domingo, septiembre 21, 2008

Ménage-à-trois?

La primera en pasar a visitarme aquella mañana por aquel surco mío que parecía no tener final fue Sofía, la más delgadita de aquellas dos amigas que había yo conocido en el Rigoberto López. Ella tendría entonces 24 ó 25 años, quizás menos y a pesar que intentaba dar la impresión de ser ”aventada” y se había atrevido a llegar hasta allá donde yo me encontraba luchando con los cafetos, me pareció una joven un tanto tímida y a veces reía porque no sabía qué otra cosa hacer. Hablamos un buen rato, me dijo que mi grito de la noche anterior la había envalentonado, nos reímos y bromeamos ─ella se burló de mi velocidad al cortar─ y luego se fue porque tenía que irse. Era inteligente y de buen ver, tenía un sentido del humor muy fino, su conversación era agradable y olía muy bien así que cuando se retiró me dejó prendado de ella.


Un tiempo más tarde, mientras yo pensaba aún en Sofía y trataba de adivinar lo que estaría pensando, se apareció Julieta, la otra amiga. Como su amiga, Julieta también llegó sonriendo y haciendo bromas y se rio de mi lentitud como cortador y hasta echó en mi canasto, burlándose y fingiendo compasión, parte del café que ella había cortado. El humor de Julieta era tan fino como el de su amiga, pero tenía una manera de ser un tanto diferente, de mujer más madura, no por nada tenía la misma edad que yo. Parecía además una mujer más alegre que su amiga, más alocada, con un espíritu más libre. Hablamos largo rato de esto y de lo otro. Estábamos de pie, muy juntos, cortando café del mismo cafeto, hablando como viejos amigos y me contó que había oído mi grito de la noche anterior y que se le había “despelucado el cuerpo” al oírlo.

─·Mirá que no es mentira, otra vez se me despeluca el cuerpo de sólo acordarme ─me dijo mostrándome su brazo desnudo y yo ví que se le había púesto la carne de gallina y acerqué mi brazo al suyo y su piel hizo contacto con mi piel y aquel contacto con esa piel suya me fascinó y siguió aún fascinándome por muchos años desde entonces. Ella tenía la piel de un color oscuro, como el que los europeos y yanquis tratan de adquirir en el verano, exponiéndose al sol en larguísimas sesiones. Su piel era muy tersa y cálida y verla era una invitación a acariciarla y eso hice precisamente, de modo muy delicado. Le dí un piropo a su piel y ella lo agradeció coqueta y un momento después se marchó, como temiendo seguir por ese camino. Cuando se iba, sonriendo, se detuvo un momento para hablarme.

─Me gustó mucho esta visita ─me dijo.

─A mí también, ahora ya conocés el camino, aquí voy a estar algunos días más ─dije y ella sonrió y se marchó.

Igual que su amiga, Julieta también me había dejado prendado de ella al marcharse. Yo tenía un problema. Luego de largos meses de abstinencia después de la partida de Azalea, que me había dejado traumatizado, de pronto resultaba que tenía una racha de buena suerte y me había vuelto “sexy” en aquellos cortes. Yo mismo no me lo creía, pero recordé que para mi gracia o mi desgracia, el amor me llegaba cada cierto tiempo en oleadas y a mis playas desiertas de pŕonto arribaba una náufraga y otra y otra, como estaba ocurriendo en aquel momento. La aparición de mi amigo Guillermo, que se había dado cuenta de la llegada de mis visitantes, me sacó de mis pensamientos.

─Has estado visitado el día de hoy ─me dijo, riéndose.

─Sí hombre, yo no sé qué pasa.

─¿Y ahora cómo le vas a hacer? ─me preguntó mi amigo, curioso.

─¿Cómo le voy a hacer?

─Con esas dos mujeres que te quieren coger.

─La verdad Guillermito que no tengo ni puta idea ─dije sincero.

─Vas a tener que decidir y pronto. Si no te decidís te vas a quedar sin Beatriz y sin retrato.

─¿Y no podré quedarme con las dos? ─pregunté.

─No creo francamente, esas mujeres no se ven como muy comunistas que digamos ─dijo Guillermo─ además no íbas a poder con ellas dos, comiendo sólo arroz y frijoles se te acabaría la polvora en un ratito.

─¿Vos crees que no? ─pregunté dudoso.

─Fracasarías inexorablemente ─a Guillermo le gustaba esta palabra─ y agarrarías mala fama.

─¿Y vos con cuál te quedarías? ─le pregunté a mi amigo.

─Está dura la escogencia francamente, las dos están muy buenas, cada una en su estilo.

─A mi me gustan las dos, pero creo que si me tocara escoger me quedaría con la mayorcita.

─Yo también dijo Guillermo, aunque la otra está más rica.

─Es que la gordita se ve más fiera ─dije aún.

─¿Gorda? Esa mujer no es gorda, vos estás loco, toda la carne está bien colocada donde tiene que estar ¿qué querías, una modelo anoréxica? Agradecé que te abrazan y no pidás que te aprieten, no jodás ─dijo Guillermo usando un refrán de un hermano mío que yo le había prestado y se fue luego a seguir cortando. Cansado como yo estaba, sólo quería que fuera de noche para poder irme a dormir, pero apenas estaba terminando la mañana.

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