martes, septiembre 16, 2008

¡Aquí están los cachimbones!

Quizás habría dormido una hora o hasta dos, sentado en aquel rincón, cuando una ráfaga de fusil de grueso calibre que se escuchó como si se hubiese producido dentro del cuarto, me despertó, me mandó un chorro de adrenalina adonde sea que la adrenalina llega, me aclaró el pensamiento, me puso en pie y me mandó fuera de la covacha en un instante mucho más corto que el tiempo que le tomó a usted leer estas líneas.

─Despiértense compas que nos cayeron los hijueputas ─grité a mis compañeros mientras me levantaba y ellos que ya se habían despertado y no necesitaban de mis palabras para levantarse, empezaron a toda prisa a recoger sus armas y municiones, a buscar la manera de salir y a chocar entre ellos en la oscuridad.

Cuando salí de la covacha iba listo para el combate, con el arma en ristre y me coloqué cerca de la entrada de mi covacha, apuntando hacia la oscuridad para cubrir la salida de mis compañeros, pero uno de los soldados permanentes que ya estaba ahí, cerca de nuestra puerta, me mandó que saliera corriendo a ocupar mi posición.

­─Tengo que cubrir la salida de mi escuadra ─dije aún.

─Yo los cubro, vos corré y asegurá la posición en el punto ─me dijo.

─Voy de viaje ─dije y salí corriendo con el corazón palpitándome a toda velocidad y mientras corría, en otro lado del campamento se dejaba oír otra ráfaga de fusil, mucho más larga que la primera. No era esta una agradable manera de despertarse y la contra, que ya contaba con todo mi desprecio se volvió a mis ojos más odiosa. Me dieron ganas de echarle pestilencias encima y así lo hice y mientras cubría en carrera el espacio que me separaba del lugar que debía ocupar les solté a los contras a grito partido una retahila que resonó en el silencio en que la noche había quedado después de aquella dos ráfagas.

─¡A ver contras hijos de puta, saquen la cabeza cobardes que aquí están los cachimbones! ¡Vengan pendejos que aquí está un hombre que les va a sacar la mierda!. ¡A ver hijueputa, soltame un tiro para ver donde estás! ¿Se te acabaron las balas perro hijueputa? ─iba yo gritando y seguí aún gritando mientras llegaban mis compañeros a ocupar sus posiciones que yo ya estaba cubriendo para ellos. En ese momento sólo se escuchaban las voces de los jefes dando órdenes y los pasos de los compañeros que corrían a ocupar las posiciones que desde el día anterior nos habían indicado los soldados permanentes. Guillermo se ubicó a la par mía tal como correspondía y se me acercó para decirme algo.

─Ya no se oyen, los corriste, le tuvieron miedo a tus tapas ─me dijo Guillermo riéndose.

─Le tuvieron miedo a “los cachimbones” ─le dije, mencionando el nombre de combate que el mismo Guillermo había puesto a nuestra escuadra.

─Debe haber sido por eso, se cagaron y se fueron ─dijo Guillermo─ a estas horas ya van llegando a Honduras.

Cubriendo nuestra posición, ya en silencio porque el jefe de nuestra escuadra nos había mandado a callar, nos quedamos aún varios minutos, tratando de adivinar qué había pasado y por qué la contra no atacaba. Luego de un rato se aparecieron los soldados permanentes para ver si estábamos ocupando las posiciones que nos correspondían y si teníamos con nosotros nuestro armamento. Unos minutos después vino la orden de levantar el campo y regresar a las covachas. Aquel había sido un simulacro, un ejercicio para controlar nuestra disposición combativa. La “escuadra de los cachimbones”, como desde entonces se la conocería, que había sido una de las primeras en desplegarse disponiéndose para el combate, había salido muy bien en aquella prueba y había mostrado la madera de la que estaba hecha. Regresamos a la covacha entre risas y bromas, aliviados de que aquello hubiese sido sólo un ejercicio y quejándonos de que hubieran interrumpido nuestro sueño. Cuando entramos a la covacha yo busque de nuevo el rincón en el que había estado dormitando, pero mi compañera de camastro me llamó a ocupar mi lugar y empezamos una conversación que aunque era en susurros toda nuestra escuadra pudo escuchar divertida.

─Vení acostate ─me dijo ella.

─Es que me da pena, ando muy hediondo ─respondí.

─No importa, yo también huelo a choco, vení acostate ─dijo ella y yo, cansado como estaba accedí y fui a acostarme a su lado, boca arriba. Ella no olía nada mal y así se lo dije.

─Que va a ser, vos no olés a choco, vos olés bien rico ─le dije y ella me acarició entonces la cabeza, me dio las buenas noches y nos fuimos a dormir las poquitas horas que faltaban para el amanecer.

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