de la reunión de aquella noche fatídica.

-Dije algo así probablemente, pero quizás no con esas palabras exactamente -respondí.

-Dijiste también que era un documento “elemental” -el chaparrito hizo las comillas con sus dedos y cambió el tono de su voz para enfatizar.

-Dije.

-Y que el documento era una copia de manuales de propaganda soviéticos -el chaparrito apretaba la tuerca más y más.

-No con esas palabras pero algo así habré dicho -contesté.

-Y que un mal estudiante del tercer año de aconomía podía escribirlo mejor.

-No, dije que aquel compañero en la RDA, presente en la reunión y en efecto estudiante del tercer año de economía, podía escribirlo mejor. Yo no dije que un mal estudiante podría hacerlo.

-Pero el compa no es muy buen estudiante que digamos -dijo el chaparrito.

-A lo mejor no -dije yo- pero yo no dije eso que decís que dije.

-Pero sí dijiste que el mejor destino para el documento era el basurero.

-Dije eso, sí, pero estaba cansado y aburrido.

-Esa fue la última pregunta que queríamos hacerte, ¿Tenés algo más que decirnos? -preguntó el chaparrito.

-Sólo quiero decir que cometen un gran error si deciden cortarme la beca. No seré el más disciplinado de los miembros de la JS pero estoy con la revolución y puedo contribuir con ella desde mi carrera de economista.

-O combatirla desde Miami -dijo el chaparrito dejando ver sus pensamientos.

Empezaba a amanecer y los otros miembros de la comisión cabeceaban. El chaparrito se dirigió a todos para decir que consideraba tener suficientes elementos de juicio para poder tomar una decisión. Me solicitó salir de la habitación un momento para que la comisión pudiera deliberar. Un cuarto de hora más tarde me llamaron de nuevo para darme el veredicto que ya te he contado. A la mierda esos cinco años y a la mierda Eduardo. Me sacan a patadas, como se saca un perro sarnoso que de pronto se metió de colado a un restaurante de lujo. Por suerte salí entero de toda esa mierda.

-¿Y ahora que vas a hacer? -le pregunté.

-I am going to the USA, a California -dijo Eduardo en tono alegre- me voy al capitalismo, a hacer reales. Aquí dejo toda esta mierda. ¿Qué decís, nos vamos juntos?

Yo, que a estas alturas del partido estaba harto de mi aburrida vidita y harto hasta el copete de una revolución que ya para entonces consideraba fallida, miré ahí mi mejor opción.

-Nos vamos -respondí- pero primero vamos a lanzarnos una sopa de mondongo y una media para celebrar.

-Has hablado con sabiduría -dijo Eduardo y nos fuimos a celebrar. Eramos jóvenes, sanos, fuertes e inteligentes y ahora teníamos uina meta así que sólo podíamos estar alegres. Pasamos una tarde de lo mejor, comiendo, bebiendo, riéndonos y haciendo planes para el futuro. Aún no sabíamos con exactitud cómo íbamos a hacer para llegar a California, pero eso ya lo definiríamos más adelante.

lunes, octubre 01, 2007

California, here I come (parte 7)

Una noche, cuatro semanas después de aquella reunión, al regresar Eduardo a su apartamento, lo encontró abierto y completamente vacío. Adentro, el segundo al mando de la JS lo estaba esperando, sentado en una silla recostada a la pared y leyendo una novelita de vaqueros. El segundo al mando era un joven simplón, alejado de todas las maquinaciones del jefe de la JS y si desde hacía algunos meses ocupaba ese puesto era porque tenía el más brillante currículo de todos los becarios. Había sido guerrillero largos años y había estado en multitud de combates. Los últimos días de la dictadura se los había pasado combatiendo a la guardia en León. Le tenía sincera simpatía a Eduardo y no podía entender que hubiera gente en la JS que lo detestaba, pero no sabía cómo defenderlo.

-Te tengo una mala noticia -le dijo como saludo.

-¿Qué pasó? ¿Se murió alguien?

-No nadie se ha muerto, pero vos tenés que viajar a Managua. El avión sale mañana tempranito.

-¿A Managua? ¿Qué tengo que hacer yo en Managua? La semana que viene empiezan los exámenes finales del semestre.

-Yo no sé exactamente, pero parece que hay una comisión disciplinaria que quiere hacerte algunas preguntas.

-Pues que vengan aquí y me pregunten, pero si me voy ahorita pierdo los exámenes y nadie me va a reprogramar un examen. Si pierdo los exámenes pierdo el año y si píerdo el año todo lo que he hecho desde que vine sirvió para ni mierda. No, aquí hay un error, definitivamente.

-No, no hay error y no me preguntés nada que yo no sé nada, de verdad, no te estoy engañando.

-¿Y por qué te mandan a vos a decirme esto?

-Soy el único de la dirección que está disponible, los otros no están.

-¿Y mis cosas?

-Te hice dos maletas con toda tu ropa y tus enseres personales. Los libros y las otras cosas los metimos en cajas, una parte se queda aquí, esperándote para cuando regresés, la otra va a viajar a Managua.

-Esa parte va conmigo pues.

-No, la comisión disciplinaria la va a recibir allá porque quiere examinarla. Va en tu mismo avión pero no con vos.

-Es raro todo esto, muy raro.

-A mí también me parece raro francamente.

-¿Y yo donde voy a dormir hoy?

-No vayas a decir que yo te lo dije, pero querían que durmieras preso. Yo les dije que eso no se podía, que no era correcto y aceptaron que te quedés a dormir en mi cuarto, bajo mi responsabilidad. Tengo que pedirte tu palabra de que no vas a tratar de escapar. Estoy metiendo mi mano por vos así que no me pagués mal. Si te vas te mandan a buscar con la Stassi y ahí si te jodiste.

-Tenés mi palabra. No me voy a ir a ninguna parte, de todos modos no tengo adonde ir

-¿Y la jaña?

-No está, anda en un congreso en Moscú y si estuviera tampoco iría a despedirme. ¿Qué le iba a decir? Iba a ser muy complicado. La compa es militante del partido comunista y no la quiero comprometer. Ahora soy un paria. Además cuando ella pregunte ustedes seguramente le van a decir que yo era un contra, un elemento nocivo para la revolución y ella tendrá que creerlo.

-Qué cagada -dijo el segundo, compasivo.

-Cagadón -dijo Eduardo.

-¿Viste la botella de vodka que tenía en mi closet?

-La ví, la puse en tu maleta.

-¿Nos la bebemos?

-No hay de otra. Por ahí tengo unas sardinas y un estofado que nos podemos despachar para acompañarla.

De esa manera, comiendo estofado y sardinas de lata y bebiendo vodka en compañía de un compa compasivo -que resultó buen contador de chistes y lo hizo reir- transcurrió la última noche de Eduardo en Alemania. A la mañana siguiente volaría a La Habana donde le esperaba un miembro de la JS que al día siguiente voló junto con él a Managua. Un miembro de la comisión disciplinaria los estaba esperando en el aeropuerto para llevarlos directamente a las oficinas de la JS.

sábado, septiembre 29, 2007

California, here I come (parte 6)

[Cada loco con su tema y yo sigo con el mío luego de una larga interrupción. Mis disculpas.]

En la época de Somoza las becas al exterior se repartían entre los partidarios del régimen como un favor, y una condición implícita era que en agradecimiento vos apoyarías ciento por ciento al dictador tanto en tu tiempo de becario como después, una vez que hubieras terminado tus estudios. Se esperaba que no morderías la mano que te daba de comer, que darías buen uso a los conocimientos adquiridos y no los utilizarías para atacar al régimen. En el sandinismo, esta manera de otorgar las becas continuó más o menos igual, sólo que ahora las exigencias de adhesión eran mucho mayores pues las becas al exterior eran utilizadas por los sandinistas para la formación de sus propios cuadros. No se hacía un llamado a concursar pues las becas no se otorgaban por méritos académicos sino por afinidad política y vos podías ser el más inteligente de los estudiantes y tener las mejores calificaciones de todo el país, pero al solicitar una beca todo eso no valía nada, lo único que contaba era que fueras sandinista. En una sociedad como la nicaragüense, en la que la democracia siempre fue nada más que una palabra vaga cuyo significado sólo era conocido por unos cuantos, este modo de hacer las cosas era lo más normal del mundo y a nadie le causaba extrañeza.

En el somocismo no se vigilaba a los becarios, al menos no del modo que lo hacían los sandinistas, quizás porque no tenía la dictadura los medios para hacerlo o porque no eran muchos los becarios o porque se dejaba la vigilancia en manos de la persona que había solicitado la beca para el estudiante. En el sandinismo, una agrupación profundamente paranoica, había siempre un ojo abierto y vigilante para que los favorecidos no se desviaran de su camino. Los becarios eran usualmente -digo usualmente pues no estoy seguro que siempre fuese así- miembros de la organización Juventud Sandinista 19 de Julio, el órgano juvenil del FSLN o del partido mismo y en el país al que los becarios fuesen, la JS19J organizaba una célula que daba seguimiento a los becarios y les mandaba hacer trabajo partidario. Donde estuviesen, los muchachos se la pasaban participando en la celebración de las fechas importantes para el FSLN, formando parte de círculos de estudio y demostrando de mil maneras que estaban avanzando por el buen camino. La célula de la JS19J enviaba con cierta periodicidad informes sobre los becarios que iban guardándose en la carpeta que de cada uno se llevaba en la oficina central en Managua. Cada año, en la carpeta se depositaba la evaluación anual de cada compañero, elaborada por la celula de la JS del país en el que el becario se encontraba. Aparte de las evaluaciones periódicas, cuyo contenido era generalmente conocido por el evaluado, la célula enviaba también cuando así lo estimase necesario, informes sobre algunos becarios cuyo contenido -y su existencia incluso- era desconocido a éstos.

Unas de las primeras tareas a las que se dedicaron los sandinistas apenas subidos al poder, fue la creación de sofisticados aparatos de inteligencia con la asesoría de las mejores agencias de inteligencia de Europa del Este y de la dirección de seguridad del estado de Cuba. En poco tiempo, las redes de inteligencia habían penetrado toda la sociedad y en un cierto momento la vigilancia de los becarios que la JS19J realizaba, vino a reforzarse con el trabajo de estos órganos. Algunos de los estudiantes, miembros del partido, pasaron a convertirse en agentes encubiertos de la Dirección General de Seguridad del Estado (DGSE) y sus informes en lugar de remitirlos a la sede de la JS como lo habían venido haciendo, los enviaban ahora a la oficina de la DGSE.

Entre quienes estaban al frente de la JS en Alemania en aquel tiempo, Eduardo contaba únicamente con la simpatía del jefe de la célula, que constantemente lo defendía del ataque que algunos de los otros miembros le hacían. Sin embargo, ni siquiera el jefe de la célula podía evitar que el informe que cada año se hacía de Eduardo fuese redactado en términos negativos, que bien podía decir que “aunque el compañero es muy inteligente y buen alumno, presenta debilidades pequeño-burguesas” , o cosas como “...el compañero desatiende la vida partidaria para dedicarse a la distracción”. No existían por entonces, y probablemente nunca existieron, criterios claros de evaluación y la palabra de los representantes del partido o luego, de los miembros de los aparatos de inteligencia, tenía un peso enorme. Con el paso del tiempo y el crecimiento de su negativo dossier, en las oficinas de la JS en Managua probablemente se llegó a considerar a Eduardo un elemento peligroso para la revolución.

En el quinto año de la estadia de Eduardo en Alemania y cuarto de su carrera, el delegado de la JS fue sustituido por uno de los antiguos estudiantes, el mismo que tenía a Eduardo entre ceja y ceja, que cada año se encargaba de enturbiar el informe de Eduardo y que con cierta periodicidad enviaba mensajes confidenciales a la JS y a la DGSE, de la cual era miembro.

Para nadie era un secreto que el nuevo representante de la JS era enemigo declarado de Eduardo, por eso éste se sorprendió cuando aquel se le acercó en términos conciliadores.

-Mirá Eduardo -le dijo un día-, hasta ahora vos y yo no nos hemos llevado bien, pero yo creo que es hora de mirar adelante y trabajar juntos. Vos sos el tipo de persona que la revolución necesita así que te invito a que dejemos atrás los desacuerdos y colaboremos.

-Claro que sí -respondió Eduardo- yo nunca he tenido y no tengo nada contra vos y voy a colaborar en lo que esté a mi alcance.

-¿Querés ayudarme con la educación política de los compas? -preguntó el jefe de la JS.

-Con gusto -dijo Eduardo y así, en los meses siguientes, estuvo colaborando con la dirección de la JS y participando en sus reuniones, como una especie de asesor, opinando sobre documentos de educación política y redactando folletos en los que se trataban temas económicos.

-Cuidate -le dijo un día a Eduardo el antiguo jefe de la JS- ese tipo es intrigante y una noche, medio bolo, le dijo a su compañero de cuarto que quien te jode es él.

Eduardo le agradeció la información y se mantuvo alerta, pero pasó el tiempo y no pasó nada y aquel joven tan inteligente bajó la guardia completamente. Una noche, en plena época de exámenes el jefe de la JS le pidió examinar un folleto y ver si podía serle útil en la preparación de una exposición que Eduardo haría para los compañeros sobre un cierto tema unas semanas más tarde. Dentro de tres días tendrían una reunión de la dirección de la JS y le iba a agradecer que para entonces lo hubiera leído y le diera su opinión “sobre el folletito”.

-Yo sé que estás en exámenes -le dijo- pero sólo tenés que acostarte un poco más tarde un día y ya, para vos analizar este documentito es cosa de un ratito.

-¿Quién escribió esto? -preguntó Eduardo aún.

-Que sé yo, un compa de la dirección de propaganda del partido, creo yo.

Una noche, tres días más tarde, casi al final de una reunión maratónica y frente al resto de los compañeros de la dirección de la JS el jefe le preguntó a Eduardo que le había parecido el documento que le había llevado y si le servía para su exposición. Eduardo, sumamente cansado respondió con aburrimiento.

-Ese documento no me sirve, es muy elemental -respondió Eduardo francamente.

-¿Elemental? -preguntó alguien, inocentemente.

-Sí -dijo Eduardo bostezando y sacando el documento de entre sus papeles- no creo que sea útil para estudiantes universitarios. Eduardo era sumamente metódico, había leído el documento más de una vez y lo había subrayado en muchos lugares y había escrito en los márgenes en su apretada letra multitud de comentarios. El jefe de la JS lo tomó de entrte las manos de Eduardo, lo hojeó y luego lo hizo circular entre los demás.

-¿Será que el que lo escribió es economista? -preguntó otro de los presentes.

-Que va -dijo Eduardo- ese no ha hablado ni con la mujer de un economista. Por el lenguaje y los términos que utiliza yo diría que este compa se lanzó un par de manuales de propaganda soviéticos y los copió.

-¿Vos crees que yo podría escribirlo mejor? -le preguntó el que había hablado al inicio, estudiante de economía como Eduardo, pero en un año inferior.

-Por supuesto mi estimado camarada -contestó Eduardo jovialmente- usted como alumno avanzado de la carrera de economía puede escribir mejores cosas que un folletito de propaganda. Usted podría redactar un tratado científico.

-Terminemos pues con esto -dijo el jefe apurando el final de la reunión- todos estamos cansados. No vamos a usar pues el documento este, decime Eduardo, ¿Qué destino podemos darle al documento?

-El basurero -dijo Eduardo, franco.

-El basurero pues -dijo el jefe sonriendo y dando así por concluída la reunión.

jueves, agosto 16, 2007

California, here I come (parte 5)

quellos tiempones A Eduardo, desde sus primeros años de escuela, su madre lo ponía en la cama apenas oscurecía y lo despertaba mucho antes de la salida del sol. En la madrugada fría lo mandaba a bañarse y le servía luego un humeante tazón de leche con café, un pedazo de pan y un banano, le daba sus libros de la escuela y lo ponía a estudiar y a hacer las tareas, mientras el resto de la familia y el pueblo todo dormía aún. Pensaba la madre que aquella era la mejor hora para aprender, que el cerebro estaba entonces fresco y descansado y las ideas se grababan mejor. Tuviese su madre razón o no, a fuerza de repetirlo el madrugar se le convirtió en un hábito y un montón de años más tarde, estudiando en la RDA, Eduardo se levantaba de madrugada, se bañaba, se preparaba un café amargo, comía una fruta -banano si lo hubiera porque era bueno para el cerebro- y empezaba su día de estudio, que no terminaba sino hasta catorce o dieciseis horas más tarde. Para cuando Eduardo llegaba a su primera clase, muy temprano por la mañana, su mente estaba funcionando ya a toda velocidad mientras sus compañeros y sus maestros acababan apenas de levantarse y estaban aún abotagados. Levantarse temprano era sólo un aspecto de la disciplina espartana que Eduardo seguía y que le habían inculcado en su familia, pero había más cosas, algunas las había aprendido en su casa, otras las había ido pensando él mismo o absorbiendo por el camino. Llevaba, por ejemplo, un estricto control de su tiempo y cada domingo antes de or a la cama, planeaba lo que haría en la semana siguiente. En un cuadernito trazaba para cada semana un cuadro de siete columnas -una para cada día- y veinticuatro filas -una para cada hora del día- en el que escribía el destino que tendría su tiempo los siete días siguientes. Cada nuevo día empezaba con una lectura del programa que era controlado frecuentemente a lo largo del día.

Eduardo empleaba una pequeña parte de su tiempo de cada dia en limpiar y ordenar sus cosas. “En el caos está el diablo” decía y desde muy temprano, arreglando su cama, su ropero y sus libros le quitaba al diablo los espacios posibles. Siempre sabía donde estaba cada cosa pues para él cada cosa tenía un lugar y había un lugar para cada cosa. De ese modo, decía, no desperdiciaba el tiempo en buscar lo que necesitara y como todo estaba siempre ordenado y limpio no gastaba mucho tiempo en la limpieza pues unos pocos minutos le bastaban para darle mantenimiento a sus cosas.

Unos años atrás, en el último año de la dictadura, estudiando Eduardo y yo en León el primer año de derecho, pasaba éste a veces a visitarme por el apartamento que yo ocupaba junto con otros estudiantes pero no se quedaba nunca mucho tiempo pues le daba angustia la visión de mi desorden, con libros tirados por aquí y por allá, ceniceros llenos dispuestos al azar, ropa limpia y sucia puesta en cualquier parte, la cama sin hacer y las sábanas pidiendo a gritos ser lavadas.

-Asi no vas a llegar a ninguna parte -solía decirme- así como es tu cuarto así es tu mente y si no ordenás tu mente ésta no va a funcionar bien, no vas a entender las cosas y ni las clases vas a pasar. Deberías empezar por limpiar tu cuarto.

Jamás pude yo entonces entender su razonamiento y sus críticas y consejos cayeron en oídos sordos.

Mantener el cuerpo y la mente sanos era para Eduardo un asunto de importancia capital para poder lograr las cosas que se proponía. Por eso evitaba la parranda, aunque el guaro y las mujeres le encantaran “ya tendré tiempo para eso, primero tengo que trabajar para pagarme esas cosas” me decía, y se burlaba de mí y de mis compañeros de farra por nuestra costumbre de sentarnos a una mesa a beber. “Que gusto el de ustedes, sentarse cuatro güevones a estarse viendo las caras y beber guaro hasta ponerse imbeciles” nos decía, mientras él leía un libro o estudiaba para sus clases.

Eduardo no se masturbaba porque según decía “el onanismo es una debilidad”. No era aficionado a la pornografía como éramos casi todos por entonces y jamás ojeaba las revistas “Hustler” y “Penthouse” que en aquel tiempo circulaban entre los estudiantes.

-No es que no me guste -me explicó alguna vez- es que es un desperdicio de mi tiempo y mis energías. Si voy a ver porno lo voy a hacer con una mujer, para que gocemos juntos, no solito para excitarme y luego ir a meterme al baño a jalármela como un mono estúpido. Mal alimentado y además pajeándome, loco me voy a volver.

Regresemos sí a aquel primer año de la carrera de Economía y segundo de estadía en la RDA que se le pasó a Eduardo a toda velocidad, Al final de ese año tal y como se lo había propuesto, había sacado las mejores calificaciones de toda la universidad. Gracias a su disciplina había tenido tiempo para todo, para divertirse y pasarla bien con Renata y para ayudar a sus compañeros. Estaba feliz pues todo iba marchando según sus planes.

El segundo año fue aún mejor que el primero, sus notas fueron aún mejores y con su dedicación, Eduardo había llamado la atención de los docentes, que lo habían invitado a ocupar a partir del año siguiente un puesto de ayudante de cátedra, usualmente ocupado por estudiantes de los últimos años de la carrera. Eduardo estaba fascinado pues el puesto aunque era insignificante en la estructura de la universidad, le permitía tener acceso a publicaciones, libros y foros a los que de otro modo no accedería. Le permitía relacionarse con los docentes, darse a conocer y tener acceso a más conocimientos. “Un puesto es lo que uno hace de él” le había dicho su padre alguna vez y Eduardo planeaba hacer de su puesto un trampolín para escalar posiciones en la universidad.

Eduardo tenía la virtud de caer en gracia a quienes estaban más arriba que él en la jerarquía, cualquiera que ésta fuese, y por su trato amable a todo el mundo por igual, sin importar el rango o condición de las personas, era también agradable a aquellos que estaban más abajo que él, como las cocineras, choferes o jardineros. Sin embargo, Eduardo tenía el gran defecto de caerle mal a quienes estaban en su mismo nivel: hiciera lo que hiciera, siempre había un grupito de sus compañeros al que Eduardo le caía mal. En esta ocasión, como veremos más adelante, caerle mal a sus compañeros -entre otras cosas- le costó a Eduardo varios valiosos años de su vida.

domingo, agosto 05, 2007

El que no brinque es contra

aquellos tiempones

Suele decirse que una imagen expresa más que mil palabras, sin embargo en este caso, esa seis palabras que dan título a este post dicen sobre la historia reciente de Nicaragua muchas cosas más que aquellas que podrían decirle mil imágenes. Sobre esa frase, tan simple como un anillo, y el contexto en que ella surgiera, bien podría dictarse un curso de un semestre de historia o, sin exagerar le aseguro, bien podría escribirse un libro de mil páginas y el tema aún no estaría agotado. Déjeme contarle un poco más.

La frase “el que no brinque es contra” fue una consigna utilizada con muchísima frecuencia en las manifestaciones populares que se producían en Nicaragua en la década de los años ochenta del siglo pasado. No tengo la menor idea de cuándo habrá empezado a usarse, pero sí se que fue en una manifestación en Managua en 1986, cuando yo le preste atención por primera vez. Lo recuerdo bien porque esa tarde estaba en compañía de la bella e impenetrable Cecilia -quien nunca me paró bola y de quien más adelante en este blog les contaré- y hablamos del efecto que la consigna producía en la gente, haciendo a cada uno saltar hasta el cansancio cada vez que su grupito la coreaba. La frase no es nada original -en realidad fueron pocas las frases originales en la revolución sandinista- y yo sabía que era utilizada en Suramérica por los partidarios de los equipos de futbol en los estadios, sólo que en vez de utilizar la palabra “contra” usaban el nombre -o el apodo o la palabra denigrante- de los partidarios del equipo contrario. Yo lo sabía porque una vez en un programa del gordo Porcel, el cómico argentino, había escuchado la frasecita.


La consigna -todas en general y esta en particular- era un instrumento que servía para darle cohesión al grupo, su repetición creaba un lazo entre sus miembros y reforzaba el sentimiento de pertenencia a un grupo. Era esta una consigna divertida, alegre, jodedora como el pueblo nica y cada vez que el grupo saltaba los unos se reían de los otros viendo el esfuerzo de cada cual al saltar, pero sobre todo, los unos se reía con los otros y el sentimiento de camaradería se veía de este modo fortalecido.


A las manifestaciones masivas que entonces se realizaban, la gente no iba únicamente porque simpatizara con los sandinistas y quisiera oir los largos, monótonos y aburridos discursos de los comandantes, se iba también porque no había muchas más cosas que hacer, porque era divertido, porque salías de la rutina, porque podías ver muchachas o muchachos y podías por un momento olvidarte de la dura vida que estabas viviendo. La manifestación era una fiesta, era el circo que completaba el poco pan que el pueblo tenía.


Uno usualmente no iba solo a las manifestaciones, íbas casi siempre con alguien, que podía ser tu vecina o tu grupo de clases de la universidad o tus colegas del trabajo o la gente combativa de tu barrio. La gran concentración no era pues una suma de individualidades sino la suma de una gran cantidad de grupos y grupitos con su propia “grupalidad”, que sería algo así como la personalidad del grupo. Si habías acudido a la manifestación por tu cuenta, solito, te sentías un animal raro y rápidamente te buscabas un grupo “abierto” -pues también los había “cerrados”- que te acogía en su seno y en el que la pasabas pijudo. Al final de la manifestación seguramente habrías hecho nuevas amistades y con suerte tenías una invitación a alguna fiesta. La consigna se lucraba de la necesidad que se tiene de pertenecer a un grupo y el pánico que la gente tiene a la soledad.


Tenía pues la consigna un efecto cohesionante, saltando la gente se pegaba la una con la otra, Este era un lado de la moneda, el lado amable, el lado bueno, pero había un otro lado, el lado tétrico, negativo, feo: la consigna tenía también un efecto de exclusión, divisorio, atrayendo a tu círculo a los tuyos y alienando a los otros, dejándolos fuera. Afuera quedaba el que no brincaba y el que no brincaba, como hemos visto, era un “contra”, la peor clase de gente según los estándares revolucionarios, que había que aplastar como se aplasta una alimaña. Si la consigna se hubiese quedado en las plazas en las que las manifestaciones se producían no habría habido problemas, pero la consigna trascendió y se convirtió en un lema omnipresente y ocupó todos los espacios de la sociedad y allá vos tenías que brincar o eras un “contra”.


Brincar, más allá de los espacios de las manifestaciones, en la vida diaria, no era el acto físico de impulsarte hacia arriba y dejar el suelo por un momento, significaba que seguías los lineamientos que llegaban “de arriba” y cumplías con las tareas revolucionarias que de vos se esperaban. Era someterse, despersonalizarse, subordinarse, plegarse, ser de los míos, “estar conmigo”. El que está conmigo goza de mi protección de mi favor, el otro, el de afuera, el que no está conmigo, el que no brinca pues, el contra, ese que Dios lo guarde porque habrá de saber cuán larga es la hoja de mi bayoneta.


Esa manera de ver el mundo en blanco y negro, de percibir a unos -los que te siguen- como buenos y a otros -los que te adversan- como malos, no fue una invención del sandinismo. Ese modo de excluir al otro, al que no está de acuerdo con vos, al que tiene una opinión diferente y mira las cosas de otro modo, de no dejar espacios de actuación a aquel que no te obedece servilmente, se utilizaba ya desde tiempos inmemoriales en Nicaragua. Somoza perfeccionó la exclusión, la polarización, porque fue el primer gobernante en contar con un ejército nacional, único y tenía entonces la fuerza para hacerlo. Los sandinistas llevaron ese malvado “arte” de la exclusión a su máxima expresión y para ellos “el que no está conmigo contra mí está” adquirió un carácter axiomático y la sociedad se polarizó como nunca antes. Que así haya sido y no de otro modo fue una lástima para un país que ansiaba cambiar para mejorar y dejar de ser la primitiva agrupación humana en que se había convertido bajo la dictadura de Somoza. Pero los comandantes eran el producto nada más de la sociedad en que nacieron y se criaron y no eran ni fueron capaces de trascender. La tarea de dirigir la construcción de una nueva sociedad les quedó demasiado grande. En su caso, el dicho de mi amigo Pablo Salazar “el chancho es como lo crían” nunca fue más cierto. Las perlas no son para los cerdos, dice la biblia y ya ves, otra vez la vida le da la razón.

miércoles, agosto 01, 2007

El que no es conmigo

[Para contarle mejor lo que le voy contando le hago este comentario, antes que se me olvide]

En algún momento de su estresante y meteórica carrera mesiánica, Jesús de Nazaret, experto en hacer frases potentes, poderosas, como un jab que se te estrella en plena mandíbula, acuñó una frase que como otras muchas que dijera, pasaron a la posteridad y han sido utilizadas una y otra vez por buenas y malas gentes con buenas y malas intenciones. En un momento difícil, cuando sus enemigos buscaban hacerle trastabillar para perjudicarle, Jesús les dijo “el que no es conmigo contra mí es” (lc 11.22), una frase genial, fuerte, estrujante, un “oneliner” -creo que así le dicen los yanquis-, con el que Jesús establece claramente sus límites.

Claro, Jesús es el hijo de Dios y puede decir lo que se le de la gana y en ese momento creyó conveniente decir eso y seguramente era importante que lo dijera, para aclarar a los dudosos dónde es que estaba sentado. Más tarde, imitando a Jesús, y con mucho menos derecho que aquel, cada dictador -o persona endiosada o mesiánica- ha dicho en algún momento de su vida la frasecita y si usted lee la biografía de cualquier dictador, de seguro la encontrara en alguno de sus discursos. En Nicaragua, tanto en la dictadura de Somoza como en la época sandinista la frase fue repetida con odiosa frecuencia y marcó las vidas -y a veces las muertes- de mucha gente. Pero mejor hagamos un flashback y empecemos por el principio. Los dictadores -sabrá usted o lo sospecha- no son usualmente muy inteligentes. Para que sus pequeñas y trastornadas mentes puedan entender las cosas, éstas necesitan serles presentadas de maneras muy simples. Su mente clasifica las cosas en base al uso de los contrarios, de este modo, en su entendimiento las cosas son o grandes o pequeñas, o negras o blancas, o calientes o frías, o esto o lo otro, pero no un poco lo uno y un poco lo otro porque eso es ya demasiado complicado. Las distintas tonalidades que una cosa puede adquirir, las diferentes gradaciones, que las cosas pueden presentar, les producen desasosiego, intranquilidad, angustia y frecuentemente les causan ataques de pánico. En su manera de razonar una persona es o buena o mala y su estatus es de amiga o enemiga. El estatus de cada persona debe ser en todo momento absolutamente claro para que el dictador pueda conciliar el sueño.

Anastasio Somoza García, el creador de la dictadura que luego continuarían sus hijos, empleó la frase profusamente y acuñó además otra, para ayudar a aquella, la frase de “las tres p”, que en su decir marcaba la pauta de su quehacer y era “plata para el amigo, palo para el indiferente, plomo para el enemigo”. Este era el filtro que Somoza utilizaba para colocar a la gente en el sitial que respecto a él a cada cual correspondía. Así, o eras su amigo o eras su enemigo y cuando no estaba seguro te apaleaba y vos o venías luego a lamer su mano o por el contrario le mostrabas los dientes, sin dejar más espacio para la duda.

Los dictadores son, generalmente, como esos hombres celosos que cuando están con la novia en un lugar público donde hay muchas personas, miran hacia el mismo punto hacia donde ella está mirando, tratando de descubrir a quién estará ella mirando. Son hombres inseguros, como esos que constantemente te preguntan “¿Me querés?” y cuando les decís “Sí, claro que te quiero, tontito” y les sonreís amablemente, te dicen luego “¿Por qué reís al decírmelo? ” y luego “¿Por qué me llamás tontito?”

Los nueve comandantes que formaban la dirección del Frente Sandinista en el momento del derrocamiento del Somozato, fueron aún más obsesivos que los Somoza en su afán de saber quiénes estaban con ellos y quiénes contra ellos. Son pequeños hombrecitos, temerosos, paranoicos, que miran siempre hacia atrás a ver quién les persigue y tienen una necesidad patólogica de saberse aceptados. Tienen que saber y ya, ahora, quién les apoya y quién les enfrenta. La Oficina de Seguridad Nacional de Somoza fue reemplazada por la Dirección General de Seguridad del Estado, un aparato de inteligencia asesorado por los más sofisticados organismos de inteligencia del bloque socialista. Se creo una red de inteligencia que los Somoza ni en sus sueños más febriles habrían podido imaginar ni en su extensión ni en su capacidad. Miles de expedientes de personas de toda categoría fueron creados, alimentados y actualizados día a dia, noche tras noche. Se persiguió a todo el mundo y de cada cual se tuvo información, incluidos los informantes y los que organizaban la información. Así, mientras en una oficina vos ordenabas los expedientes, organizabas la información, en otra oficina se mantenía un expediente tuyo. Los vigilantes eran a su vez vigilados.

En su corta carrera Jesús tuvo tiempo para aclarar a sus seguidores qué cosa significaba estar con él. Los seguidores eran mayoritariamente gente humilde, sin mucha instrucción así que cada vez se la fue poniendo más fácil -la iglesia complicaría luego las cosas-, era un asunto de amor “amarás a Dios por sobre todas las cosas” y más adelante, cuando ya su sacrificio está pronto dice “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. No hay mucho enredo, estás con Jesús sometiéndote al principio del amor y éste ha de regir tu vida. Se trata de seguir un elevado principio hasta sus últimas consecuencias, esto es, dar la vida por quienes se ama.

Estar con Somoza y luego con los sandinistas era una cosa mucho más terrenal, más arrastrada por así decirlo. Con ellos no era cuestión de seguir elevados principios pues no eran ellos gente de principios. No era un asunto de ser fiel a la bandera, a la patria o a tu gente, no, hombres simples como ellos eran requerían de vos el completo sometimiento a sus personas y sus mandatos. Somoza sólo confiaba en su ejército y es sólo del ejército y de cada miembro de éste de quién exige completo sometimiento, completa fidelidad. Los comandantes sandinistas van más allá y quieren y persiguen y procuran conseguir el sometimiento y la fidelidad de todo el pueblo. Tanto para Somoza como para los nueve sólo hay una manera de fidelidad, la fidelidad perruna. Se trata de obedecer al amo ciegamente y estar dispuesto incluso a dar tu vida por él.

jueves, julio 26, 2007

California, here I come (parte 4)

quellos tiempones Eduardo siguió entonces por un buen tiempo el consejo que el delegado de la juventud le había dado y empezó a pasar más tiempo con sus compañeros y a buscar la manera de ayudarles con el idioma y con la ambientación en el país que tan extraño les parecía. Las cosas fueron mejorando y casi nadie criticaba más a Eduardo a excepción de un par de amargados que lo tenían entre ceja y ceja. Al terminar el año lectivo Eduardo consideró que su misión había terminado por el momento y se fue con su novia y la familia de ésta a pasarse un par de semanas a una ciudad del interior. Luego se irían solos los dos novios a visitar amigos por aquí y por allá, conociendo gentes y lugares. Era verano, la temperatura sube y todo se presta para el amor así que los dos enamorados se fueron a darle rienda suelta a su cariño. Esto parece haber sido demasiado para algunos de los compañeros de Eduardo, que lo imaginaban -y con razón- bebiendo buen vino y buena cerveza mientras ellos sólo tenían acceso a una cerveza malona, de tercera categoría y con sabor a chicha de maíz y a un vodka ruso con sabor a lijadura de hierro, que según decían los bromistas, usaban los soldados del ejército soviético para limpiar sus fusiles. Debe haber sido entonces cuando empezaron a llegar cartas a la oficina de la juventud sandinista en Managua, quejándose entre otras cosas que “el compañero Eduardo presenta ciertas inclinaciones pequeño-burguesas” y no daba muestras de ser un joven “dispuesto al sacrificio”.

Al inicio del nuevo año lectivo Eduardo estuvo muy ocupado y se la pasaba yendo y viniendo de su habitación a las clases y a las bibliotecas. fascinado de la vida porque finalmente estaba haciendo aquello para lo que había llegado y se había preparado. A diferencia de otros compañeros que fueron enviados a estudiar carreras que ellos no habían escogido, Eduardo había empezado la carrera de Economía Política con la que había soñado por años y se encontraba en su charco, leyendo lo que hubiere que leer y haciendo lo que hubiese por hacer para aprender y ser el mejor alumno como le había prometido a su madre. Organizó su tiempo alrededor de sus estudios e incluso su amada Renata tuvo que ajustarse a su nueva situación. Dejó de ir entre semana a su apartamento y empezaron a verse en el fin de semana nada más, pero no hubo problema porque Renata estuvo también muy ocupada. En el receso entre años académicos se habían ido a Managua los que ya no podían seguir -porque no habían dado la talla o porque les había fallado el espíritu- y había llegado un nuevo contingente de muchachos y muchachas. Se pidió a los “veteranos” echarle un hombro a los nuevos y éstos aceptaron hacerlo siempre y cuando no les perjudicase en sus estudios y así un par de veces por semana los viejos prestaban su ayuda a los recién llegados, en el idioma sobre todo.

En el receso de medio año Eduardo se fue de su apartamento sin decirle a nadie adónde iba y avisándole a su compañero de cuarto que regresaría al inicio de las clases. De nuevo empezaron las habladurías de los mismos enemigos gratuitos de siempre y de nuevo solicitaron al delegado de la JS que tomara cartas en el asunto y sancionara a Eduardo por su comportamiento indisciplinado, pero esta vez el delegado se negó rotundamente a llamarle la atención a Eduardo.

-Eduardo es el mejor alumno entre todos nosotros, estudia como loco y ayuda al resto de nosotros en lo que puede, el camarada se merece irse a pasar las vacaciones donde le de la gana. A nadie le pide nada, nadie lo tiene en su lomo así que dejémoslo en paz. Si a alguien le molesta -y el delegado dio aquí en el punto débil de algunos- que el compañero tenga una compa bonita y se quiera pasar su tiempo libre con ella, pues que ese alguien se busque también una novia y ya. Dejémosnos de bicheradas y dejemos que el compa piche su juego

domingo, julio 22, 2007

California, here I come (parte 3)

Eduardo fue subiendo como la espuma. Había llegado para hacer las cosas más que sólo bien, así que no se conformó con obtener el nivel de conocimientos de alemán suficiente para seguir los cursos, sino que fue mucho más allá y como en la carrera que había escogido sólo era posible entrar al principio del siguiente año lectivo, insistió e insistió hasta lograr ser admitido en cursos libres de otra carrera, uno de arte dramático y otro de literatura alemana. A la par, consiguió el programa de la carrera a la que entraría el año siguiente y empezó a leer los libros de los cursos que habría de seguir. Había llegado para estudiar —decía a sus compañeros— y eso estaba haciendo, pero fiel a sus principios y siguiendo al pie de la letra las recomendaciones de su madre, encontró tiempo también para salir a divertirse, no fuera a ser y se le secara el cerebro con tanto estudio. Poco a poco se fue construyendo una red de amigos, alemanes sobre todo y estudiantes de los años superiores de su carrera y fue pasando cada vez menos tiempo con los compañeros que habían llegado con él. Antes de terminar el año se consiguió una novia, Renata, una muchacha alemana estudiante de literatura, un par de años mayor que él, delgadita, bonita y encantadora, que vivía en un apartamento a unos pocos kilómetros de distancia de la universidad y hacia allá se trasladaba Eduardo los fines de semana, que se pasaban durmiendo o visitando amistades y saliendo a divertirse por las noches pues Alemania sería comunista y todo pero los jóvenes siempre encuentran maneras de pasarla bien. Renata lo introdujo en su extensa red social en la que Eduardo se sintió como en su casa.

Que Eduardo la estuviera pasando de lo mejor era una piedra en el zapato de algunos de sus compañeros. Les molestaba que mientras ellos dormían sobre duros colchones, en las pequeñas, mal ventiladas y frías habitaciones de los edificios de apartamentos de estudiantes, Eduardo se pasara las noches durmiendo en mullidas camas. Les molestaba también que mientras ellos se pasaban los fines de semana dando vueltas alrededor del edificio o mirando la televisión y esperando las horas de comida, Eduardo estuviera cómodamente dormido o paseando con su novia de aquí para allá. Los compañeros estaban en realidad verdes de envidia aunque jamás lo confesarían. Les molestaba que Eduardo se hubiese conseguido una novia bonita con la que dormía empiernado mientras ellos —pues en su gran mayoría eran varones— lo único que tenían era una sexualidad solitaria en la que la zurda y la derecha eran la única compañía. Les molestaba que las cocineras a la hora de la cena recibieran sonrientes a Eduardo y le dieran el mejor pedazo de carne o de salchichas y una cucharada extra de salsa para alegrar las papas cocidas, mientras ellos eran servidos con indiferencia o hasta de mal modo si reclamaban. Era insoportable para ellos que hubiese alguien que estuviera disfrutando de la vida mientras ellos la veían dura. En una reunión de los estudiantes en la que Eduardo no estuvo presente, las críticas y el disgusto salieron a flote. Al día siguiente, el delegado de la juventud sandinista se acercó a Eduardo para platicar con él. Al delegado le caía bien Eduardo y no tenía nada que decir de su comportamiento —así lo había dicho en la reunión— pero el grupo le había encargado sermonearlo y él había accedido a hacerlo.

—La gente está molesta con vos —dijo el delegado— no les gusta tu comportamiento.

—¿Mi comportamiento?

—Que casi nunca estás aquí, que en el fin de semana no venís, que sos poco solidario...

—¿Y qué quieren? ¿Que me quede con ellos sosteniéndome la quijada, en lugar de irme con la jaña? Que no jodan los compas.

—Vos hablás alemán mejor que todos nosotros, pero no le ayudas a nadie, dicen.

—Yo le he ayudado a algunos, pero el asunto es “ayudate que yo te ayudaré” y los compas no estudian y de ese modo yo no voy a ayudarles. ¿O tengo que hacerles las tareas para que pasen?

—No, eso no, hay que echarles una manito, más que eso no. Hay que ayudarles para que entiendan.

—Y otra cosa —Eduardo tenía confianza al delegado— algunos de los compas no van a aprender alemán ni en un montón de años porque ni siquiera entienden cómo funciona el español, no saben gramática, ni qué cosa es un sujeto o un predicado, ni cómo se construye una oración. No se puede entender ni aprender otra lengua si no se entiende la propia, o a lo mejor si se puede pero hay que usar otros métodos y emplear más tiempo.

—No, tenés razón, pero haceme un favor y hacételo a vos mismo: trata de participar más en la vida comunitaria, no te conviene echarte de enemigos a los compas. Agarrá esto como un consejo, yo soy más viejo que vos y sé por qué te lo digo.

—Te lo agradezco y trataré de seguir tu consejo.


viernes, julio 20, 2007

California, here I come (parte 2)

quellos tiempones -Entonces? -Le pregunté a Eduardo apenas se hubo sentado. Cómo te fue? Ya terminaste o venís de vacaciones?

-Me fue de a cachimba y ni terminé ni vengo de vacaciones. Me mandaron a traer de regreso, de los huevos casi.

En esa primera visita y en las conversaciones de los días siguientes fue contándome sus vivencias de los últimos años. Con las cosas que entonces me contó, que años más tarde habría yo de corroborar y ampliar por otras fuentes, reconstruyo para ustedes su historia.

Eduardo se había propuesto pasar los años en Alemania de la mejor manera posible, que para él era en aquel tiempo básicamente hacer dos cosas: estudiar como loco y disfrutar al máximo de la vida y de lo que ésta podía ofrecer. Llevaba como meta -y así se lo había dicho a su madre- ser el mejor alumno de su promoción y graduarse con honores.

-No te olvidés de divertirte también -le había dicho la madre- que vos no sos cura. No te pasés el tiempo sólo estudiando, no vaya a ser que se te seque el cerebro, como a Don Quijote. Tenés que estudiar pero la vida no es sólo estudio.

El primer año en Alemania fue para la gran mayoría de los becarios un tiempo terrible, de sufrimiento, de lucha constante, de encontrase a sí mismos en sus limitaciones y de querer regresarse a casa casi cada día. Tropezaban con la dificil barrera del idioma, que debían franquear en el primer año para poder apenas al año siguiente empezar las clases en la universidad o los institutos técnicos en los que estudiarían. Debían adaptarse -y muchos no lo consiguieron- a un cuerpo de hábitos y costumbres muy distintos de aquellos en los que habían crecido y entre otras cosas debían ser puntuales, estudiosos y disciplinados. Hasta los hábitos alimenticios fueron muy difíciles de asimilar.


La madrugada del día anterior a su viaje, Eduardo había salido en el primer bus hacia Managua a reunirse con el resto de sus compañeros. La madre lo despidió en la puerta, lo abrazó y lo besó y por si acaso el muchacho necesitaba un aliciente más, la madre le dió su última recomendación.


-Seguramente te va a entrar tristeza cuando estés lejos de todos nosotros y de tu país. Eso es normal, pero hay que aguantarse y concentrarse en los estudios. Si vos te llegaras a regresar porque te agarró cabanga, porque no te hallaste en Alemania, podés olvidarte que tenés madre, pues con dolor en mi alma yo voy a olvidarme que tuve este hijo que tanto quiero. Que no se te olvide: esta es la única oportunidad que vas a tener para valer algo en este país, si la desaprovechás vas a tener que comer mierda y como yo no quiero verte comiendo mierda no te volvería a ver. Sólo estudiando podrás salir adelante, así que váyase y estudie y tráigame un cartón con el que yo pueda sacar pecho.


Eduardo iba preparado para sobrevivir a lo peor, quizás por eso las cosas no le parecieron tan dificiles. Se acostumbró rápidamente a su nueva condición y ajustó su horario y su vida toda a las nuevas exigencias. Fue a cada clase, leyó cada libro, hizo cada tarea, comió cada comida, participó en cada actividad y no se quejó de nada pues no había llegado -decía- para quejarse, pues para quejarse mejor se hubiera quedado en Rivas. En unas cuantas semanas había subido de peso y había adquirido un aspecto saludable. Se dedicó a aprender el idioma, estudiándolo en sus horas de estudio y en cada momento libre, sacándole conversación a cada alemán que se cruzase por su camino y cuando no había ningún alemán, conversando con cualquiera que no hablara español y supiese un poco de alemán. Hablaba solo, en alemán, en la ducha y el inodoro y siempre llevaba consigo un libro de texto del que leía constantemente y repetía luego en voz alta, sin importarle mucho donde se encontrara. Hizo todas las tareas que los docentes les dejaban y cuando las terminaba las hacía de nuevo, para aprenderlas mejor -decía. Se consiguió un radio que prendía cada vez que estaba en su habitación y en el que oía nada más que alemán y en los programas noticiosos se sentaba frente al aparato e iba repitiendo las palabras del locutor, tratando de reproducir cada sonido y cada inflexión de la voz. Lo mismo hacía cuando veía televisión con sus compañeros en el aparato comunal. Gracias a estas costumbres suyas que pronto fueron conocidas de todos, en esos primeros meses Eduardo adquirió fama de loco, pero esto no le hizo desistir de sus propósitos.


-Ande yo caliente, ríase la gente- solía decir.


De este modo, el loco fue aprendiendo el idioma, más y más rápido que sus compañeros y más rápidamente de lo que se esperaba de los estudiantes en general. En poco tiempo fue transferido a un grupo más avanzado, del que a su vez sería más tarde transferido otra vez, terminando de de ese modo los estudios de alemán requeridos en la mitad del tiempo previsto.

jueves, julio 19, 2007

California, here I come (parte 1)

En la segunda mitad del año 84 se apareció de repente mi primo Eduardo a visitarme. Su visita me tomó de sorpresa pues lo último que yo había sabido de él era que algunos años antes se había ido becado a la República Democrática Alemana (RDA) para estudiar Economía Política, una carrera que había sido su sueño desde que estudiabamos derecho en León en 1978 y leíamos a hurtadillas el manual de Economía Política de P. Nikitin, entre otros textos prohibidos que de haber sido descubiertos leyéndolos habríamos terminado en la cárcel.

Eduardo había nacido en el seno de una familia muy pobre y quería sobresalir para ayudar a su gente, a su madre sobre todo, que hacía innumerables sacrificios para empujar a su hijo hacia arriba. La pobreza lo angustiaba y quería ser rico y poderoso. Se había trazado metas muy lejanas y desde muy jovencito trabajaba a su manera para alcanzarlas. Se veía a sí mismo ocupando altos cargos y haciendo carrera política y en realidad tenía lo que se necesita para destacarse: era inteligente, manipulador y buen hablador y no iba a detenerse ante nada para lograr sus objetivos.

En el río revuelto de los últimos días de la dictadura de Somoza, Eduardo se encontraba en Costa Rica y sin haber disparado ni un solo tiro entró con las tropas victoriosas desde el Frente Sur armado de un fusil Galil, que en aquellos momentos era un simbolo de status, llevado sólo por los jefes. De mi abuelo paterno, bisabuelo de Eduardo, había éste heredado una espesa barba cerrada que se había dejado crecer en las últimas semanas. Vestía un uniforme verde olivo de los recuperados a la oficialidad del derrotado ejército somocista y caminaba erguido y con paso firme, dándole órdenes al grupito de soldados que le acompañaban, haciendo uso de su poderosa voz entrenada a diario en la ducha y de sus poses ensayadas frente al espejo incontables horas. Se veía mucho mayor que los diecinueve o veinte años que para entonces tendría y quien lo viera entonces y no lo conociera como yo lo conocía, le habría tomado por un jefe guerrillero recién salido de la montaña después de años de lucha.

Eduardo había hecho mucha observación, había aprendido a manejar las imágenes del poder y ahora utilizaba sus conocimientos a su favor. Sólo él y unos cuantos más sabíamos que la imagen que se había construido era hueca y en cualquier momento podía derrumbarse, así que cuando alguien con poder real le tomó simpatía y le preguntó qué le gustaría hacer ahora que la dictadura había terminado y ya no había necesidad de combatir, Eduardo le respondió que quería ir a estudiar para recuperar los años perdidos y a estudiar salió unos pocos meses más tarde, a finales de 1979 o comienzos de 1980, si mal no recuerdo.

-O vengo con mi doctorado o no vengo -me había dicho cuando nos despedimos y yo le creí, pues aunque mentía, fingía y engañaba para lograr sus propósitos, era también, extrañamente, un hombre de palabra.