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jueves, febrero 23, 2023

Una densa cortina de humo

(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado en algún momento del año 2006 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos). 
 
Un mediodía de inicios de marzo estábamos almorzando y escuchando la radio en la escuela de Tortuguero que nos servía de comando cuando escuchamos la noticia: la noche del 27 de febrero de 1983, 23 miembros del batallón 3062 habían caído combatiendo a las tropas contrarrevolucionarias. El 3062 era el batallón gemelo del nuestro y muchos de entre nosotros conocíamos a muchos de los muchachos de aquel batallón. La noticia cayó como un balde de agua fría y cuando escuchamos los nombres de los muertos varios de los muchachos dejaron correr las lágrimas copiosamente. En los días siguientes Daniel y Humberto Ortega ayudados por su madre y aconsejados por Rosario Murillo habrían de tender una espesa cortina de humo que aún, 23 años más tarde de la ocurrencia de aquellos hechos no permite ver la realidad de lo entonces acontecido: la muerte de aquellos 23 niños, adolescentes y jóvenes ocurrió a causa de la irresponsabilidad criminal de los hermanos Ortega que intencionalmente les enviaron sin entrenamiento, con armas inferiores, mal comidos, desvelados y desmoralizados a enfrentarse a soldados experimentados, bien entrenados y armados hasta los dientes por el gobierno del presidente estadounidense Ronald Reagan. Los Batallones de Infantería de Reserva de la Juventud Sandinista servirían, en la obtusa mente de los Ortega, de escuela para la formación de los cuadros juveniles que el FSLN estaba necesitando con urgencia. La idea era reproducir en estos batallones —sin decírselo a los reservistas por supuesto— las difíciles condiciones de vida que según la mitología sandinista los guerrilleros habían vivido en las décadas de los sesenta y setenta. Las espartanas condiciones habrían de pulir a los muchachos y les convertirían en fogosos revolucionarios que habrían de recoger la estafeta dejada por los “héroes y mártires de la revolución”, los campesinos les acogerían en su seno como hijos propios y en los reservistas se despertaría un profundo amor hacia el pueblo. Así, en un momento en que las condiciones de vida de la población eran las mejores que en el período revolucionario habrían de vivirse, los jóvenes fueron enviados muertos de hambre, casi sin provisiones a los frentes de batalla y mientras en los puertos se descargan toneladas tras toneladas de las más modernas y sofisticadas armas de combate para la infantería, los reservistas reciben armas muy anticuadas producidas en Rusia y Checoslovaquia antes de la segunda guerra mundial y conservadas a lo largo de décadas bajo gruesas capas de grasa en secos y fríos almacenes. Pero eso no es todo, los muchachos habrían de recibir nada más que un entrenamiento de tres o cuatro días, del mismo modo que los guerrilleros lo habían hecho a su vez. Uniformes, calzado y otros pertrechos indispensables para el buen desempeño de las labores del soldado habrían de ser escasos y de mala calidad. Como muchas otras ideas absurdas salidas de las alienadas mentes de los Ortega, esta también se estrelló contra la realidad, una realidad que esta pareja jamás había sabido estudiar y menos aún entender. Todos los tiros salieron por la culata y el resultado del experimento fue una tropa desorganizada, desmoralizada y hambrienta moviéndose en un medio cada vez más hostil. Uno podría reírse de lo disparatado de la idea de no ser porque como producto de ella murieron muchos jóvenes, una buena parte de ellos casi niños. Los muchachos que conformaban los batallones de reserva 3062 y 3072 no eran soldados, eran niños jugando a soldados y enviarlos a combatir contra soldados de verdad fue un acto horrendo, un crimen espantoso que los culpables se apresuraron a tapar. No eran soldados y por eso y porque estaban desnutridos y cansados se quedaban dormidos en las horas de guardia o se asustaban en medio de las sombras de la noche y empezaban a dispararle a los árboles que se movían al ritmo del viento.. No tenían idea de lo que era el arte militar y por eso no cubrían posiciones claves en el terreno y dejaban con eso abiertas muchas posibilidades para un enemigo muy superior en cuestiones militares. No, los muchachos no eran soldados ni nada que se les pareciese, no por falta de valor, de disposición o de coraje, sino porque se les había negado la oportunidad de convertirse en soldados de verdad. En las condiciones en que estos muchachos se encontraban eran presa fácil de cualquiera que quisiese hacerles daño. Y lo que cualquiera con dos dedos de frente podía esperar que ocurriese, ocurrió al fin: un grupito de elementos de la Contrarrevolución, bien informados por miembros de la población avanzaron como Pedro por su casa y masacraron a los jovencitos, produciendo el saldo de muertos que antes he dicho y un buen número de heridos. El resto de los muchachos despertó de pronto a una realidad espantosa y asustado hasta la muerte arrojó sus armas y huyó, una acción que era también de esperarse de estos jóvenes citadinos de oficio de estudiantes que nada tenían que estar haciendo en una guerra que era de otros y para el beneficio de otros. Lo que vino después esta bien documentado por diversos medios de prensa, nacionales e internacionales. El Papa Juan Pablo Segundo visitaba en esos días Nicaragua y la madre de los Ortega, con ayuda de personal y medios de la Seguridad del Estado condujo a las madres de los muchachos muertos a pedirle al papa —entre gritos desgarradores, llantos y lamentos y de una manera muy fuera de orden— una oración por sus hijos muertos. Le pedían de este modo hacer un gesto parcial favorable a uno de los bandos contendientes en esa cruenta guerra, el bando sandinista. Le pedían tomar partido y el Papa, como era de esperarse, se negó a bendecir de este modo las acciones de los sandinistas. El escándalo cobró entonces proporciones enormes, el foco de la atención fue desviado hacia allá y a nadie se le ocurrió decir que la culpa de aquellas muertes la tienen los Ortega y que la contra solo fue la mano que empuñó el arma. Al año siguiente daría inicio el servicio militar obligatorio y miles de jóvenes serían enviados a matar y morir a los campos de batalla, al servicio de ideales sublimes que los comandantes sandinistas decían también servir. Apenas un lustro más tarde, los intereses de los comandantes que saldrían del gobierno enriquecidos y gordos como cerdos cebados, quedarían muy claros para todo el mundo. Las madres de esos jóvenes muertos habrán sufrido entonces seguramente en sus corazones una segunda muerte de sus hijos. Un día, cuando haya justicia en Nicaragua, estos crímenes habrán de investigarse y los culpables habrán de correr como las cucarachas cuando se prende la luz súbitamente

viernes, marzo 03, 2006

¡A proletarizar el campo!

(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado el 3 de marzo de 2006 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos).

Mis observaciones de aquellos tiempos eran ingenuas, sin método y sin teoría, simples, vulgares. Al amigo el Dr. López le escuché una vez la frase “uno sólo ve aquello que conoce” y tenía mucha razón. El Dr. López me dijo esta frase una vez que veíamos en un monitor unas imágenes de ultrasonido que yo no podía interpretar porque me faltaba el conocimiento para poder entender lo que ellas mostraban. En esa movilización del 3072 yo iba pasando sobre las cosas y aunque estaban frente a mis ojos no podía verlas, o peor aún, interpretaba otras cosas que aquellas que las imágenes me dejaban ver. Mi ignorancia y el hecho de estar siendo parte en los hechos sociales de aquellos tiempones me impedía ver lo que en realidad ocurría. Algunos años más tarde habría yo de regresar al campo, dotado de conocimientos más o menos sólidos de las ciencias sociales y de un método de análisis de la realidad y sólo entonces pude ir empezando a entender las cosas que estaban ocurriendo. Ahora voy a barajarla mas despacio.

En el campo nos detestaban, aunque se nos sonriera amablemente, aunque hablaran con nosotros y aunque se nos diera de comer. Probablemente aquellos jóvenes soldados citadinos no les caíamos mal como personas a esa gente humilde con la que a diario tratábamos, pero éramos el brazo armado del enemigo del campesinado y eso no podían tragárselo esas familias que ya para entonces estaban sufriendo en sus vidas los terribles efectos de las desquiciadas políticas de los nueve hombrecitos auto-nombrados comandantes. El rechazo de los campesinos no era pues producto únicamente del torpe comportamiento que aquellos jóvenes teníamos, había más cosas en juego que nosotros no éramos capaces de percibir.

Los sandinistas no entendieron el campesinado, ni el campo ni lo que allá sucedía. No lo entendieron entonces ni lo entendieron después. Los comandantes no eran ni muy inteligentes ni muy instruidos, varios de ellos leían cancaneado y otros se quedaban dormidos leyendo los primeros párrafos de un libro. Analizaban la realidad desde manuales soviéticos que masticaban para ellos los pesados libros de los padres del comunismo. Leían manuales y los seguían al pie de la letra y cuando los manuales se volvían muy complicados estaban siempre a la mano los asesores cubanos y soviéticos para mostrarles el camino. Como los malos alumnos que copian los exámenes de sus compañeros más inteligentes y estudiosos, los comandantes se dieron a la tarea de copiar al pie de la letra la revolución cubana, hasta en el hecho de tener a una pareja de hermanos al frente del gobierno y del ejército.

Los comandantes sandinistas tenían como objetivo proletarizar el campo y a eso se dedicaron en los primeros años de la revolución. Proletarizar el campo significa en lenguaje llano despojar a los campesinos de sus tierras y sus medios de producción y convertirlos en obreros de grandes empresas agrícolas de propiedad del estado. A los ojos de los sandinistas, el campesinado era una clase retrógrada no revolucionaria que debía desaparecer para dar paso al obrero, la única clase revolucionaria constructora del socialismo.

Con el sandinismo el mundo rural se vino abajo y el caos de los tiempos primigenios.se paseó por los campos desolados. Las cadenas de comercialización fueron destruidas pues los sandinistas aterrorizaron a los intermediarios —que compraban cosechas y animales y abastecían de productos vitales para la producción y la reproducción— y los echaron fuera por considerarlos viles explotadores de la fuerza de trabajo de los pobres del campo. En su lugar impusieron el monopolio del Ministerio de Comercio Interior que llevó sus políticas a extremos ridículos como quitarle a la gente en los buses mínimas cantidades de granos aduciendo que la gente intentaba comercializarlo por fuera, de manera ilegal. Los productos del campo fueron subsidiados para favorecer a las familias urbanas y en la otra cara del subsidio el campesino recibía precios irrisorios por el producto de su arduo trabajo. Los sandinistas habían llegado al poder por medio de una guerra urbana luego de décadas de intentar infructuosamente levantar al campesinado, sordo ante los cantos de sirena de esos jóvenes de la ciudad llenos de ideas traídas de los pelos. Ahora, una vez vencedores los comandantes le pasaban la cuenta al campesinado.

El terror se apoderó del mundo rural e hizo muy difícil la vida de la gente. Expropiaciones, asesinatos a mansalva de sospechosos de colaboración, apresamientos, torturas, eran asuntos de todos los días. Las tropas de la contrarrevolución fueron en sus inicios igualmente torpes y malvadas e igualmente aterrorizantes, luego fueron entendiendo mejor las cosas y ganando para sí a los campesinos que huían del sandinismo.

No recuerdo bien si fue ya desde el 82 o si fue en 84 que el sandinismo, sabiendo que había perdido al campesinado y que la contra lo estaba ganando para sí inició una política de tierra arrasada en la que enormes áreas en el Norte, Noreste, centro, Sur y Sureste del país fueron vaciadas de población. Los campesinos fueron sacados a punta de fusil de sus fincas, las cosechas fueron destruídas, los árboles echados abajo, las casas y otras edificaciones incendiadas o destruidas, los animales exterminados y los pozos envenenados. Cada vereda y cada quebrada fue minada. Se trataba de hacer imposible la vida en esas zonas para los combatientes del otro bando. Lo mismo se hizo con los indígenas del Caribe, muchos de los cuales fueron masacrados al oponerse a obedecer a esas tropas de ocupación que venían a sacarles de tierras que habían ocupado por siglos y de las que ni aún por los españoles habían sido arrojados. Campesinos de montaña adentro e indígenas fueron llevados por la fuerza a nuevas áreas. Años después, recorriendo como estudioso muchas de estas áreas y hablando con sobrevivientes de aquellos días lograría al fin entender esta espantosa realidad: la gente había sido llevada a campos de concentración, pues esto eran en realidad y sin eufemismos estos lugares en los que se forzaba a la gente a permanecer en condiciones infrahumanas.

El régimen sandinista duraría nada más que diez años. Al final la fuerza del campesinado sería un factor determinante en su caída pues si bien al principio la contra estuvo compuesta sobre todo por miembros de la extinta G.N. al final del período sandinista las tropas y los mandos de la contra serían ya mayoritariamente de extracción campesina. El alzamiento campesino soñado en las décadas de los sesenta y sesenta por los guerrilleros sandinistas de la facción Guerra Popular Prolongada (GPP) había ocurrido al fin, pero no contra Somoza sino contra un enemigo mucho peor: el sandinismo