martes, febrero 20, 2007

Ser sin rumbo cierto [parte 6 y casi casi final]

[Dedicado a Isa, buena amiga, maestra bloguera y, para mi honra, parroquiana de este blog]

Así nos quedamos, quietos, asustados, con el pelo parado, tendidos en el suelo por largo rato, sin saber qué hacer y sin saber qué cosa, humana o divina, había causado la explosión. Cuando fue claro que no se trataba de un ataque armado que los inexistentes contras nos estuvieran haciendo, nos incorporamos y empezamos a hacer conjeturas en las que cada cual mostró tanto su ignorancia como sus conocimientos. Alguien prendió un aparato de radio y escuchamos a los locutores de las emisoras de Managua relatando histéricos el pánico que allá cundía en la población a causa de las “explosiones de origen desconocido” que se habían escuchado a lo largo y ancho de la capital y en otros puntos del país. Igual que nosotros, los radioperiodistas mostraban también su enorme ignorancia, sólo que ellos hacían sus especulaciones a los cuatro vientos, para que todo el mundo los oyera. En su histerismo, su gritería y su correr de aquí para allá como una gallina que busca sus pollitos, quedó en evidencia la poca preparación que los medios tenían para enfrentar una emergencia.

Allá en la compañía nuestra, después de un rato de plática en la que el “grupo de los intelectuales” asumió de manera natural y sin oposición el liderazgo de la tropa, concluímos —y la conclusión era correcta como se vería después— que el ruido era el de un avión rompiendo la barrera del sonido y volando sobre el espacio aéreo nicaragüense. Como nuestra fuerza aérea no tenía aviones supersónicos, que nosotros supiéramos, concluimos que se trataba o bien de un avión yanqui o bien de uno hondureño que quién sabe qué cosa andaría haciendo. Por la noche sabríamos, por medio de la radio, que se trataba de un SR21, el avión espía estadounidense, conocido como “pájaro negro” haciendo vuelos de reconocimiento sobre nuestro territorio.

Hechas esas conclusiones, de vuelta la calma en el campamento y regresado el liderazgo formal a los muchachos sandinistas, desaparecidos cuando se presentó la pequeña crisis, regresamos prontamente a nuestra ocupación de ese día, que era vencer el calor, que a causa de nuestra agitación nos pareció ahora más intenso. El episodio todo había durado menos de una hora, aún habría luz natural un par de horas más así que me recosté en la hamaca y me puse a leer a Neruda. Pensé leer unas cuantas páginas nada más y luego ir a bañarme al río, pero un momento después estaba roncando, soñando que hacía el amor con Isabel —un viejo amor del que más adelante les contaré— en una playa que en mi sueño identifiqué como Gigante, mientras de alguna parte salía una voz conocida que declamaba “...y las miro lejanas, mis palabras, más que mías son tuyas, van creciendo en mi viejo dolor como las hiedras...”. Era la voz del trompudo Novoa, que se había puesto a leer mi libro un momento antes de sacudirme para despertarme.

—Trompudo hijuelamadre, me despertaste en lo mejor —con desgana me incorporé en la hamaca— ¿Qué fue?

—Carlos está bien jodido, vení ve, creo que hay que llevarlo al doctor. El trompudo salió caminando y yo lo seguí. A unas setenta y cinco varas de la escuelita había un ranchito de paja en el que desde hacía unos días dormía una de las escuadras. Carlos se había ido para allá a pasar el calor. Cuando llegamos Carlos estaba vomitando, apoyándose en el poeta y en uno de los sanitarios. Tenía un vómito líquido pues en los últimos días casi no había comido y se la pasaba bebiendo agua nada más. Junto con el agua vomitaba también una sustancia verdosa. Se veía mal, débil, mareado y con la mirada pérdida, como si hubiera estado borracho. Tenía una fiebre muy alta y tiritaba en el intenso calor. Decidimos llevarlo al doctor así que lo subimos en una hamaca que colgamos a una vara de bambú que el trompudo y yo agarramos por los extremos. El poeta y el sanitario fueron caminando uno a cada lado de la hamaca, para frenar el bamboleo. El sanitario le aplicaba paños de agua “fría” para bajarle la fiebre.

El médico lo examinó a fondo y esta vez chequeó también el reflejo de la pupila y le hizo seguir su dedo con la mirada mientras lo movía de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha. Lo mandó cerrar los ojos y tocar su nariz con el dedo índice pero Carlos no encontró su nariz y se clavó el dedo en un ojo. El médico mandó dejarlo en observación en el puesto de salud así que lo pusimos en una cama y lo dejamos al cuidado de Francine, la amable y simpática enfermera blufileña.

Cuando salimos le pedimos al médico un diagnóstico y no pudo dárnoslo. Los síntomas, nos dijo, eran los mismos de un montón de enfermedades virales que usualmente se curaban solas, lo único que no le gustaba era que los signos neurológicos no andaban bien, pero eso también solía ocurrir a veces cuando la fiebre era muy alta y el enfermo estaba debilitado. Iba a vigilar la fiebre y si ésta continuaba empezaría a darle antibióticos. Apenas nos fuéramos nosotros y lo dejáramos hacer su trabajo, le aplicaría un suero para evitar la deshidratación y le ofrecería alimento pues Carlos parecía desnutrido.

Al dejar el puesto de salud para regresar al campamento era ya noche cerrada y el calor continuaba aún, sin dar señales de querer bajar. El cielo, usualmente estrellado en esta época del año, se veía negro, pues poco a poco se había ido nublando.

—Va a llover —dijo el trompudo Novoa, que sabía de estas cosas porque era de Río San Juan, donde llueve con mucha frecuencia.

—Pues no sería malo —dijo el sanitario—, así se calma este calor infernal.

Nadie había tenido ánimos para prender los candiles, así que cuando llegamos, el campamento estaba completamente a oscuras. Nadie había cocinado pero eso no fue un problema pues con el calor nadie quería comer, excepción hecha del compañero a quien llamábamos “el chaca”, que al empezar la movilización era un gordo sonrosado y sonriente y ahora, después de bajar quien sabe cuántas libras estaba pasando poco a poco a formar parte del grupo de los flacos. “El chaca”, de quién más adelante les contaré en detalle, era un gran compañero, el lider indiscutible del “grupo de los intelectuales”, un personaje muy respetado y querido por la tropa, serio cuando había que serlo y jodedor y bromista el resto del tiempo. El mismo era el blanco de muchas bromas, relacionadas sobre todo a su insaciable apetito. Esa tarde su claridad de pensamiento le había dado calma a la tropa, pero eso le había costado seguramente mucha energía pues ahora tenía más hambre que otros días. Lo encontré sentado a la puerta del aula donde dormíamos, serio, pensativo, ojeroso y triste. Se miraba desolado y vulnerable, como si hubiese estado a punto de romper en llanto. Yo metí la mano en mi mochila —que siempre llevaba conmigo— y saqué una lata de estofado ruso, una de dos que me había robado en el puesto de salud en un descuido del médico y se la extendí a “el chaca”.

—Tomá, aquí te manda Francine —mentí y los ojos de “el chaca” se iluminaron—, para que te acordés de ella.

—Jamás la voy a olvidar —dijo “el chaca”, feliz con la lata de estofado, como un alcoholico con su botella de licor— esa mujer es una belleza, un amor, tronco de hembra.

El resto de los muchachos estaba tendido por aquí y por allá, cada cual en su sitio, procurando conciliar el sueño para acabar de una vez con ese día terrible. Nadie hablaba mucho y nadie hacía bromas. Yo me fui a acostar a mi hamaca, que había colgado esa tarde entre dos jícaros sabaneros y en un momento me quedé dormido. A las ocho de la noche el clima volvió a ocupar el centro de nuestra atención. A esa hora empezó una rayería intensa, como esas sartas de bombas que en mi pueblo llaman “cargas cerradas” que se hacen explotar en las fiestas religiosas y son una sucesión interminable de ensordecedoras explosiones. No hubo transición entre la quietud y la tormenta y ésta se dejó venir con toda su fuerza, haciendo que se nos saliera el alma del cuerpo por segunda vez en ese día malcriado.

Con el primer rayo de la tormenta, que por la luminosidad y el estruendo parecía haber caído directamente sobre nosotros, me caí de la hamaca aún dormido y enterré la cara en el polvo. Estaba desorientado y al querer correr, mis piernas se enredaron en la hamaca y caí de nuevo, golpeándome la cabeza contra el suelo. Me senté, ya completamente despierto, reubicado en el mundo y recuperado el control. Me reí entonces de mí mismo y mi cómica condición y volví a acostarme en la hamaca, feliz de la vida. Cualquiera que me hubiese visto pensaría que estaba loco, y a lo mejor lo estaba. Me quité la ropa y la metí en una bolsa plástica para que no se mojara y me puse a esperar la lluvia y a admirar los rayos, que dibujaban increíbles figuras en el oscuro cielo. Me encantaba la lluvia y por aquellos años uno de mis placeres más intensos era bañarme en la primera lluvia del invierno, a la hora que fuese que cayese y aún ahora, cada vez que puedo salgo a bañarme en la lluvia. Los rayos, me había enseñado alguna de mis seis hermanas o quizás mi hermano mayor cuando era yo pequeñito, no son cosas de temer, pues si los podés ver y oir ya pasaron y si te caen encima no te vas a dar cuenta. Si hay una buena forma de morir, esta sería, me habían dicho y yo me lo había creído. Al poco rato empezó a llover y aunque estábamos en la parte más árida de la estación seca, llovió de un modo muy violento, como llueve sólo a veces en la estación lluviosa. Varios de los muchachos salieron a bañarse en la lluvia, cantando y saltando como niños, disfrutando de uno de los pocos placeres que en aquella vidita de mierda podíamos tener. La lluvia, fresca alprincipio, se volvió más tarde fría. Cuando empezé a tiritar me metí al aula, me sequé, me puse dos mudadas de ropa contra el frío —Carlos no se había llevado su colcha pero ésta estaba aún empapada de sudor— y me eché a dormir en el primer lugar libre que encontré. El ruido de la lluvia en el techo de zinc me hizo dormir de inmediato.

1 comentario:

Isa dijo...

Pedrito, Pedrito, si escribieras un libro, con gusto lo compraría y lo recomendaría. De veras. Tenés una habilidad cautivadora para trasladarme como lectora, a tu mundo descrito en cada párrafo de la historia. Increible, qué detalles.

Muchas gracias por la dedicación, mirá aquí estoy como siempre y a como el tiempo me da lugar, en "palco" para no perder el hilo.

Abrazos,