viernes, septiembre 12, 2008

Por qué digo las cosas que digo



[Hago un paréntesis en la narración y dedico este post a algunos lectores que me hacen preguntas en privado]

A lo mejor es hora de que le explique, si es que usted no lo ha entendido ya, las razones por las que los nueve comandantes al frente de la revolución fueron con el tiempo perdiendo mi respeto y luego ─a medida que avanzaba en mis estudios en la carrera de sociología─ llegaron a ganarse mi desprecio y el título de “hombrecitos” y otros por el estilo que en este mi blog empleo. Es que yo, al igual que muchísima gente, quería revolución y en los primeros años ─a mi juicio de entonces y de ahora─ los comandantes siempre se quedaron cortos y la revolución, aunque asomó su rostro, nunca llegó, porque los comandantes no sabían ni tenían idea de cómo era que eso se hacía y en su ignorancia y su torpeza, la frenaron, frenando así el cambio en toda Centroamerica, pues Nicaragua era entonces el motor del cambio.

Intuía yo en los primeros años ─era intuición pues me faltaban conocimientos─ que los comandantes no estaban a la altura de la tarea que el pueblo les había encomendado. A partir del año 1986, cuando empiezo a leer y estudiar a Marx y a estudiar el marxismo seria y profundamente, guiado al principio por el cura Navarro, ese viejo sabio del que antes les he contado y por otros curas y no curas más tarde, la intuición se convierte en certeza y me doy cuenta de la honda ignorancia de ese grupito de enanos intelectuales que se atrevieron a ponerse al frente de la revolución. A usted le han dicho quizás que los comandantes eran marxistas, que eran comunistas, pero eso es nada más un favor que les hacen, salido de la propaganda Reaganiana, pues realmente los comandantes no eran nada, ni chicha ni limonada. Del mismo modo que usted no se convertirá en panadero leyendo las instrucciones que vienen en la cajita de harina que compra en el supermercado, los comandantes no podían convertirse en marxistas leyendo ─aquellos que leían─ los folletos de propaganda que producía la Academia de Ciencias de la URSS y que distribuía en los países del tercer mundo. Aquellos hombrecitos, siendo incapaces de encontrar por sí mismos y en sí mismos las respuestas que la tarea de hacer la revolución les planteaba, hicieron los mismo que hacen con frecuencia los malos alumnos: recurrieron a la copia. No es Cuba quien les arrastra a seguirla, no es la Unión Soviética quien impone a Nicaragua convertirse en peones del juego de la guerra fría. Son ellos mismos, vacíos de ideas sus pequeños cerebros, quienes se dedican a la imitación, sin detenerse a pensar que el mono por más que imite a los humanos, mono se queda y que el parloteo de la lora no se convierte en habla por más que el animalito practique la imitación. Son ellos quienes arrastran al país todo y a la sociedad toda a la vorágine de aquellos años, sólo para regresar después al mismo punto del que habíamos partido en peores condiciones que al principio. Son ellos quienes crean las condiciones para crear lo que ahora estamos viviendo, una versión empeorada y aumentada del somocismo, o lo que es lo mismo Somocismo versión 2.0, o si usted así lo prefiere: chayo-danielismo 1.0.

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