martes, septiembre 23, 2008

Del modo en que te perciben

Este post iba a titularse de varias maneras: “las tácticas de la conquista” era una posibilidad, al igual que “como te ven así te tratan”, pero finalmente me decidí por el título que ahora lleva porque me parece refleja mejor que los otros el asunto de que trata. En los cortes de café vos eras atractivo para ciertas cristianas porque ellas se sentían entonces atraídas por lo que vos aparentabas ser, por lo que vos en su mente representabas. Por las mismas razones, había compañeras que no te miraban ni con el rabo del ojo porque ellas se sentían atraídas por otras cosas que aquello que vos parecías ser. Fijese usted que utilizo las construcciones “aparentar ser” y ”parecer ser” porque muchas veces aquello que se aparentaba era nada más que apariencia, una pantalla sin ninguna sustancia detrás de ellas. Es que a veces lo que vos aparentabas ser, la imagen que hacia el exterior lanzabas era una creación tuya, una pose que adoptabas con diversos propósitos. Otras veces, la imagen que de vos lanzabas hacia afuera no se correspondía con la realidad, aunque no era una pose ni era una creación expresa y reflejabas otra cosa que aquello que eras sin darte cuenta, ingenuamente, torpemente, para bien o para mal. En aquellos cortes de café muchos varones ─y quizás ciertas mujeres pero de ellas no hablaré hoy─ adoptaban una pose con el claro propósito de pescar alguien con quien coger.

A través de los años desde mi adolescencia, con mucho trabajo, dedicación y estudio yo me había convertido en un “conocedor” de la pose y la utilizaba única y exclusivamente para pescar amores y una vez que lograba pescar algo abandonaba la pose de inmediato, mostrándome como yo era en realidad y ellas entonces se iban o se quedaban, mejor dicho: ellas entonces se iban. La pose no me funcionaba siempre ni siempre la utilizaba, pero en los momentos más críticos, cuando encontraba mujeres que realmente me interesaban, me costaba ser yo mismo y la pose se hacía entonces presente, de manera casi automática. Inseguridad de la juventud, supongo y gracias a ella hasta por ahí de mi cumpleaños veintiseis se me fueron un montón de posibles amores, mis amores imposibles.

Cuando Azalea se fue y me dejó colgado de la brocha, con ese su amor violento que se me pegó por todas mis partes más sensibles, como una sanguijuela que sólo con mucho dolor pude arrancarme al fin, inicié un proceso de recuperación, de sanación espiritual y mientras me lamía mis heridas y las limpiaba con mis lágrimas iba yo revisándome y tomando decisiones que me ayudarían a enfrentar el futuro, en la parte del amor, quiero decir. La primera cosa que decidí era que el próximo amor de ese tamaño que se me apareciera no se me iría y no me dejaria en llantos como este amor que tanto me había gustado. Con Azalea yo no había utilizado la pose, ella había llegado solita y solita se había ido, cuando no encontró en mí lo que fuera que ella anduviera entonces buscando. Con ella entendí claramente que ya no necesitaba la pose para pescar amores gordos y desde aquel momento dejé de utilizarla con fines amorosos. Bien dice el maestro Nietzsche que lo que no nos mata nos hace más fuertes y de aquella experiencia amorosa, que me había llevado de rastras por la calle de la amargura ─como un jinete que cuelga del estribo de un caballo desbocado─ casi me había llevado a la muerte, pero como no me había podido matar me había dejado mucho más fuerte. Nunca le dije a Azalea cuan importante fue aquel breve amor suyo, cuanto significó para mí su partida y cuanto bien me hizo al despedirse de mí cuando más la estaba amando. Ojalá alguien que lea esto se lo cuente.

Pero no era la intención que este post fuera tan lacrimoso como me ha ido saliendo, lo que quería contarle era otra cosa, de lo que quería hablarle era de las poses que los varones asumían en aquellos cortes, para lograr meterse en la cama de algunas cristianas, que en muchos casos eran la mujer de su prójimo. Pero ya se me acabó el espacio así que tendré que regresar a esto en el próximo post.

domingo, septiembre 21, 2008

Ménage-à-trois?

La primera en pasar a visitarme aquella mañana por aquel surco mío que parecía no tener final fue Sofía, la más delgadita de aquellas dos amigas que había yo conocido en el Rigoberto López. Ella tendría entonces 24 ó 25 años, quizás menos y a pesar que intentaba dar la impresión de ser ”aventada” y se había atrevido a llegar hasta allá donde yo me encontraba luchando con los cafetos, me pareció una joven un tanto tímida y a veces reía porque no sabía qué otra cosa hacer. Hablamos un buen rato, me dijo que mi grito de la noche anterior la había envalentonado, nos reímos y bromeamos ─ella se burló de mi velocidad al cortar─ y luego se fue porque tenía que irse. Era inteligente y de buen ver, tenía un sentido del humor muy fino, su conversación era agradable y olía muy bien así que cuando se retiró me dejó prendado de ella.


Un tiempo más tarde, mientras yo pensaba aún en Sofía y trataba de adivinar lo que estaría pensando, se apareció Julieta, la otra amiga. Como su amiga, Julieta también llegó sonriendo y haciendo bromas y se rio de mi lentitud como cortador y hasta echó en mi canasto, burlándose y fingiendo compasión, parte del café que ella había cortado. El humor de Julieta era tan fino como el de su amiga, pero tenía una manera de ser un tanto diferente, de mujer más madura, no por nada tenía la misma edad que yo. Parecía además una mujer más alegre que su amiga, más alocada, con un espíritu más libre. Hablamos largo rato de esto y de lo otro. Estábamos de pie, muy juntos, cortando café del mismo cafeto, hablando como viejos amigos y me contó que había oído mi grito de la noche anterior y que se le había “despelucado el cuerpo” al oírlo.

─·Mirá que no es mentira, otra vez se me despeluca el cuerpo de sólo acordarme ─me dijo mostrándome su brazo desnudo y yo ví que se le había púesto la carne de gallina y acerqué mi brazo al suyo y su piel hizo contacto con mi piel y aquel contacto con esa piel suya me fascinó y siguió aún fascinándome por muchos años desde entonces. Ella tenía la piel de un color oscuro, como el que los europeos y yanquis tratan de adquirir en el verano, exponiéndose al sol en larguísimas sesiones. Su piel era muy tersa y cálida y verla era una invitación a acariciarla y eso hice precisamente, de modo muy delicado. Le dí un piropo a su piel y ella lo agradeció coqueta y un momento después se marchó, como temiendo seguir por ese camino. Cuando se iba, sonriendo, se detuvo un momento para hablarme.

─Me gustó mucho esta visita ─me dijo.

─A mí también, ahora ya conocés el camino, aquí voy a estar algunos días más ─dije y ella sonrió y se marchó.

Igual que su amiga, Julieta también me había dejado prendado de ella al marcharse. Yo tenía un problema. Luego de largos meses de abstinencia después de la partida de Azalea, que me había dejado traumatizado, de pronto resultaba que tenía una racha de buena suerte y me había vuelto “sexy” en aquellos cortes. Yo mismo no me lo creía, pero recordé que para mi gracia o mi desgracia, el amor me llegaba cada cierto tiempo en oleadas y a mis playas desiertas de pŕonto arribaba una náufraga y otra y otra, como estaba ocurriendo en aquel momento. La aparición de mi amigo Guillermo, que se había dado cuenta de la llegada de mis visitantes, me sacó de mis pensamientos.

─Has estado visitado el día de hoy ─me dijo, riéndose.

─Sí hombre, yo no sé qué pasa.

─¿Y ahora cómo le vas a hacer? ─me preguntó mi amigo, curioso.

─¿Cómo le voy a hacer?

─Con esas dos mujeres que te quieren coger.

─La verdad Guillermito que no tengo ni puta idea ─dije sincero.

─Vas a tener que decidir y pronto. Si no te decidís te vas a quedar sin Beatriz y sin retrato.

─¿Y no podré quedarme con las dos? ─pregunté.

─No creo francamente, esas mujeres no se ven como muy comunistas que digamos ─dijo Guillermo─ además no íbas a poder con ellas dos, comiendo sólo arroz y frijoles se te acabaría la polvora en un ratito.

─¿Vos crees que no? ─pregunté dudoso.

─Fracasarías inexorablemente ─a Guillermo le gustaba esta palabra─ y agarrarías mala fama.

─¿Y vos con cuál te quedarías? ─le pregunté a mi amigo.

─Está dura la escogencia francamente, las dos están muy buenas, cada una en su estilo.

─A mi me gustan las dos, pero creo que si me tocara escoger me quedaría con la mayorcita.

─Yo también dijo Guillermo, aunque la otra está más rica.

─Es que la gordita se ve más fiera ─dije aún.

─¿Gorda? Esa mujer no es gorda, vos estás loco, toda la carne está bien colocada donde tiene que estar ¿qué querías, una modelo anoréxica? Agradecé que te abrazan y no pidás que te aprieten, no jodás ─dijo Guillermo usando un refrán de un hermano mío que yo le había prestado y se fue luego a seguir cortando. Cansado como yo estaba, sólo quería que fuera de noche para poder irme a dormir, pero apenas estaba terminando la mañana.

viernes, septiembre 19, 2008

Las vueltas de la vida

A veces me entretengo pensando en cómo habria sido mi vida si en ciertos momentos de ella hubiera tomado un camino diferente que aquel que finalmente tomé sin detenerme a pensar demasiado en el asunto. Usualmente y con razón, no prestamos mucha atención a las pequeñas cosas, a los pequeños episodios de la vida en los que una acción cualquiera, que parece no tener importancia nos cambia la vida de una vez y para siempre. Déjeme que le ilustre lo que digo con un ejemplo. En los años ochenta una amiga mía se fue de manera ilegal a los Estados Unidos, para reunirse con sus hermanos y buscar alla una mejor vida que aquella que estaba llevando en Nicaragua. Ella viajaba con un grupo de gente que un “coyote” iba guiando allá en Tijuana, en la frontera entre México y los Estados Unidos y en cierto momento, en un cierto punto, a una orden del coyote todos saltaron la valla que los separaba del territorio estadounidense. Luego debían correr una cierta distancia para alcanzar un punto a unos pocos metros más adelante en el que estarían a salvo, pero a esta amiga mía se le cayó un zapato antes de saltar la valla y se regresó a traerlo. El coyote le gritó aún que dejara el zapato y saltara, pero ella, terca, no quiso escucharlo y se regresó a traerlo un par de metros, mientras los demás cruzaban la valla. En ese momento se apareció una patrulla de la policía mexicana que la detuvo y evitó que saltara al otro lado. Todos los acompañantes de mi amiga llegaron sanos y salvos a su destino en Estados Unidos. Ella no, ella tuvo que regresar a su casa y a su pueblo, a casarse con el novio que tenía desde la secundaria y a llevar una vida que no era la que ella quería y que para su mala suerte estuvo llena de tristes episodios. Regresarse a recoger aquel zapato, una acción refleja, insignificante, marcó claramente el punto en que la vida de aquella joven cambió para siempre.

A estos puntos en que la vida toma un rumbo diferente del que llevaba, en que las cosas pasan a ser de otro modo y no del que habrían sido, ,e llamo yo las esquinas de la vida y son lugares donde la vida da vueltas, cambia de dirección. A veces en esos puntos, en esas esquinas, damos la vuelta de modo consciente, sabiendo más o menos lo que podemos esperar, como cuando decidimos casarnos, estudiar aquella carrera, solicitar aquel trabajo o viajar a aquel país, pero casi siempre las esquinas de la vida son invisibles, imperceptibles y la mayor parte del tiempo ni siquiera sabemos que hemos pasado una vuelta y que hemos tomado un otro camino.

La vida mía dobló una esquina aquella noche del simulacro de ataque, en el preciso momento en que dejé salir aquel grito (“aquí están los cachimbones“) que la adrenalina en la sangre me empujó a soltar. Mi grito, que fue escuchado por casi todo el campamento, les recordó de mi existencia a aquellas dos mujeres ─Julieta y Sofía─ que unos días antes había conocido en el colegio en que nos habíamos reconcentrado para viajar a los cortes. Si yo no hubiera gritado aquella noche, si me hubiera ido calladito a ocupar mi puesto de combate, ninguna de aquellas dos mujeres me habría ido a buscar a la mañana siguiente para conversar al lugar donde yo estaba cortando. Cada una de ellas pasó a verme, a decirme palabras amables, por separado y sin contarlo la una a la otra. La vida de cada uno de nosotros tres y otras gentes más, había empezado a tomar un rumbo diferente desde la madrugada de aquel día. Si aquel grito no hubiese salido de mi garganta aquella noche, seguramente no estaría yo hoy aquí donde estoy sentado escribiendo este post y usted no lo estaría leyendo. En los próximos episodios le contaré por dónde fue que empezaron a andar las cosas desde entonces.

martes, septiembre 16, 2008

¡Aquí están los cachimbones!

Quizás habría dormido una hora o hasta dos, sentado en aquel rincón, cuando una ráfaga de fusil de grueso calibre que se escuchó como si se hubiese producido dentro del cuarto, me despertó, me mandó un chorro de adrenalina adonde sea que la adrenalina llega, me aclaró el pensamiento, me puso en pie y me mandó fuera de la covacha en un instante mucho más corto que el tiempo que le tomó a usted leer estas líneas.

─Despiértense compas que nos cayeron los hijueputas ─grité a mis compañeros mientras me levantaba y ellos que ya se habían despertado y no necesitaban de mis palabras para levantarse, empezaron a toda prisa a recoger sus armas y municiones, a buscar la manera de salir y a chocar entre ellos en la oscuridad.

Cuando salí de la covacha iba listo para el combate, con el arma en ristre y me coloqué cerca de la entrada de mi covacha, apuntando hacia la oscuridad para cubrir la salida de mis compañeros, pero uno de los soldados permanentes que ya estaba ahí, cerca de nuestra puerta, me mandó que saliera corriendo a ocupar mi posición.

­─Tengo que cubrir la salida de mi escuadra ─dije aún.

─Yo los cubro, vos corré y asegurá la posición en el punto ─me dijo.

─Voy de viaje ─dije y salí corriendo con el corazón palpitándome a toda velocidad y mientras corría, en otro lado del campamento se dejaba oír otra ráfaga de fusil, mucho más larga que la primera. No era esta una agradable manera de despertarse y la contra, que ya contaba con todo mi desprecio se volvió a mis ojos más odiosa. Me dieron ganas de echarle pestilencias encima y así lo hice y mientras cubría en carrera el espacio que me separaba del lugar que debía ocupar les solté a los contras a grito partido una retahila que resonó en el silencio en que la noche había quedado después de aquella dos ráfagas.

─¡A ver contras hijos de puta, saquen la cabeza cobardes que aquí están los cachimbones! ¡Vengan pendejos que aquí está un hombre que les va a sacar la mierda!. ¡A ver hijueputa, soltame un tiro para ver donde estás! ¿Se te acabaron las balas perro hijueputa? ─iba yo gritando y seguí aún gritando mientras llegaban mis compañeros a ocupar sus posiciones que yo ya estaba cubriendo para ellos. En ese momento sólo se escuchaban las voces de los jefes dando órdenes y los pasos de los compañeros que corrían a ocupar las posiciones que desde el día anterior nos habían indicado los soldados permanentes. Guillermo se ubicó a la par mía tal como correspondía y se me acercó para decirme algo.

─Ya no se oyen, los corriste, le tuvieron miedo a tus tapas ─me dijo Guillermo riéndose.

─Le tuvieron miedo a “los cachimbones” ─le dije, mencionando el nombre de combate que el mismo Guillermo había puesto a nuestra escuadra.

─Debe haber sido por eso, se cagaron y se fueron ─dijo Guillermo─ a estas horas ya van llegando a Honduras.

Cubriendo nuestra posición, ya en silencio porque el jefe de nuestra escuadra nos había mandado a callar, nos quedamos aún varios minutos, tratando de adivinar qué había pasado y por qué la contra no atacaba. Luego de un rato se aparecieron los soldados permanentes para ver si estábamos ocupando las posiciones que nos correspondían y si teníamos con nosotros nuestro armamento. Unos minutos después vino la orden de levantar el campo y regresar a las covachas. Aquel había sido un simulacro, un ejercicio para controlar nuestra disposición combativa. La “escuadra de los cachimbones”, como desde entonces se la conocería, que había sido una de las primeras en desplegarse disponiéndose para el combate, había salido muy bien en aquella prueba y había mostrado la madera de la que estaba hecha. Regresamos a la covacha entre risas y bromas, aliviados de que aquello hubiese sido sólo un ejercicio y quejándonos de que hubieran interrumpido nuestro sueño. Cuando entramos a la covacha yo busque de nuevo el rincón en el que había estado dormitando, pero mi compañera de camastro me llamó a ocupar mi lugar y empezamos una conversación que aunque era en susurros toda nuestra escuadra pudo escuchar divertida.

─Vení acostate ─me dijo ella.

─Es que me da pena, ando muy hediondo ─respondí.

─No importa, yo también huelo a choco, vení acostate ─dijo ella y yo, cansado como estaba accedí y fui a acostarme a su lado, boca arriba. Ella no olía nada mal y así se lo dije.

─Que va a ser, vos no olés a choco, vos olés bien rico ─le dije y ella me acarició entonces la cabeza, me dio las buenas noches y nos fuimos a dormir las poquitas horas que faltaban para el amanecer.

sábado, septiembre 13, 2008

Voulez-vous coucher avec moi ce soir?

La frustración, la decepción y la tristeza de aquel primer día de corte que antes les he contado, se me pasaron aquella misma noche. Al regresar al oscurecer Guillermo y yo de la lomita donde se situaba la cocina-comedor nos encontramos viniendo en dirección contraria a la que llevábamos, con una morenita simpática y de ojos vivos estudiante de otra carrera, que yo apenas conocía y que se detuvo a conversar con nosotros. No sé que habrá visto Guillermo en su actitud que se despidió de nosotros y siguió su camino y la morenita me invitó entonces a una fiestecita en su covacha, un poco más tarde aquella misma noche que estaba apenas empezando. Una compañera de su escuadra cumplía años y se lo iban a celebrar a puertas cerradas, con sólo los compañeros de covacha y unos poquitos invitados. La morenita no estaba mal y yo, bien educado que soy le agradecí la invitación y le dije que ahí estaría aquella noche. Cuando nos despedíamos me puso una mano en el pecho, me miró a los ojos y me dijo “cuidado no llegás” con una mirada coqueta. Fue entonces que entendí a qué cosa me estaba invitando en realidad y un estremecimiento delicioso recorrió mi espalda. Mis ojos seguramente habrán entonces adquirido un brillo lujurioso pues ella sonrió antes de irse. “Ahí voy a estar” repetí yo entonces.

Como se lo había prometido a la morenita, ahí estuve a la hora convenida, toqué a la puerta y me dejaron pasar. Eramos ocho personas, cuatro varones y cuatro mujeres, y por falta de espacio cada pareja estaba sentada en un camarote. Yo había traído una botella de Ron Flor de Caña Etiqueta Negra, mi ron favorito de aquellos tiempos y cada cual se sirvió un trago. Luego, aculturizados como estábamos, anti-imperialistas y todo que éramos, le cantamos el “Happy Birthday” a la cumpleañera. Uno de los varones tenía una guitarra y cantó un par de canciones. Luego alguien apagó el candil y cada pareja se retiró a su camarote y se concentró en sí misma. Yo apuré mi trago y me dediqué luego a darle cariño a aquella joven que en aquella oscuridad en la que no se veía, se convirtió en la mujer más bella que yo pudiera imaginar. Aquel cuarto se llenó de pronto de puro polvo cósmico, pura sensualidad. Ocupado como cada cual estaba, uno no prestaba mucha atención a lo que las otras parejas hacían y todos procurábamos no hacer mucho ruido para que nuestros sonidos no salieran de aquel cuarto, que se llenó entonces de murmullos, de chasquidos de besos, de suspiros, del sonido de roces de pieles húmedas, del ruido de los cuerpos moviéndose sobre las tablas, de los casi inaudibles sonidos de genitales en cópula, de quejidos orgásmicos, de amor pues, que casi se podía respirar. Así estuvimos por algunas horas, hasta que el campamento todo quedó en silencio. Yo besé a mi amiga, despidiéndome, le agradecí de nuevo la invitación y me fui a dormir a mi propia covacha, con mi gente.

Aunque no teníamos una relación sentimental, aquella noche no me atreví a acostarme con mi compañera de camastro así como andaba, oliendo a sexo, lleno del olor de otra mujer, así que tome mi gruesa colcha y me fui a sentar en un rincón del cuarto a recordar aquel torbellino en el que había estado metido y pensando en eso, así sentado me quedé dormido.

viernes, septiembre 12, 2008

Por qué digo las cosas que digo



[Hago un paréntesis en la narración y dedico este post a algunos lectores que me hacen preguntas en privado]

A lo mejor es hora de que le explique, si es que usted no lo ha entendido ya, las razones por las que los nueve comandantes al frente de la revolución fueron con el tiempo perdiendo mi respeto y luego ─a medida que avanzaba en mis estudios en la carrera de sociología─ llegaron a ganarse mi desprecio y el título de “hombrecitos” y otros por el estilo que en este mi blog empleo. Es que yo, al igual que muchísima gente, quería revolución y en los primeros años ─a mi juicio de entonces y de ahora─ los comandantes siempre se quedaron cortos y la revolución, aunque asomó su rostro, nunca llegó, porque los comandantes no sabían ni tenían idea de cómo era que eso se hacía y en su ignorancia y su torpeza, la frenaron, frenando así el cambio en toda Centroamerica, pues Nicaragua era entonces el motor del cambio.

Intuía yo en los primeros años ─era intuición pues me faltaban conocimientos─ que los comandantes no estaban a la altura de la tarea que el pueblo les había encomendado. A partir del año 1986, cuando empiezo a leer y estudiar a Marx y a estudiar el marxismo seria y profundamente, guiado al principio por el cura Navarro, ese viejo sabio del que antes les he contado y por otros curas y no curas más tarde, la intuición se convierte en certeza y me doy cuenta de la honda ignorancia de ese grupito de enanos intelectuales que se atrevieron a ponerse al frente de la revolución. A usted le han dicho quizás que los comandantes eran marxistas, que eran comunistas, pero eso es nada más un favor que les hacen, salido de la propaganda Reaganiana, pues realmente los comandantes no eran nada, ni chicha ni limonada. Del mismo modo que usted no se convertirá en panadero leyendo las instrucciones que vienen en la cajita de harina que compra en el supermercado, los comandantes no podían convertirse en marxistas leyendo ─aquellos que leían─ los folletos de propaganda que producía la Academia de Ciencias de la URSS y que distribuía en los países del tercer mundo. Aquellos hombrecitos, siendo incapaces de encontrar por sí mismos y en sí mismos las respuestas que la tarea de hacer la revolución les planteaba, hicieron los mismo que hacen con frecuencia los malos alumnos: recurrieron a la copia. No es Cuba quien les arrastra a seguirla, no es la Unión Soviética quien impone a Nicaragua convertirse en peones del juego de la guerra fría. Son ellos mismos, vacíos de ideas sus pequeños cerebros, quienes se dedican a la imitación, sin detenerse a pensar que el mono por más que imite a los humanos, mono se queda y que el parloteo de la lora no se convierte en habla por más que el animalito practique la imitación. Son ellos quienes arrastran al país todo y a la sociedad toda a la vorágine de aquellos años, sólo para regresar después al mismo punto del que habíamos partido en peores condiciones que al principio. Son ellos quienes crean las condiciones para crear lo que ahora estamos viviendo, una versión empeorada y aumentada del somocismo, o lo que es lo mismo Somocismo versión 2.0, o si usted así lo prefiere: chayo-danielismo 1.0.

domingo, septiembre 07, 2008

y nada mas que el rojito

Pensándolo bien, quizás no me faltaba motivación para ser un buen cortador, pues en realidad andaba en esa movilización muy contento, con el espíritu muy en alto, eufórico casi, recuperado ya del terrible sufrimiento que me había abatido después que Azalea me mandó de paseo. Ya no andaba más aturdido y abrumado por la duda de los celos, había recuperado mi fe en el amor y hacía meses ya que no visitaba cantinas de mala muerte arrastrando el sufrimiento por una pasión desenfrenada. Había vuelto a la normalidad de aquellos tiempos, me sentía de lo mejor, estaba de lo mejor y eso seguramente se veía desde afuera.

Para entonces ya sabía yo que los sandinistas no eran capaces de hacer una revolución y si andaba en aquellos actos de apoyo era porque en las circunstancias en las que estábamos, con Reagan financiando y nutriendo a la contra que hacía la guerra en varios frentes, no era correcto hacer oposición, al menos no abierta. Siempre he pensado que gracias a Carter los sandinistas lograron llegar al poder y gracias a Reagan se mantuvieron en él, pero de esto hablaré en otro post, ahora déjeme seguir con los cortes. Lo que quería decir en este párrafo es que aún cuando no estaba ya fascinado por la revolución aún estaba dispuesto a participar en las grandes tareas, a hacer las cosas bien, a conciencia.

Sólo que eso de cortar café no es tan fácil como podría usted pensar. Es una cosa que requiere ciencia, no es asunto de soplar y hacer botellas y si usted corta como yo entonces cortaba, de una manera exquisita, buscando nada más los granos rojos, no va a llenar el canasto muy rápidamente. Mi corte era elegante, limpio, cuidando de no dañar la planta, para que al año siguiente volviera a producir. Uno va con sus dos manos desgranando las ramas, grano a grano, sacando el grano rojo y dejando los que aún no presentan el color de la madurez. Aquellos de entre nosotros que cortaban la mayor cantidad del grano eran usualmente cortadores cochinos, descuidados, torpes, que sobaban las ramas al cortar arruinando la planta y en sus canastas se veían granos en diferentes estados de madurez. Ellos cortaban cantidad, yo cortaba calidad pues la consigna “sólo el rojito” era mi brújula.

Aquella primera mañana cada cortador fue puesto al inicio de un surco muy largo y cada cual tenía que cortar todo el café de su surco hasta el final. Cada cual tomó un canasto y fue enviado a cortar. Nadie le dio a los nuevos ninguna instrucción, nadie dijo que había que colgarse el canasto a la cintura ni de qué modo hacerlo. Te pusieron en el surco y te dijeron que lo siguieras hasta cortar todo el café. Era igualito que unos años atrás, en la guerra contra Somoza, que los combatientes sandinistas enseñaban a los muchachos a armar y desarmar un fusil y luego de un "entrenamiento" de tres días los mandaban a combatir contra soldados profesionales. Por suerte, en el caso del café la falta de experiencia no le iba a costar a uno la vida. Que yo supiera nunca un arbolito de café había matado a nadie.

Los cortadores de experiencia se terciaron el fusil a la espalda, cogieron sus canastas, las amarraron a su cintura y se fueron surco adentro, con muchas ganas de cortar. Los cortadores inexpertos, que éramos varios, nos quedamos al inicio del surco, mirándonos los unos a los otros y tratando entre todos de desentrañar los misterios del corte. Ayudándonos los unos a los otros entre risas nerviosas, nos acomodamos nuestras canastas del mejor modo que pudimos y emprendimos nosotros también la marcha sobre el surco que a cada cual correspondía. Frente a mi primer arbolito me sentí como la primera vez que me senté a tratar de ordeñar una vaca, pero por suerte el cafeto no intentó patearme como aquella malvada aquella vez, sin embargo, de todos modos me pateó, no en la pierna como aquella, sino en una parte mucho más sensible: la autoestima. Me pateó con fuerza y sin clemencia una vez y otra vez y me siguió pateando todo aquel gran rato que me quedé frente a él aquella primera mañana, arrancándole con gran dificultad sus granos rojos. Aquel primer cafeto que enfrenté me ganó la batalla, pero era sólo un combate, me dije a mí mismo, aún no había perdido aquella guerra que apenas empezaba y con esa idea en la cabeza seguí hacia adelante. Pero el segundo cafeto no fue diferente, ni los que siguieron, en todos tardaba mucho tiempo y al final sólo había sacado unos cuantos granitos que se miraban tristes en la canasta. Mientras mis compañeros y los campeones de las otras escuadras pasaban raudos por el surco yo marchaba como en una película en cámara lenta. Aquella mañana el surco era muy largo y yo me quedé tan atrás que todo quedó en silencio y ya no escuché a nadie. Me quedé solo y agüevado. Mi hermano mayor, cuando yo era un muchacho me preguntaba a veces, en son de broma “¿Qué se siente ser la verga?”, pero entonces yo no era “la verga”, ni “maleta”, era un campeón y sólo me daba risa, pero esta mañana supe al fin lo que era sentirse “la verga” y me dio tristeza.

Se suponía que aquel era un trabajo para mano de obra “no calificada”, un trabajo que podría hacer hasta gente que no sabe leer y escribir. Yo, que era uno de los mejores alumnos de mi carrera, que había sido casi siempre el mejor en todos mis años de escuela, que era casi siempre el más capaz en todo lo que emprendía, tenía naturalmente que ser aquí también uno de los mejores, un campeón ¿verdad? Pues no, no fue así, para esta tarea, yo era un “no calificado”. Si hubiera llegado como cortador a esa misma finca unos años atrás, en el gobierno de Somoza, cuando las reglas del juego eran otras, seguramente me habrían despedido en aquella primera mañana, pero ahora estábamos en revolución, no había cortadores, estábamos en guerra y hasta los pocos granitos que yo corté aquel primer día eran bienvenidos. Pero esta idea no me servía de consuelo.

Al mediodía, cuando cansado, herido en mi amor propio y de un genio horroroso me aproximé al lugar en que mis compañeros de escuadra almorzaban fui a sentarme un poco alejado del grupo, que reía y hacía bromas, alegre y divertido. Usualmente era yo el más alegre, el más jodedor, pero aquel mediodía no estaba yo de humor para bromas.
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jueves, septiembre 04, 2008

Sólo el rojito

El movimiento empezó muy de mañanita y aunque no nos encantaba dejar la cama cuando aún estaba oscuro, esa vez nos levantamos contentos pues al fin íbamos a hacer lo que habíamos venido a hacer: cortar café. No me acuerdo bien si hicimos aquel día los ejercicios matutinos que acostumbrábamos hacer y si la “política” del pelotón nos echó un chagüite de motivación como era lo usual cada mañana. Lo que si recuerdo bien fue el viaje en lo oscurito a la cocina-comedor que quedaba en una lomita, a buscar el arroz y los frijoles que en las siguientes semanas sería nuestro alimento del desayuno, del almuerzo y de la cena. Ya había aprendido yo en otras partes que hay que caerle bien a los cocineros y cocineras y mostrar respeto por su trabajo y soltarles de vez en cuando una frase de reconocimiento y aquella mañana hice con las cocineras, que apenas estaba conociendo, un “charm offensive” como le dicen en inglés, que resultó, como yo esperaba, en una ración más hermosa de lo normal. Cuando ví aquel arroz que parecía cemento y aquellos enormes frijoles en bala, casi me arrepentí de haber coqueteado con las cocineras para que me dieran una hermosa porción, pero unos cuantos granitos de chile congo y un poco de sal de ajo que llevaba en el bolsillo convirtieron el humilde alimento en casi un banquete y al terminar mi plato quedé aún con hambre. La compañera de escuadra delgadita y delicada que se había puesto muy triste cuando vio lo que las cocineras habían depositado en su plato, me pasó éste aún a medio comer y yo me despaché gustoso y agradecido más de la mitad de su ración. Más de uno se quejó aquella mañana de la comida, pero yo no, no había venido para quejarme y la mala comida no sería para mí motivo de preocupación. Guillermo que había comido tanto como yo o más aún tampoco se quejó y cuando salíamos del enorme comedor pasamos dándole las gracias a las cocineras por tan deliciosa comida y ellas se rieron con nosotros, pensando que seríamos un par de bichos raros.

Clareaba ya cuando nos pusimos en fila india y salimos al área de la finca donde cortaríamos aquel día. Era aquella una finca que habría sido confiscada a algún funcionario del régimen de Somoza o a algún miembro de lo que la gente ─sin saber usualmente el significado de la palabra─ llamaba “burguesía”. A muchos miembros de la “burguesía” y a muchos que no lo eran se le habían quitado sus valiosas y productivas tierras haciendo uso de mil artimañas, pero sobre todo, por medio de una “Ley de los Ausentes”, que se aplicaba a quienes se ausentaran del país por un cierto tiempo (creo que eran seis meses), castigándolos con la confiscación de las tierras agrícolas y ─creo pero no estoy seguro─ sus industrias. Con la tierra que se había confiscado a Somoza y sus allegados ─que era más o menos la quinta parte de las tierras agrícolas del país─ y la que se quitó a los grandes y medianos productores “ausentes” o desafectos del nuevo regimen a quienes la ley se aplicaba aún cuando no se ausentaran, se formó el enorme monstruo que recibió el nombre de “Area Propiedad del Pueblo”. Se pretendía que las confiscadas haciendas ganaderas, cafetaleras o de lo que fuera siguieran funcionando y produciendo como cuando eran administradas por sus ex-dueños, pero gracias a mil y una cosas que no voy a analizar aquí, fueron en muy poco tiempo conducidas a la ruina.

La finca “Las Lajas”, según sé ahora, había sido levantada a finales del siglo XIX por Bruno Mierisch, uno de esos alemanes emprendedores que con el cultivo del café le habían dado al norte una fisonomía propia, diferente del resto del país. Con sus modernos métodos de cultivo, sus invenciones, sus máquinas, sus costumbres y maneras, aquellos alemanes habían puesto el país en movimiento, sacándolo de su modorra de siglos.

Para la cosecha 1986-1987 la finca aún no estaba en la ruina, no gracias a la capacidad de los nuevos administradores, sino más bien por el dinamismo que la administración anterior le había dado a la finca. Los árboles se envejecían y no se reemplazaban, no se hacía deshierba, las podas no se hacían o se hacían a medias y se hacían mal, las calles entre los surcos no se limpiaban, la fertilización se había abandonado y no se combatía las plagas. Sin embargo, los cafetos seguían produciendo el grano de oro, menos de lo que habrían sido capaces de producir de haber sido bien tratados, pero produciendo al fin. Desde las plantas, los rojitos granos de café nos miraban y allá fuimos nosotros a cortarlos, bajo la consigna “sólo el rojito”, pues se quería que la cosecha fuera de la mejor calidad y eso sólo se logra cortando el café maduro, cuando el grano presenta un color rojo intenso.

Muy temprano de aquella radiante mañana tuve mi primer encuentro directo con una planta de café. Antes las había visto pero jamás me había enfrentado a ellas como cortador, hasta aquella mañana.

Esto se lo voy a decir de una vez: en aquella movilización empecé como un mal cortador y a lo más que llegué fue a convertirme en un cortador mediocre, nunca bueno o pasable, mediocre. En las mismas condiciones en las que yo trabajaba había varios compañeros y compañeras que cortaban mucho más que yo y sólo unos pocos cortaban menos que yo. Quizás ahora, veinte y pico de años más tarde podría hacerlo mejor que entonces pues he ido adquiriendo habilidades que entonces no tenía, como la capacidad de concentrarme en una tarea por muy aburrida que esta sea, la constancia, la persistencia y la dedicación ¿o todo eso es lo mismo? Como sea, en aquellos momentos no era yo el campeón de los cortadores. A mí me faltaba, creo yo, el ingrediente básico: la motivación.

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miércoles, septiembre 03, 2008

y tu cintura fresca de rocío

Era difícil hacer entrar en movimiento a una tropa como aquella, que a no ser por las armas que cargábamos habría parecido más que una tropa, un grupo de vacacionistas. Muchos y muchas llevaban consigo enormes mochilas, cargadas de cualquier cosa que pesaban un montón. Algunas de las muchachas llevaban consigo incluso sus almohaditas y más de una el osito de peluche que el novio les había regalado alguna vez. Yo ya había aprendido que cuando vas movilizado mientras menos llevés es mejor y mi mochila había sido cuidadosamente arreglada, no pesaba casi nada y si era necesario habría podido caminar con ella a la espalda todo el día.

A media mañana empezamos a andar con destino a la finca donde el grupo del que yo formaba parte cortaría café. Avanzabamos lentamente, como un dinosaurio con el cerebro dañado, que se mueve torpemente y trastabilla, porque muchos estaban gordos o fuera de forma o iban demasiado cargados y se cansaban pronto y tropezaban por el camino. Las muchachas de las enormes mochilas te miraban disimuladamente con tiernos ojos para ver si te apiadabas de ellas y les ayudabas a cargar su cruz. Seguramente que ayudarles a cargar la mochila hacía subir tu puntaje con ellas y vos quizás podrías cobrarles el favor más adelante, en especie, pero yo había decidido que no era este un método que yo iba a utilizar para poner a las compañeras en posición horizontal ─o vertical─ así que a mí podían mirarme como quisieran, pero yo no les ayudaría, no cargaría sus cosas para ganar puntos con ellas. Claro, no contaba yo conque aquella jovencita miembra de mi escuadra, linda, delgadita, delicada, de manitos como mariposas, que me caía de lo mejor y que yo ya había decidido que no iba a enamorar, habría de llevar aquella enorme mochila suya. Por el camino la ví andar delante mío con dificultad, sudar la gota gorda y ponerse roja como un camarón por el esfuerzo, así que luego que anduvimos un par de kilómetros me ofrecí a ayudarla al mismo tiempo que tomaba en mis manos su enorme y pesada mochila. Ella aún se resistió un poco, pues conociendo a los hombres sabía que un varón no cargaría la mochila de una muchacha sin esperar algo a cambio, pero yo le dije algo que la hizo cesar su resistencia.

─Te juro que te cargo la mochila sin ningún interés y que no te voy a pasar nunca una cuenta por este favor. Es más, no te voy a enamorar en toda esta movilización ─dije yo y ella sonrió, agradecida y yo, aunque usted no lo crea, cumplí con mi palabra y ni una sola vez intenté enamorarla, lo que de todos modos habría sido inútil con ella pues era del grupo de “las vírgenes”, que más adelante describiré para usted.

En algún momento del día llegamos a la finca en la que recogeríamos el preciado grano en las siguientes semanas. Mi escuadra, o una buena parte de ella se ubicó en una de las covachas en las que estaba dividido un enorme galerón destinado para los cortadores, que este año éramos nosotros. Una acera le daba vuelta a la enorme construcción y en cada uno de sus lados más largos habían cinco o seis covachas como la nuestra. La covacha era un cuarto con dos anchos camarotes a cada lado (¿o serían cuatro?). En cada camarote se ubicaron dos personas, y otros dos pusieron sus colchonetas en el suelo, no recuerdo bien si fue debajo del camarote inferior. A mí me tocó en suerte compartir el camarote con una compañera que ya me había advertido que tenía novio y que dormiría conmigo con la condición de que me portara bien. Yo prometí portarme bien y lo cumplí y dormimos todo el tiempo como María y José.

Aquella tarde, con mi amigo Guillermo que era, y debe seguir siendo aún un hombre muy simpático aunque no muy extrovertido, fuimos a hacer un recorrido de reconocimiento del campamento. No recuerdo bien si era aquel un día domingo, pero en el campamento todo se respiraba un aire de fiesta. Estábamois todos muy contentos de estar allá y se manifestaba en risas, carcajadas, gritos, bromas y jodedera. En cierto momento pasamos por las habitaciones de otras escuadras. Estas no eran covachas como la nuestra , sino un grupo de pequeñas casas recién construidas, muy cerca las unas de las otras, en las que se habían acomodado algunas escuadras. Debían ser estas los mejores lugares para alojarse pues ahí se alojaron los oficiales del ejército encargados de dirigirnos militarmente y de mantenernos preparados para enfrentar un ataque si a la contra se le ocurría atacarnos. En una de estas casitas había fiesta y ahí encontré de nuevo a Sofía y Julieta, ese par de graciosas mujeres que había conocido en el colegio. Cuando pasamos nos detuvimos a mirar pues Sofía estaba cantando acompañada por una guitarra que uno de los oficiales tocaba con bastante gracia. Era una canción muy divertida y alegre y Sofia tenía una voz muy bonita, cantaba con mucha gracia y a la vez que cantaba bailaba, moviéndose muy graciosamente. Una buena parte de su canción Sofía la cantó para mí, mirándome directamente entre la pequeña multitud y coqueteando con su mirada. Yo no me dí cuenta que era así sino hasta que Guillermo, que era muy buen observador para estas cosas me lo hizo saber, cuando al terminar aquella canción continuamos con nuestro camino.

─Te tienen en la mira ─me dijo cuando veníamos de regreso a nuestra covacha.

─¿Quién? ─pregunté yo, que no me había enterado de nada.

─La flaquita cantante, ¿viste como te miraba? ─respondió Guillermo.

─Me miró porque me reconoció, se acordó que me conoció en el colegio.

─No seas pendejo, esa no era una mirada amistosa, con menos que una mirada como esa uno se va a la guerra y la gana.

─¿Vos crees?

─Segurito, esa flaquita ya te está agarrando cariño ─dijo Guilermo..

─Pues que me agarre lo que me quiera agarrar, que yo me dejo.

─Entonces tenés que avivarte y buscar el modo, porque esa mujer, así como está de buena, no va a estar siempre libre, en cualquier momento le cae un mal cristiano encima. ¿Viste cómo se le caía la baba a los que estaban mirándola?

─Vamos a ver cómo le hacemos para acercármele.

─Uno se acerca acercándose ─dijo Guillermo, con ese modo suyo de decir las cosas que no dejaba lugar a dudas. Esa noche acostado en el camarote mirando a la oscuridad me entretuve cavilando cómo le haría para agarrar con la flaquita y en esos pensamientos me quedé dormido.

A la mañana siguiente empezamos al fin a cortar café.

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martes, septiembre 02, 2008

Amar la flor, amar el trigo

Una de las mejores cosas que aquellos tiempos me dejaron fueron las oportunidades que tuve de hacer turismo interno, de conocer el país de cabo a rabo y apreciar sus bellezas, nutriendo de ese modo mi cariño por el lindo paisito y su sufrida gente.

En mis meses de trabajo en la organización de la Cruzada de Alfabetización había viajado por el litoral del Pacífico y las ciudades del norte y centro del país. Luego, con la Cruzada de Alfabetización en Lenguas, que se organizó una vez que la CNA hubo terminado, recorrí el litoral Caribe de punta a punta y lado a lado. Más tarde, como soldado reservista anduve otra vez en el Caribe, en los departamentos del centro y en Río San Juan, la esquina sureste del país. Los cortes de café me dieron una perspectiva que yo no había apreciado aún y me llevaron a regiones que no había tenido la oportunidad de admirar.

Un día, no mucho después de la reconcentración, llegaron al colegio un buen número de camiones para recogernos y llevarnos a las fincas donde cortaríamos café. Luego de un buen rato de espera, los encargados de la organización dieron finalmente la impresión de saber qué cosa era lo que estaban haciendo y nos mandaron a subir a los camiones. Todos íbamos contentos de poder salir al fin, pues no nos habíamos metido a eso para pasarnosla metidos en un colegio durmiendo en el duro piso y comiendo mal mientras el resto del país disfrutaba de mejor manera aquellos días decembrinos, que aún en pobreza eran siempre festivos, alegres. Cuando partimos, la atmósfera era deliciosa y el vehículo en movimiento nos puso de buen humor. Por el camino íbamos cantando, haciendo bromas y contando chistes.

De aquel viaje lo que mejor recuerdo es que duró mucho tiempo y que llegamos a nuestro destino de ese día ya al oscurecer. Creo que nos dejaron en una finca llamada “La Trampa”, en la que había una casa hacienda que sólo unos años atrás habría sido lindísima pero ahora estaba en un lamentable estado de abandono. Estábamos en alguna parte ─que quizás luego recordaré cómo se llamaba─ entre Matagalpa y Jinotega. La zona era lindísima y se respiraba un clima que te hacía sentir muy bien.

En los últimos kilómetros del viaje habíamos ido atravesando un paisaje de ensueño, de esos que se ven en las fotografías de las agencias de viajes de los países ricos anunciando destinos turísticos. Todo era verdor y a ambos lados de la carretera se sucedían las fincas cafetaleras y de vez en cuando entre las plantaciones se dejaba ver una de esas magníficas casas, construídas muchos años atrás, cuando las cosas eran favorables para el cultivo del grano y la gente podía aún hacer ostentación de su riqueza. La belleza de aquellas magníficas mansiones, los colores, sus lindísimos techos, los caminos que a ellas conducían, la ubicación y todos los detalles que lograba captar desde el camión en marcha, me cautivaron y me inspiraron algunos comentarios de admiración que compartí con mis compañeros de viaje. Creo que fue el jefe de mi escuadra, que era del tipo sandinista-cuadrado o sandinista-shaolín ─que más adelante describiré─ quien aprovechó mis comentarios para recordarnos la oprobiosa explotación de la que había sido víctima el campesinado de parte de los ganaderos, algodoneros, cafetaleros y similares en el pasado somocista que ─según él y aún según nosotros─ no volvería jamás. Nos recordó que esas mansiones habían sido levantadas sobre el sudor y la sangre del campesinado explotado. No me acuerdo si dije algo o si me quedé callado. Lo más probable sería que no le presté ya mucha atención, ocupado como estaba en apreciar el paisaje y platicar con la muchacha que llevaba a mi lado.

Esa noche, aquella muchacha y yo nos las ingeniamos para separarnos un momento de nuestro grupito y nos juntamos en un rincón de una habitación vacía del caserón aquel en el que habíamos acampado y pudimos al fin hacer lo que tanto ella como yo queríamos hacer desde que nos subimos al camión por la mañana. Aquel polvito loco que aquella joven y yo echamos en aquel rincón oscuro ─en una forma que no les contaré porque este es un blog para todas las edades─, probablemente no sería escogido para una antología de los mejores polvos de aquellos tiempones, pero tanto para ella como para mí, había sido suficientemente bueno y placentero dadas las circunstancias. Era un buen comienzo y quedamos en que tendríamos que repetirlo, en mejores condiciones. No sabíamos entonces que aquella primera vez sería también nuestra última, pues a la mañana siguiente ella se quedó allá en aquella finca para partir luego a otro destino y yo salí hacia la finca “Las Lajas”, mi ubicación de las próximas semanas.