domingo, septiembre 07, 2008

y nada mas que el rojito

Pensándolo bien, quizás no me faltaba motivación para ser un buen cortador, pues en realidad andaba en esa movilización muy contento, con el espíritu muy en alto, eufórico casi, recuperado ya del terrible sufrimiento que me había abatido después que Azalea me mandó de paseo. Ya no andaba más aturdido y abrumado por la duda de los celos, había recuperado mi fe en el amor y hacía meses ya que no visitaba cantinas de mala muerte arrastrando el sufrimiento por una pasión desenfrenada. Había vuelto a la normalidad de aquellos tiempos, me sentía de lo mejor, estaba de lo mejor y eso seguramente se veía desde afuera.

Para entonces ya sabía yo que los sandinistas no eran capaces de hacer una revolución y si andaba en aquellos actos de apoyo era porque en las circunstancias en las que estábamos, con Reagan financiando y nutriendo a la contra que hacía la guerra en varios frentes, no era correcto hacer oposición, al menos no abierta. Siempre he pensado que gracias a Carter los sandinistas lograron llegar al poder y gracias a Reagan se mantuvieron en él, pero de esto hablaré en otro post, ahora déjeme seguir con los cortes. Lo que quería decir en este párrafo es que aún cuando no estaba ya fascinado por la revolución aún estaba dispuesto a participar en las grandes tareas, a hacer las cosas bien, a conciencia.

Sólo que eso de cortar café no es tan fácil como podría usted pensar. Es una cosa que requiere ciencia, no es asunto de soplar y hacer botellas y si usted corta como yo entonces cortaba, de una manera exquisita, buscando nada más los granos rojos, no va a llenar el canasto muy rápidamente. Mi corte era elegante, limpio, cuidando de no dañar la planta, para que al año siguiente volviera a producir. Uno va con sus dos manos desgranando las ramas, grano a grano, sacando el grano rojo y dejando los que aún no presentan el color de la madurez. Aquellos de entre nosotros que cortaban la mayor cantidad del grano eran usualmente cortadores cochinos, descuidados, torpes, que sobaban las ramas al cortar arruinando la planta y en sus canastas se veían granos en diferentes estados de madurez. Ellos cortaban cantidad, yo cortaba calidad pues la consigna “sólo el rojito” era mi brújula.

Aquella primera mañana cada cortador fue puesto al inicio de un surco muy largo y cada cual tenía que cortar todo el café de su surco hasta el final. Cada cual tomó un canasto y fue enviado a cortar. Nadie le dio a los nuevos ninguna instrucción, nadie dijo que había que colgarse el canasto a la cintura ni de qué modo hacerlo. Te pusieron en el surco y te dijeron que lo siguieras hasta cortar todo el café. Era igualito que unos años atrás, en la guerra contra Somoza, que los combatientes sandinistas enseñaban a los muchachos a armar y desarmar un fusil y luego de un "entrenamiento" de tres días los mandaban a combatir contra soldados profesionales. Por suerte, en el caso del café la falta de experiencia no le iba a costar a uno la vida. Que yo supiera nunca un arbolito de café había matado a nadie.

Los cortadores de experiencia se terciaron el fusil a la espalda, cogieron sus canastas, las amarraron a su cintura y se fueron surco adentro, con muchas ganas de cortar. Los cortadores inexpertos, que éramos varios, nos quedamos al inicio del surco, mirándonos los unos a los otros y tratando entre todos de desentrañar los misterios del corte. Ayudándonos los unos a los otros entre risas nerviosas, nos acomodamos nuestras canastas del mejor modo que pudimos y emprendimos nosotros también la marcha sobre el surco que a cada cual correspondía. Frente a mi primer arbolito me sentí como la primera vez que me senté a tratar de ordeñar una vaca, pero por suerte el cafeto no intentó patearme como aquella malvada aquella vez, sin embargo, de todos modos me pateó, no en la pierna como aquella, sino en una parte mucho más sensible: la autoestima. Me pateó con fuerza y sin clemencia una vez y otra vez y me siguió pateando todo aquel gran rato que me quedé frente a él aquella primera mañana, arrancándole con gran dificultad sus granos rojos. Aquel primer cafeto que enfrenté me ganó la batalla, pero era sólo un combate, me dije a mí mismo, aún no había perdido aquella guerra que apenas empezaba y con esa idea en la cabeza seguí hacia adelante. Pero el segundo cafeto no fue diferente, ni los que siguieron, en todos tardaba mucho tiempo y al final sólo había sacado unos cuantos granitos que se miraban tristes en la canasta. Mientras mis compañeros y los campeones de las otras escuadras pasaban raudos por el surco yo marchaba como en una película en cámara lenta. Aquella mañana el surco era muy largo y yo me quedé tan atrás que todo quedó en silencio y ya no escuché a nadie. Me quedé solo y agüevado. Mi hermano mayor, cuando yo era un muchacho me preguntaba a veces, en son de broma “¿Qué se siente ser la verga?”, pero entonces yo no era “la verga”, ni “maleta”, era un campeón y sólo me daba risa, pero esta mañana supe al fin lo que era sentirse “la verga” y me dio tristeza.

Se suponía que aquel era un trabajo para mano de obra “no calificada”, un trabajo que podría hacer hasta gente que no sabe leer y escribir. Yo, que era uno de los mejores alumnos de mi carrera, que había sido casi siempre el mejor en todos mis años de escuela, que era casi siempre el más capaz en todo lo que emprendía, tenía naturalmente que ser aquí también uno de los mejores, un campeón ¿verdad? Pues no, no fue así, para esta tarea, yo era un “no calificado”. Si hubiera llegado como cortador a esa misma finca unos años atrás, en el gobierno de Somoza, cuando las reglas del juego eran otras, seguramente me habrían despedido en aquella primera mañana, pero ahora estábamos en revolución, no había cortadores, estábamos en guerra y hasta los pocos granitos que yo corté aquel primer día eran bienvenidos. Pero esta idea no me servía de consuelo.

Al mediodía, cuando cansado, herido en mi amor propio y de un genio horroroso me aproximé al lugar en que mis compañeros de escuadra almorzaban fui a sentarme un poco alejado del grupo, que reía y hacía bromas, alegre y divertido. Usualmente era yo el más alegre, el más jodedor, pero aquel mediodía no estaba yo de humor para bromas.
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