martes, octubre 23, 2007

California, here I come (parte 11 y final)

Yo no fuí el único sorprendido de que me hubieran dado la visa, también se sorprendieron todos aquellos que antes pensaron que yo estaba loco y tuve que mostrar el pasaporte a todo el mundo para que me creyeran. Mi primo Eduardo, viendo que yo había tenido suerte se fue a intentar también obtener una visa. No pude ayudarle a conseguir una carta como la que yo había llevado así que se fue a la embajada sólo con la solvencia y la pinta pero no le dió resultado. Eso no afectó ni su ánimo ni sus planes. Su hermano tenía arreglado ya su paso de modo ilegal y Eduardo estaba listo para salir apenas aquel lo mandara a llamar.

En los días siguientes, vendí mi carro, mi papá me mandó dinero, compré el pasaje, me despedí de mi novia y me fuí. Un par de semanas más tarde llegaba Eduardo también, feliz de la vida, decidido a trabajar como loco para pagarle a su hermano y para hacerse rico. Unos pocos años más tarde, trabajando dura y honradamente había conseguido hacerse rico, le había pagado a su hermano y había mandado a traer a su madre. Tal y como su madre lo pronosticara, a él le había ido bien mientras que aquellos que lo habían perjudicado terminaron comiendo mierda a dos carrillos.

En lo que a mí respecta, aunque me había ido pensando regresar en algunas semanas, el viaje se me fue extendiendo y me quedé un año y cuatro meses. No tenía ganas de quedarme pero no tenía tampoco ganas de regresar. Estaba convencido que eso que había en Nicaragua no era la revolución que se esperaba y que los nueve hombrecitos que dirigían el país sólo estaban en el poder para disfrutar de sus mieles, para poder coger con muchachas bonitas, para comer y beber, para disfrutar pues de aquellas cosas a las que nunca habían tenido acceso y jamás habrían tenido acceso trabajando. Pensando en todo esto y mirando las cosas desde lejos fui entendiendo entonces cosas que antes no entendí por estar tan cerca de ellas. Me entró una terrible depresión que me duró largos meses. No tenía raíces en inguna parte y no tenía ganas de echarlas. En San Francisco mi hermano menor me dio posada en su apartamento. El trabajaba duro, yo muy poco, dormía mucho y me pasaba las tardes y a veces días enteros metido en la biblioteca pública. Allá era siempre caliente y estaba rodeado de libros y de gente. De tanto leer, mi inglés elemental se volvió muy avanzado y de tanto platicar mi inglés verbal mejoró un poco sin llegar nunca a ser muy bueno. Platicaba con los bibliotecarios y me hice “amigo” de varios de los visitantes habituales de la biblioteca, usualmente gente sin techo, borrachos y drogadictos, pero también personas muy sanas que por alguna razón se habían quedado solos y llegaban a la biblioteca a llenar de alguna manera sus horas y a tener algún contacto con otros seres humanos. Hablaba de poesía con los que gustaban de poesía, de historia con los históricos y de las injusticias sociales con los sin techo.

Leí de nuevo, ahora en inglés a mis viejos amigos Nietzsche, Hesse y Dostoievsky, que no me ayudaron mucho a salir de mis tristezas, pero mi lectura favorita fueron los libros de patentes, que comencé a leer desde la primera página y que se convirtieron en el mapa con el que me fui guiando para entender el camino que había seguido la técnica en los Estados Unidos. Para seguir el rastro de las patentes fui leyendo otros libros, de historia, de sociología, tratando de entender el contexto en que las invenciones y descubrimientos se producían y de este modo fui entendiendo la sociedad estadounidense y entendiendo el camino que había seguido en su desarrollo. Había empezado a leer las patentes y a hacer anotaciones pensando encontrar ideas que podrían ser útiles para Nicaragua y que quizás podría adaptar a las condiciones del país al regresar allá. Ingenuamente me había construido y había seguido un programa de estudios que me había dotado de conocimientos históricos, sociales y técnicos y me había enseñado a mi mismo una nueva lengua. Meses después, cuando levanté la cabeza de mis libros descubrí que la depresión se había ido y que sin habérmelo preguntado directamente sabía ahora -aún vagamente- qué cosa quería y qué cosas iba a hacer. De pronto me entró una prisa enorme, dejé los libros que estaba leyendo, me levanté y me fuí.

Cuando regresó de su trabajo mi hermano menor me encontró arreglando mis cosas, lavando ropa, cocinando, empacando maletas y haciendo una lista detallada de las cosas que tenía que hacer antes de irme y de lo que tenía que llevar.

-¿Entonces, qué has pensado? -me preguntó, para iniciar una conversación.

-Me voy de vuelta para Nicaragua.

-Vos sí que estás loco -mi hermano pensaba en realidad que yo estaba algo loco- mientras todo el mundo está buscando como salir de Nicaragua vos querés regresarte. Ve que lindo. ¿Y qué pensás hacer allá?

-No sé, dar clases en primaria, estudiar, hacer algo pŕoductivo, vivir, pues esto que tengo aquí no es vida.

-¿Querés estudiar? Estudiá aquí, escogé lo que querrás estudiar, yo te pago los estudios aunque tenga que agarrar otro pegue. ¿Qué querés estudiar? ¿Psicología? ¿Ciencias políticas?

-No quiero quedarme más, estoy aburrido de este país, además todo el mundo sabe que no vine a quedarme y que alguna vez tendría que irme.

-A vos lo que te faltan son vitaminas, tenés alguna deficiencia y por eso no pensás bien -mi hermano menor era y es aún un hombre grande, fuerte y bravo, cargado de testosterona, yo era un flaquito debilucho.

-A lo mejor lo que te falta a vos es sexo -mi hermano cogía cada semana con una muchacha diferente-, hoy es viernes ¿por qué no me acompañás a la disco? A lo mejor te encontrás una chavala y te encajás y se te quitan esas ideas estúpidas de la cabeza. Claro, tenés que ponerte las pilas y hablarle de cosas agradables a las muchachas, bailar con ellas, restregárteles, sonreir, en lugar de andar amargado pensando en revoluciones y mierdas.

-Dale, vamos -dije-, después de la cena me baño y nos vamos.

-Pero sólo bañate, no te la jalés que después te quedás dormido en la mesa. O no te bañés, te perfumás y ya.

Esa noche nos fuimos a bailar a una disco en San Mateo creo, o quizás en el mismo San Francisco, cerca de un bosquecito. Mi hermano bailó un buen rato con una rubia hermosísima y sonriente y se la llevó después a caminar por el bosquecito. Yo bailé un par de veces con una flaquita lindísima, de piel bronceada y ojos verdes, pero me falló el remate y no la pude sacar a caminar al bosquecito. Cuando la flaquita se me fue con otro yo me fui a sentar con una muchacha bonita que resultó que estudiaba Ciencias Políticas en Berkeley. Le conté que era yo de Nicaragua y ya no paramos de platicar toda la noche pues su tesis, que estaba ya por terminar, versaba sobre el gobierno de Carter y la revolución nicaragüense. Mi hermano regresó más tarde, abrazándose y besándose con la rubia hermosa y desde lejos me guiñó un ojo. Cuando fui al bar a buscar un par de tragos mi hermano se me acercó contento.

-Vas bien, pero sacala a bailar, calentala, no la dejés enfriar. Ya la miré bien cuando fue al bar hace un ratito, es culazo.

-Aquí no voy a agarrar nada -le dije- la bróder es lesbiana, ya me contó para cortarme las alas.

-No me digás!. Entonces ¿para qué le estás comprando un trago? Estás perdiendo el tiempo, buscate otra, aquella flaca por ejemplo, que te está mirando desde hace rato -mi hermano saludó a la flaca desde lejos y ella devolvió el saludo.

-No, me quedo con mi lesbiana. Me encanta, estoy enamorado de ella y si tengo que cambiarme el sexo para cogérmela pues me lo cambio.

-Si no agarrás nada como hombre, como mujer te va a ir peor. Pero bueno, es tu vida. ¿Y esa jaña tuya vino sola?

-Si, vino a juntarse con su novia que es bisexual.

-¿Y esa donde está?

-Es aquella, con la que saliste a coger -la rubia hermosa se encaminaba hacia su novia-, vení sentate con nosotros que esto se va a poner “cozy”.

Mi hermano casi se desmayó del susto pero vino a sentarse con nosotros sin tocar ya más a la rubia hermosa. Yo traté todavía de convencer a la lesbiana de que ella era más bien bisexual, que el sexo con hombres -conmigo- podía ser placentero y de que echáramos un polvito, pero ella estaba muy segura de lo que quería así que yo no insistí más, conformándome con disfrutar de su conversación. Con mi hermano y la rubia formamos los cuatro un grupito muy divertido y nos la pasamos jodiendo, bailando en molote, contando chistes y riéndonos. Al final de la noche nos despedimos todos como amigos e intercambiamos teléfonos y besitos amistosos. Cuando ya íbamos empezando a andar mi hermano y yo hacia la salida, ella me detuvo, jalando mi brazo delicadamente, acercó su cabeza hacia la mía y me besó en la boca. Fue un beso delicioso, diferente que otros besos que yo hubiese recibido. Ella introdujo en mi boca su lengua, tersa, fuerte, apasionada, dulce, que cabalgó graciosa sobre la mía y fue luego a posarse debajo de ella y a moverse allá abajo, suave, rítmicamente para subir de nuevo y entrar casi hasta mi garganta para luego salir subiendo hasta el cielo de mi boca, haciéndome cosquillas allá arriba. No fue un beso muy largo, fue exacto, preciso, académico casi y cuando terminó, ella tuvo aún tiempo de posar un delicado beso sobre mis labios, como un suave soplido o como el aleteo de una mariposa. Ella y yo nos estremecimos de placer. Un momento antes habíamos hablado de cuáles eran nuestros sabores favoritos de sorbete y tanto ella como yo preferíamos el helado de ron con pasas por sobre todos los demás.

-Más rico que el ron con pasas -dije cuando nos separábamos, pues eso fue lo único que se me ocurrió decir.

-Más rico -dijo ella- nos vemos. Me encantó conocerte.

-Nos vemos, a mí también -dije yo y empecé a andar de nuevo, caminando hacia atrás, con mi hermano que no se había perdido ningún detalle del momento. La novia de ella, la hermosísima rubia, conmovida, la atrajo hacia sí y nos dijo adiós con la mano al mismo tiempo que le decía a su amor "that was soooo beautiful" y le frotaba la espalda. La que me había besado nos mostró también la palma de su mano en señal de adiós.

De regreso mi hermano venía manejando y por un rato no dijo nada, dejándome disfrutar del recuerdo de aquel beso increíble, pero luego no se aguantó y empezó a hablar.

-Entonces, ¿fue tan rico el beso tanto como me lo pareció?

-Más rico, fue increíble.

-¿Más rico que un polvo?

-Eso que vos viste no fue sólo un beso, fue todo un polvo. Un polvo concentrado, polvo de estrellas, polvo cósmico pues -yo no lograba bajarme de mi nube.

-Estás loco hijueputa, o fumaste alguna cosa.

-No fume nada. Qué cosa más rica. Más rico seguramente que tu polvo con la rubia.

-¿Viste? y así te querés ir a Nicaragua a que te mate un contra cuando podés gozar de estas mujeres tan lindas.

-Nadie me va a matar y allá también hay mujeres lindas, que además me entienden.

-No hablés pajas, a vos las mujeres no te entienden ni vos las entendés a ellas. Esta pareció entenderte y eso porque era cochona.

-Eso suena muy feo, no le digás así a esa mujer tan linda -yo me había vuelto a enamorar.

-¿No? ¿y cómo querés que le diga para que suene más bonito? ¿Tortillera? ¿Rechivuelta? - mi hermano me estaba haciendo bromas, desquitándose de todo lo que yo lo había molestado cuando era pequeñito.

-No digás nada hijueputa. Cuando estás callado hasta parecés simpático.

Mi hermano dejó al fin de hablar y yo pude pensar de nuevo en aquella mujer. Casi estábamos llegando cuando creí entender las cosas mejor.

-Fue un beso espititual -dije- de espíritu a espíritu.

-No hablés mierdas -dijo mi hermano- fue un beso que salió de sus centros de placer hacia los tuyos. Fue deseo, fue la bestia saliendo, fue testosterona pura disolviéndose en el aire y mezclándose con una nube de progesterona.

-Vos no entendés nada -le dije, vos sos carnal y no sabés de estas cosas del espíritu.

-Vos sos el que no entiende nada porque sólo vivís soñando y así vas a morir, lo que nos mueve son los sentidos, la carne, no ningún ánima que a lo mejor ni existe. No hay nada mejor que el sexo y el sexo es físico. Las conexiones que se establecen al coger son hormonales no espirituales. Cuando entendás esto talvez bajarás a la vida real, talvez evolucionarás.

Quizás por eso nos llevábamos tan bien mi hermano y yo, porque aunque veníamos del mismo nido pensábamos en muchas cosas de modo diferente. Por eso jamás nos aburríamos y quién sabe por qué jamás nos enojábamos.

Ni la salida a la disco, ni aquel beso divino, ni el frasco de multivitaminas que al día siguiente me compró mi hermano me hicieron desistir de mi idea de regresar a Nicaragua. Aún me pasé varias semanas arreglando cosas y despidiéndome de toda la gente y al fin hice una reservación para el primero de abril. Dos semanas antes del día de mi viaje me llegó un sobre enorme del servicio migratorio, diciéndome que aprobaban la solicitud de residencia que mi padre había hecho a mi favor el año anterior. Me enviaban un montón de formularios que debía llenar e instrucciones que debía seguir para que me extendieran la tarjeta verde que tanta gente ansiaba. Yo no tenía ganas de continuar con el procedimiento pues implicaba regresar a Nicaragua, hacerme unos exámenes médicos, gastar un montón de plata y regresar luego a Estados Unidos. El problema era que yo no quería regresar a Estados Unidos. Alguien de la familia empezó una recolecta de fondos para cubrir todos los gastos en que debía incurrir si seguía con los trámites pero yo rechacé el amable ofrecimiento y le dije a todos que lo único que yo quería era regresar a Nicaragua y tratar de hacer vida allá. A insistencia de mi padre me llevé los papeles, por si acaso cambiaba de opinión pero nunca cambié de opinión y hasta hoy nunca me arrepentí de mi decisión. El primero de abril estaba de regreso en Nicaragua. Cuando bajé del avión el calor de Managua me golpeó en el rostro y me puso eufórico.


Una nota final: mis disculpas si esta serie se me hizo demasiado larga pero no encontré la manera de abreviar. Quizás debería hacer un curso de redacción para llegar al grano de una vez. En el futuro procuraré ser más breve porque no es justo abusar de la paciencia del lector. En los días que vienen empezaré a contarles de la vida en Nicaragua desde 1986 en adelante.

domingo, octubre 21, 2007

California, here I come (parte 10)

Yo tenía para entonces una novia que me fascinaba, que olía riquísimo por todas partes, que no conocía la palabra “no”, que estaba enamoradísima de mí y con la que pasabamos noches, mañanas y tardes deliciosas. Hasta entonces casi siempre había tenido amores compartidos. Había sido amante de mujeres con marido, o amante de las amantes de hombres casados o emparejados con otras mujeres, o novio de mujeres que tenían otros novios. Hacía años que no tenía un amorcito para mí solito, una muchacha con la que podía coger sin contener los quejidos, haciendo ruido, sin temor a ser escuchado por un amante traicionado. Si no podía viajar a California ya sabía yo de qué manera iba a encontrar el consuelo.

Pensando en esas cosas estaba cuando el yanqui de la ventanilla me llamó por segunda vez pues no lo había escuchado la primera vez.

-Buenos días -dije, educadamente.

-Buenos días -contestó el yanqui- parece que está usted un poco dormido el día de hoy.

-Soñando despierto -dije.

-¿Y qué sueña usted, si se puede saber? -yo no me había preparado para este tipo de preguntas y me pareció que no eran preguntas standard y aquel hombre tenía simplemente ganas de platicar.

-En este momento -dije, sincero, sin pensar en adoptar una postura- estaba pensando en lo bonitas y suaves que son las manos de mi novia.

-Pero usted quiere dejarla para irse a Estados Unidos.

-Pero no más que el tiempo que ella me va a esperar antes de buscarse otro.

-¿Y cuánto tiempo es ese que ella podrá esperar?

-Dos meses, no más. Ni ella es Penélope ni yo soy Ulises.

-¿Y usted para qué quiere viajar a Estados Unidos? -el yanqui regresaba a sus funciones.

-Para ver a mi padre, a quien no veo desde hace cinco años y a mi madre a quien no he visto en tres años.

-¿Tiene hermanos allá?

-Cinco, todos en California, pienso quedarme una semana con cada uno.

-¿Usted estuvo antes allá?

-Una vez, hace cinco años, unos pocos meses, estudiando inglés con una visa I-20.

-So, you do speak English.

-A little bit.

-¿Ha pensado en quedarse allá si obtiene la visa?

-Lo he pensado, como todo el mundo, pero eso no me conviene. Mi vida está aquí, no allá, y aunque me encanta viajar ya estoy ansioso por regresar. Algunos tienen más posibilidades allá que aquí, yo no.

-¿En qué trabaja usted?

-Soy jefe de personal y accionista de una empresa de construcción -yo no estaba diciendo exactamente la verdad pero no me tembló ningún músculo cuando le extendí la carta al funcionario de la embajada. Estaba haciendo bluff y me encantaba.

El funcionario leyó la carta despacito: Cuando hubo terminado me miró a los ojos y me preguntó si llevaba otros documentos. Le pasé la solvencia de impuestos.

-¿Algo más? -me preguntó.

-Eso es todo lo que he traído -respondí. El hombre leyó la carta de nuevo, muy lentamente, y lentamente examinó la solvencia fiscal.

-¿No trajo usted nada más? -el funcionario sonaba extrañado.

-Nada más, pensé que no era necesario -dije, y empecé a sentir que había perdido el juego, que el yanqui me despacharía como la maestra que despacha a su casa a un niño que olvidó llevar sus libros y cuadernos a la escuela.

-Pues pensó mal, son necesarios -me dijo el funcionario en tono amable, no reprochándome o juzgándome, sino más bien como estableciendo un hecho.

-I am sorry, -dije yo, poniendo las palmas de las manos hacia arriba- thank you for your time, I will bring the rest of the documents tomorrow.

-Don't worry -dijo el yanqui señalando hacia un salón de espera-. Please take a seat. -Yo no podía creer lo que estaba oyendo pero no iba a preguntar nada, no fuese que el hombre se arrepintiera. El yanqui me estaba mandando a sentar y por lo que había estado observando, sólo mandaban a sentarse a aquellos que recibirían la visa.

-Thank you very much -dije.

-You're welcome -dijo el yanqui, y yo me fuí a sentar.

Sentado ahí, rodeado de los escogidos por los dioses del Olimpo, aún no podía creerme que me iban a dar la visa. Me parecía imposible. Las otras pocas personas que estaban ahí sentadas estaban seguras que iban a recibir la visa ¿Si no, para qué nos sentaron aquí? me dijo una joven que yo ya conocía de antes. Pero yo no estaba seguro, más bien estaba un poco temeroso, tratando de pensar si había cometido yo algún delito que los yanquis pudieran perseguir. Poco a poco sin embargo fui cayendo en la cuenta que las cosas me habían salido bien. Sería probablemente gracias a la carta, o quizás a mi despreocupación o a la buena voluntad del entrevistador, pero lo cierto era que ahora podría viajar legalmente a Estados Unidos a ver a la familia Un rato más tarde empezaron a llamarnos a la ventanilla para recoger nuestros pasaportes.

-Buen viaje -me dijo mi entrevistador al entregarme el pasaporte.

-Muchas gracias -le dije, y salí caminando a paso firme pero sin prisa. Mientras caminaba examiné el sello: me habían extendido una visa multiple por tiempo indefinido. Con ella podría de ahora en adelante viajar cada vez que así lo deseara. Quién sabe cuánta gente habría deseado estar en mis zapatos en ese momento. Quién sabe cuántos habrían dado gustosos casi cualquier cosa por tener un pasaporte como ese que ahora estaba poniendo en el bolsillo de mi camisa. Me dió pena de toda esa gente y sentí casi un remordimiento de conciencia, como si hubiese yo hecho algo malo.

-¿Te la negaron? -me preguntó al verme serio, un desvisado con el que había estado platicando en la fila.

-Me la dieron -le dije, y le mostré el sello.

-Qué hi-jue-pu-ta más suertero -dijo- te felicito y ojalá le saqués el jugo.

-Ojalá .-dije yo, y me fui.



En el próximo post: parte 11 y final de la serie.

sábado, octubre 20, 2007

California, here I come (parte 9)

Para cuando me contaba todas estas cosas Eduardo tenía bastante adelantados sus planes para viajar a Estados Unidos. Su hermano mayor, que vivía en una ciudad del norte de California le había mandado dinero para que pudiera irse y estaba haciendo arreglos con las personas que de manera ilegal lo introducirían en Estados Unidos. Eduardo había solicitado un nuevo pasaporte pues el viejo tenía sellos de entrada y salida de la RDA y de Cuba y si por alguna razón caía en manos de las autoridades de migración estadounidenses, el pasaporte podía crear innecesarias complicaciones.

No recuerdo bien si a la llegada de Eduardo ya tenía yo la idea de viajar a Estados Unidos o si fue él quien me trajo la idea. En todo caso, al aparecer éste las cosas se apresuraron. Pensé que yo no tenía nada que perder intentando viajar de manera legal, así que hice planes para ir a la embajada yanqui a solicitar visa. Pensaba que como ya una vez, hacía años, había tenido visa y había viajado a Estados Unidos no me sería muy difícil conseguirla de nuevo. Casi cada persona a quien le conté que iba a ir a buscar visa se rió de mí o en secreto consideró que estaba yo loco. La embajada estaba dando visas a cuentagotas a ciertas personas nada más y yo no cumplía con los criterios que la embajada explícitamente señalaba, ni con los otros criterios que no se mencionaban pero que era claro que la embajada seguía al otorgar o denegar las visas. Yo tenía mucho en común con las personas a quienes la embajada les denegaba la visa: no tenía ni en qué caer muerto (la embajada no le daba visas a los pobres), tenía veinticinco años (la embajada no le daba visa a los jóvenes en edad de hacer el servicio militar) y aparentaba ser sandinista (la embajada sólo le daba visa a los opositores). Con todo y gracias a esa manía mía de llevar la contraria me fui a la embajada. El hijo de un buen amigo de mi cuñado, un hombre rico y de contactos, me había extendido una carta de presentación en la quie decía cosas buenas sobre mí. Esa carta, una nota de la dirección de ingresos quie decía que estaba solvente del pago de mis impuestos (un requisito ineludible), un optimismo rayano en la locura y un modo de andar que había ensayado frente al espejo hasta que pareció natural, eran mis instrumentos esa mañana. Como dicen en Nicaragua cuando lo quieren animar a uno a emprender una empresa difícil, ya tenía el no y ahora iba a buscar el sí.

Cuando llegué a la embajada, a eso de las cinco o y media de la mañana, la fila era ya muy larga. Media hora más tarde se hizo larguísima y los que llegaban se iban de regreso a sus casas, desesperanzados, para regresar al día siguiente a intentarlo de nuevo, más temprano. Eramos cientos de personas avanzando lentamente, como si de un entierro se tratase, o de un desfile de tortugas. Creo que aún no se había inventado el oficio de “filero”, de esa gente que sabiendo lo codiciada que la visa era se iba a la embajada de madrugada a hacer fila para luego vender el puesto en la fila a quienes ansiaban entrar. Yo hice la fila como cualquier hijo de vecino pues hubieran o no fileros vendiendo los buenos lugares, yo no tenía ni un peso en la bolsa y no hubiera podido comprar un lugar. Según mis anotaciones de entonces, en la fila había de todo tipo de gente, de todas las edades, de todas las clases sociales y con todo tipo de vestimenta. Para impresionar favorablemente al entrevistador, mucha gente se ponía sus mejores ropas, pero aparentemente era este un error táctico pues los que iban con las ropas más elegantes casi siempre regresaban sin visa, cosa que podíamos adivinar en sus rostros descompuestos al pasar de regreso.

La verdad, esa gente haciendo aquella larguísima fila, entrando y saliendo de aquella embajada, era un espectáculo triste, deprimente. Casi todos los que estábamos ahí íbamos buscando una visa de turismo con el propósito oculto de quedarnos en los Estados Unidos de manera ilegal. Eso lo sabíamos todos los que estábamos buscando la visa y lo sabían bien los entrevistadores. Mucha gente de la que estaba ahí haciendo fila se había pasado meses reuniendo los documentos que la embajada solicitaba, desde títulos de propiedad de tierras, casas y vehículos hasta estados de las cuentas bancarias, constancias de trabajo y de esto y de lo otro. Cada cual tenía su estrategia, pero casi todas las estrategias fallaban, a juzgar por los rostros que traían los solicitantes al regresar.

Toda la tensión que se había venido acumulando en los días y semanas anteriores alcanzaba ahora su momento culminante, y en la fila cada cual dejaba salir sus nervios a su manera. Algunos contraían el rostro, mirando a ninguna parte, idos, rumiando quizás sus ilusiones, otros eran atacados implacablemente por sus tics, otros más se comían las uñas sin parar hasta que los dedos se les ponían cabezones. La mayoría platicábamos con los vecinos de atrás y adelante en la fila, dándonos ánimos los unos a los otros.

Mucha gente había puesto todas sus esperanzas en conseguir la visa y cuando no se las daban rompían a llorar como niños abandonados. Algunos tenían toda su vida paralizada, esperando nada más conseguir aquel sello que les autorizaba a viajar a aquel país donde pensaban podrían trabajar y vivir bien y desde el que podrían enviar dinero para ayudar a su gente. Muchos no tenían un plan alternativo y el no conseguir la visa era una tragedia enorme y no sabían que harían de sus vidas en adelante. Por eso daba tristeza ver salir a hombres y mujeres con los rostros desencajados luego que el empleado de la embajada les hacía saber que no calificaban para obtener la visa y les ponía un sello en la última página del pasaporte, para que no pudieran regresar antes de seis meses a intentar de nuevo conseguir aquel otro sello, el sello de los escogidos para entrar al paraíso.

Los que conseguían la visa salían jubilosos. En su rostro y en sus ojos podía verse la felicidad aunque trataran de ocultarla y de comportarse de manera natural, algunos para no parecer demasiado ansiosos y otros para no hacer más difícil el triste momento que los des-visados estaban viviendo.

Cuando entré al fin al recinto del consulado, a media mañana, ya estaba convencido que no me darían la visa. Había visto salir de regreso, sin visa, a gente que tenía grandes propiedades, que tenían negocios muy productivos y que evidentemente no necesitaban irse a Miami o California a trabajar como peones agrícolas, obreros o mucamas. Señoras que se notaba andaban siempre bien vestidas y no se habían vestido nada más para la ocasión, de refinados modales y hablar pausado, regresaban con lágrimas en los ojos, rechazadas. Señores de mediana edad con pinta de ejecutivos, vestidos con pantalones bien planchados con la raya bien marcada y sin ningún doblez fuera de lugar, calzados con finos y elegantes zapatos italianos, que habían entrado al consulado con la frente en alto y la sonrisa a flor de labio, regresaban de aquella cámara de tortura con el rostro desencajado, tratando de entender qué cosa había fallado. Yo había comido bien aquella madrugada. Me había despachado despacito un enorme plato de avena con agua y azúcar y un tazón de café amargo que me habían dado suficiente energía como para pasarme todo el día haciendo la fila. Tenía la mente clarísima y estaba de buen humor. Cuendo llegue a la conclusión que mis probabilidades de obtener la visa eran en realidad bajísimas, me dí cuenta casi sorprendido que no me importaba mucho. En realidad me resbalaba si no me la daban. Mis padres, mis dos hermanos y tres de mis seis hermanas estaban en California y me encantaba la posibilidad de ver a todos de nuevo después de varios años, pero aquella mañana caí en la cuenta que no estaba demasiado ansioso por verlos y mi vida no iba a caerse en pedacitos si el yanqui me decía que no. Me relajé y pensé que si había llegado hasta ahí no iba a ser para regresarme ahora. Iba a ir a aquella ventanilla a hacer lo que había ido a hacer. Me dije a mí mismo, que ocurriese lo que ocurriese iba a regresar sonriendo. Me descubrí a mí mismo encantado de la vida en ese preciso momento y seguramente se me veía en el rostro.

jueves, octubre 11, 2007

California, here I come (parte 8)

Cuando Eduardo me contaba todas estas cosas habían pasado ya varias semanas desde su llegada, ya todo había sido resuelto y su voz no reflejaba ninguna emoción al contarme los detalles. Hablaba de sí mismo y de sus cosas con mucha tranquilidad, como si hubiese estado hablando de otra persona.

Su sentencia estaba ya lista cuando le enviaron a traer y aunque intentó por todos sus medios cambiar las cosas no pudo lograrlo. En Managua la comisión disciplinaria fingió escucharle, fingieron que examinaban la “evidencia” pero al final soltaron el veredicto que Eduardo ya sabía de antemano: la beca le era suspendida por sus faltas disciplinarias. En consideración a su precaria situación económica y gracias a la generosidad revolucionaria no le exigirían el pago de lo que la revolución había gastado al enviarlo a estudiar.

-Pero cómo fue, contame- le pregunté curioso.

-Cuando llegué del aeropuerto a la casa de la JS era casi mediodía. Me dieron de almorzar y me dijeron que iban a convocar a los miembros de la comisión para esa misma tarde. Yo tenía un sueño brutal pues mi cuerpo aún estaba en otro ritmo así que me pasé la tarde cabeceando en una silla. Como a las ocho de la noche una compa vino a decirme que no habían podido contactar a la gente y que la reunión se haría otro día. Me pidió que regresara al día siguiente por la mañana. Le pregunté si podía dejar mi maleta hasta el día siguiente y me dijo que sí así que la metí en un armario y sólo me llevé una mochila con lo más esencial. Cuando le pregunté me contó que no muy lejos de ahí había una pensión buena, bonita y barata en la que podía pasar la noche. No tenía ganas de buscar a nadie conocido ni a mi familia así que simplemente me encaminé a la pensión, alquilé un cuarto y me dormí de una vez de pura tristeza.

-¿Y se reuniueron al fin al día siguiente? -Pregunté yo impaciente pues siempre quiero oir el final de los cuentos de una vez.

-Ni ese día ni el siguiente ni el que siguió. Me tuvieron con cuentos toda la semana. Ya no tenía cómo pagar la pensión así que me fuí a buscar a un compa que había conocido en Alemania pero que se había venido de regreso porque le había entrado nostalgia. El camarada me dió posada y me alimentó por unos días. Yo no quería buscar a mi familia antes de saber cuál iba a ser mi destino pero un día me fuí al mercado oriental y un rivense que me encontré me reconoció. Para entonces habían pasado ya dos semanas así que antes que el rivense llegara al pueblo y empezara a contarle a todo el mundo que me había visto en Managua, me subí en un bus y me fui a mi casa. Por el camino iba pensando qué le diría a mi madre cuando me preguntara a qué había vuelto y decidí contar las cosas como yo las veía, sin sumarle ni restarle.

-¿Y tu mamá, cómo lo recibió?

-Si yo no había llegado a la casa era porque me daba pena causarle tristeza a mi vieja, pero ella lo tomó de la mejor manera. “Todos estos hijos de puta sandinistas son unas mierdas”, me dijo y me dijo más aún: “vos hiciste las cosas bien, hiciste lo que estaba a tu alcance, no tenés nada que lamentar, no es tu culpa y no tenés que avergonzarte ni agüevarte. Vos vas a salir adelante y todos los que te jodieron van a comer mierda. Ya vas a ver vos.” Cuando mi mama me dijo esto se me salieron las lágrimas y un peso enorme se me quitó de encima. Por fin pude entonces relajarme y empezar a pensar en mi futuro.

-¿Y la comisión se reunió al final?

-La comisión, que eran cuatro hombres y una mujer que yo nunca había visto, se reunió al fin tres semanas después de mi llegada. Ese día me habían citado para las tres de la tarde pero fue sólo a las nueve de la noche que la comisión disciplinaria se presentó. A esa hora empezaron a revisar mis cajas con mis documentos mientras yo esperaba fuera del salón donde se habían reunido. Como a media noche me llamaron para hablar conmigo. El que actuaba como jefe de la comisión, un chaparrito trompudo, dió por iniciada la reunión “para analizar el caso del compañero Eduardo quén supuestamente ha incurrido en faltas disciplinarias en su condición de becario en la RDA”. Luego de esto empezaron un larguísimo interrogatorio con el que de manera cronológica iban revisando cada frase que yo dije o no dije, cada cosa que hice o no hice, guiándose para ello en los informes que la JS había preparado sobre mí y en informaciones que sus espías les habían hecho llegar.Yo no era modelo de comportamiento partidario pero tampoco era un contra así que tomé en serio mi defensa, tratando de explicar cada cosa. En los rostros serios de los miembros de la comisión se veía que les disgustaba estar hablando conmigo y que no aprobaban mi comportamiento “pequeño burgues”. Les molestaba que tuviera una novia, que hubiera hecho amigos y que no me hubiera quedado comiendo mierda con los compitas miedositos que nunca salían de puro miedo y de acomplejados que eran.

Hubo un momento en que de pasada y casualmente hablaron de mis actividades académicas. Creo que habían estado evitando hablar de esto pero era ya de madrugada y estaban cansados así que bajaron la guardia.

-Parece que eras buen alumno -dijo el chaparrito, hablando en pasado y dejándome entrever mi futuro.

-No, le dije yo, no era buen alumno. Era el mejor alumno de toda la universidad, punto.

-Usted es poco humilde, compa -me dijo el chaparrito, molesto.

-No, sólo le aclaro, compa, cómo son las cosas. Si no me cree mande a preguntar a la universidad, o lea los reportes que tiene en sus manos ¿O es que eso no aparece ahí?

-No con esas palabras.

-Pues esas son las palabras correctas y a lo mejor hay otras cosas en sus reportes que no están dichas con las palabras correctas -dije, y el chaparrito se quedó callado..

Al final de la sesión sacaron el as que tenían guardado debajo de la manga. Me pasaron un documento y me preguntaron si las anotaciones que podían leerse en las márgenes así como los subrayados y otros comentarios en el texto habían sido hechas de mi puño y letra. El documento que me habían pasado estaba muy bien encuadernado y en la caratula podía leerse su título y su autor: “Comandante de la Revolución Fulano de Tal”. Entonces entendí todo el asunto de una sola vez. Era el mismo documento que el .jefe de la JS en la RDA me había dado aquella noche para que se lo comentara y del que yo tan mal había hablado en la reunión que luego tuvimos. El jefe de la JS o quien fuera, le había quitado al documento toda identificación, me habían pedido criticarlo y cuando se los regresé lo habían encuadernado de nuevo, con todo el veneno que yo había vertido en un documento tan mierda como aquel. El jefe de la JS en la RDA sabía igual que yo que el documento era malísimo así que intentó embaucarme y lo consiguió. Contradecir a un comandante es un pecado muy grande que merece una fuerte penitencia. Lo que yo había hecho era como si un curita de pueblo se pusiera de pronto a criticar al papa desde su púlpito. Al día siguiente lo mandarían a remover y lo mandarían en misión a Africa.

-¿Hiciste esas anotaciones? -me preguntó el chaparrito.

-Esa es mi letra y mis anotaciones. Yo las hice, pero las hice en un documento sin identificación, este documento fue encuadernado después de mis anotaciones...

-Limitate a responder las preguntas que se te hacen -me interrumpió el chaparrito- contestá sí o no, ¿Hiciste vos las anotaciones?

-Este no es un juicio y ustedes no son jueces, así que no voy a limitarme a responder lo quie querés oir – le dije al chaparrito-, voy a responder lo que haya que responder para aclarar este asunto y si ustedes quieren aclararlo será mejor que oigan lo que digo. Claro que hice yo las anotaciones. Caí en una trampa que alguien me tendió para joderme. Yo escribí mis comentarios sin saber quién era el autor. De haber sabido quien era el autor del documento no escribo esas cosas.

-¿Y por qué las hiciste? -me preguntó el que estaba a la par del chaparrito.

-Porque el responsable de la JS en la RDA me pidió revisarlo y comentarlo.

-¿Y vos pensás que lo que escribiste es correcto? -siguió el comisionado preguntando.

-En ese momento pensé que era correcto, sabiendo ahora -dije, intentando del mejor modo salvar mi pellejo- quién es el autor ya no estoy tan seguro.

-Si lo que decís es cierto -me preguntó la única mujer del grupito y sentí que estaba tratando de ayudarme- si escribiste esas cosas sin saber quién era el autor, decime, ¿Ahora que sabés quién lo escribió escribirías lo mismo?

-Claro que no, sería una falta de respeto para el comandante.

-Pero lo seguirías pensando -dijo el chaparrito, que no estaba dispuesto a dejarme salir ileso de esa habitación.

-Eso no puede saberlo usted compa, ni yo. Probablemente mi visión sobre el documento hubiera sido otra de haber sabido quién lo escribió. El responsable de la JS me dijo que el documento lo había escrito un compa del departamento de propaganda del partido. A un compa lo critico de un modo, a un comandante lo miro de otro modo.

-Dijiste en una reunión que el autor seguramente no era economista ni había hablado ni con la mujer de un economista -dijo el chaparrito, leyendo las notas de la reunión de aquella noche fatídica.

-Dije algo así probablemente, pero quizás no con esas palabras exactamente -respondí.

-Dijiste también que era un documento “elemental” -el chaparrito hizo las comillas con sus dedos y cambió el tono de su voz para enfatizar.

-Dije.

-Y que el documento era una copia de manuales de propaganda soviéticos -el chaparrito apretaba la tuerca más y más.

-No con esas palabras pero algo así habré dicho -contesté.

-Y que un mal estudiante del tercer año de aconomía podía escribirlo mejor.

-No, dije que aquel compañero en la RDA, presente en la reunión y en efecto estudiante del tercer año de economía, podía escribirlo mejor. Yo no dije que un mal estudiante podría hacerlo.

-Pero el compa no es muy buen estudiante que digamos -dijo el chaparrito.

-A lo mejor no -dije yo- pero yo no dije eso que decís que dije.

-Pero sí dijiste que el mejor destino para el documento era el basurero.

-Dije eso, sí, pero estaba cansado y aburrido.

-Esa fue la última pregunta que queríamos hacerte, ¿Tenés algo más que decirnos? -preguntó el chaparrito.

-Sólo quiero decir que cometen un gran error si deciden cortarme la beca. No seré el más disciplinado de los miembros de la JS pero estoy con la revolución y puedo contribuir con ella desde mi carrera de economista.

-O combatirla desde Miami -dijo el chaparrito dejando ver sus pensamientos.

Empezaba a amanecer y los otros miembros de la comisión cabeceaban. El chaparrito se dirigió a todos para decir que consideraba tener suficientes elementos de juicio para poder tomar una decisión. Me solicitó salir de la habitación un momento para que la comisión pudiera deliberar. Un cuarto de hora más tarde me llamaron de nuevo para darme el veredicto que ya te he contado. A la mierda esos cinco años y a la mierda Eduardo. Me sacan a patadas, como se saca un perro sarnoso que de pronto se metió de colado a un restaurante de lujo. Por suerte salí entero de toda esa mierda.

-¿Y ahora que vas a hacer? -le pregunté.

-I am going to the USA, a California -dijo Eduardo en tono alegre- me voy al capitalismo, a hacer reales. Aquí dejo toda esta mierda. ¿Qué decís, nos vamos juntos?

Yo, que a estas alturas del partido estaba harto de mi aburrida vidita y harto hasta el copete de una revolución que ya para entonces consideraba fallida, miré ahí mi mejor opción.

-Nos vamos -respondí- pero primero vamos a lanzarnos una sopa de mondongo y una media para celebrar.

-Has hablado con sabiduría -dijo Eduardo y nos fuimos a celebrar. Eramos jóvenes, sanos, fuertes e inteligentes y ahora teníamos uina meta así que sólo podíamos estar alegres. Pasamos una tarde de lo mejor, comiendo, bebiendo, riéndonos y haciendo planes para el futuro. Aún no sabíamos con exactitud cómo íbamos a hacer para llegar a California, pero eso ya lo definiríamos más adelante.

lunes, octubre 01, 2007

California, here I come (parte 7)

Una noche, cuatro semanas después de aquella reunión, al regresar Eduardo a su apartamento, lo encontró abierto y completamente vacío. Adentro, el segundo al mando de la JS lo estaba esperando, sentado en una silla recostada a la pared y leyendo una novelita de vaqueros. El segundo al mando era un joven simplón, alejado de todas las maquinaciones del jefe de la JS y si desde hacía algunos meses ocupaba ese puesto era porque tenía el más brillante currículo de todos los becarios. Había sido guerrillero largos años y había estado en multitud de combates. Los últimos días de la dictadura se los había pasado combatiendo a la guardia en León. Le tenía sincera simpatía a Eduardo y no podía entender que hubiera gente en la JS que lo detestaba, pero no sabía cómo defenderlo.

-Te tengo una mala noticia -le dijo como saludo.

-¿Qué pasó? ¿Se murió alguien?

-No nadie se ha muerto, pero vos tenés que viajar a Managua. El avión sale mañana tempranito.

-¿A Managua? ¿Qué tengo que hacer yo en Managua? La semana que viene empiezan los exámenes finales del semestre.

-Yo no sé exactamente, pero parece que hay una comisión disciplinaria que quiere hacerte algunas preguntas.

-Pues que vengan aquí y me pregunten, pero si me voy ahorita pierdo los exámenes y nadie me va a reprogramar un examen. Si pierdo los exámenes pierdo el año y si píerdo el año todo lo que he hecho desde que vine sirvió para ni mierda. No, aquí hay un error, definitivamente.

-No, no hay error y no me preguntés nada que yo no sé nada, de verdad, no te estoy engañando.

-¿Y por qué te mandan a vos a decirme esto?

-Soy el único de la dirección que está disponible, los otros no están.

-¿Y mis cosas?

-Te hice dos maletas con toda tu ropa y tus enseres personales. Los libros y las otras cosas los metimos en cajas, una parte se queda aquí, esperándote para cuando regresés, la otra va a viajar a Managua.

-Esa parte va conmigo pues.

-No, la comisión disciplinaria la va a recibir allá porque quiere examinarla. Va en tu mismo avión pero no con vos.

-Es raro todo esto, muy raro.

-A mí también me parece raro francamente.

-¿Y yo donde voy a dormir hoy?

-No vayas a decir que yo te lo dije, pero querían que durmieras preso. Yo les dije que eso no se podía, que no era correcto y aceptaron que te quedés a dormir en mi cuarto, bajo mi responsabilidad. Tengo que pedirte tu palabra de que no vas a tratar de escapar. Estoy metiendo mi mano por vos así que no me pagués mal. Si te vas te mandan a buscar con la Stassi y ahí si te jodiste.

-Tenés mi palabra. No me voy a ir a ninguna parte, de todos modos no tengo adonde ir

-¿Y la jaña?

-No está, anda en un congreso en Moscú y si estuviera tampoco iría a despedirme. ¿Qué le iba a decir? Iba a ser muy complicado. La compa es militante del partido comunista y no la quiero comprometer. Ahora soy un paria. Además cuando ella pregunte ustedes seguramente le van a decir que yo era un contra, un elemento nocivo para la revolución y ella tendrá que creerlo.

-Qué cagada -dijo el segundo, compasivo.

-Cagadón -dijo Eduardo.

-¿Viste la botella de vodka que tenía en mi closet?

-La ví, la puse en tu maleta.

-¿Nos la bebemos?

-No hay de otra. Por ahí tengo unas sardinas y un estofado que nos podemos despachar para acompañarla.

De esa manera, comiendo estofado y sardinas de lata y bebiendo vodka en compañía de un compa compasivo -que resultó buen contador de chistes y lo hizo reir- transcurrió la última noche de Eduardo en Alemania. A la mañana siguiente volaría a La Habana donde le esperaba un miembro de la JS que al día siguiente voló junto con él a Managua. Un miembro de la comisión disciplinaria los estaba esperando en el aeropuerto para llevarlos directamente a las oficinas de la JS.