martes, diciembre 04, 2007

Managua, linda Managua

El regreso a Managua fue más fácil que la ida, sobre todo porque tenía gente que quería ayudarme a encontrar mi camino y me iba a ayudar a seguirlo hasta el final. No estaba solo, por más que las cosas fuesen duras y eso me daba fortaleza.

Más de uno me había dicho en California que estaba yo loco, regresando a un país del que mucha gente estaba escapando y del que muchísima gente más quería salir sin poder hacerlo. En el cerca de año y medio que estuve fuera, todas las cosas se habían ido deteriorando a gran velocidad y si ya al salir hacia Estados Unidos en noviembre o diciembre de 1984, pensaba yo que la revolución iba por mal camino, a mi regreso, en abril de 1986 y apenas bajándome del avión empecé a pensar que la revolución había muerto y que lo único que mantenía en el poder a los comandantes -nueve enanitos sin ninguna blanca nieve- era la torpeza del gobierno estadounidense apoyando decidida y ciegamente al ejército de la contra en su guerra contra el sandinismo. Había descontento y malestar dentro de Nicaragua -e incluso dentro del sandinismo, aunque no mucho- con la conducción que los comandantes hacían de una revolución que se suponía de todos, pero la presión del gobierno Reagan no dejaba lugar para otra cosa que no fuese cerrar filas frente a lo que entonces se veía como una intromisión del gobierno estadounidense. El gobierno Reagan le había cerrado los espacios de acción a cualquier oposición al sandinismo dentro del país pues cualquier oposición era considerada traición y tratada en consecuencia.

Creo que fue en junio de ese año 1986 que el congreso estadounidense aprobó una ayuda de cien millones de dólares para la contrarrevolución. Al día siguiente el gobierno de Ortega cerró el diario La Prensa por tiempo indefinido y de entonces en adelante el estado de emergencia que el gobierno había decretado -después me acordaré desde cuando- se hizo aún más estricto, más restrictivo. Para entonces el servicio militar obligatorio bajo el eufemismo de “Servicio Militar Patriótico” reclutaba a las buenas o a las malas a lo mejor de la juventud del campo y la ciudad para enviarla a combatir a los jóvenes de la contrarrevolución, reclutados con métodos no mucho mejores y quizás peores aún. Los jóvenes de ambos bandos morían a camionadas y por camionadas regresaban mutilados física y espiritualmente. Así se habían hecho siempre las guerras en Nicaragua y así seguían haciéndose, los muertos eran siempre jóvenes y eran siempre los hijos de los pobres.

Aquel fue un año muy difícil para todos. Todo escaseaba para entonces. Escaseaba el arroz, los frijoles, la carne, el pan, todo, y entre tanta escasez no fue nada extraño que incluso las ganas de seguir viviendo escasearan también. Un enorme sentimiento de tristeza, de abandono, de pesadumbre, hizo presa de la gente. A veces iba yo a Rivas a visitar una hermana que aún me quedaba por allá y a ver a antiguas amistades y la visión de mi púeblo cayéndose a pedacitos me daba mucha tristeza. Nadie pintaba las casas, nadie reparaba la cerradura de una puerta y si una teja se caía nadie se subía al techo a reparar la gotera. Muchas casa eran nada más que cascarones, por dentro todo se iba destruyendo, desde el mobiliario hasta los ocupantes de las casas. Una enorme indolencia se había apoderado de las gentes, como si el mundo para entonces se hubiera ya acabado, como si no hubiese nada más que hacer. La gente había perdido toda esperanza y aquello parecía que duraría para siempre. En el pueblo nicaragüense, capaz de grandes cosas se había enseñoreado el “valeverguismo”, esto es, una manera de ser en la que ya nada te importa pues nada te parece importante y lo que a tu alrededor ocurra te tiene sin cuidado.

En todo el país, mucha gente, nadando en aquella tristeza que podía respirarse en el aire perdía el contacto con la realidad y enloquecía. Todos los pueblos del país se llenaron de locos. Los cerebros de mucha gente no habían sido capaces de soportar tanta tristeza -o la falta de vitaminas debido a la escasez de todo- y habían enloquecido. La locura era el camino que el espíritu había escogido para poder soportar aquellas condiciones que para muchísima gente eran terribles.

Con aquella guerra horrible que por suerte no llegaba hasta las ciudades, en aquella falta de esperanzas, en aquel desánimo generalizado, no era Nicaragua el mejor país para vivir, pero era mi país, el país en el que yo quería vivir y por el que quería hacer “algo”. Para eso había regresado y no iba yo a dejarme contagiar de la dejadez. La demencia no estaba entre mis planes, ni la tristeza, ni el desánimo. Esas cosas no eran para mí, no había regresado para sufrir.