viernes, julio 20, 2007

California, here I come (parte 2)

quellos tiempones -Entonces? -Le pregunté a Eduardo apenas se hubo sentado. Cómo te fue? Ya terminaste o venís de vacaciones?

-Me fue de a cachimba y ni terminé ni vengo de vacaciones. Me mandaron a traer de regreso, de los huevos casi.

En esa primera visita y en las conversaciones de los días siguientes fue contándome sus vivencias de los últimos años. Con las cosas que entonces me contó, que años más tarde habría yo de corroborar y ampliar por otras fuentes, reconstruyo para ustedes su historia.

Eduardo se había propuesto pasar los años en Alemania de la mejor manera posible, que para él era en aquel tiempo básicamente hacer dos cosas: estudiar como loco y disfrutar al máximo de la vida y de lo que ésta podía ofrecer. Llevaba como meta -y así se lo había dicho a su madre- ser el mejor alumno de su promoción y graduarse con honores.

-No te olvidés de divertirte también -le había dicho la madre- que vos no sos cura. No te pasés el tiempo sólo estudiando, no vaya a ser que se te seque el cerebro, como a Don Quijote. Tenés que estudiar pero la vida no es sólo estudio.

El primer año en Alemania fue para la gran mayoría de los becarios un tiempo terrible, de sufrimiento, de lucha constante, de encontrase a sí mismos en sus limitaciones y de querer regresarse a casa casi cada día. Tropezaban con la dificil barrera del idioma, que debían franquear en el primer año para poder apenas al año siguiente empezar las clases en la universidad o los institutos técnicos en los que estudiarían. Debían adaptarse -y muchos no lo consiguieron- a un cuerpo de hábitos y costumbres muy distintos de aquellos en los que habían crecido y entre otras cosas debían ser puntuales, estudiosos y disciplinados. Hasta los hábitos alimenticios fueron muy difíciles de asimilar.


La madrugada del día anterior a su viaje, Eduardo había salido en el primer bus hacia Managua a reunirse con el resto de sus compañeros. La madre lo despidió en la puerta, lo abrazó y lo besó y por si acaso el muchacho necesitaba un aliciente más, la madre le dió su última recomendación.


-Seguramente te va a entrar tristeza cuando estés lejos de todos nosotros y de tu país. Eso es normal, pero hay que aguantarse y concentrarse en los estudios. Si vos te llegaras a regresar porque te agarró cabanga, porque no te hallaste en Alemania, podés olvidarte que tenés madre, pues con dolor en mi alma yo voy a olvidarme que tuve este hijo que tanto quiero. Que no se te olvide: esta es la única oportunidad que vas a tener para valer algo en este país, si la desaprovechás vas a tener que comer mierda y como yo no quiero verte comiendo mierda no te volvería a ver. Sólo estudiando podrás salir adelante, así que váyase y estudie y tráigame un cartón con el que yo pueda sacar pecho.


Eduardo iba preparado para sobrevivir a lo peor, quizás por eso las cosas no le parecieron tan dificiles. Se acostumbró rápidamente a su nueva condición y ajustó su horario y su vida toda a las nuevas exigencias. Fue a cada clase, leyó cada libro, hizo cada tarea, comió cada comida, participó en cada actividad y no se quejó de nada pues no había llegado -decía- para quejarse, pues para quejarse mejor se hubiera quedado en Rivas. En unas cuantas semanas había subido de peso y había adquirido un aspecto saludable. Se dedicó a aprender el idioma, estudiándolo en sus horas de estudio y en cada momento libre, sacándole conversación a cada alemán que se cruzase por su camino y cuando no había ningún alemán, conversando con cualquiera que no hablara español y supiese un poco de alemán. Hablaba solo, en alemán, en la ducha y el inodoro y siempre llevaba consigo un libro de texto del que leía constantemente y repetía luego en voz alta, sin importarle mucho donde se encontrara. Hizo todas las tareas que los docentes les dejaban y cuando las terminaba las hacía de nuevo, para aprenderlas mejor -decía. Se consiguió un radio que prendía cada vez que estaba en su habitación y en el que oía nada más que alemán y en los programas noticiosos se sentaba frente al aparato e iba repitiendo las palabras del locutor, tratando de reproducir cada sonido y cada inflexión de la voz. Lo mismo hacía cuando veía televisión con sus compañeros en el aparato comunal. Gracias a estas costumbres suyas que pronto fueron conocidas de todos, en esos primeros meses Eduardo adquirió fama de loco, pero esto no le hizo desistir de sus propósitos.


-Ande yo caliente, ríase la gente- solía decir.


De este modo, el loco fue aprendiendo el idioma, más y más rápido que sus compañeros y más rápidamente de lo que se esperaba de los estudiantes en general. En poco tiempo fue transferido a un grupo más avanzado, del que a su vez sería más tarde transferido otra vez, terminando de de ese modo los estudios de alemán requeridos en la mitad del tiempo previsto.

2 comentarios:

EnriquePadillla dijo...

Hola, he leído tu última entrada y me ha gustado mucho, es interesante y ameno, me simpatizo con esta temática porque yo también estudié fuera de nicaragua por un tiempo y sé lo que es la vida de estudiante en otra parte fuera de la casa de uno, y se aprende a amar o a odiar la soledad y a veces, la escasez de amigos. Mucha suerte, hasta luego.

Pedro el malo dijo...

Hola Enrique,

Gracias por tus visitas y amables comentarios.

La verdad, este capítulo se me ha ido alargando más allá de lo que pensaba, saliéndoseme de las manos. Por más que lo intento no logro sacar el tren de aterrizaje, voy a intentarlo de nuevo o aterrizar sin tren, dando el panzazo.

Creo que antes contaste que estudiaste fuera de Nicaragua. Fue en aquellos tiempones de la revolución? Contanos, seguramente será interesante.

Saludos, suerte

PEM