sábado, octubre 20, 2007

California, here I come (parte 9)

Para cuando me contaba todas estas cosas Eduardo tenía bastante adelantados sus planes para viajar a Estados Unidos. Su hermano mayor, que vivía en una ciudad del norte de California le había mandado dinero para que pudiera irse y estaba haciendo arreglos con las personas que de manera ilegal lo introducirían en Estados Unidos. Eduardo había solicitado un nuevo pasaporte pues el viejo tenía sellos de entrada y salida de la RDA y de Cuba y si por alguna razón caía en manos de las autoridades de migración estadounidenses, el pasaporte podía crear innecesarias complicaciones.

No recuerdo bien si a la llegada de Eduardo ya tenía yo la idea de viajar a Estados Unidos o si fue él quien me trajo la idea. En todo caso, al aparecer éste las cosas se apresuraron. Pensé que yo no tenía nada que perder intentando viajar de manera legal, así que hice planes para ir a la embajada yanqui a solicitar visa. Pensaba que como ya una vez, hacía años, había tenido visa y había viajado a Estados Unidos no me sería muy difícil conseguirla de nuevo. Casi cada persona a quien le conté que iba a ir a buscar visa se rió de mí o en secreto consideró que estaba yo loco. La embajada estaba dando visas a cuentagotas a ciertas personas nada más y yo no cumplía con los criterios que la embajada explícitamente señalaba, ni con los otros criterios que no se mencionaban pero que era claro que la embajada seguía al otorgar o denegar las visas. Yo tenía mucho en común con las personas a quienes la embajada les denegaba la visa: no tenía ni en qué caer muerto (la embajada no le daba visas a los pobres), tenía veinticinco años (la embajada no le daba visa a los jóvenes en edad de hacer el servicio militar) y aparentaba ser sandinista (la embajada sólo le daba visa a los opositores). Con todo y gracias a esa manía mía de llevar la contraria me fui a la embajada. El hijo de un buen amigo de mi cuñado, un hombre rico y de contactos, me había extendido una carta de presentación en la quie decía cosas buenas sobre mí. Esa carta, una nota de la dirección de ingresos quie decía que estaba solvente del pago de mis impuestos (un requisito ineludible), un optimismo rayano en la locura y un modo de andar que había ensayado frente al espejo hasta que pareció natural, eran mis instrumentos esa mañana. Como dicen en Nicaragua cuando lo quieren animar a uno a emprender una empresa difícil, ya tenía el no y ahora iba a buscar el sí.

Cuando llegué a la embajada, a eso de las cinco o y media de la mañana, la fila era ya muy larga. Media hora más tarde se hizo larguísima y los que llegaban se iban de regreso a sus casas, desesperanzados, para regresar al día siguiente a intentarlo de nuevo, más temprano. Eramos cientos de personas avanzando lentamente, como si de un entierro se tratase, o de un desfile de tortugas. Creo que aún no se había inventado el oficio de “filero”, de esa gente que sabiendo lo codiciada que la visa era se iba a la embajada de madrugada a hacer fila para luego vender el puesto en la fila a quienes ansiaban entrar. Yo hice la fila como cualquier hijo de vecino pues hubieran o no fileros vendiendo los buenos lugares, yo no tenía ni un peso en la bolsa y no hubiera podido comprar un lugar. Según mis anotaciones de entonces, en la fila había de todo tipo de gente, de todas las edades, de todas las clases sociales y con todo tipo de vestimenta. Para impresionar favorablemente al entrevistador, mucha gente se ponía sus mejores ropas, pero aparentemente era este un error táctico pues los que iban con las ropas más elegantes casi siempre regresaban sin visa, cosa que podíamos adivinar en sus rostros descompuestos al pasar de regreso.

La verdad, esa gente haciendo aquella larguísima fila, entrando y saliendo de aquella embajada, era un espectáculo triste, deprimente. Casi todos los que estábamos ahí íbamos buscando una visa de turismo con el propósito oculto de quedarnos en los Estados Unidos de manera ilegal. Eso lo sabíamos todos los que estábamos buscando la visa y lo sabían bien los entrevistadores. Mucha gente de la que estaba ahí haciendo fila se había pasado meses reuniendo los documentos que la embajada solicitaba, desde títulos de propiedad de tierras, casas y vehículos hasta estados de las cuentas bancarias, constancias de trabajo y de esto y de lo otro. Cada cual tenía su estrategia, pero casi todas las estrategias fallaban, a juzgar por los rostros que traían los solicitantes al regresar.

Toda la tensión que se había venido acumulando en los días y semanas anteriores alcanzaba ahora su momento culminante, y en la fila cada cual dejaba salir sus nervios a su manera. Algunos contraían el rostro, mirando a ninguna parte, idos, rumiando quizás sus ilusiones, otros eran atacados implacablemente por sus tics, otros más se comían las uñas sin parar hasta que los dedos se les ponían cabezones. La mayoría platicábamos con los vecinos de atrás y adelante en la fila, dándonos ánimos los unos a los otros.

Mucha gente había puesto todas sus esperanzas en conseguir la visa y cuando no se las daban rompían a llorar como niños abandonados. Algunos tenían toda su vida paralizada, esperando nada más conseguir aquel sello que les autorizaba a viajar a aquel país donde pensaban podrían trabajar y vivir bien y desde el que podrían enviar dinero para ayudar a su gente. Muchos no tenían un plan alternativo y el no conseguir la visa era una tragedia enorme y no sabían que harían de sus vidas en adelante. Por eso daba tristeza ver salir a hombres y mujeres con los rostros desencajados luego que el empleado de la embajada les hacía saber que no calificaban para obtener la visa y les ponía un sello en la última página del pasaporte, para que no pudieran regresar antes de seis meses a intentar de nuevo conseguir aquel otro sello, el sello de los escogidos para entrar al paraíso.

Los que conseguían la visa salían jubilosos. En su rostro y en sus ojos podía verse la felicidad aunque trataran de ocultarla y de comportarse de manera natural, algunos para no parecer demasiado ansiosos y otros para no hacer más difícil el triste momento que los des-visados estaban viviendo.

Cuando entré al fin al recinto del consulado, a media mañana, ya estaba convencido que no me darían la visa. Había visto salir de regreso, sin visa, a gente que tenía grandes propiedades, que tenían negocios muy productivos y que evidentemente no necesitaban irse a Miami o California a trabajar como peones agrícolas, obreros o mucamas. Señoras que se notaba andaban siempre bien vestidas y no se habían vestido nada más para la ocasión, de refinados modales y hablar pausado, regresaban con lágrimas en los ojos, rechazadas. Señores de mediana edad con pinta de ejecutivos, vestidos con pantalones bien planchados con la raya bien marcada y sin ningún doblez fuera de lugar, calzados con finos y elegantes zapatos italianos, que habían entrado al consulado con la frente en alto y la sonrisa a flor de labio, regresaban de aquella cámara de tortura con el rostro desencajado, tratando de entender qué cosa había fallado. Yo había comido bien aquella madrugada. Me había despachado despacito un enorme plato de avena con agua y azúcar y un tazón de café amargo que me habían dado suficiente energía como para pasarme todo el día haciendo la fila. Tenía la mente clarísima y estaba de buen humor. Cuendo llegue a la conclusión que mis probabilidades de obtener la visa eran en realidad bajísimas, me dí cuenta casi sorprendido que no me importaba mucho. En realidad me resbalaba si no me la daban. Mis padres, mis dos hermanos y tres de mis seis hermanas estaban en California y me encantaba la posibilidad de ver a todos de nuevo después de varios años, pero aquella mañana caí en la cuenta que no estaba demasiado ansioso por verlos y mi vida no iba a caerse en pedacitos si el yanqui me decía que no. Me relajé y pensé que si había llegado hasta ahí no iba a ser para regresarme ahora. Iba a ir a aquella ventanilla a hacer lo que había ido a hacer. Me dije a mí mismo, que ocurriese lo que ocurriese iba a regresar sonriendo. Me descubrí a mí mismo encantado de la vida en ese preciso momento y seguramente se me veía en el rostro.

No hay comentarios.: