miércoles, agosto 27, 2008

Amar amando

Se me olvidaba contarles que la tarde aquella en que salí de la casa de mi hermana y mi cuñado, en el instante mismo en que saĺia me detuve aún un momento para escuchar una canción de Ginamaría Hidalgo, que mi cuñado había puesto a todo volumen como acostumbraba él oír esa voz maravillosa. Aquella canción en aquel momento sería como una premonición de lo que viviría en las semanas y meses siguientes, pero además me pondría en la correcta disposición del ánimo para aquel pasaje de mi vida que entonces empezaba. Unos meses atrás, escuchando aquella misma canción, en un bar de mala muerte en San Carlos, Río San Juan, me había dado contra las paredes y había llorado como un niño de pecho por Azalea, un amor tormentoso del que un día les contaré, un amor que había tenido por ahí de julio y agosto y que luego me había botado, como se bota un chunche viejo. Yo había viajado hasta allá, poniendo tierra y agua de por medio para poder borrarla de mi mente y aquella canción sólo la había revivido en mi memoria y su recuerdo se me había clavado como un puñal en el pecho. Al final, un par de días más tarde y luego de consumir un montón de botellas de ron, pude superar al fin la partida de la ingrata y regresé a Managua, a seguir la vida que había interrumpido. Al regreso, oyendo aquella canción cruzando aquel maravilloso Lago de Nicaragua tendido en una hamaca, pude al fin recordarla sin dolor. Pero no era esto lo que quería contarles. Aquella tarde en que salía a reconcentrarme me detuve a escuchar con atención aquella voz increíble cantando aquella letra de puro amor que transcribo aquí para ustedes. Pongo también un video que les recomiendo ver a buen volumen para que puedan oir la voz de esta mujer.





Amar amando
(de Horacio Guarany)

Amar, amar, amar, amar de frente,
amar desde la vida hasta la muerte,
amar, amar las cosas y la gente,
amar, de cara al sol sin esconderse.

Amar como ama el niño sus juguetes,
amar como ama el pájaro su nido,
amar, amar la flor, amar el trigo
y tu cintura fresca de rocío.

No puedo vivir sin amar amando,
amar como te ame y me has amado,
amar, amar sin que sea pecado,
amar, amar, amar amando.

"Amar es dar la vida a cada rato,
amar es no hacer trampa, es dar la cara,
amar es el jugarse por su pueblo,
amar como te ame y tú me amabas"

No puedo vivir sin amar amando,
amar como te ame y me has amado,
amar, amar sin que sea pecado,
amar, amar, amar amando.

¿Oyó usted la canción? Escúchela de nuevo, para que se le pongan los pelos de punta como se me pusieron a mí cuando salí a aquella movilización en la que estaba escrito que amaría con la mayor intensidad que me era posible. Con todo el güevo. Con todo el corazón. Amar amando.

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lunes, agosto 25, 2008

¡A levantar la producción!

Creo que para introducción los post anteriores son suficiente, empecemos de una vez a hablar de los cortes de café de la cosecha 86-87, aquellos cortes que fueron para mí, dorados tiempos.

No me acuerdo bien de dónde me salió la idea de apuntarme para ir a cortar café. Quizás fue que quise adelantar mis “prácticas productivas”, ese curso que se pasaba yendo a cortar café o realizando otras tareas útiles a la revolución, quizás fue que no quería estar en Managua en aquella época navideña que me parecía entonces tan triste, quizás fue el deseo de aventuras, o a lo mejor alguien me dijo que en los cortes se la pasaba uno bien. Lo más probable habrá sido que me apunté cuando supe que a los cortes iban a ir un montón de muchachas estudiantes de la universidad en la que estudiaba. Como fuera, un día de finales de diciembre empaqué las pocas cosas que había decidido llevar, me puse un uniforme verde-olivo y mis riquísimas botas militares marca “standard”. Escondida entre mis ropas, pegadita a mi cuerpo, llevaba “por cualquier cosa” una pistola Makarov, que mi cuñado me había prestado. No sabía lo que iba a encontrar por ahí y era mejor andar prevenido. La vida me encantaba y no quería dejarla así nomás, como pendejo y si me topaba con un contra éste no se la llevaría vacía. Salí del cuarto que ocupaba al fondo de la casa de mi hermana y mi cuñado, crucé el patio, dije adios a mis sobrinos, me miré al espejo y me sentí guapo en mi viejo uniforme y me fuí al colegio donde el “batallón productivo” se reconcentraría.

El instituto de secundaria en que nos juntamos había recibido, en la época de la dictadura el nombre de “primero de febrero”, para conmemorar la fecha de nacimiento de Anastasio Somoza García, el viejo Somoza, fundador de la sangrienta dinastía. Cuando los sandinistas llegaron al poder le dieron al instituto el nombre de “Rigoberto López Pérez” pues así se llamaba el joven que había matado a Somoza en 1956 baleándolo en una fiesta. En la época de la dictadura, los miembros de la Guardia Nacional, que era el ejército particular de Somoza y otros allegados al régimen mandaban a sus hijos a estudiar a este colegio, que recibía de parte del gobierno una asignación de recursos mucho mayor que la que otros institutos recibían. Cuando Somoza se fue, el colegio siguió siendo privilegiado en la asignación de recursos, pero ahora muchos de los alumnos eran los hijos de los allegados al nuevo régimen.

Cuando llegué, el enorme complejo de edificios presentaba un ambiente festivo. Los sandinistas no pedían permiso a nadie para ocupar los colegios para lo que se les ocurriera y éste colegio ocupaba un lugar más o menos “central” en aquella ciudad sin forma que era y sigue siendo aún Managua y quizás por eso lo habían escogido como base para reconcentrar y despachar el batallón en el que yo iría.

No recuerdo todos los detalles y lamentablemente no llevaba un diario por aquella época, pero sí recuerdo bien que era mucha la gente que llegaba acompañando a cada movilizado y que aquello parecía una feria. Creo que nos quedamos dos o tres días en aquel colegio, mientras llegaban los camiones que nos conducirían al norte. Creo que fue el segundo día que nos dieron armas AK47 y un ligero entrenamiento de refrescamiento para familiarizarnos con ellas y practicar su armado y desarmado. Me acuerdo bien que practicábamos armando y desarmando el arma una y otra vez y las limpiábamos y engrasábamos porque fue armando un AK que conocí a Julieta y Sofía, un par de hermosas mujeres que dejarían una profunda huella en mi vida. Al final de la tarde dejé yo el aula de clases en la que mi escuadra acampaba y fui a buscar el baño cuando las ví, batallando las dos con un fusil que no se dejaba armar. Si yo no hubiera tenido entonces ganas de orinar, si hubiera ido al baño del otro lado y no a aquel al que me dirigía, si yo no fuera tan metiche como soy, probablemente mi vida habría tomado otro rumbo, pero no, me fui por ese camino y las encontré ahí, luchando entre risas con aquel fusil. Me dí cuenta que tenían un problema y me acerqué a ver si podía ayudarles sin ser llamado, metiche que soy. Yo no andaba buscando mujeres en ese momento, no andaba en plan de conquista y si hubieran sido un par de viejitas igual me habría aproximado a ayudarlas. Eran dos mujeres muy alegres, de ojos vivos las dos y muy sonrientes. La una era un poco gordita, la otra delgadita y las dos estaban muy bien. Cuando llegué hasta ellas y les pregunté si tenían un problema, me sonrieron y me explicaron qué pasaba. Para mi suerte, yo conocía muy bien el arma aquella y de inmediato encontré el origen del problema, les expliqué rápidamente qué hacer, lo hicieron y asunto arreglado. Ellas abrieron los ojos agradablemente sorprendidas, me dieron las gracias, riéndose de ellas mismas, les dije que estaba a la orden, como solía yo decir y continué mi camino al baño, diciéndome a mí mismo que ese par de mujeres estaban muy guapas y agradables.

Yo no podía imaginarme que aquel flaco metiche que yo era había causado una muy buena impresión en aquellas dos mujeres y que cada una en su interior me había dado una posibilidad para el futuro.

Déjeme explicarle por qué razón no podía yo haber imaginado que aquellas dos simpáticas mujeres empezaban a pensar en mí como una tarea que tendrían que hacer en el futuro. Yo no he sido nunca un tipo impactante y mi físico está mejor ahora que tengo casi cincuenta años, que entonces cuando aún no llegaba a los treinta años. No lo engaño, la ventaja del hombre feo sobre el hombre guapo es que el feo con el tiempo no pierde nada, por el contrario, muchas veces mejora y la madurez le sienta de lo mejor. Los guapos sólo tienden a arruinarse, los feos ya no pueden desmejorar y con sólo que se mantengan un poco en forma se verán bien de viejos. La ventaja que yo tenía sobre otros varones, feos y guapos, es que yo estaba muy consciente de mis posibilidades, sabía bien en qué cosas era bueno y en qué cosas era malo y no me engañaba a mí mismo. Sabía que si quería conquistar una mujer tenía que trabajar para lograrlo, que no sería por mi linda cara que caerían. Lo primero que tenía que conseguir era su oído atento por cuatro o cinco minutos, luego de eso la cosa iría por buen camino. El amor a primera vista no era para mí, yo lo sabía bien y no me amargaba por eso. A veces me ocurría y tuve amores a primera vista, usualmente con muchachas medio ciegas, pero eran la excepción, una rareza. Conmigo, si tenía suerte y andaba ese día especialmente inspirado, a lo más que las cosas llegaban era a “amor a primera plática”. Desde mi adolescencia casi virginal había venido puliendo mis herramientas de conquista y entre ellas, la que más había trabajado y más afilada tenía era “la carreta”, aquellos primeros cinco minutos de conversación con una muchacha, que bien sabía yo eran fundamentales. De aquellos cinco minutos dependía el futuro con aquella muchacha o sin ella, pero lo más difícil de todo era conseguirlos, una vez que los tenía no había problemas, mi ejecución sería impecable, con resultados usualmente satisfactorios, pero primero debía tener esos cinco minutos y aquí radicaba precisamente la debilidad del esquema, sobre todo en lugares concurridos. Imaginese usted que va de compras a un mercado, lleno de deliciosas frutas frescas y un vendedor la invita a acercarse a mirar unos mangos en huaca que tiene a la venta. Si usted no es de Rivas no tiene por qué saber que los mangos en huaca, a pesar de su aspecto exterior nada llamativo son una delicia y no se acercará a ese vendedor, mirará más bien a otro lado y seguirá su camino. En las fiestas era yo ese vendedor de mangos en huaca. Las muchachas buscaban al galán, al jugador de basket, al apuesto. Buscaban el mango fresco, el níspero, el nancite. No me andaban buscando a mí, porque no podían saber lo rico que estaba yo debajo de aquel disfraz de hombre poco agraciado físicamente. ¿Entiende lo que le digo? Una vez que ella estuviera conversando conmigo no habría problemas, descubriría el sabor del mango en huaca. Lograr que ella enfocara era el problema (para resolverlo había desarrollado diversas técnicas que yo llamaba “el gancho”, pero de esto le contaré otro día pues, hoy se me hizo tarde ya).

Que aquellas dos mujeres me pusieran en su lista al mismo tiempo era una proeza que hasta entonces nunca había yo logrado, que yo supiera. Que ocurriera sin que yo pusiera mis técnicas a trabajar era aún más sorprendente, pero claro, esta era una movilización, regían otras reglas que en la vida común y las cosas ocurrían mucho más aprisa, Eso yo todavía no lo sabía y sin saberlo ya lo había puesto a trabajar en mi beneficio. Hasta aquí llego hoy, nos vemos otro día.


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viernes, agosto 22, 2008

Ese asunto de movilizarse (5)

A la par de las condiciones logísticas y las que tienen que ver con el espíritu, habían otras condiciones más, que facilitaban las relaciones amorosas en las movilizaciones, o más específicamente, en los cortes de café. Entre ellas el clima jugaba un papel muy importante. Por las noches hacía frío y sobre todo cuando estabas haciendo guardia ─”posta” le decíamos─ enmedio de la noche oscura, el temor y la inseguridad hacían que el frío te calara los huesos. Cuando llovía ─pues a veces llovía o lloviznaba─ la cosa era peor pues la humedad hacía que el frío se sintiera más intensamente y si no eras de ánimo muy fuerte te daban ganas de llorar. En esas condiciones, una caricia, un abrazo, son cosas muy bien recibidas no sólo porque te animan a seguir ─vitamina para el espíritu─, sino también porque te dan calor y te avivan el cuerpo. La posta se hacía en varios puntos en los bordes del campamento, en los caminos de acceso, enmedio de la oscuridad de la noche. Los compañeros y compañeras que hacían la posta formaban un círculo o algo parecido alrededor del campamento. Muchas de las compañeras no tenían experiencia militar y en aquellas condiciones en las que hacían guardia se ponían nerviosas y se les quebraba el ánimo. Empezaban a ver visiones y las sombras de los árboles les parecían gente acercándose y a veces le daban el alto al viento y le preguntaban “¿quién vive?” y el viento no respondía y ellas sentían que se volvían locas. También le pasaba a algunos de los compañeros, pero francamente, eso no me importaba mucho y no viene en este momento al caso que nos ocupa.

Vos ya sabías lo que pasaba con el ánimo de las compañeras cuando hacían guardia por la noche, así que averiguabas la hora y el lugar en que aquella que vos tenías entre ceja y ceja haría su posta y te ponías muy contento si la posta era muy tarde en la noche, porque entonces todo el mundo estaría ya durmiendo, ella tendría sueño y miedo y frío y tu aparición sería providencial. A la hora de la posta vos ─que te habías cepillado los dientes y olías bien─ llegabas de pura casualidad y hablabas con ella y le dabas ánimo y ella te lo agradecía y luego de un cierto tiempo de agradable conversación, cuando decías que ya te ibas ella te pedía quedarte un ratito más y vos te quedabas otro ratito y quizás la abrazabas, amable que eras vos, para darle calor y sacabas tus manos calientes ─porque las habías calentado poniéndolas en tus nalgas o cerca del ombligo─ y ponías sus manos entre las tuyas y se las calentabas de ese modo y calentabas luego sus brazos, sus mejillas, frotabas su piel y ella fascinada, sin miedo ya y sin frío, se sentía bien con vos, que era precisamente lo que vos habías llegado a buscar. Ella asociaba entonces ese sentimiento de bienestar con la presencia tuya y con tu persona y confundía ese sentimiento con otros sentimientos y quizás esa noche o la noche siguiente empezabas “algo” con ella.

Pero no se confunda usted, la cosa así escrita parece fácil, pero no era así de fácil. No es que cualquiera que llegara sería recibido de la misma manera. No es que ellas se abrazaran, se besaran y se acostaran con cualquier varón que llegara a visitarlas en su turno de guardia. No era ─no se enrede usted─, que todas cogían con todos y todos cogían con todas. No, para nada. Ya le dije antes que aquello no era un degenere, no era Sodoma y Gomorra ni nada parecido. No era revolución sexual. Las normas y valores de toda la sociedad seguían vigentes, relajadas, simplificadas, pero vigentes aún. Aún había que cortejar a la muchacha, de un modo diferente, pero cortejarla. El cortejo era mucho menos elaborado que en la ciudad, simplificado y recortado, pero existía aún. Había reglas y reglitas no escritas, no acordadas, que nadie te decía pero que debías seguir. Si no las seguías no llegabas a ninguna parte. Muchos y muchas que no entendieron esto, que no supieron interpretar la nueva simbología tuvieron que tragarse muchas frustaciones.

Lo primero que había que entender era que el tempo de aquel grupo social era otro que el del resto de la sociedad, mucho más rápido aquí que allá. Aunque la vida toda parecía moverse muy lentamente, aquella pequeña sociedad nuestra era, sobretodo en los primeros días, un hervidero en el que todo ocurría a una velocidad vertiginosa. Así, se construían estructuras de poder que no se quedaban nunca quietas, en cambio y evolución constantes. Se construían liderazgos que un tiempito después desaparecían, se constituían facciones que se mezclaban luego con otras y se disolvían más tarde para empezar de nuevo. Todo aquello ocurría sin que nos diéramos cuenta de ello, sin que lo percibieramos de manera consciente. Pero de alguna manera, un modo de hacer las cosas, unos procedimientos, unas reglas y reglitas, unos rituales, fueron tomando forma, invisibles pero con forma al fin y quien entendía aquellas nuevas formas y las seguía la iba a pasar bien aquellas semanas de movilización. El que no entendía cómo era la cosa y no adoptaba entonces una actitud en consecuencia, se jodía. Algunos se jodieron, yo no, yo fui de los que la pasó mejor. Las llaves del éxito en aquella pequeña agrupación humana estaban ahí, expuestas a los ojos de todos, sólo era asunto de tomarlas y abrir todas las puertas y para quienes tomamos esas llaves, aquel fue un tiempo magnífico. Si usted no ha entendido lo que digo no se preocupe, no es falla suya sino mía. Más adelante trataré de explicar esto de mejor manera.

Pero déjeme volver aún un momento a esto del tempo de aquel grupo de gente que éramos. He dicho que todo en aquellos días ocurría a vertiginosa velocidad y así era, las cosas se resolvían muy rápidamente y en esto del amor, que es el tema que me ocupa, todo ocurría muy rápido. Como he dicho, el cortejo era mucho menos elaborado que el complejo proceso que en la ciudad se efectúa, sin todos los adornos que allá tenía. La respuesta era también mucho menos elaborada, rápida y precisa, sin dejar lugar a las dudas y si era positiva, la consumación del apareamiento se producía poco tiempo después, no al día siguiente ni a la semana siguiente, nada de eso, esa misma noche los amantes creaban las condiciones para la consumación del mandato divino.

Había, sobre todo en los primeros días, una sensación de urgencia flotando en el ambiente. Nadie daba largas al asunto y la duda era sinónimo del no. Si no te decían que sí, si no lograbas ponerte de acuerdo con ella para un encuentro a solas en un lugar discreto, vos te ibas y ya, pues el tiempo pasaba muy rápidamente y vos corrías el riesgo de quedarte sin Beatriz y sin retrato.
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miércoles, agosto 20, 2008

Ese asunto de movilizarse (4)

Sigamos. La movilización presta condiciones logísticas que hacen posible las relaciones amorosas entre la gente. Varones y mujeres pasan todo el día juntos, realizando juntos las mismas tareas, cuidándose los unos a los otros, llenando el tiempo con conversación y luego, cuando llega la noche, van a dormir juntos también, hombres y mujeres en una habitación común, tirados en el piso, muy cerca a veces los unos de los otros, o compartiendo el camarote ─pues había tambień habitaciones con camarote─ como me tocó a mí compartir el camarote con una compañera (y para que no nos enredemos le aclaro: con esta compañera no tuve nada que ver, dormimos juntos como José y María).

Pero hay también otras condiciones que se crean en las movilizaciones que facilitan las relaciones amorosas entre la gente. Estas entran en el ámbito de las cosas espirituales, anímicas y sicológicas. Déjeme explicarme. El macho humano, o más específicamente el macho humano de la Nicaragua de la década de los ochenta si es joven, sano y fuerte está siempre dispuesto a aparearse y no es muy selectivo. La hembra no, ella es más selectiva, la piensa más, está menos dispuesta, pero algo ocurre con las personas, con las mujeres sobre todo y con los machos muy reprimidos cuando dejan su propio ambiente y van a un ambiente diferente. Se vuelven entonces más accesibles, más dispuestos a hacer cosas que en su propio ambiente no harían. Por eso y no por otra cosa, es que en tiempos aún no muy lejanos, en la Nicaragua “tradicional”, el contacto de la muchacha con el pretendiente se realizaba en la casa de ella. Los varones visitaban a sus novias bajo la vigilancia de las madres de ellas. Por eso es también que en el presente los varones invitan a la muchacha “a salir”, sabiendo inconscientemente o no, la transformación que se produce en el animo de las muchachas al “salir”.

La movilización, el cambio de ambiente, es ya de por sí una cosa sexy, que te ablanda el ánimo y te distiende todos los músculos, hasta los usualmente muy tensos. Si además se trata de movilizarte a un ambiente en el que también hay peligro, en el que cada cual depende de cada cual, la cosa se vuelve aún más “sexy” y en el ambiente flota una sopa hormonal en la que todo el mundo está inmerso, que todos respiran y les llena los pulmones y les altera el pensamiento.

Ya cuando vas en el camión el primer día de movilización, y levantás la cabeza y cerrás los ojos y sentís el sol en el rostro y el viento despeinandote, te sentís diferente, te sentís muy bien. Dejás de pensar en los problemas que dejaste detrás tuyo, en el marido poco cariñoso o demasiado ocupado, sin tiempo para vos y empezás a preguntarte, intrigada, qué te traerá el día de mañana y empezás a fijarte en tus compañeros y vas haciendo amistades.

Creo que para mi amigo Guillermo, como para mí, era aquel el primer corte de café al que iba, pero algo debía saber él que cuando ibamos subiendo al camión que nos llevaría a Jinotega se dirigió a mí muy seriamente.

─Escoge la tuya y parate al lado de ella en la plataforma ─me dijo Guillermo─, no dejés que se le acerque otro maje.

─¿Desde ahorita? ─pregunté yo, extrañado.

─Desde ahorita, empezá tu trabajo, si esperás a llegar a nuestro destino te quedarás oliendo el dedo, todas van a estar ya ocupadas ─me dijo mi amigo y yo, que con frecuencia sigo sabios consejos, seguí este también. Para cuando llegamos a nuestro destino, un montón de horas después, no todas estaban ocupadas pues había más mujeres que hombres, pero yo ya sabía donde iba a pasar aquella noche.

No me entienda usted mal, los cortes de café, las movilizaciones, no eran “un degenere” como puede ser que le hayan contado a usted que fueron. No habían orgías, el sexo siguió siendo mayoritariamente heterosexual y en parejas, no en grupo, la posición predominante siguió siendo la postura del misionero y las cosas se hacían fuera de la vista de los demás. Había en las movilizaciones una relajación de las normas y valores, un aflojamiento de los controles sociales, más libertad individual que en nuestros reprimidos círculos sociales, pero todos seguíamos siendo los mismos, un poco más relajados pero los mismos. No andábamos desnudos, probablemente habría homosexuales o lesbianas entre nosotros, pero ellos mantenían su preferencia oculta de nuestro conocimiento y no caminaban agarraditos de la mano varoncito con varoncito ni mujercita con mujercita. Monseñor Obando de habernos visto, habría estado orgulloso de nosotros, salvo por el hecho que algunos y algunas estaban siéndole infieles a las parejas que habían dejado atrás. Pero ni siquiera en esto sería la movilización diferente, pues seguramente allá en Managua, en cualquier momento del día se estarían produciendo actos de infidelidad. Había eso sí una diferencia en el tempo de las cosas y otras diferencias de las que ya le contaré mañana, o pasado mañana.
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