jueves, septiembre 04, 2008

Sólo el rojito

El movimiento empezó muy de mañanita y aunque no nos encantaba dejar la cama cuando aún estaba oscuro, esa vez nos levantamos contentos pues al fin íbamos a hacer lo que habíamos venido a hacer: cortar café. No me acuerdo bien si hicimos aquel día los ejercicios matutinos que acostumbrábamos hacer y si la “política” del pelotón nos echó un chagüite de motivación como era lo usual cada mañana. Lo que si recuerdo bien fue el viaje en lo oscurito a la cocina-comedor que quedaba en una lomita, a buscar el arroz y los frijoles que en las siguientes semanas sería nuestro alimento del desayuno, del almuerzo y de la cena. Ya había aprendido yo en otras partes que hay que caerle bien a los cocineros y cocineras y mostrar respeto por su trabajo y soltarles de vez en cuando una frase de reconocimiento y aquella mañana hice con las cocineras, que apenas estaba conociendo, un “charm offensive” como le dicen en inglés, que resultó, como yo esperaba, en una ración más hermosa de lo normal. Cuando ví aquel arroz que parecía cemento y aquellos enormes frijoles en bala, casi me arrepentí de haber coqueteado con las cocineras para que me dieran una hermosa porción, pero unos cuantos granitos de chile congo y un poco de sal de ajo que llevaba en el bolsillo convirtieron el humilde alimento en casi un banquete y al terminar mi plato quedé aún con hambre. La compañera de escuadra delgadita y delicada que se había puesto muy triste cuando vio lo que las cocineras habían depositado en su plato, me pasó éste aún a medio comer y yo me despaché gustoso y agradecido más de la mitad de su ración. Más de uno se quejó aquella mañana de la comida, pero yo no, no había venido para quejarme y la mala comida no sería para mí motivo de preocupación. Guillermo que había comido tanto como yo o más aún tampoco se quejó y cuando salíamos del enorme comedor pasamos dándole las gracias a las cocineras por tan deliciosa comida y ellas se rieron con nosotros, pensando que seríamos un par de bichos raros.

Clareaba ya cuando nos pusimos en fila india y salimos al área de la finca donde cortaríamos aquel día. Era aquella una finca que habría sido confiscada a algún funcionario del régimen de Somoza o a algún miembro de lo que la gente ─sin saber usualmente el significado de la palabra─ llamaba “burguesía”. A muchos miembros de la “burguesía” y a muchos que no lo eran se le habían quitado sus valiosas y productivas tierras haciendo uso de mil artimañas, pero sobre todo, por medio de una “Ley de los Ausentes”, que se aplicaba a quienes se ausentaran del país por un cierto tiempo (creo que eran seis meses), castigándolos con la confiscación de las tierras agrícolas y ─creo pero no estoy seguro─ sus industrias. Con la tierra que se había confiscado a Somoza y sus allegados ─que era más o menos la quinta parte de las tierras agrícolas del país─ y la que se quitó a los grandes y medianos productores “ausentes” o desafectos del nuevo regimen a quienes la ley se aplicaba aún cuando no se ausentaran, se formó el enorme monstruo que recibió el nombre de “Area Propiedad del Pueblo”. Se pretendía que las confiscadas haciendas ganaderas, cafetaleras o de lo que fuera siguieran funcionando y produciendo como cuando eran administradas por sus ex-dueños, pero gracias a mil y una cosas que no voy a analizar aquí, fueron en muy poco tiempo conducidas a la ruina.

La finca “Las Lajas”, según sé ahora, había sido levantada a finales del siglo XIX por Bruno Mierisch, uno de esos alemanes emprendedores que con el cultivo del café le habían dado al norte una fisonomía propia, diferente del resto del país. Con sus modernos métodos de cultivo, sus invenciones, sus máquinas, sus costumbres y maneras, aquellos alemanes habían puesto el país en movimiento, sacándolo de su modorra de siglos.

Para la cosecha 1986-1987 la finca aún no estaba en la ruina, no gracias a la capacidad de los nuevos administradores, sino más bien por el dinamismo que la administración anterior le había dado a la finca. Los árboles se envejecían y no se reemplazaban, no se hacía deshierba, las podas no se hacían o se hacían a medias y se hacían mal, las calles entre los surcos no se limpiaban, la fertilización se había abandonado y no se combatía las plagas. Sin embargo, los cafetos seguían produciendo el grano de oro, menos de lo que habrían sido capaces de producir de haber sido bien tratados, pero produciendo al fin. Desde las plantas, los rojitos granos de café nos miraban y allá fuimos nosotros a cortarlos, bajo la consigna “sólo el rojito”, pues se quería que la cosecha fuera de la mejor calidad y eso sólo se logra cortando el café maduro, cuando el grano presenta un color rojo intenso.

Muy temprano de aquella radiante mañana tuve mi primer encuentro directo con una planta de café. Antes las había visto pero jamás me había enfrentado a ellas como cortador, hasta aquella mañana.

Esto se lo voy a decir de una vez: en aquella movilización empecé como un mal cortador y a lo más que llegué fue a convertirme en un cortador mediocre, nunca bueno o pasable, mediocre. En las mismas condiciones en las que yo trabajaba había varios compañeros y compañeras que cortaban mucho más que yo y sólo unos pocos cortaban menos que yo. Quizás ahora, veinte y pico de años más tarde podría hacerlo mejor que entonces pues he ido adquiriendo habilidades que entonces no tenía, como la capacidad de concentrarme en una tarea por muy aburrida que esta sea, la constancia, la persistencia y la dedicación ¿o todo eso es lo mismo? Como sea, en aquellos momentos no era yo el campeón de los cortadores. A mí me faltaba, creo yo, el ingrediente básico: la motivación.

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2 comentarios:

Isa dijo...

Ultimamente no leo mucho en internet por las razones que una vez te expliqué, pero cuando vengo por tu blog y quiero leer una de tus historias, se me antoja leer otra y otra, y otra más allá. Qué claritos se están poniendo tus recuerdos, tan bien explicaditos que parecieran que fueron ayer.

Pedro el malo dijo...

Isa, querida amiga:

Es que he estado comiendo mucho pescado y tomando vitaminas para viejos y se me está refrescando la memoria;)

Vieras cuanto gusto me da tenerte por acá. Quizás debería hacer un podcast con los posts para que no tengás que leerme. O sea que en vez de leerme escucharías mi melodiosa y sexy voz. Voy a pensarla.

Un abrazo, seguí viniendo