domingo, julio 22, 2007

California, here I come (parte 3)

Eduardo fue subiendo como la espuma. Había llegado para hacer las cosas más que sólo bien, así que no se conformó con obtener el nivel de conocimientos de alemán suficiente para seguir los cursos, sino que fue mucho más allá y como en la carrera que había escogido sólo era posible entrar al principio del siguiente año lectivo, insistió e insistió hasta lograr ser admitido en cursos libres de otra carrera, uno de arte dramático y otro de literatura alemana. A la par, consiguió el programa de la carrera a la que entraría el año siguiente y empezó a leer los libros de los cursos que habría de seguir. Había llegado para estudiar —decía a sus compañeros— y eso estaba haciendo, pero fiel a sus principios y siguiendo al pie de la letra las recomendaciones de su madre, encontró tiempo también para salir a divertirse, no fuera a ser y se le secara el cerebro con tanto estudio. Poco a poco se fue construyendo una red de amigos, alemanes sobre todo y estudiantes de los años superiores de su carrera y fue pasando cada vez menos tiempo con los compañeros que habían llegado con él. Antes de terminar el año se consiguió una novia, Renata, una muchacha alemana estudiante de literatura, un par de años mayor que él, delgadita, bonita y encantadora, que vivía en un apartamento a unos pocos kilómetros de distancia de la universidad y hacia allá se trasladaba Eduardo los fines de semana, que se pasaban durmiendo o visitando amistades y saliendo a divertirse por las noches pues Alemania sería comunista y todo pero los jóvenes siempre encuentran maneras de pasarla bien. Renata lo introdujo en su extensa red social en la que Eduardo se sintió como en su casa.

Que Eduardo la estuviera pasando de lo mejor era una piedra en el zapato de algunos de sus compañeros. Les molestaba que mientras ellos dormían sobre duros colchones, en las pequeñas, mal ventiladas y frías habitaciones de los edificios de apartamentos de estudiantes, Eduardo se pasara las noches durmiendo en mullidas camas. Les molestaba también que mientras ellos se pasaban los fines de semana dando vueltas alrededor del edificio o mirando la televisión y esperando las horas de comida, Eduardo estuviera cómodamente dormido o paseando con su novia de aquí para allá. Los compañeros estaban en realidad verdes de envidia aunque jamás lo confesarían. Les molestaba que Eduardo se hubiese conseguido una novia bonita con la que dormía empiernado mientras ellos —pues en su gran mayoría eran varones— lo único que tenían era una sexualidad solitaria en la que la zurda y la derecha eran la única compañía. Les molestaba que las cocineras a la hora de la cena recibieran sonrientes a Eduardo y le dieran el mejor pedazo de carne o de salchichas y una cucharada extra de salsa para alegrar las papas cocidas, mientras ellos eran servidos con indiferencia o hasta de mal modo si reclamaban. Era insoportable para ellos que hubiese alguien que estuviera disfrutando de la vida mientras ellos la veían dura. En una reunión de los estudiantes en la que Eduardo no estuvo presente, las críticas y el disgusto salieron a flote. Al día siguiente, el delegado de la juventud sandinista se acercó a Eduardo para platicar con él. Al delegado le caía bien Eduardo y no tenía nada que decir de su comportamiento —así lo había dicho en la reunión— pero el grupo le había encargado sermonearlo y él había accedido a hacerlo.

—La gente está molesta con vos —dijo el delegado— no les gusta tu comportamiento.

—¿Mi comportamiento?

—Que casi nunca estás aquí, que en el fin de semana no venís, que sos poco solidario...

—¿Y qué quieren? ¿Que me quede con ellos sosteniéndome la quijada, en lugar de irme con la jaña? Que no jodan los compas.

—Vos hablás alemán mejor que todos nosotros, pero no le ayudas a nadie, dicen.

—Yo le he ayudado a algunos, pero el asunto es “ayudate que yo te ayudaré” y los compas no estudian y de ese modo yo no voy a ayudarles. ¿O tengo que hacerles las tareas para que pasen?

—No, eso no, hay que echarles una manito, más que eso no. Hay que ayudarles para que entiendan.

—Y otra cosa —Eduardo tenía confianza al delegado— algunos de los compas no van a aprender alemán ni en un montón de años porque ni siquiera entienden cómo funciona el español, no saben gramática, ni qué cosa es un sujeto o un predicado, ni cómo se construye una oración. No se puede entender ni aprender otra lengua si no se entiende la propia, o a lo mejor si se puede pero hay que usar otros métodos y emplear más tiempo.

—No, tenés razón, pero haceme un favor y hacételo a vos mismo: trata de participar más en la vida comunitaria, no te conviene echarte de enemigos a los compas. Agarrá esto como un consejo, yo soy más viejo que vos y sé por qué te lo digo.

—Te lo agradezco y trataré de seguir tu consejo.


1 comentario:

Enrique dijo...

Está interesante el caso de Eduardo, Saludos.