jueves, julio 19, 2007

California, here I come (parte 1)

En la segunda mitad del año 84 se apareció de repente mi primo Eduardo a visitarme. Su visita me tomó de sorpresa pues lo último que yo había sabido de él era que algunos años antes se había ido becado a la República Democrática Alemana (RDA) para estudiar Economía Política, una carrera que había sido su sueño desde que estudiabamos derecho en León en 1978 y leíamos a hurtadillas el manual de Economía Política de P. Nikitin, entre otros textos prohibidos que de haber sido descubiertos leyéndolos habríamos terminado en la cárcel.

Eduardo había nacido en el seno de una familia muy pobre y quería sobresalir para ayudar a su gente, a su madre sobre todo, que hacía innumerables sacrificios para empujar a su hijo hacia arriba. La pobreza lo angustiaba y quería ser rico y poderoso. Se había trazado metas muy lejanas y desde muy jovencito trabajaba a su manera para alcanzarlas. Se veía a sí mismo ocupando altos cargos y haciendo carrera política y en realidad tenía lo que se necesita para destacarse: era inteligente, manipulador y buen hablador y no iba a detenerse ante nada para lograr sus objetivos.

En el río revuelto de los últimos días de la dictadura de Somoza, Eduardo se encontraba en Costa Rica y sin haber disparado ni un solo tiro entró con las tropas victoriosas desde el Frente Sur armado de un fusil Galil, que en aquellos momentos era un simbolo de status, llevado sólo por los jefes. De mi abuelo paterno, bisabuelo de Eduardo, había éste heredado una espesa barba cerrada que se había dejado crecer en las últimas semanas. Vestía un uniforme verde olivo de los recuperados a la oficialidad del derrotado ejército somocista y caminaba erguido y con paso firme, dándole órdenes al grupito de soldados que le acompañaban, haciendo uso de su poderosa voz entrenada a diario en la ducha y de sus poses ensayadas frente al espejo incontables horas. Se veía mucho mayor que los diecinueve o veinte años que para entonces tendría y quien lo viera entonces y no lo conociera como yo lo conocía, le habría tomado por un jefe guerrillero recién salido de la montaña después de años de lucha.

Eduardo había hecho mucha observación, había aprendido a manejar las imágenes del poder y ahora utilizaba sus conocimientos a su favor. Sólo él y unos cuantos más sabíamos que la imagen que se había construido era hueca y en cualquier momento podía derrumbarse, así que cuando alguien con poder real le tomó simpatía y le preguntó qué le gustaría hacer ahora que la dictadura había terminado y ya no había necesidad de combatir, Eduardo le respondió que quería ir a estudiar para recuperar los años perdidos y a estudiar salió unos pocos meses más tarde, a finales de 1979 o comienzos de 1980, si mal no recuerdo.

-O vengo con mi doctorado o no vengo -me había dicho cuando nos despedimos y yo le creí, pues aunque mentía, fingía y engañaba para lograr sus propósitos, era también, extrañamente, un hombre de palabra.

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