miércoles, septiembre 03, 2008

y tu cintura fresca de rocío

Era difícil hacer entrar en movimiento a una tropa como aquella, que a no ser por las armas que cargábamos habría parecido más que una tropa, un grupo de vacacionistas. Muchos y muchas llevaban consigo enormes mochilas, cargadas de cualquier cosa que pesaban un montón. Algunas de las muchachas llevaban consigo incluso sus almohaditas y más de una el osito de peluche que el novio les había regalado alguna vez. Yo ya había aprendido que cuando vas movilizado mientras menos llevés es mejor y mi mochila había sido cuidadosamente arreglada, no pesaba casi nada y si era necesario habría podido caminar con ella a la espalda todo el día.

A media mañana empezamos a andar con destino a la finca donde el grupo del que yo formaba parte cortaría café. Avanzabamos lentamente, como un dinosaurio con el cerebro dañado, que se mueve torpemente y trastabilla, porque muchos estaban gordos o fuera de forma o iban demasiado cargados y se cansaban pronto y tropezaban por el camino. Las muchachas de las enormes mochilas te miraban disimuladamente con tiernos ojos para ver si te apiadabas de ellas y les ayudabas a cargar su cruz. Seguramente que ayudarles a cargar la mochila hacía subir tu puntaje con ellas y vos quizás podrías cobrarles el favor más adelante, en especie, pero yo había decidido que no era este un método que yo iba a utilizar para poner a las compañeras en posición horizontal ─o vertical─ así que a mí podían mirarme como quisieran, pero yo no les ayudaría, no cargaría sus cosas para ganar puntos con ellas. Claro, no contaba yo conque aquella jovencita miembra de mi escuadra, linda, delgadita, delicada, de manitos como mariposas, que me caía de lo mejor y que yo ya había decidido que no iba a enamorar, habría de llevar aquella enorme mochila suya. Por el camino la ví andar delante mío con dificultad, sudar la gota gorda y ponerse roja como un camarón por el esfuerzo, así que luego que anduvimos un par de kilómetros me ofrecí a ayudarla al mismo tiempo que tomaba en mis manos su enorme y pesada mochila. Ella aún se resistió un poco, pues conociendo a los hombres sabía que un varón no cargaría la mochila de una muchacha sin esperar algo a cambio, pero yo le dije algo que la hizo cesar su resistencia.

─Te juro que te cargo la mochila sin ningún interés y que no te voy a pasar nunca una cuenta por este favor. Es más, no te voy a enamorar en toda esta movilización ─dije yo y ella sonrió, agradecida y yo, aunque usted no lo crea, cumplí con mi palabra y ni una sola vez intenté enamorarla, lo que de todos modos habría sido inútil con ella pues era del grupo de “las vírgenes”, que más adelante describiré para usted.

En algún momento del día llegamos a la finca en la que recogeríamos el preciado grano en las siguientes semanas. Mi escuadra, o una buena parte de ella se ubicó en una de las covachas en las que estaba dividido un enorme galerón destinado para los cortadores, que este año éramos nosotros. Una acera le daba vuelta a la enorme construcción y en cada uno de sus lados más largos habían cinco o seis covachas como la nuestra. La covacha era un cuarto con dos anchos camarotes a cada lado (¿o serían cuatro?). En cada camarote se ubicaron dos personas, y otros dos pusieron sus colchonetas en el suelo, no recuerdo bien si fue debajo del camarote inferior. A mí me tocó en suerte compartir el camarote con una compañera que ya me había advertido que tenía novio y que dormiría conmigo con la condición de que me portara bien. Yo prometí portarme bien y lo cumplí y dormimos todo el tiempo como María y José.

Aquella tarde, con mi amigo Guillermo que era, y debe seguir siendo aún un hombre muy simpático aunque no muy extrovertido, fuimos a hacer un recorrido de reconocimiento del campamento. No recuerdo bien si era aquel un día domingo, pero en el campamento todo se respiraba un aire de fiesta. Estábamois todos muy contentos de estar allá y se manifestaba en risas, carcajadas, gritos, bromas y jodedera. En cierto momento pasamos por las habitaciones de otras escuadras. Estas no eran covachas como la nuestra , sino un grupo de pequeñas casas recién construidas, muy cerca las unas de las otras, en las que se habían acomodado algunas escuadras. Debían ser estas los mejores lugares para alojarse pues ahí se alojaron los oficiales del ejército encargados de dirigirnos militarmente y de mantenernos preparados para enfrentar un ataque si a la contra se le ocurría atacarnos. En una de estas casitas había fiesta y ahí encontré de nuevo a Sofía y Julieta, ese par de graciosas mujeres que había conocido en el colegio. Cuando pasamos nos detuvimos a mirar pues Sofía estaba cantando acompañada por una guitarra que uno de los oficiales tocaba con bastante gracia. Era una canción muy divertida y alegre y Sofia tenía una voz muy bonita, cantaba con mucha gracia y a la vez que cantaba bailaba, moviéndose muy graciosamente. Una buena parte de su canción Sofía la cantó para mí, mirándome directamente entre la pequeña multitud y coqueteando con su mirada. Yo no me dí cuenta que era así sino hasta que Guillermo, que era muy buen observador para estas cosas me lo hizo saber, cuando al terminar aquella canción continuamos con nuestro camino.

─Te tienen en la mira ─me dijo cuando veníamos de regreso a nuestra covacha.

─¿Quién? ─pregunté yo, que no me había enterado de nada.

─La flaquita cantante, ¿viste como te miraba? ─respondió Guillermo.

─Me miró porque me reconoció, se acordó que me conoció en el colegio.

─No seas pendejo, esa no era una mirada amistosa, con menos que una mirada como esa uno se va a la guerra y la gana.

─¿Vos crees?

─Segurito, esa flaquita ya te está agarrando cariño ─dijo Guilermo..

─Pues que me agarre lo que me quiera agarrar, que yo me dejo.

─Entonces tenés que avivarte y buscar el modo, porque esa mujer, así como está de buena, no va a estar siempre libre, en cualquier momento le cae un mal cristiano encima. ¿Viste cómo se le caía la baba a los que estaban mirándola?

─Vamos a ver cómo le hacemos para acercármele.

─Uno se acerca acercándose ─dijo Guillermo, con ese modo suyo de decir las cosas que no dejaba lugar a dudas. Esa noche acostado en el camarote mirando a la oscuridad me entretuve cavilando cómo le haría para agarrar con la flaquita y en esos pensamientos me quedé dormido.

A la mañana siguiente empezamos al fin a cortar café.

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