miércoles, enero 10, 2007

Ser sin rumbo cierto [parte 4]

El motorista, el entenado y los amigos de éste desayunaron con gran apetito, contentos todos de que las cosas empezaban a andar por el buen rumbo. Antes de las ocho estaban ya trabajando enérgicamente, desarmando el motor y secando y limpiando cada pieza con pedazos de tela vieja. La novia del motorista sacó una caja con herramientas nuevecitas, que su difunto marido había recibido una vez como prenda de un préstamo que nunca le pagaron y a eso de las nueve el motor estaba ya completamente desarmado, con todas sus piezas colocadas ordenadamente sobre una lona enorme que alguien, alguna vez, había dejado olvidada y que de vez en cuando servía para algo útil. El motorista miró las piezas desconsoladamente pues le faltaba gasolina para limpiarlas y lubricante para armar de nuevo el motor así que mandó parar el trabajo y despachó a los muchachos a bañarse al río, pues por el momento ya no había nada más que hacer. Se sentó tristemente en una hamaca a pensar qué hacer y un momento después se quedó dormido.

A eso de las nueve y media llegó Milunch con sus muchachos, resoplando como caballos viejos, sudorosos, cansados y contentos de haber llegado y de encontrar al motorista. Habían caminado como si los hubiesen ido persiguiendo y sólo habían parado una vez para comer unos pescados secos y salados y unas tortillas que el guía había llevado consigo. Estábamos a mediados de un verano mucho más caliente de lo normal, el terreno estaba seco y los ríos llevaban poca agua y esto les había permitido avanzar a gran velocidad. El guía, que no entendía la prisa de los muchachos intentó andar al paso brutal que éstos llevaban y sólo pudo mantener el ritmo hasta las ocho. Los pescados y las tortillas fueron un recurso del guía para hacer detenerse a los muchachos y poder descansar, pero éstos comieron rápidamente y en un momento estaban listos para reanudar la marcha. El guía, veinte años mayor que el mayor de los muchachos, les rogó lo disculparan por no seguir con ellos, les indicó la ruta a seguir, que de ahí en adelante era más simple que lo ya andado. Él continuaría aún la marcha pero a un paso más pausado. Los muchachos le agradecieron el favor de haberles guiado y los sabrosos pescados, le dieron la mano y se internaron de nuevo en el monte en la dirección que el cansado guía les indicara. Milunch, que iba a la cabeza, andaba con mucha seguridad, como si conociera el lugar y lo transitara cada día. En esa última hora y media sólo se detuvieron dos veces, muy rápidamente y sin sentarse, para mirar la brújula y consultar el mapa que yo me había robado en el puesto de mando de La Gateada y le había prestado a Milunch con la condición de no decir jamás de donde lo había sacado.

La gasolina y el lubricante que se necesitaban para poner a punto el motor fueron surgiendo de las mochilas de los muchachos y con cada cosa que sacaban el motorista se reía, contento. A eso de las doce el motor estaba ya limpio, lubricado, puesto en el bote, atado y listo para arrancar. El motorista lo encendió al segundo intento, suspirando aliviado, pues sucede con frecuencia que un motor que cae al agua se arruina por completo y no vuelve nunca a arrancar.

—Hasta suena mejor que antes —dijo el motorista, dándole gas al motor para escucharlo funcionar—. Ya vengo —añadió luego— alístense para salir.

El motorista cruzó el río con el motor andando al mínimo. Al otro lado se veía la figura de un hombre llegando al borde del agua y sentándose en el tronco de un árbol caído. Se trataba seguramente del viejo sajurín que le había dicho como encontrar el motor.

El motorista bajó de la lancha y le extendió la mano al viejo, quien dio la suya al motorista a la usanza de los campesinos del Pacífico, sin apretar casi. La mano del viejo era flaca, seca y liviana y pareció crujir con el fuerte apretón del motorista.

—Albert Withaker, para servirle —dijo el motorista.

—Alfonso Pérez, a sus órdenes —dijo el viejo— venga, siéntese y descanse.

—Le estoy muy agradecido, amigo —habló de nuevo el motorista, sentándose a un metro de distancia del viejo, sobre el mismo, enorme tronco .

—Me alegro de haberle servido en algo —dijo el viejo y sin darle tiempo a responder continuó hablando—. Anoche hablé con Charlie Withaker, ¿Lo conoció usted?

—Claro que sí, era mi padre, muerto hace ya cinco años.

—Pues déjeme decirle que según él me dijo, era más bien su padre putativo. Parece que el que lo engendró a usted fue más bien otro varón y que Charlie se juntó con la mamá de usted cuando ella estaba embarazada y lo aceptó a usted como a su propio hijo.

El motorista se quedó quieto, mirando extrañado al viejo, como si éste le hubiera hablado en un idioma desconocido. Al fin, después de un largo tiempo en que pareció haber asimilado las palabras, volvió a hablar.

—No puede ser —el motorista se sintió mareado— si hasta me parezco mucho a él, me parezco más que mis hermanos menores, que son hijos de él. ¿O tampoco son de él?

—Como no, esos son hijos de su sangre. Tu mamá nunca volvió a tener otro hombre más que Charlie. Pero si ellos son hijos de su sangre, vos sos hijo de su cariño y según me dijo Charlie, él siempre te trató como a su hijo de sangre.

—Así es, mi padre fue un gran hombre y me trató siempre con mucho cariño, con más cariño quizás que el que le dio a mis hermanos menores. Pero sigo con la pregunta: ¿Cómo es que me parezco tanto a él?

—Eso yo no lo sé, maravillas de la naturaleza deben ser —el viejo levantó los hombros y miró hacia el piso para proteger los ojos del implacable sol del mediodía—, lo que yo si sé es que Withaker se tomó un gran trabajo para venir a pedirme que te dijera esto. Me pidió que te lo dijera y que te dijera que buscaras a tu padre de sangre pues un hombre tiene que conocer de donde viene para saber adónde ir.

—¿Y por qué no me lo dijo cuando vivía?

—Dice que él siempre quiso decírtelo pero tu madre nunca lo dejó hacerlo y él no quiso ir contra la voluntad de tu madre porque en éste caso ella tenía más que decir que él mismo. Todavía un poco antes de morir quiso decírtelo pero le faltó la fuerza y se tuvo que ir sin poder contártelo. Desde entonces ha estado buscando la manera de comunicarse con vos y es hasta ahora que la encuentra.

—No me creo este cuento suyo —dijo el motorista—, no tiene sentido.

—No es cuento mío ni tenés que creer nada —el viejo estaba acostumbrado a esta reacción en la gente que oía cosas que no deseaba oír—, pero es mejor que no echés lo que te digo en saco roto. Si yo fuera vos haría mis propias averiguaciones.

—Pues a lo mejor sigo su consejo y averiguo por mí mismo. Lo primero que voy a hacer será preguntarle a mi madre que de seguro a estas alturas no me va a mentir. ¿Le dio mi padre el nombre del hombre que según dice usted fue el que me engendró?

—Se llama Pablo Salazar, un hombre muy conocido en Chinandega, hombre importante, cualquiera de por aquellos rumbos podrá decirte su dirección.

—¿Un español? —el motorista soltó una risita— Pero si yo soy más negro que el carbón.

—Según me dijo Withaker es un hombre de piel oscura, no negro de raza, sólo de piel, no todos los del Pacífico son blancos.

—A lo mejor voy y lo busco —dijo el motorista.

—No sería malo que hicieras un viaje por allá, no tenés nada que perder —el viejo se quedó callado después de esta frase, como adormecido.

—Ya me tengo que ir amigo —el motorista pensó que la conversación había terminado e hizo ademán de ponerse en pie— en el Tortuguero me están esperando desde hace ya tres días. De seguro que el médico me va a correr.

—Esperate —dijo el viejo— que todavía no te he contado todo y no te he contado lo más importante. Si Withaker se tomo todo este trabajo fue más bien para otra cosa que esto que te he contado.

—A ver, cuénteme pues —el motorista se sentó de nuevo, intrigado.

—Withaker me dijo que tenés que regresar a Bluefields lo más pronto que podás, hoy mismo si es posible, pues tu mamá está grave de muerte. Si querés despedirte de ella tenés que apurarte.

—¿Se va a morir?

—Yo hablo con los espíritus, no soy adivino y eso no lo sé yo ni lo sabía Withaker, pero de que está grave está grave. A lo mejor fallece, a lo mejor todavía no. Withaker quiere que le pidás que te cuente de tu padre de sangre.

—Pues hoy mismo me voy y hoy mismo hablo con ella de este asunto, si se pudiera —el motorista ahora sí se puso de pie y le extendió la mano al viejo—. Le vuelvo a agradecer amigo.

—Una última cosa —dijo el viejo y siguió hablando—. Withaker me pidió también que te dijera que de El Tortuguero tenés que llevar a Bluefields dos enfermos graves que si no viajan se mueren.

—Yo me los llevo, pierda cuidado. Nos vemos.

—Quien sabe, yo creo que ya no nos vemos, ya estoy viejo y pronto me muero.

—Usted no puede saber esto, usted es espiritista, no adivino —el motorista se rio de su propia broma.

—Eso se siente en los huesos —dijo el viejo.

El motorista se despidió de la novia, el entenado y de los amigos de éste y se fue con los soldados y el guía, que había llegado a las once. Iba despacio, pensando en las cosas que el viejo le había dicho y tratando de hilvanar una excusa para darle a su jefe, el médico del puesto de salud. Como no supo qué inventar decidió que no daría ninguna excusa y contaría las cosas tal y como habían ocurrido, pasara lo que pasara, así que le dio gas al motor para llegar más pronto.

En el Tortuguero no tuvo necesidad de excusarse. En el embarcadero estaba ya el médico, esperándolo para darle instrucciones y enviarlo de regreso a Bluefields.

—¿Entonces? —preguntó el médico.

—Se me cayó el motor y no podía hallarlo.

—Al mejor mono se le cae el zapote.

—O el motor —dijo el motorista.

—Alistate que vas para Bluefields, tenés que llevar un enfermo —dijo el médico.

—¿Uno?

—¿Cuántos querías? Sólo uno tengo.

—No, yo no sé, sólo pregunto —el motorista se sintió confundido pues el viejo le dijo que tenían que ser dos los enfermos que debía transportar.

—Que te vaya bien —dijo el médico, despidiéndose— y que no se te caiga el motor otra vez. Otra cosa, antes que se me olvide: me avisaron por radio que tu mamá está enferma, ojalá no sea nada grave. Si tenés que quedarte más tiempo no hay problema, en Bluefields me buscan otro motorista, avisame por la radio.

El motorista se fue con el flaquito estreñido y el sanitario como únicos pasajeros. Era casi media tarde, hora del baño vespertino, así que media compañía les dijo adiós desde el agua. El flaquito y el sanitario se veían felices aunque pusieran caras serias, el motorista iba con cara de entierro.

Con los días y de diversas fuentes fuimos reconstruyendo el viaje del flaquito y el sanitario. Supimos que a la mañana siguiente, en lugar de irse al hospital se habían ido al aeropuerto y se habían montado en un avión con rumbo a Managua, so pretexto de ir a buscar un buen médico. En el aeropuerto la madre y los hermanos del flaquito lo esperaban ya y lo llevaron rápidamente a su casa. Su madre, apagando una vela que ardía en la sala, le dio entonces un preparado a base de aceite de oliva y el flaquito se sentó de inmediato en el inodoro y ahí se quedó las siguientes dos horas, evacuando el vientre entre lamentos y sudores fríos y aunque cada cierto tiempo le bajaba la palanca al inodoro, un terrible tufo a animal muerto y frutas podridas que cuando llegaba a los ojos daba ganas de llorar se extendió por la casa y salió por las ventanas, invadiendo las casas vecinas y haciendo salir a las gentes a la calle como cuando hay temblor. Los exagerados que meses después visitaron al flaquito, contaron que aún para entonces se sentía en el aire un cierto olor desagradable que parecía provenir de las paredes, aunque la madre del flaquito había mandado a pintar toda la casa.

Dicen algunos entendidos a los que les he contado este episodio, que probablemente la madre del muchacho, preocupada por su pequeño, le había hecho la misma brujería que las mujeres celosas le aplican a sus maridos o amantes idos para hacerlos regresar. Mi padre, de gran experiencia en los asuntos amatorios, me contó alguna vez de hombres que él mismo había visto salir corriendo de regreso a sus casas, tropezando algunos, estrellándose contra las paredes otros, quebrándose las piernas otros más, para estar de regreso en sus casas antes incluso que se terminara de consumir la vela “trabajada” que sus mujeres abandonadas habían prendido para hacerles regresar. En el caso del muchacho, quizás por tratarse de un hijo y no de un amante, el hechizo había seguido otros caminos pero había tenido finalmente el resultado buscado.

El flaquito escapó pues de este modo a la terrible vida en El Tortuguero. El otro enfermo, el que debía haberse ido con el motorista aquella tarde, era Carlos el generoso, el que nos daba cobijo al pueta Mincho y a mí debajo de su enorme colcha. Ese miércoles que les cuento nadie sabía, ni siquera él mismo, que Carlos estaba gravemente enfermo y que en pocos días, en esa misma lancha, habría de salir él también con rumbo hacia Bluefields para ir a morirse a mitad de camino.

Pero este será el tema de mi próximo post.


7 comentarios:

Anónimo dijo...

Me estoy comiendo las uñas para leer la conclusion!---Dodgese@yahoo.com

Pedro el malo dijo...

Bueno, esta era en mis cuentas la conclusión, pero pensándolo bien aún no concluyo así que tendr;e que escribirla. Saludos

No te comás las uñas que es mala costumbre y después te huelen mal las manos.

Saludos

PEM

Natinat dijo...

Querido PEM:

Te agradezco tu cálida visita a mi rinconcito.

Me has dejado súper conmovida, tienes un gran corazón, pero no sólo eso sino que sabes interpretar el matiz intimo del mensaje, que agradable leerte, nunca nadie me había dejado un comentario tan articulado, tan resonante con mi sentir, tan mágicamente primoroso. Que ingenioso preámbulo para realzar la intensidad de tu acuciante percepción. Casi me has hecho llorar amigo mío, justo apenas 48 horas antes la esperanza de encontrar el cáliz donde abrevar y hacerme de un poco de agua para calmar mi sed se ha extinguido. Sus últimas palabras fueron estas “…lamento no poder complacerte

Gracias, grandísimas gracias por darme ánimo, gracias por tus palabras tan dicentes y tan ciertas.

Lei tu exquisito relato, que maravillosa manera de narrar tienes, un verdadero deleite que me ha dejado con ganas de maasss

Te dejo un beso con mucho cariño

Natinat

PD: Gracias por el link, desde hoy mismo tu blog forma ya parte de mis enlaces.

Isa dijo...

Cómo me gusta tu narrativa. Tus palabras e ideas fluyen tan suavecitas que a veces se me olvida que estoy leyendo. Sos excelente Pedro, es un honor conocerte y tenerte como amigo aunque sea cibernético.

(Yo quiero escribir como vos cuando sea grande)

Un abrazo

Sirena dijo...

Escribes realmente bien, me imagino que ya te lo habrán dicho. Los textos, a pesar de lo largos que son, no se hacen pesados, al contrario, es un gusto leerlos. Enhorabuena. Abrazos y cariños.

Teculio dijo...

Un saludo desde el sureste mexicano

Que buen hallzco ha sido dar con tu página. Te estaré letendo amigo

Un abrazo del indio

Jiñocuago

Pedro el malo dijo...

Isa, amiga

Cada vez que pasás por este mi humilde bloguito queda flotando en el aire un olor a frescor, como cuando en mi pueblo llueve de mañanita.

Te agradezco tus cariñosas palabras, amigables como las que me escribiste allá, en el segundo post, cuando este blog flaquito y feíto andaba colgando aún su ombligo de recién parido y yo no tenía idea de si el blog viviría o hasta ahí llegaría. "Seguí adelante" me dijiste, y yo seguí escribiendo para seguir atormentando a mis lectores. Y seguí escribiendo también porque cuando fuera grande quería tener un blog como el tuyo. Vamos a ver, quizás un día lo logro.

Bienvenida Sirena, es un gran placer verte por acá, espero que visitarme se te haga una costumbre. Te agradezco tu amable comentario y sí, es cierto, tenés razón: mis textos son muy largos y aunqe me pongo límites los estiro y los encojo según sea el clima ese día. No soy muy disciplinado y como esto de escribir estas cosas me produce un gran placer no sé cuando detenerme. Quizás debería escribir más corto y más frecuente. Vamos a ver. Este año me he puesto como meta mejorar en esto de escribir pues cada vez viene más gente a leer y no quiero mandarla de regreso con un mal sabor en la boca. Quiero escribir bonito, vamos a ver si lo consigo. Bienvenido pues tu comentario y los que le sigan.

Bienvenido Jiñocuago, espero que esta mi página sea realmente un buen hallazgo. Espero tus visitas.

En la edición de aniversario que enpezaré a preparar en unos días les contaré por qué y para qué escribo este blog y les contaré de nuevo (pues creo que ya lo dije antes) para quienes es que lo escribo en realidad.

Un gran abrazo

PEM