miércoles, febrero 21, 2007

Ser sin rumbo cierto [parte 7 y ahora sí, final]

A la mañana siguiente, cuando aún estaba oscuro, alguien vino a sacudirme ligeramente para despertarme. En la oscuridad reconocí la figura del jefe de mi pelotón.

—Levantate —me dijo en un susurro— y no hagás ruido, alistate para salir, con todo tu equipo. Te espero allá abajo en cinco minutos.

Jamás he podido estar listo en cinco minutos y esta vez no fue la excepción, aunque me moví a toda la velocidad que me es posible moverme. Quitarme una de las dos mudadas, ponerme las botas sin calcetines, atar éstas, apretarme el cinturón, ponerme la pechera con los magazines, ponerme la gorra, echarme a la espalda la mochila y luego el AK-47 y colgarme al hombro el lanzacohetes LAW me tomó diez minutos, por increíble que a usted le parezca. Nací con un gen equivocado y se me pasea el alma por el cuerpo. Cuando llegué “allá abajo” que era un punto a unas setenticinco varas de la escuelita, a un nivel un poco más bajo, todo el mundo estaba en fila india, listo para partir.

—Te tardás más que una puta —me dijo el jefe de pelotón irritado, cuando al fin llegué— estás atrasando.

—¿Qué, tenés una cita con el ginecólogo acaso que tenés tanta prisa? —mi humor mañanero me hace gracioso a veces.

—Tu madre —el jefe de pelotón había amanecido de mal humor así que mejor me quedé callado en aras de mantener la paz.

—Tomá —me dijo de mala gana, y me extendió la bolsa plástica con avena en polvo, galletas, ázucar, alguna lata de salchichas y otras chucherías que siempre llevaban los que iban al monte por largo tiempo, a poner una emboscada o a perseguir al enemigo. No tenía muchas ganas de salir al monte por mucho tiempo pero no tenía escapatoria.

Empezamos a andar con mucha dificultad, la lluvia acababa apenas de parar y nos hundíamos en el lodo hasta cerca de la rodilla. Cuando empezó a clarear sudábamos ya copiosamente. Con las primeras luces fui reconociendo a mis compañeros. Éramos diez hombres escogidos entre todas las escuadras, dirigidos por el teniente primero que había venido a reemplazar al teniente que nos había traído a El Tortuguero. Ahí íbamos los más fuertes, los más ágiles, los mejores tiradores, los mejores andadores y yo, que no era nada de esto, pero sabía leer inglés y gracias a eso entendía las instrucciones para disparar el único lanzacohetes que teníamos, escritas a un lado del arma, así que cada vez que a alguien se le ocurría que había que llevar el lanzacohetes me llevaban a mí, quisiera yo o no quisiera. El hecho de saber —teóricamente al menos— manejar esta arma, por lo demás inútil en esas condiciones, me daba cierto status pero me acarreaba también obligaciones. Ahora ibamos, como supe más tarde, a buscar un grupo de gente que se movía por la zona de manera sospechosa, según decía un informante que había llegado a nuestro campamento la noche anterior, un poco antes de empezar la lluvia.
Caminamos sin detenernos para nada y llegar a nuestro destino, que en un camino seco a lo sumo nos habría tomado dos horas, nos tomó esta vez casi cinco larguísimas horas. Cuando pasó la lluvia el calor parecía haber regresado con más fuerza, el sol nos golpeaba sin piedad y la evaporación ponía el ambiente húmedo y pesado. El lodo, al irse secando casi a la misma velocidad que se había formado, adquiría la consistencia de una melcocha —o de goma de mascar para que me entienda usted mejor. Las botas se nos quedaban pegadas en el lodo y el esfuerzo que hacíamos al sacarlas nos tenía ya los músculos adoloridos. Apenas llegados empezamos el viaje de regreso, pues los sospechosos era un grupo de ingenieros forestales y alumnos de la universidad, que hacían una investigación del estado del bosque en la zona y que andaban todos los documentos habidos y por haber para comprobarlo.

Al regreso, que fue más suave que la ida, paramos un par de horas al mediodía para comer y hacer una siesta. El nuevo jefe era un hombre muy razonable que trataba bien a los soldados cuando había la oportunidad, así que puso a un par de voluntarios a hacer la guardia en cada extremo de la columna mientras el resto, él mismo incluido, roncaba debajo de los árboles.

A eso de las cinco estábamos de regreso y nos fuimos directo al río para bañarnos y ponernos ropa limpia. En el río escuché la noticia que el médico había a enviado a Carlos en la lancha hacia Bluefields esa mañana, cerca ya del mediodía, acompañado de Francine. Uno de los muchachos, que lo había visto partir, contó que se veía muy mal y que iba convulsionando, acostado en un colchón.

Al oscurecer, el médico mandó llamar al jefe de compañía y le dio la triste noticia: Carlos había muerto un poco antes de llegar a Bluefields y le iban a practicar una autopsia para saber de cierto qué lo había matado. Mandó recoger todas las pertenencias de Carlos, la colcha incluida, ponerlas en una bolsa plástica y llevarla al puesto de salud pues se sospechaba que podía ser una enfermedad contagiosa.

La reacción nuestra fue de asombro primero, seguida de enojo después. Nos asombraba que en tan poco tiempo Carlos hubiese pasado de estar saludable a estar muerto y nos enojaba que a nuestro parecer el médico no había hecho bien su trabajo. No podíamos creer que algo que parecía un resfrío común hubiese acabado con nuestro compañero. Estábamos tan bravos que el nuevo jefe mandó que toda la escuadra de Carlos dejara de hacer guardia esa noche. Temía quizás que a alguno de nosotros se nos fuera a ocurrir presentarnos al médico para pedirle cuentas. Mandó también poner un posta extra (siempre había uno por las noches) en el puesto de salud, cubierto por miembros de otro pelotón y ordenó a todo el mundo mantenerse alejado del puesto de salud. Esa noche nos costó mucho dormirnos y nos la pasamos hablando de Carlos, entristecidos. El poeta y yo que dormíamos junto a él éramos sus más cercanos compañeros y los que más tristes estábamos. Carlos era una excelente persona, buen amigo y gran compañero y no podíamos creer que hubiera muerto.

A la mañana siguiente casi toda la compañía estaba aún enojada y el teniente primero mandó inventar trabajo para mantenernos ocupados. Al mediodía llegó una lancha y a media tarde nos llamaron a formación. El teniente primero llegó al frente de la formación con algunas personas, entre las que se encontraba el médico del puesto de salud. Los otros eran Marta Medina, representante del ministerio de Salud en Bluefields, el secretario del FSLN en esa ciudad cuyo nombre he olvidado y un médico, que según creo fue quien había hecho la autopsia del cadáver de Carlos. Por largo rato se deshicieron en explicaciones. Nos contaron que a Carlos le había atacado una Meningitis Meningocóccica (creo que así se escribe), conocida también como meningitis cerebroespinal epidémica, que es un tipo de meningitis muy violento, que acaba con las personas en muy poco tiempo, a veces en cuestión de horas, y que en sus inicios es imposible de diferenciar de muchísimas otras enfermedades tropicales “más benignas” a menos que hayan habido casos recientes que hagan sospechar su existencia. Nos dijeron que la enfermedad debe ser tratada con poderosos antibióticos específicos apenas aparecidos los primeros síntomas y de no hacerse así cualquier acción posterior deja de tener sentido. Por todas estas razones, cuando en una zona aparece un brote de este tipo de meningitis, los primeros que la padecen se mueren casi siempre, para los que enferman después los médicos están mejor preparados y sin embargo muchos se mueren pues no todo enfermo responde bien al tratamiento.

Esto y más nos explicaron pero nosotros no éramos muy duchos en medicina y muchos de nosotros pensamos que lo único que este grupito había venido a hacer era a defender al médico del puesto de salud y a lavarse las manos. Luego de la exposición del grupito vino un período de preguntas y respuestas en el que algunos de nosotros hicimos agrios comentarios y nois quejamos de la jefatura de la compañía y de las pésimas condiciones sanitarias en las que nos encontrábamos. Al final todo el mundo quedó más tranquilo y con los días mejorarían también las condiciones sanitarias, la alimentación y en general la vida en el campamento.

Al poeta y a mí y a algunos otros que teníamos más cercanía con Carlos y compartíamos platos, cucharas o la famosa colcha con él se nos inyectó una fuerte dosis de antibióticos. La choza a la que Carlos se había ido a refugiar en sus últimos días fue incendiada junto con sus últimos enseres personales. Sus papeles, la ropa, y la famosa colcha bajo la que dormíamos el poeta, Carlos y yo, habían sido incinerados ya en el puesto de salud. Por suerte para el resto de nosotros la bacteria se había ido con Carlos y sus pertenencias.

Éramos todos jóvenes y los jóvenes se acostumbran rápidamente a todo así que en pocos días estuvimos recuperados de la tristeza que nos había ocasionado esta muerte que considerábamos inútil e injusta. Para mí en lo personal la muerte de Carlos fue un balde de agua fría arrojado en pleno rostro, que me hizo despertar a la triste realidad en la que nos encontrábamos. No me preocupaba mucho la muerte, y morir en combate defendiendo los ideales por los que me había movilizado me parecía una muerte indeseable pero aceptable al fin, gajes del oficio, mala suerte, pero morir como pendejo haciendo nada allá en el culo del mundo, no me atraía mucho. No teníamos nada que estar haciendo en El Tortuguero y si aún estábamos ahí era porque alguien en algún lugar había cometido un error y no estaba haciendo bien su trabajo. Morir en esas condiciones me parecía una muerte lastimosa, un desperdicio. Me dió tristeza pensar el dolor que le causaría mi muerte a mi familia así que decidí que me iría en pocos días y empecé calladamente a planear la manera de salir de ese criadero de zancudos. Unos cuantos días después yo también subiría en la lancha y partiría hacia Bluefields muy enfermo, la boca cubierta con un pañuelo blanco manchado de sangre y flema, tosiendo como un perro, padeciendo un ataque de tuberculosis que ya puesto en Managua se me habría de curar gracias a un milagro más de Jesús de Rescate, el santo de Popoyuapa que siempre le oye a mi madre y le ha hecho ya multitud de milagros. De ese modo, que ya les contaré después en todos sus detalles, escaparía yo también de aquella vidita de mierda en la que habíamos venido a caer. La muerte de Carlos el generoso me había servido para recapacitar y empezar a tratar de reencontrar el rumbo de la vida mía. Fue el inicio de un proceso que aún me ocuparía un buen tiempo, pero de eso les contaré en otra ocasión.

martes, febrero 20, 2007

Ser sin rumbo cierto [parte 6 y casi casi final]

[Dedicado a Isa, buena amiga, maestra bloguera y, para mi honra, parroquiana de este blog]

Así nos quedamos, quietos, asustados, con el pelo parado, tendidos en el suelo por largo rato, sin saber qué hacer y sin saber qué cosa, humana o divina, había causado la explosión. Cuando fue claro que no se trataba de un ataque armado que los inexistentes contras nos estuvieran haciendo, nos incorporamos y empezamos a hacer conjeturas en las que cada cual mostró tanto su ignorancia como sus conocimientos. Alguien prendió un aparato de radio y escuchamos a los locutores de las emisoras de Managua relatando histéricos el pánico que allá cundía en la población a causa de las “explosiones de origen desconocido” que se habían escuchado a lo largo y ancho de la capital y en otros puntos del país. Igual que nosotros, los radioperiodistas mostraban también su enorme ignorancia, sólo que ellos hacían sus especulaciones a los cuatro vientos, para que todo el mundo los oyera. En su histerismo, su gritería y su correr de aquí para allá como una gallina que busca sus pollitos, quedó en evidencia la poca preparación que los medios tenían para enfrentar una emergencia.

Allá en la compañía nuestra, después de un rato de plática en la que el “grupo de los intelectuales” asumió de manera natural y sin oposición el liderazgo de la tropa, concluímos —y la conclusión era correcta como se vería después— que el ruido era el de un avión rompiendo la barrera del sonido y volando sobre el espacio aéreo nicaragüense. Como nuestra fuerza aérea no tenía aviones supersónicos, que nosotros supiéramos, concluimos que se trataba o bien de un avión yanqui o bien de uno hondureño que quién sabe qué cosa andaría haciendo. Por la noche sabríamos, por medio de la radio, que se trataba de un SR21, el avión espía estadounidense, conocido como “pájaro negro” haciendo vuelos de reconocimiento sobre nuestro territorio.

Hechas esas conclusiones, de vuelta la calma en el campamento y regresado el liderazgo formal a los muchachos sandinistas, desaparecidos cuando se presentó la pequeña crisis, regresamos prontamente a nuestra ocupación de ese día, que era vencer el calor, que a causa de nuestra agitación nos pareció ahora más intenso. El episodio todo había durado menos de una hora, aún habría luz natural un par de horas más así que me recosté en la hamaca y me puse a leer a Neruda. Pensé leer unas cuantas páginas nada más y luego ir a bañarme al río, pero un momento después estaba roncando, soñando que hacía el amor con Isabel —un viejo amor del que más adelante les contaré— en una playa que en mi sueño identifiqué como Gigante, mientras de alguna parte salía una voz conocida que declamaba “...y las miro lejanas, mis palabras, más que mías son tuyas, van creciendo en mi viejo dolor como las hiedras...”. Era la voz del trompudo Novoa, que se había puesto a leer mi libro un momento antes de sacudirme para despertarme.

—Trompudo hijuelamadre, me despertaste en lo mejor —con desgana me incorporé en la hamaca— ¿Qué fue?

—Carlos está bien jodido, vení ve, creo que hay que llevarlo al doctor. El trompudo salió caminando y yo lo seguí. A unas setenta y cinco varas de la escuelita había un ranchito de paja en el que desde hacía unos días dormía una de las escuadras. Carlos se había ido para allá a pasar el calor. Cuando llegamos Carlos estaba vomitando, apoyándose en el poeta y en uno de los sanitarios. Tenía un vómito líquido pues en los últimos días casi no había comido y se la pasaba bebiendo agua nada más. Junto con el agua vomitaba también una sustancia verdosa. Se veía mal, débil, mareado y con la mirada pérdida, como si hubiera estado borracho. Tenía una fiebre muy alta y tiritaba en el intenso calor. Decidimos llevarlo al doctor así que lo subimos en una hamaca que colgamos a una vara de bambú que el trompudo y yo agarramos por los extremos. El poeta y el sanitario fueron caminando uno a cada lado de la hamaca, para frenar el bamboleo. El sanitario le aplicaba paños de agua “fría” para bajarle la fiebre.

El médico lo examinó a fondo y esta vez chequeó también el reflejo de la pupila y le hizo seguir su dedo con la mirada mientras lo movía de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha. Lo mandó cerrar los ojos y tocar su nariz con el dedo índice pero Carlos no encontró su nariz y se clavó el dedo en un ojo. El médico mandó dejarlo en observación en el puesto de salud así que lo pusimos en una cama y lo dejamos al cuidado de Francine, la amable y simpática enfermera blufileña.

Cuando salimos le pedimos al médico un diagnóstico y no pudo dárnoslo. Los síntomas, nos dijo, eran los mismos de un montón de enfermedades virales que usualmente se curaban solas, lo único que no le gustaba era que los signos neurológicos no andaban bien, pero eso también solía ocurrir a veces cuando la fiebre era muy alta y el enfermo estaba debilitado. Iba a vigilar la fiebre y si ésta continuaba empezaría a darle antibióticos. Apenas nos fuéramos nosotros y lo dejáramos hacer su trabajo, le aplicaría un suero para evitar la deshidratación y le ofrecería alimento pues Carlos parecía desnutrido.

Al dejar el puesto de salud para regresar al campamento era ya noche cerrada y el calor continuaba aún, sin dar señales de querer bajar. El cielo, usualmente estrellado en esta época del año, se veía negro, pues poco a poco se había ido nublando.

—Va a llover —dijo el trompudo Novoa, que sabía de estas cosas porque era de Río San Juan, donde llueve con mucha frecuencia.

—Pues no sería malo —dijo el sanitario—, así se calma este calor infernal.

Nadie había tenido ánimos para prender los candiles, así que cuando llegamos, el campamento estaba completamente a oscuras. Nadie había cocinado pero eso no fue un problema pues con el calor nadie quería comer, excepción hecha del compañero a quien llamábamos “el chaca”, que al empezar la movilización era un gordo sonrosado y sonriente y ahora, después de bajar quien sabe cuántas libras estaba pasando poco a poco a formar parte del grupo de los flacos. “El chaca”, de quién más adelante les contaré en detalle, era un gran compañero, el lider indiscutible del “grupo de los intelectuales”, un personaje muy respetado y querido por la tropa, serio cuando había que serlo y jodedor y bromista el resto del tiempo. El mismo era el blanco de muchas bromas, relacionadas sobre todo a su insaciable apetito. Esa tarde su claridad de pensamiento le había dado calma a la tropa, pero eso le había costado seguramente mucha energía pues ahora tenía más hambre que otros días. Lo encontré sentado a la puerta del aula donde dormíamos, serio, pensativo, ojeroso y triste. Se miraba desolado y vulnerable, como si hubiese estado a punto de romper en llanto. Yo metí la mano en mi mochila —que siempre llevaba conmigo— y saqué una lata de estofado ruso, una de dos que me había robado en el puesto de salud en un descuido del médico y se la extendí a “el chaca”.

—Tomá, aquí te manda Francine —mentí y los ojos de “el chaca” se iluminaron—, para que te acordés de ella.

—Jamás la voy a olvidar —dijo “el chaca”, feliz con la lata de estofado, como un alcoholico con su botella de licor— esa mujer es una belleza, un amor, tronco de hembra.

El resto de los muchachos estaba tendido por aquí y por allá, cada cual en su sitio, procurando conciliar el sueño para acabar de una vez con ese día terrible. Nadie hablaba mucho y nadie hacía bromas. Yo me fui a acostar a mi hamaca, que había colgado esa tarde entre dos jícaros sabaneros y en un momento me quedé dormido. A las ocho de la noche el clima volvió a ocupar el centro de nuestra atención. A esa hora empezó una rayería intensa, como esas sartas de bombas que en mi pueblo llaman “cargas cerradas” que se hacen explotar en las fiestas religiosas y son una sucesión interminable de ensordecedoras explosiones. No hubo transición entre la quietud y la tormenta y ésta se dejó venir con toda su fuerza, haciendo que se nos saliera el alma del cuerpo por segunda vez en ese día malcriado.

Con el primer rayo de la tormenta, que por la luminosidad y el estruendo parecía haber caído directamente sobre nosotros, me caí de la hamaca aún dormido y enterré la cara en el polvo. Estaba desorientado y al querer correr, mis piernas se enredaron en la hamaca y caí de nuevo, golpeándome la cabeza contra el suelo. Me senté, ya completamente despierto, reubicado en el mundo y recuperado el control. Me reí entonces de mí mismo y mi cómica condición y volví a acostarme en la hamaca, feliz de la vida. Cualquiera que me hubiese visto pensaría que estaba loco, y a lo mejor lo estaba. Me quité la ropa y la metí en una bolsa plástica para que no se mojara y me puse a esperar la lluvia y a admirar los rayos, que dibujaban increíbles figuras en el oscuro cielo. Me encantaba la lluvia y por aquellos años uno de mis placeres más intensos era bañarme en la primera lluvia del invierno, a la hora que fuese que cayese y aún ahora, cada vez que puedo salgo a bañarme en la lluvia. Los rayos, me había enseñado alguna de mis seis hermanas o quizás mi hermano mayor cuando era yo pequeñito, no son cosas de temer, pues si los podés ver y oir ya pasaron y si te caen encima no te vas a dar cuenta. Si hay una buena forma de morir, esta sería, me habían dicho y yo me lo había creído. Al poco rato empezó a llover y aunque estábamos en la parte más árida de la estación seca, llovió de un modo muy violento, como llueve sólo a veces en la estación lluviosa. Varios de los muchachos salieron a bañarse en la lluvia, cantando y saltando como niños, disfrutando de uno de los pocos placeres que en aquella vidita de mierda podíamos tener. La lluvia, fresca alprincipio, se volvió más tarde fría. Cuando empezé a tiritar me metí al aula, me sequé, me puse dos mudadas de ropa contra el frío —Carlos no se había llevado su colcha pero ésta estaba aún empapada de sudor— y me eché a dormir en el primer lugar libre que encontré. El ruido de la lluvia en el techo de zinc me hizo dormir de inmediato.

martes, febrero 13, 2007

Ser sin rumbo cierto (parte 5, casi final)

Los días que siguieron a la partida del flaquito y el sanitario fueron días cambiantes, muy extraños, tanto que los más supersticiosos de entre nosotros creyeron ver en la variabilidad del clima el presagio de algo terrible que en cualquier momento habría de ocurrir. El primer signo fue un viento muy fuerte que empezó a la medianoche de ese miércoles y que se quedó estacionado por larguísimas horas sobre el poblado, sacudiendo los techos, haciendo crujir las casas en sus cimientos y arrastrando consigo las últimas gallinas, que hasta entonces habían sobrevivido estoicamente a la pobreza, el moquillo, la morriña y un grupo de hambrientos soldados reservistas, pero que nada pudieron hacer frente a la naturaleza embravecida que las arrancó de los árboles que les servían de dormitorio y se las llevó en cuerpo y alma sabrá dios hacia donde.

Como les habré dicho ya, nosotros dormíamos en la escuela del pobladito, que contaba con un edificio de dos aulas y un edificio anexo que servía de cocina y despensa. Esa noche, cada vez que el viento soplaba en una cierta dirección y cruzaba con cierta fuerza el espacio entre las dos edificaciones, se dejaba oír un ruido que era como un gemido muy largo y sostenido que te llenaba de tristeza y te hacía recordar tus años de infancia y aquellos terroríficos cuentos de camino que los mayores les cuentan a los niños para que se vayan temprano a la cama, se queden quietos y se duerman. Cuando el viento amainaba en esa dirección y soplaba desde otro ángulo, cesaba el gemido para dar paso a una especie de aullido que congelaba la sangre en las venas de los más miedosos de entre nosotros y hacía que un cosquilleo helado te subiera por el espinazo hasta la nuca y se te pusieran los pelos de punta. El pueta Mincho y yo que habíamos apenas regresado de donde la Goyita —que para entonces había reiniciado su producción de cususa— con un par de medias entre pecho y espalda, nos dedicamos a conversar en voz alta de cosas tétricas aprovechando la ocasión.

—Suena como el viento de la muerte —dijo el pueta Mincho en un tono de voz muy serio.

—¿Cómo es eso? —pregunté, dándole cancha a Mincho para que siguiera con la jodedera.

—A veces, cuando hay en una zona una gran aglomeración de almas que aún no llegan a su destino final, sopla este viento y cada vez que sopla se lleva a alguien, uno o más clientes. Así, igualito como ahora, con ese mismo gemido, sopló en mi barrio la noche que se murió mi abuela, que de la gracia de Dios disfrute. Este es un viento del otro mundo, que quien sabe cómo se filtra por alguna rendija a este mundo.

—Al otro mundo te voy a mandar si no te callás y te vas a dormir —dijo uno de los muchachos, que a esas horas de la noche y apenas terminada su posta, no tenía ya mucho sentido del humor.

—Dejalo que hable —dijo uno al que llamábamos Tarzán por su fortaleza caballuna— vos no querés oir porque sos ateo, pero eso que Mincho dice hasta puede ser cierto. Mi abuelo me contaba de este viento y decia que cuando soplaba era mejor no salir y quedarse quieto en la cama para que la muerte no te oiga y no te lleve.

—Pajas estás hablando, Tarzán, la muerte te va a llevar cuando te tiene que llevar, ni antes ni después y te podés esconder donde vos querrás y de donde estés te va a llegar a sacar, no hay vuelta de hoja —el que esto dijo fue uno de los muchachos que seguramente no creía en cuentos de camino, porque dicho estro se levantó y salió a orinar enmedio del ventarron.

El poeta Mincho y yo, mientras tanto, habíamos ido a acostarnos a nuestros lugares habituales, uno a cada lado de Carlos, nuestro compañero de escuadra, que hermanablemente nos dejaba usar los extremos de su inmensa colcha desde el día aquel que el pueta y yo tuvimos la genial idea de vender nuestras propias cobijas para comprar guaro, porque de todos modos —pensamos, sabiamente— en ese pueblo hacía mucho calor. En un momento estábamos plácidamente dormidos, roncando más ruidosamente que de costumbre, gracias al guarito de la Goyita y el adormecedor sonido del viento. Esta vez nadie se quejó de nuestros ronquidos pues los ruidos del viento lo acallaban todo.,

El segundo signo de que algo ocurriría fue la calma terrible que se dejó venir sobre nosotros la mañana siguiente, a las cuatro en punto. A esa hora el viento dejó abruptamente de soplar, como un abanico eléctrico que se desconecta de pronto. Paró y ya, de una vez, y se quedó quieto el mundo todo. El primero que lo notó fue Carlos, que se había pasado la noche en vela a causa de un dolor de cabeza espantoso que no lo había dejado en paz desde la mañana del día anterior. Carlos nos preguntó más de una vez si estábamos despiertos y al final le contestamos que sí y que dejara de joder y nos dejara dormir, pero no paró y siguió llamándonos.

—No se mueve ni una hoja —dijo, con una voz que denotaba extrañeza.

A Mincho y a mí nos costó trabajo despertarnos y sacar nuestras conciencias a flote desde la densa nebulosa del guaro de la Goyita, pero cuando al fin pudimos abrir los ojos a la oscuridad de ese pueblo perdido en la noche, entendimos el asombro de Carlos. Esta era una madrugada diferente de todas las anteriores hasta donde nos era posible recordar. El viento no soplaba, los pájaros no cantaban y no se escuchaba el habitual canto mañanero de los gallos que a lo mejor a esta hora estarían cantándole las mañanitas a Caifás. Nos despertamos a un mundo sin ruidos, apabullante, y nos entró temor.

—Va a haber terremoto —sentenció Mincho, serio.

El pueta no tenía que recurrir a sus artes adivinatorias para decir esto, pues desde el terremoto que acabó con Managua en 1972, que fue precedido por una ola de calor intenso y una enorme quietud, todo el mundo en Nicaragua asocia el calor y la quietud con los temblores de tierra. En realidad es cierto que tiembla cuando hace calor, pero es que es difícil que no sea así, pues en las zonas del país donde más tiembla casi siempre hace calor y con frecuencia deja de soplar el viento. Claro, también tiembla cuando no hace calor y cuando hay viento, pero esos casos no son tomados en consideración por la mitología popular o se consideran como la excepción que confirma la regla.

—En esta parte del país no hay temblores —–dije yo, tratando de regresar a mi sueño interrumpido— callémonos y durmámonos, hay que ahorrar energia.

Mi llamado fue en vano pues Carlos tenía ganas de platicar y haciendo caso omiso de nuestros llamados a seguir durmiendo nos fue metiendo plática hasta que logró envolvernos en su conversación. Se había pasado la noche luchando con el dolor de cabeza y apenas ahora empezaba a sentirse mejor. Empezó a hablar de cosas que ya nos había contado a cada cual por separado más de una vez pero que siempre le oíamos porque era demasiado buena gente para decirle que ya nos sabíamos el cuento.

Carlos había dejado de estudiar en su adolescencia y se había metido a obrero de la construcción para ayudar a su madre, que había enfermado y no podía trabajar más en su oficio de lavar y planchar ropa ajena. Cuando la madre mejoró al año siguiente y pudo seguir trabajando, él no regresó ya más al colegio y con cada año el regreso se hizo más difícil. Diez años más tarde, una muchacha dirigente zonal de la juventud sandinista con la que había hecho amistad, lo aconsejaría meterse a la escuela nocturna y estudiar en un año, los dos años que le faltaban de colegio. Él había seguido el consejo y el pasado diciembre había obtenido finalmente su diploma de secundaria.

Carlos estaba enamorado de aquella muchacha y cada vez que podía nos hablaba de ella. Le fascinaba por su amabilidad, su dulzura y su comprensión y él se sentía feliz de ser su amigo, sin aspirar a más pues él bien sabía que no podía ser de otro modo. Ella provenía de una familia bien y con todo y que había habido revolución, la sociedad nicaragüense seguía siendo muy clasista y a menos que fueras un obrero ascendido a comandante o con una buena posición en la nomenklatura, no tenías mucho chance con una niña “de sociedad”, por mucho que se dijera que todos éramos iguales. La frase “cada oveja con su pareja” seguía teniendo validez y como obrero palmado sólo podías aspirar a tener una compañera obrera y palmada.

Cuando su amor platónico le preguntó si quería afiliarse a la Juventud Sandinista, el brazo juvenil del partido, Carlos había dicho que sí y cuando le “orientó” enrolarse en el 3072, el batallón de reserva de la juventud, también dijo que sí y por eso estábamos el poeta y yo oyendo su historia en aquella madrugada triste.

Cerca ya de las cinco de la mañana a la quietud del ambiente se le vino a juntar el calor, el tercer signo de que algo terrible ocurriría y el segundo ingrediente para un terremoto en la mitología popular. Creo que estábamos a finales de marzo o comienzos de abril, los meses de la estación seca en que el calor se vuelve más intenso y como buenos managuas, habitantes de una ciudad ardiente, estábamos acostumbrados al calor, pero a ese calor que se nos vino encima ni siquiera la vida en Managua podía habernos preparado.

—¡Que calor! —dijo el trompudo Novoa, despertándose— seguro que soltaron al diablo.

—¿Es que acaso estaba amarrado? —preguntó Tarzán.

—Tarzán, Tarzán, tenés que estudiar más, el Papa lo maneja amarrado y encerrado en un cuarto especial, blindado y con paredes de plomo, que tiene en la basílica de San Pedro, allá en El Vaticano, eso lo sabe hasta mi sobrino de cinco años —dijo el trompudo Novoa, quitándose las últimas ropas que aún tenía puestas— y también sabe que cuando se suelta el diablo hace calor en todo el mundo.

—¿Y para qué lo suelta? —Tarzán quería llegar al fondo del asunto.

—A veces se suelta solo, a veces lo suelta el mismo Papa, eso es parte del negocio —el trompudo Novoa se iba poniendo impaciente pues no tenía mucho interés en continuar con esa conversación sin sentido con alguien que no entendía la broma.

—¿Cuál negocio? —insistió aún Tarzán.

—El negocio de la iglesia, por supuesto —dijo Milunch, relevando al trompudo, que suspiró aliviado— ¿No ves que si no hay un malo que propague el mal no puede haber un bueno que propague el bien? La iglesia necesita del mal para poder existir. Si el diablo se muriera se le acabaría el negocio a John Paul the second.

—¿Quién es ese? —Tarzán necesitaba desayunar para que el cerebro le funcionara.

—Hombre Tarzán, tienen razón los que te llaman ignorante, eso que oiste es Inglés. Nos vemos, buscate un traductor si querés hablar conmigo. Good bye, I go out —dijo Milunch, y se fue a orinar, dando la conversación por concluida.

Cuando el sol empezó a salir la temperatura subió más aún y fue subiendo más a medida que la mañana avanzaba. El poeta, Carlos y yo nos fuimos a bañar al río, antes que el día se pusiera más caliente y nuestro ejemplo fue seguido por un buen número de nuestros compañeros, que sin pedirle permiso a nadie se encaminaron al río, a tratar de esta manera de refrescarse. Carlos caminaba un poco raro y no podía girar la cabeza.

—Tengo un aire —dijo.

—No, lo que tenés es tortícolis —dije yo—, “aire” le dicen las viejas reumáticas, vos sos bachiller y si querés que la muchacha aquella te quiera tenés que ir hablando como se debe.

—Como sea —dijo Carlos— aire o mierdícolis, la verdad es que no puedo mover la nuca.

Al regreso del río le aconsejamos a Carlos pasar por el puesto de salud y dijo que eso haría. El poeta y yo lo acompañamos para asegurarnos que en realidad lo hiciera. El médico, un hombre jóven que yo había conocido en León unos años atrás cuando yo estudiaba derecho y el medicina, lo examinó detenidamente y le recetó acetaminofén para el dolor de cabeza y le recomendó descansar para aliviar la rigidez del cuello. La mañana estaba apenas empezando y el médico ya había atendido a varios pacientes con síntomas parecidos a los que Carlos presentaba.

El día nos lo pasamos buscando la mejor manera de aliviar el calor y observando a los demás ocupados en la misma tarea. Algunos ponían los pies en un balde de agua, otros se vestían a la usanza árabe, utilizando sábanas a manera de túnicas, otros como yo, colgaban sus hámacas, se desvestían y se echaban a procurar dormir, sin hacer nada más hasta que pasara el calor. A eso de las dos la temperatura alcanzó su punto culminante y ya nadie dijo nada más ni se movió más. Nos quedamos quietos, como las iguanas y hasta parpadear nos resultaba incómodo.

A las tres en punto escuchamos una enorme explosión que nos hizo tirarnos al suelo, asustados como conejos. El alma se nos salió del cuerpo y se fue para quién sabe dónde. Estábamos esperando un terremoto pero este no se presentó, en su lugar se había presentado un fenómeno del que se hablaría en todo el país por días enteros de ahí en adelante.