martes, febrero 13, 2007

Ser sin rumbo cierto (parte 5, casi final)

Los días que siguieron a la partida del flaquito y el sanitario fueron días cambiantes, muy extraños, tanto que los más supersticiosos de entre nosotros creyeron ver en la variabilidad del clima el presagio de algo terrible que en cualquier momento habría de ocurrir. El primer signo fue un viento muy fuerte que empezó a la medianoche de ese miércoles y que se quedó estacionado por larguísimas horas sobre el poblado, sacudiendo los techos, haciendo crujir las casas en sus cimientos y arrastrando consigo las últimas gallinas, que hasta entonces habían sobrevivido estoicamente a la pobreza, el moquillo, la morriña y un grupo de hambrientos soldados reservistas, pero que nada pudieron hacer frente a la naturaleza embravecida que las arrancó de los árboles que les servían de dormitorio y se las llevó en cuerpo y alma sabrá dios hacia donde.

Como les habré dicho ya, nosotros dormíamos en la escuela del pobladito, que contaba con un edificio de dos aulas y un edificio anexo que servía de cocina y despensa. Esa noche, cada vez que el viento soplaba en una cierta dirección y cruzaba con cierta fuerza el espacio entre las dos edificaciones, se dejaba oír un ruido que era como un gemido muy largo y sostenido que te llenaba de tristeza y te hacía recordar tus años de infancia y aquellos terroríficos cuentos de camino que los mayores les cuentan a los niños para que se vayan temprano a la cama, se queden quietos y se duerman. Cuando el viento amainaba en esa dirección y soplaba desde otro ángulo, cesaba el gemido para dar paso a una especie de aullido que congelaba la sangre en las venas de los más miedosos de entre nosotros y hacía que un cosquilleo helado te subiera por el espinazo hasta la nuca y se te pusieran los pelos de punta. El pueta Mincho y yo que habíamos apenas regresado de donde la Goyita —que para entonces había reiniciado su producción de cususa— con un par de medias entre pecho y espalda, nos dedicamos a conversar en voz alta de cosas tétricas aprovechando la ocasión.

—Suena como el viento de la muerte —dijo el pueta Mincho en un tono de voz muy serio.

—¿Cómo es eso? —pregunté, dándole cancha a Mincho para que siguiera con la jodedera.

—A veces, cuando hay en una zona una gran aglomeración de almas que aún no llegan a su destino final, sopla este viento y cada vez que sopla se lleva a alguien, uno o más clientes. Así, igualito como ahora, con ese mismo gemido, sopló en mi barrio la noche que se murió mi abuela, que de la gracia de Dios disfrute. Este es un viento del otro mundo, que quien sabe cómo se filtra por alguna rendija a este mundo.

—Al otro mundo te voy a mandar si no te callás y te vas a dormir —dijo uno de los muchachos, que a esas horas de la noche y apenas terminada su posta, no tenía ya mucho sentido del humor.

—Dejalo que hable —dijo uno al que llamábamos Tarzán por su fortaleza caballuna— vos no querés oir porque sos ateo, pero eso que Mincho dice hasta puede ser cierto. Mi abuelo me contaba de este viento y decia que cuando soplaba era mejor no salir y quedarse quieto en la cama para que la muerte no te oiga y no te lleve.

—Pajas estás hablando, Tarzán, la muerte te va a llevar cuando te tiene que llevar, ni antes ni después y te podés esconder donde vos querrás y de donde estés te va a llegar a sacar, no hay vuelta de hoja —el que esto dijo fue uno de los muchachos que seguramente no creía en cuentos de camino, porque dicho estro se levantó y salió a orinar enmedio del ventarron.

El poeta Mincho y yo, mientras tanto, habíamos ido a acostarnos a nuestros lugares habituales, uno a cada lado de Carlos, nuestro compañero de escuadra, que hermanablemente nos dejaba usar los extremos de su inmensa colcha desde el día aquel que el pueta y yo tuvimos la genial idea de vender nuestras propias cobijas para comprar guaro, porque de todos modos —pensamos, sabiamente— en ese pueblo hacía mucho calor. En un momento estábamos plácidamente dormidos, roncando más ruidosamente que de costumbre, gracias al guarito de la Goyita y el adormecedor sonido del viento. Esta vez nadie se quejó de nuestros ronquidos pues los ruidos del viento lo acallaban todo.,

El segundo signo de que algo ocurriría fue la calma terrible que se dejó venir sobre nosotros la mañana siguiente, a las cuatro en punto. A esa hora el viento dejó abruptamente de soplar, como un abanico eléctrico que se desconecta de pronto. Paró y ya, de una vez, y se quedó quieto el mundo todo. El primero que lo notó fue Carlos, que se había pasado la noche en vela a causa de un dolor de cabeza espantoso que no lo había dejado en paz desde la mañana del día anterior. Carlos nos preguntó más de una vez si estábamos despiertos y al final le contestamos que sí y que dejara de joder y nos dejara dormir, pero no paró y siguió llamándonos.

—No se mueve ni una hoja —dijo, con una voz que denotaba extrañeza.

A Mincho y a mí nos costó trabajo despertarnos y sacar nuestras conciencias a flote desde la densa nebulosa del guaro de la Goyita, pero cuando al fin pudimos abrir los ojos a la oscuridad de ese pueblo perdido en la noche, entendimos el asombro de Carlos. Esta era una madrugada diferente de todas las anteriores hasta donde nos era posible recordar. El viento no soplaba, los pájaros no cantaban y no se escuchaba el habitual canto mañanero de los gallos que a lo mejor a esta hora estarían cantándole las mañanitas a Caifás. Nos despertamos a un mundo sin ruidos, apabullante, y nos entró temor.

—Va a haber terremoto —sentenció Mincho, serio.

El pueta no tenía que recurrir a sus artes adivinatorias para decir esto, pues desde el terremoto que acabó con Managua en 1972, que fue precedido por una ola de calor intenso y una enorme quietud, todo el mundo en Nicaragua asocia el calor y la quietud con los temblores de tierra. En realidad es cierto que tiembla cuando hace calor, pero es que es difícil que no sea así, pues en las zonas del país donde más tiembla casi siempre hace calor y con frecuencia deja de soplar el viento. Claro, también tiembla cuando no hace calor y cuando hay viento, pero esos casos no son tomados en consideración por la mitología popular o se consideran como la excepción que confirma la regla.

—En esta parte del país no hay temblores —–dije yo, tratando de regresar a mi sueño interrumpido— callémonos y durmámonos, hay que ahorrar energia.

Mi llamado fue en vano pues Carlos tenía ganas de platicar y haciendo caso omiso de nuestros llamados a seguir durmiendo nos fue metiendo plática hasta que logró envolvernos en su conversación. Se había pasado la noche luchando con el dolor de cabeza y apenas ahora empezaba a sentirse mejor. Empezó a hablar de cosas que ya nos había contado a cada cual por separado más de una vez pero que siempre le oíamos porque era demasiado buena gente para decirle que ya nos sabíamos el cuento.

Carlos había dejado de estudiar en su adolescencia y se había metido a obrero de la construcción para ayudar a su madre, que había enfermado y no podía trabajar más en su oficio de lavar y planchar ropa ajena. Cuando la madre mejoró al año siguiente y pudo seguir trabajando, él no regresó ya más al colegio y con cada año el regreso se hizo más difícil. Diez años más tarde, una muchacha dirigente zonal de la juventud sandinista con la que había hecho amistad, lo aconsejaría meterse a la escuela nocturna y estudiar en un año, los dos años que le faltaban de colegio. Él había seguido el consejo y el pasado diciembre había obtenido finalmente su diploma de secundaria.

Carlos estaba enamorado de aquella muchacha y cada vez que podía nos hablaba de ella. Le fascinaba por su amabilidad, su dulzura y su comprensión y él se sentía feliz de ser su amigo, sin aspirar a más pues él bien sabía que no podía ser de otro modo. Ella provenía de una familia bien y con todo y que había habido revolución, la sociedad nicaragüense seguía siendo muy clasista y a menos que fueras un obrero ascendido a comandante o con una buena posición en la nomenklatura, no tenías mucho chance con una niña “de sociedad”, por mucho que se dijera que todos éramos iguales. La frase “cada oveja con su pareja” seguía teniendo validez y como obrero palmado sólo podías aspirar a tener una compañera obrera y palmada.

Cuando su amor platónico le preguntó si quería afiliarse a la Juventud Sandinista, el brazo juvenil del partido, Carlos había dicho que sí y cuando le “orientó” enrolarse en el 3072, el batallón de reserva de la juventud, también dijo que sí y por eso estábamos el poeta y yo oyendo su historia en aquella madrugada triste.

Cerca ya de las cinco de la mañana a la quietud del ambiente se le vino a juntar el calor, el tercer signo de que algo terrible ocurriría y el segundo ingrediente para un terremoto en la mitología popular. Creo que estábamos a finales de marzo o comienzos de abril, los meses de la estación seca en que el calor se vuelve más intenso y como buenos managuas, habitantes de una ciudad ardiente, estábamos acostumbrados al calor, pero a ese calor que se nos vino encima ni siquiera la vida en Managua podía habernos preparado.

—¡Que calor! —dijo el trompudo Novoa, despertándose— seguro que soltaron al diablo.

—¿Es que acaso estaba amarrado? —preguntó Tarzán.

—Tarzán, Tarzán, tenés que estudiar más, el Papa lo maneja amarrado y encerrado en un cuarto especial, blindado y con paredes de plomo, que tiene en la basílica de San Pedro, allá en El Vaticano, eso lo sabe hasta mi sobrino de cinco años —dijo el trompudo Novoa, quitándose las últimas ropas que aún tenía puestas— y también sabe que cuando se suelta el diablo hace calor en todo el mundo.

—¿Y para qué lo suelta? —Tarzán quería llegar al fondo del asunto.

—A veces se suelta solo, a veces lo suelta el mismo Papa, eso es parte del negocio —el trompudo Novoa se iba poniendo impaciente pues no tenía mucho interés en continuar con esa conversación sin sentido con alguien que no entendía la broma.

—¿Cuál negocio? —insistió aún Tarzán.

—El negocio de la iglesia, por supuesto —dijo Milunch, relevando al trompudo, que suspiró aliviado— ¿No ves que si no hay un malo que propague el mal no puede haber un bueno que propague el bien? La iglesia necesita del mal para poder existir. Si el diablo se muriera se le acabaría el negocio a John Paul the second.

—¿Quién es ese? —Tarzán necesitaba desayunar para que el cerebro le funcionara.

—Hombre Tarzán, tienen razón los que te llaman ignorante, eso que oiste es Inglés. Nos vemos, buscate un traductor si querés hablar conmigo. Good bye, I go out —dijo Milunch, y se fue a orinar, dando la conversación por concluida.

Cuando el sol empezó a salir la temperatura subió más aún y fue subiendo más a medida que la mañana avanzaba. El poeta, Carlos y yo nos fuimos a bañar al río, antes que el día se pusiera más caliente y nuestro ejemplo fue seguido por un buen número de nuestros compañeros, que sin pedirle permiso a nadie se encaminaron al río, a tratar de esta manera de refrescarse. Carlos caminaba un poco raro y no podía girar la cabeza.

—Tengo un aire —dijo.

—No, lo que tenés es tortícolis —dije yo—, “aire” le dicen las viejas reumáticas, vos sos bachiller y si querés que la muchacha aquella te quiera tenés que ir hablando como se debe.

—Como sea —dijo Carlos— aire o mierdícolis, la verdad es que no puedo mover la nuca.

Al regreso del río le aconsejamos a Carlos pasar por el puesto de salud y dijo que eso haría. El poeta y yo lo acompañamos para asegurarnos que en realidad lo hiciera. El médico, un hombre jóven que yo había conocido en León unos años atrás cuando yo estudiaba derecho y el medicina, lo examinó detenidamente y le recetó acetaminofén para el dolor de cabeza y le recomendó descansar para aliviar la rigidez del cuello. La mañana estaba apenas empezando y el médico ya había atendido a varios pacientes con síntomas parecidos a los que Carlos presentaba.

El día nos lo pasamos buscando la mejor manera de aliviar el calor y observando a los demás ocupados en la misma tarea. Algunos ponían los pies en un balde de agua, otros se vestían a la usanza árabe, utilizando sábanas a manera de túnicas, otros como yo, colgaban sus hámacas, se desvestían y se echaban a procurar dormir, sin hacer nada más hasta que pasara el calor. A eso de las dos la temperatura alcanzó su punto culminante y ya nadie dijo nada más ni se movió más. Nos quedamos quietos, como las iguanas y hasta parpadear nos resultaba incómodo.

A las tres en punto escuchamos una enorme explosión que nos hizo tirarnos al suelo, asustados como conejos. El alma se nos salió del cuerpo y se fue para quién sabe dónde. Estábamos esperando un terremoto pero este no se presentó, en su lugar se había presentado un fenómeno del que se hablaría en todo el país por días enteros de ahí en adelante.
 

5 comentarios:

Isa dijo...

¿Y cómo? Hasta en un mes me vas a seguir contando los hechos ocurridos esa noche? Nooo Pedro, vos si que sos malo!

Pedrito, amigo, esta historia está tan buena que yo quisiera enlazarla en algún lugarcito de mis cuentos...

Qué decís ¿Me dejás?

Había escuchado solo los cuentos de ese famoso fenómeno y estoy que me muero por saber...!

Un abrazote pinolero,

Pedro el malo dijo...

Isa, amiga

No, no vas a esperar un mes, aqui te dejo la continuación y mañana a más tardar el final.

Podés enlazar mis post como se te ocurra, es un favor que me hacés.

Un abrazo. Siempre me da gusto verte por aquí

PEM

Isabel dijo...

Gracias mi amigo!!

Acabo de leer tu mensajito, y en un ratito que regrese me siento con mi cafecito y unos picos ricos que me encontré en una "pulpería" nica aquí en Orlando a disfrutar la historia.

Gracias, un abrazo de quien te aprecia en p...

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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