viernes, agosto 22, 2008

Ese asunto de movilizarse (5)

A la par de las condiciones logísticas y las que tienen que ver con el espíritu, habían otras condiciones más, que facilitaban las relaciones amorosas en las movilizaciones, o más específicamente, en los cortes de café. Entre ellas el clima jugaba un papel muy importante. Por las noches hacía frío y sobre todo cuando estabas haciendo guardia ─”posta” le decíamos─ enmedio de la noche oscura, el temor y la inseguridad hacían que el frío te calara los huesos. Cuando llovía ─pues a veces llovía o lloviznaba─ la cosa era peor pues la humedad hacía que el frío se sintiera más intensamente y si no eras de ánimo muy fuerte te daban ganas de llorar. En esas condiciones, una caricia, un abrazo, son cosas muy bien recibidas no sólo porque te animan a seguir ─vitamina para el espíritu─, sino también porque te dan calor y te avivan el cuerpo. La posta se hacía en varios puntos en los bordes del campamento, en los caminos de acceso, enmedio de la oscuridad de la noche. Los compañeros y compañeras que hacían la posta formaban un círculo o algo parecido alrededor del campamento. Muchas de las compañeras no tenían experiencia militar y en aquellas condiciones en las que hacían guardia se ponían nerviosas y se les quebraba el ánimo. Empezaban a ver visiones y las sombras de los árboles les parecían gente acercándose y a veces le daban el alto al viento y le preguntaban “¿quién vive?” y el viento no respondía y ellas sentían que se volvían locas. También le pasaba a algunos de los compañeros, pero francamente, eso no me importaba mucho y no viene en este momento al caso que nos ocupa.

Vos ya sabías lo que pasaba con el ánimo de las compañeras cuando hacían guardia por la noche, así que averiguabas la hora y el lugar en que aquella que vos tenías entre ceja y ceja haría su posta y te ponías muy contento si la posta era muy tarde en la noche, porque entonces todo el mundo estaría ya durmiendo, ella tendría sueño y miedo y frío y tu aparición sería providencial. A la hora de la posta vos ─que te habías cepillado los dientes y olías bien─ llegabas de pura casualidad y hablabas con ella y le dabas ánimo y ella te lo agradecía y luego de un cierto tiempo de agradable conversación, cuando decías que ya te ibas ella te pedía quedarte un ratito más y vos te quedabas otro ratito y quizás la abrazabas, amable que eras vos, para darle calor y sacabas tus manos calientes ─porque las habías calentado poniéndolas en tus nalgas o cerca del ombligo─ y ponías sus manos entre las tuyas y se las calentabas de ese modo y calentabas luego sus brazos, sus mejillas, frotabas su piel y ella fascinada, sin miedo ya y sin frío, se sentía bien con vos, que era precisamente lo que vos habías llegado a buscar. Ella asociaba entonces ese sentimiento de bienestar con la presencia tuya y con tu persona y confundía ese sentimiento con otros sentimientos y quizás esa noche o la noche siguiente empezabas “algo” con ella.

Pero no se confunda usted, la cosa así escrita parece fácil, pero no era así de fácil. No es que cualquiera que llegara sería recibido de la misma manera. No es que ellas se abrazaran, se besaran y se acostaran con cualquier varón que llegara a visitarlas en su turno de guardia. No era ─no se enrede usted─, que todas cogían con todos y todos cogían con todas. No, para nada. Ya le dije antes que aquello no era un degenere, no era Sodoma y Gomorra ni nada parecido. No era revolución sexual. Las normas y valores de toda la sociedad seguían vigentes, relajadas, simplificadas, pero vigentes aún. Aún había que cortejar a la muchacha, de un modo diferente, pero cortejarla. El cortejo era mucho menos elaborado que en la ciudad, simplificado y recortado, pero existía aún. Había reglas y reglitas no escritas, no acordadas, que nadie te decía pero que debías seguir. Si no las seguías no llegabas a ninguna parte. Muchos y muchas que no entendieron esto, que no supieron interpretar la nueva simbología tuvieron que tragarse muchas frustaciones.

Lo primero que había que entender era que el tempo de aquel grupo social era otro que el del resto de la sociedad, mucho más rápido aquí que allá. Aunque la vida toda parecía moverse muy lentamente, aquella pequeña sociedad nuestra era, sobretodo en los primeros días, un hervidero en el que todo ocurría a una velocidad vertiginosa. Así, se construían estructuras de poder que no se quedaban nunca quietas, en cambio y evolución constantes. Se construían liderazgos que un tiempito después desaparecían, se constituían facciones que se mezclaban luego con otras y se disolvían más tarde para empezar de nuevo. Todo aquello ocurría sin que nos diéramos cuenta de ello, sin que lo percibieramos de manera consciente. Pero de alguna manera, un modo de hacer las cosas, unos procedimientos, unas reglas y reglitas, unos rituales, fueron tomando forma, invisibles pero con forma al fin y quien entendía aquellas nuevas formas y las seguía la iba a pasar bien aquellas semanas de movilización. El que no entendía cómo era la cosa y no adoptaba entonces una actitud en consecuencia, se jodía. Algunos se jodieron, yo no, yo fui de los que la pasó mejor. Las llaves del éxito en aquella pequeña agrupación humana estaban ahí, expuestas a los ojos de todos, sólo era asunto de tomarlas y abrir todas las puertas y para quienes tomamos esas llaves, aquel fue un tiempo magnífico. Si usted no ha entendido lo que digo no se preocupe, no es falla suya sino mía. Más adelante trataré de explicar esto de mejor manera.

Pero déjeme volver aún un momento a esto del tempo de aquel grupo de gente que éramos. He dicho que todo en aquellos días ocurría a vertiginosa velocidad y así era, las cosas se resolvían muy rápidamente y en esto del amor, que es el tema que me ocupa, todo ocurría muy rápido. Como he dicho, el cortejo era mucho menos elaborado que el complejo proceso que en la ciudad se efectúa, sin todos los adornos que allá tenía. La respuesta era también mucho menos elaborada, rápida y precisa, sin dejar lugar a las dudas y si era positiva, la consumación del apareamiento se producía poco tiempo después, no al día siguiente ni a la semana siguiente, nada de eso, esa misma noche los amantes creaban las condiciones para la consumación del mandato divino.

Había, sobre todo en los primeros días, una sensación de urgencia flotando en el ambiente. Nadie daba largas al asunto y la duda era sinónimo del no. Si no te decían que sí, si no lograbas ponerte de acuerdo con ella para un encuentro a solas en un lugar discreto, vos te ibas y ya, pues el tiempo pasaba muy rápidamente y vos corrías el riesgo de quedarte sin Beatriz y sin retrato.
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