domingo, enero 06, 2008

A estudiar se ha dicho

Definitivamente no había regresado para sufrir, no era esa mi intención. Había regresado para darle a mi vida una mejor dirección que la que había venido tomando los últimos años, para tomarla en mis manos y decidir yo mismo hacia donde encaminarla y qué hacer y no hacer con ella. Para entonces sabía ya que los sandinistas no podrían hacer la revolución que la gente había esperado y soñado cuando cayó el dictador. Un grupito de hombres pequeñitos se había apropiado de la revolución y la habían ido construyendo -o destruyendo- a la medida de su pequeñez, de su ignorancia y de su mezquindad. Una sociedad que al caer el dictador se había pintado de brillantes colores y había cobrado un enorme dinamismo se había convertido en una aburrida, lenta y muda película en blanco y negro.

Sabía también para entonces que no quería yo pertenecer al partido sandinista y pensaba que había que buscar el modo de enderezar una revolución que se había ido desviando de su cauce y que al paso que iba pronto perdería el derecho incluso de llamarse revolución . A tratar de corregir el rumbo y a estudiar quería yo dedicarme en los años siguientes.

Un par de días después de llegado fui a la Universidad Centroamericana a buscar como matricularme para estudiar la carrera de sociología. Las clases habían empezado hacia ya unas pocas semanas así que en la Escuela de Sociología me dijeron que tenía que esperar hasta el siguiente semestre (o quizás el siguiente año, no recuerdo bien) para poder entrar: Yo no tenía ningún interés en perder más tiempo. En unos meses más cumpliría 27 años y ya se me había hecho tarde para muchas cosas así que me fui a buscar un familiar con cierto poder quien me escribió una muy buena carta para Joaquín Solís Piura, en ese momento director del Consejo Nacional de Universidades, quien a su vez escribió otra carta para el rector de la UCA y éste autorizó mi matrícula. Yo estaba de lo más contento y en mi primer día de clases me sentí como se siente un niño que por primera vez va a la escuela.

Si el país no era el mejor lugar para vivir, con toda seguridad era un lugar excelente para estudiar sociología, no únicamente porque Nicaragua era entonces algo así como un gran laboratorio social, sino también porque la Escuela de Sociología era la niña de los ojos de algunos sandinistas de poder y contaba por ello con una excelente plana de docentes y una asignación de recursos materiales que era la envidia de otras carreras. El partido sandinista aunque lo intentó, nunca pudo montar una escuela de cuadros pasable y había gente que consideraba la Escuela de Sociología como la escuela de cuadros del sandinismo. Por ello, a esta carrera eran enviados cuadros sandinistas intermedios que trabajaban en las estructuras partidarias o en los diferentes ministerios, policías y hasta esposas y queridas de altos dirigentes de la revolución y de militares del más alto rango. Tenían la esperanza los sandinistas que de esta escuela saldría la gente preparada que el partido tanto necesitaba: No contaban con el hecho que a medida que la gente se hacía más instruida se volvía también más crítica, menos fácil de manejar y ya no se les podía dar atol con el dedo. Muchos de esos cuadros, que al entrar al primer año de la carrera eran alegres, disciplinados y obedientes miembros del partido, repetidores de consignas y reproductores de propaganda, salían al final de la carrera con el ceño fruncido y en crisis interna, luego de entender a fuerza de pensar, que lo que estaba pasando en el país no era lo que desde el partido se decía. Gracias al conocimiento, el velo se había descorrido de sus ojos y para su tristeza podían ver que las cosas en las que habían creído no eran ciertas y que los dorados ídolos de la revolución tenían los pies hechos de barro. Como los niños en el cuento aquel, podían ver ahora que el emperador andaba desnudo.

Ya desde mis primeras clases -quizás en las clases de Alberto Navarro, un sabio cura jesuita que fumaba en cadena- pude darme cuenta que meterme a estudiar sociología había sido una de las mejores decisiones que en mi vida había hasta entonces tomado. Me dije a mí mismo que esta vez no dejaría la carrera por ninguna razón. Me propuse seguir hasta terminar, aunque dejara la piel en el esfuerzo. Sabía que era esta mi última oportunidad y si esta vez no sacaba una carrera jamás iba a poder hacerlo. Iba a estudiar en serio y cualquier otra cosa que no fuesen mis estudios pasaría entonces a un segundo plano.

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