lunes, agosto 25, 2008

¡A levantar la producción!

Creo que para introducción los post anteriores son suficiente, empecemos de una vez a hablar de los cortes de café de la cosecha 86-87, aquellos cortes que fueron para mí, dorados tiempos.

No me acuerdo bien de dónde me salió la idea de apuntarme para ir a cortar café. Quizás fue que quise adelantar mis “prácticas productivas”, ese curso que se pasaba yendo a cortar café o realizando otras tareas útiles a la revolución, quizás fue que no quería estar en Managua en aquella época navideña que me parecía entonces tan triste, quizás fue el deseo de aventuras, o a lo mejor alguien me dijo que en los cortes se la pasaba uno bien. Lo más probable habrá sido que me apunté cuando supe que a los cortes iban a ir un montón de muchachas estudiantes de la universidad en la que estudiaba. Como fuera, un día de finales de diciembre empaqué las pocas cosas que había decidido llevar, me puse un uniforme verde-olivo y mis riquísimas botas militares marca “standard”. Escondida entre mis ropas, pegadita a mi cuerpo, llevaba “por cualquier cosa” una pistola Makarov, que mi cuñado me había prestado. No sabía lo que iba a encontrar por ahí y era mejor andar prevenido. La vida me encantaba y no quería dejarla así nomás, como pendejo y si me topaba con un contra éste no se la llevaría vacía. Salí del cuarto que ocupaba al fondo de la casa de mi hermana y mi cuñado, crucé el patio, dije adios a mis sobrinos, me miré al espejo y me sentí guapo en mi viejo uniforme y me fuí al colegio donde el “batallón productivo” se reconcentraría.

El instituto de secundaria en que nos juntamos había recibido, en la época de la dictadura el nombre de “primero de febrero”, para conmemorar la fecha de nacimiento de Anastasio Somoza García, el viejo Somoza, fundador de la sangrienta dinastía. Cuando los sandinistas llegaron al poder le dieron al instituto el nombre de “Rigoberto López Pérez” pues así se llamaba el joven que había matado a Somoza en 1956 baleándolo en una fiesta. En la época de la dictadura, los miembros de la Guardia Nacional, que era el ejército particular de Somoza y otros allegados al régimen mandaban a sus hijos a estudiar a este colegio, que recibía de parte del gobierno una asignación de recursos mucho mayor que la que otros institutos recibían. Cuando Somoza se fue, el colegio siguió siendo privilegiado en la asignación de recursos, pero ahora muchos de los alumnos eran los hijos de los allegados al nuevo régimen.

Cuando llegué, el enorme complejo de edificios presentaba un ambiente festivo. Los sandinistas no pedían permiso a nadie para ocupar los colegios para lo que se les ocurriera y éste colegio ocupaba un lugar más o menos “central” en aquella ciudad sin forma que era y sigue siendo aún Managua y quizás por eso lo habían escogido como base para reconcentrar y despachar el batallón en el que yo iría.

No recuerdo todos los detalles y lamentablemente no llevaba un diario por aquella época, pero sí recuerdo bien que era mucha la gente que llegaba acompañando a cada movilizado y que aquello parecía una feria. Creo que nos quedamos dos o tres días en aquel colegio, mientras llegaban los camiones que nos conducirían al norte. Creo que fue el segundo día que nos dieron armas AK47 y un ligero entrenamiento de refrescamiento para familiarizarnos con ellas y practicar su armado y desarmado. Me acuerdo bien que practicábamos armando y desarmando el arma una y otra vez y las limpiábamos y engrasábamos porque fue armando un AK que conocí a Julieta y Sofía, un par de hermosas mujeres que dejarían una profunda huella en mi vida. Al final de la tarde dejé yo el aula de clases en la que mi escuadra acampaba y fui a buscar el baño cuando las ví, batallando las dos con un fusil que no se dejaba armar. Si yo no hubiera tenido entonces ganas de orinar, si hubiera ido al baño del otro lado y no a aquel al que me dirigía, si yo no fuera tan metiche como soy, probablemente mi vida habría tomado otro rumbo, pero no, me fui por ese camino y las encontré ahí, luchando entre risas con aquel fusil. Me dí cuenta que tenían un problema y me acerqué a ver si podía ayudarles sin ser llamado, metiche que soy. Yo no andaba buscando mujeres en ese momento, no andaba en plan de conquista y si hubieran sido un par de viejitas igual me habría aproximado a ayudarlas. Eran dos mujeres muy alegres, de ojos vivos las dos y muy sonrientes. La una era un poco gordita, la otra delgadita y las dos estaban muy bien. Cuando llegué hasta ellas y les pregunté si tenían un problema, me sonrieron y me explicaron qué pasaba. Para mi suerte, yo conocía muy bien el arma aquella y de inmediato encontré el origen del problema, les expliqué rápidamente qué hacer, lo hicieron y asunto arreglado. Ellas abrieron los ojos agradablemente sorprendidas, me dieron las gracias, riéndose de ellas mismas, les dije que estaba a la orden, como solía yo decir y continué mi camino al baño, diciéndome a mí mismo que ese par de mujeres estaban muy guapas y agradables.

Yo no podía imaginarme que aquel flaco metiche que yo era había causado una muy buena impresión en aquellas dos mujeres y que cada una en su interior me había dado una posibilidad para el futuro.

Déjeme explicarle por qué razón no podía yo haber imaginado que aquellas dos simpáticas mujeres empezaban a pensar en mí como una tarea que tendrían que hacer en el futuro. Yo no he sido nunca un tipo impactante y mi físico está mejor ahora que tengo casi cincuenta años, que entonces cuando aún no llegaba a los treinta años. No lo engaño, la ventaja del hombre feo sobre el hombre guapo es que el feo con el tiempo no pierde nada, por el contrario, muchas veces mejora y la madurez le sienta de lo mejor. Los guapos sólo tienden a arruinarse, los feos ya no pueden desmejorar y con sólo que se mantengan un poco en forma se verán bien de viejos. La ventaja que yo tenía sobre otros varones, feos y guapos, es que yo estaba muy consciente de mis posibilidades, sabía bien en qué cosas era bueno y en qué cosas era malo y no me engañaba a mí mismo. Sabía que si quería conquistar una mujer tenía que trabajar para lograrlo, que no sería por mi linda cara que caerían. Lo primero que tenía que conseguir era su oído atento por cuatro o cinco minutos, luego de eso la cosa iría por buen camino. El amor a primera vista no era para mí, yo lo sabía bien y no me amargaba por eso. A veces me ocurría y tuve amores a primera vista, usualmente con muchachas medio ciegas, pero eran la excepción, una rareza. Conmigo, si tenía suerte y andaba ese día especialmente inspirado, a lo más que las cosas llegaban era a “amor a primera plática”. Desde mi adolescencia casi virginal había venido puliendo mis herramientas de conquista y entre ellas, la que más había trabajado y más afilada tenía era “la carreta”, aquellos primeros cinco minutos de conversación con una muchacha, que bien sabía yo eran fundamentales. De aquellos cinco minutos dependía el futuro con aquella muchacha o sin ella, pero lo más difícil de todo era conseguirlos, una vez que los tenía no había problemas, mi ejecución sería impecable, con resultados usualmente satisfactorios, pero primero debía tener esos cinco minutos y aquí radicaba precisamente la debilidad del esquema, sobre todo en lugares concurridos. Imaginese usted que va de compras a un mercado, lleno de deliciosas frutas frescas y un vendedor la invita a acercarse a mirar unos mangos en huaca que tiene a la venta. Si usted no es de Rivas no tiene por qué saber que los mangos en huaca, a pesar de su aspecto exterior nada llamativo son una delicia y no se acercará a ese vendedor, mirará más bien a otro lado y seguirá su camino. En las fiestas era yo ese vendedor de mangos en huaca. Las muchachas buscaban al galán, al jugador de basket, al apuesto. Buscaban el mango fresco, el níspero, el nancite. No me andaban buscando a mí, porque no podían saber lo rico que estaba yo debajo de aquel disfraz de hombre poco agraciado físicamente. ¿Entiende lo que le digo? Una vez que ella estuviera conversando conmigo no habría problemas, descubriría el sabor del mango en huaca. Lograr que ella enfocara era el problema (para resolverlo había desarrollado diversas técnicas que yo llamaba “el gancho”, pero de esto le contaré otro día pues, hoy se me hizo tarde ya).

Que aquellas dos mujeres me pusieran en su lista al mismo tiempo era una proeza que hasta entonces nunca había yo logrado, que yo supiera. Que ocurriera sin que yo pusiera mis técnicas a trabajar era aún más sorprendente, pero claro, esta era una movilización, regían otras reglas que en la vida común y las cosas ocurrían mucho más aprisa, Eso yo todavía no lo sabía y sin saberlo ya lo había puesto a trabajar en mi beneficio. Hasta aquí llego hoy, nos vemos otro día.


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