martes, septiembre 02, 2008

Amar la flor, amar el trigo

Una de las mejores cosas que aquellos tiempos me dejaron fueron las oportunidades que tuve de hacer turismo interno, de conocer el país de cabo a rabo y apreciar sus bellezas, nutriendo de ese modo mi cariño por el lindo paisito y su sufrida gente.

En mis meses de trabajo en la organización de la Cruzada de Alfabetización había viajado por el litoral del Pacífico y las ciudades del norte y centro del país. Luego, con la Cruzada de Alfabetización en Lenguas, que se organizó una vez que la CNA hubo terminado, recorrí el litoral Caribe de punta a punta y lado a lado. Más tarde, como soldado reservista anduve otra vez en el Caribe, en los departamentos del centro y en Río San Juan, la esquina sureste del país. Los cortes de café me dieron una perspectiva que yo no había apreciado aún y me llevaron a regiones que no había tenido la oportunidad de admirar.

Un día, no mucho después de la reconcentración, llegaron al colegio un buen número de camiones para recogernos y llevarnos a las fincas donde cortaríamos café. Luego de un buen rato de espera, los encargados de la organización dieron finalmente la impresión de saber qué cosa era lo que estaban haciendo y nos mandaron a subir a los camiones. Todos íbamos contentos de poder salir al fin, pues no nos habíamos metido a eso para pasarnosla metidos en un colegio durmiendo en el duro piso y comiendo mal mientras el resto del país disfrutaba de mejor manera aquellos días decembrinos, que aún en pobreza eran siempre festivos, alegres. Cuando partimos, la atmósfera era deliciosa y el vehículo en movimiento nos puso de buen humor. Por el camino íbamos cantando, haciendo bromas y contando chistes.

De aquel viaje lo que mejor recuerdo es que duró mucho tiempo y que llegamos a nuestro destino de ese día ya al oscurecer. Creo que nos dejaron en una finca llamada “La Trampa”, en la que había una casa hacienda que sólo unos años atrás habría sido lindísima pero ahora estaba en un lamentable estado de abandono. Estábamos en alguna parte ─que quizás luego recordaré cómo se llamaba─ entre Matagalpa y Jinotega. La zona era lindísima y se respiraba un clima que te hacía sentir muy bien.

En los últimos kilómetros del viaje habíamos ido atravesando un paisaje de ensueño, de esos que se ven en las fotografías de las agencias de viajes de los países ricos anunciando destinos turísticos. Todo era verdor y a ambos lados de la carretera se sucedían las fincas cafetaleras y de vez en cuando entre las plantaciones se dejaba ver una de esas magníficas casas, construídas muchos años atrás, cuando las cosas eran favorables para el cultivo del grano y la gente podía aún hacer ostentación de su riqueza. La belleza de aquellas magníficas mansiones, los colores, sus lindísimos techos, los caminos que a ellas conducían, la ubicación y todos los detalles que lograba captar desde el camión en marcha, me cautivaron y me inspiraron algunos comentarios de admiración que compartí con mis compañeros de viaje. Creo que fue el jefe de mi escuadra, que era del tipo sandinista-cuadrado o sandinista-shaolín ─que más adelante describiré─ quien aprovechó mis comentarios para recordarnos la oprobiosa explotación de la que había sido víctima el campesinado de parte de los ganaderos, algodoneros, cafetaleros y similares en el pasado somocista que ─según él y aún según nosotros─ no volvería jamás. Nos recordó que esas mansiones habían sido levantadas sobre el sudor y la sangre del campesinado explotado. No me acuerdo si dije algo o si me quedé callado. Lo más probable sería que no le presté ya mucha atención, ocupado como estaba en apreciar el paisaje y platicar con la muchacha que llevaba a mi lado.

Esa noche, aquella muchacha y yo nos las ingeniamos para separarnos un momento de nuestro grupito y nos juntamos en un rincón de una habitación vacía del caserón aquel en el que habíamos acampado y pudimos al fin hacer lo que tanto ella como yo queríamos hacer desde que nos subimos al camión por la mañana. Aquel polvito loco que aquella joven y yo echamos en aquel rincón oscuro ─en una forma que no les contaré porque este es un blog para todas las edades─, probablemente no sería escogido para una antología de los mejores polvos de aquellos tiempones, pero tanto para ella como para mí, había sido suficientemente bueno y placentero dadas las circunstancias. Era un buen comienzo y quedamos en que tendríamos que repetirlo, en mejores condiciones. No sabíamos entonces que aquella primera vez sería también nuestra última, pues a la mañana siguiente ella se quedó allá en aquella finca para partir luego a otro destino y yo salí hacia la finca “Las Lajas”, mi ubicación de las próximas semanas.

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