domingo, noviembre 19, 2006

Hermanas siamesas (3)

Párrafo a párrafo, como quien va raspando la olla del gallopinto voy raspando yo la olla de mis recuerdos y voy escribiendo mis memorias, para que dentro de quince o veinte años mis dos pequeñas hijas puedan saber sobre su padre de fuente primaria pues uno nunca sabe qué le va a ocurrir y no me gusta la idea de caer muerto de pronto, de un infarto o porque un rayo me partió y dejar a mis hijas sin información sobre esa parte de ellas que soy yo. Eso sería de muy mala educación y muy desconsiderado. Ellas tienen todo el derecho de conocer su pre-historia y mejor se las cuento yo y no que vengan otras personas a contarles sabrá dios qué cosa y a hacerles sabrá dios qué interpretación de mi vida y mis actos. De esas memorias estoy sacando para publicarlas en este blog, aquellas cosas menos intimas, cosas que podría contar en una mesa de tragos sin apenarme o apenar al oyente. Las memorias y este blog también, son un recuento personal en el que muestro la imagen que de la vida y sus cosas, de gentes y de lugares, he ido obteniendo mirando a través de la pequeña rendija que a mí me ha tocado en suerte. No escribo aquí un tratado histórico, sociológico o antropológico y las cosas que les voy contando son producto de la observación vulgar, es decir: no-científica. Le cuento todo esto para que no nos enredemos ni usted ni yo y no pensemos que esto es otra cosa y empecemos a hacernos exigencias. A mí mismo se me olvida a veces y me quedo trabado, como ahora que me he pasado tres semanas escribiendo para ustedes una cosa demasiado seria, demasiado complicada y aburrida, que al final he guardado para usarla para otros menesteres alguna otra vez, si la ocasión se presentara. Así que le ruego me disculpe si no he cumplido con mi obligación de publicar cada domingo un nuevo post. Sí, yo se que usted no me paga y no espera que yo cumpla, pero compromiso es compromiso y a eso me he comprometido. Sigamos.

En alguna otra ocasión les contaré sobre el proceso histórico que fue diferenciando a la región del litoral Pacífico y del centro de Nicaragua de aquella inmensa región que se extiende hacia el Este hasta llegar al Mar Caribe. Les contaré entonces cómo la influencia del pasado indígena propio de cada región en combinación con la influencia española —en el Oeste—, nor-europea y africana —en el Este—, dio como resultado en un proceso de siglos, dos pueblos completamente diferentes. Hoy quiero contarle otras cosas.

En un post anterior les decía que los nueve comandantes de la revolución no eran ni muy inteligentes ni muy instruidos y analizaban la realidad desde rígidos manuales comunistas soviéticos que seguían al pie de la letra aplicándolos a la realidad como se aplica una camisa de fuerza. Por eso no es de sorprender que su interpretación fuese con mucha frecuencia disparatada y cuando se lee las cosas que dijeron o escribieron sobre Nicaragua, su historia y el agro —entre otras mil cosas sobre las que opinaban— da la impresión que están hablando de otro país y de otras gentes.

[Cada vez que leo documentos de aquella época, noticias, discursos y entrevistas y caigo en la cuenta de la enorme ignorancia de la Dirección Nacional del FSLN y de su alejamiento de la realidad del país de carne y hueso, me pregunto de nuevo cómo fue que entonces no fuimos capaces de detenerlos y desenmascararlos como impostores y de nuevo me respondo que en aquel entonces estábamos enamorados de ellos ciegamente, del mismo modo que se enamoran las muchachitas quinceañeras y no veíamos sus errores. La gran mayoría tampoco entendía muy bien en aquel momento el país en que nos tocó nacer y no percibían los errores. Otros podían ver los errores pero no decían nada porque encima estaba el yanqui haciendo la guerra y no era el momento de distraer las fuerzas señalando errores y pensaban quizás que el momento llegaría alguna vez. Otros más señalaban las grandes fallas, hacían propuestas y criticaban pero estos eran purgados sin piedad. En la época sandinista la dirección del fsln concentraba todo el poder y los cuadros intermedios y las bases sólo debían ejecutar los lineamientos que llegaban de arriba, aquel que no obedecía era apartado. La revolución era como un tren, o te subías, o te apartabas porque si te le ponías enfrente intentando detenerlo, te pasaba por encima.]

Si la visión que la dirección del frente tenía de la Nicaragua del Oeste y del centro estaba completamente alejada de la realidad, hablando de clases sociales y relaciones de producción inexistentes —para mencionar nada más que un par de errores—, la visión que del caribe tenían era aún más traída de los pelos. Marx no estudió nunca el tipo de sociedad que en el Caribe se produce ni nada por el estilo y los manuales soviéticos no analizan tampoco nada parecido a esos pueblos que allá existen, sus relaciones, sus modos de producir y sus modos de vida. Los sandinistas llegaron a la costa con un vacío teórico y metodológico y un saco lleno de prejuicios. Cuando se referían a la Costa Atlántica (nunca descubrieron la existencia del Mar Caribe) la llamaban “un gigante que despierta” porque consideraban que esa enorme región estaba en realidad “dormida”, esto es, atrasada, quedada, abandonada, haraganeando. Los comandantes, y los sandinistas en general, consideraban en un inicio que esa parte del país debía ser incorporada a la más avanzada mitad oeste y copiar de ésta su dinamismo. No fueron capaces de percibir —aunque ocurren a plena luz y son visibles al ojo desnudo— la multitud de procesos productivos que en la costa tienen lugar, la complejidad de los procesos sociales en movimiento y la enorme madeja de relaciones de todo tipo que los habitantes establecen. Los sandinistas se apegaron a los prejuicios que en el Pacífico se tienen sobre la costa Este y no pudieron por ello entenderla y por eso todas sus políticas estaban condenadas al fracaso y fracasaron. Para ellos, la costa era nada más que un inmenso territorio poblado por indios ignorantes viviendo en la edad de piedra y negros haraganes buenos para nada, que debían ser civilizados e integrados en la vida “nacional”. Porque pensaban de este modo enviaron hacia allá contingentes de ocupación compuestos por miembros del partido sandinista de tercera y cuarta categoría junto a unidades del ejército y de la Seguridad del Estado, para imponer ideas y nuevas maneras de relacionarse, en lugar de establecer vías de comunicación con los habitantes autóctonos e insertarse en la dinámica de la sociedad. De un día para el otro el español fue impuesto en la práctica como la lengua oficial —los sandinistas no hablaban ni aprendieron nunca otra lengua— en una región donde el español se habla mal y a desgana y la gente se comunica en otras lenguas bien adaptadas, tras siglos de uso, a los modos de vida de la gente. Para mencionar sólo unos pocos ejemplos: en mískito y sumo, las lenguas más habladas, no existen palabras para “revolución”, “comandante” o “imperialismo”, ni existe el concepto detrás de estas palabras. Del otro lado, el español es insuficiente para nombrar la enorme multitud de cosas propias del lugar que las lenguas locales sí pueden nombrar.

Una vez ido el dictador Somoza, la Costa abrió sus brazos, su corazón y su mente a su hermana del Oeste y buscó ansiosa la integración. También la Costa, como el resto del país, creyó en los sandinistas y recibió su ascenso al poder complacida. Habrán visto quizás los costeños en la revolución una oportunidad de equilibrar las relaciones con su hermana siamesa que hasta entonces lo único que había hecho era extraer los recursos mineros, madereros, pesqueros y vaya usted a saber sin dar mucho a cambio. Los costeños saben entonces que —al menos en ese momento— romper el vínculo con la hermana siamesa es muy difícil y sólo les queda sacar el mejor partido. Que no le cuenten a usted cuentos, el “separatismo” de los costeños surge con el sandinismo, la tentación y las ganas de cortar el vínculo y empezar desde cero con un pedazo de territorio aún rico y sin deuda externa sólo empieza a considerarse seriamente y sólo en ciertos círculos con la llegada del sandinismo, como una reacción a éste y no antes.

Como en la Costa Caribe no había habido guerra y la presencia “somocista” (la Guardia Nacional y unos pocos funcionarios de nivel medio y bajo) había sido muy reducida, cuando Somoza se va la revolución encuentra intacta toda la estructura social y productiva de la región. Aquí no había pasado nada y sólo era cuestión de dejar las cosas seguir su curso, empezar a distribuir los excedentes de manera más equitativa, re-invirtiendo en lo social y en lo económico y se habría tenido una región vibrante, dinámica, un motor —no el único pero sí uno importante— para echar a andar toda la economía nacional. En lugar de eso, en su profunda torpeza el sandinismo, para decirlo de algún modo, echó arena en el engranaje de una maquinaria poderosa que funcionaba bien y echó arena en el ojo de la hermana.

Quizás recordarán ustedes un hecho emblemático de lo que estaba ocurriendo en el país y con el país, bien porque lo vieron o porque alguien les habrá contado. En los primeros meses que siguieron al derrocamiento de Somoza, allá, en los predios de la Hacienda “El Retiro” que había pertenecido al dictador y predios aledaños a esta hacienda, fueron acumulándose los restos de centenares de vehículos que habían sido estrellados contra otros vehículos, árboles, paredones, carretas, semovientes o personas. Eran los vehículos que aquellos que se fueron habían dejado en su huida y habían sido “recuperados” por los “compas” sandinistas, que sin saber manejar se ponían al timón y por supuesto se estrellaban. Cada día llegaban nuevos restos a juntarse con los existentes y cuando uno —alguien curioso como yo— se aproximaba y los examinaba de cerca, podía ver la sangre fresca aún y otros restos orgánicos entre los retorcidos hierros. Cada ciudad del país tenía su propio montoncito, expuesto al ojo de quién quisiera apreciarlo y mostrado casi con orgullo. Era claro que los sandinistas no sabían manejar, luego fue quedando claro también que no estaban dispuestos a prestar el timón o a tomar un curso de manejo.

Si eso estaba ocurriendo con los vehículos en la mitad Oeste, en la otra mitad, gente que nunca había trabajado en sus vidas —que había sido puesta a dirigir empresas por el sólo mérito de ser sandinista— iba destruyendo alegremente la base productiva de la región, acabando con los medios de vida de la gente y arrojando al desempleo a cientos de cabezas de familia. Casí cada día una nueva empresa iba a la bancarrota, a formar parte del montón de hierros inservibles. Años después, vehículos y empresas de todo el país serían vendidos como chatarra —a una fracción ínfima de su valor— y transportados a El Salvador encima de enormes rastras que terminarían de arruinar las carreteras.

[Continuará, por supuesto]

viernes, octubre 27, 2006

Hermanas siamesas (2)

[Aún no llego adonde quiero llegar. Tenga un poco de paciencia que esta serie me está costando trabajo: es un parto difícil]

Con el paso de los años y a medida que fui conociendo el Caribe más profundamente, aquella sensación primera y totalmente ingenua de estar en otro país fue convirtiéndose en convicción plena, madura y bien informada. Al estudiar detenidamente la historia de la región llegaría finalmente a entender como fue que aquellas dos grandes regiones que conforman el territorio del actual estado nicaragüense fueron tomando diferentes caminos y fueron constituyendo entidades completamente diferenciadas y autónomas. Con el tiempo entendería que en el centro de lo que hoy conocemos como Nicaragua, en algún lugar imposible de rastrear, existe una frontera invisible, una línea divisoria que sube hacia el Norte por el Este de los grandes lagos, dividiendo el territorio en dos mitades y separando a dos países enteramente diferentes, que han sido unidos a la fuerza para intentar constituir con ellos, sin éxito, un solo cuerpo, una sola nación. En un proceso de siglos, la Costa Caribe y el litoral Pacífico llegaron a ser como un par de hermanas siamesas, esos gemelos que por un error en su desarrollo embrionario nacen atados el uno al otro, conectados por un pedazo de cartílago o hueso, compartiendo con frecuencia órganos vitales y que aún siendo dos personas diferentes, están condenados a formar un sólo cuerpo de una manera artificial. A veces, la ruptura del lazo que los une puede ser fácilmente realizada por el cirujano y los gemelos pueden vivir separados, cada cual por su lado, como corresponde a dos personas distintas; otras veces, la unión de los siameses es tan complicada, las ataduras tan intrincadas o la dependencia de uno al otro gemelo tan fuerte que la separación significaría la muerte de uno o de ambos gemelos.

Podríamos viajar muy hacia atrás en el tiempo y decir que la diferenciación del Caribe y del Pacífico empezó a producirse desde el momento mismo de la creación divina, pero yo no creo en esas cosas y me parece además que no es necesario ir tan lejos. La conquista por la corona española de los inmensos territorios del “nuevo” continente “descubierto” por Colón, marca para América Latina y en particular para Nicaragua un punto de inflexión, el acontecimiento que habría de definir su historia. Sin exageración puede decirse que la llegada de los españoles constituye para América, efectivamente, el momento de la creación. Termina ahí todo lo anterior, lo que sea que ello fuese, y empieza una época nueva en que se recoge aquello que ha quedado en pie de los tiempos anteriores y se junta con las cosas que allende los mares han llegado. La creación de la Nicaragua de hoy empieza entonces a producirse, los caminos diferentes seguidos por el Caribe y el Pacífico empiezan entonces a delinearse y a transitarse. [Más adelante le cuento esto de nuevo y se lo cuento mejor]

Cuando los españoles llegaron por fin a la conquista de Nicaragua desde el Norte y desde el Sur, dos décadas después del primer contacto y tres desde el “descubrimiento”, concentraron sus operaciones en el territorio que se encuentra en la mitad Oeste del país. La escogencia no fue casual, era a este lado del país que se encontraban las mayores concentraciones de población y los diferentes pueblos que habitaban la región mostraban un alto grado de desarrollo. Recuérdese que los españoles estaban interesados en un principio en la riqueza ya realizada, esto es, metales y piedras preciosas trabajadas en la forma de objetos ornamentales y ceremoniales y de eso había buena cantidad. Una vez que esta riqueza era apropiada, embalada, subida en un barco y despachada a la metrópoli al otro lado del Atlántico, la otra fuente de riqueza la constituía la mano de obra, capaz de producir riqueza. El litoral pacífico y el centro-norte del país, por su alta concentración de población y la sofisticación de sus modos de vida constituyeron la fuente de mano de obra que los españoles necesitaban para extraer los metales que les eran tan preciados y producir los bienes necesarios para la vida.

Existen a lo largo y ancho de toda Latinoamérica multitud de territorios y grupos de población que los españoles no sometieron nunca y no incorporaron —o incorporaron a medias— en el nuevo orden de cosas que fueron estableciendo. No tuvieron los españoles el tiempo suficiente, la energía suficiente o la suficiente necesidad para hacerlo y no lo hicieron. En muchos casos, los descendientes de aquellos españoles tampoco pudieron dominar e incorporar esos territorios a los estados nacionales que se crearon cuando las colonias se hicieron independientes. La Costa Caribe nicaragüense es uno de esos territorios.

Aquel inmenso territorio que se extendía hacia el Este no tenía para los españoles de los primeros tiempos ningún atractivo. No había ninguna riqueza allá, los pequeños grupos dispersos de población que la habitaban vivían en las más terribles condiciones, muriendo como moscas por las enfermedades y el capricho de los elementos y no se tenía noticia que hubieran allá yacimientos de oro o plata u otras fuentes de riqueza. No había nada que justificase adentrarse en ese agreste territorio, lleno de fieras, serpientes y lagartos al acecho y exponerse a la furia del inconstante clima, a las lluvias torrenciales y a las enfermedades, en una geografía inhumana, sin caminos porque los caminos se cerraban apenas abiertos, de selvas impenetrables donde ni siquiera los rayos del sol podían entrar y donde quedabas expuesto a la horrible tristeza que según algunos que habían sobrevivido en la selva, te atacaba cada noche y te hacía sentir pequeñito y abandonado y te hacía llorar como un niño de pecho.

En Mayo de 1992, subido en una moto Honda 185 viajé a toda velocidad por la recién abierta trocha —el polvo de los últimos tractores no se asentaba aún— que conectaba la Colonia Naciones Unidas en el municipio de Nueva Guinea con la ciudad de Bluefields. A todo lo largo del viaje por aquel paisaje de ensueño fui deteniéndome constantemente para contemplar la geografía de esa región indomable que al fin permitía el paso por tierra a visitantes del Oeste, luego de 500 años de resistencia. Aquella noche, de regreso ya en Nueva Guinea me fue difícil conciliar el sueño después de haber recorrido de ida y de vuelta y en un mismo día los últimos ochenta kilómetros que le faltaban a los españoles para completar, después de cinco siglos, la conquista y tener acceso finalmente a todo el territorio.

Continuará...

miércoles, julio 26, 2006

Katiuska (2 y aún no termino)

(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado el 26 de julio de 2006 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos).

[Entrega elaborada a partir de anotaciones en mi diario hechas en 1990]
Algunos años después, allá por 1988 ó 1989, en una mesa de tragos habría yo de caer en la cuenta del uso desmesurado que el Ejército Popular Sandinista había hecho de las BM-21 en la Costa Atlántica. En una fiesta en su casa, ya medio bolos y cuando se había ido casi todo el mundo, mi amigo Ramiro, que había sido oficial en las tropas que combatieron a los miskitos en el Caribe, me hizo un relato pormenorizado de la manera que el arma había sido empleada en aquellos lares [sobre el empleo en otras zonas les contaré en otra ocasión]. Por aquel entonces Ramiro había empezado a recorrer la ruta del desencanto, un camino que yo había recorrido hacía tiempo ya pero que para él era mucho más largo y mucho más doloroso que para mí, porque él se había entregado con alma, vida y corazón a la revolución y yo no. Desde muy jovencito —casi veinte años atrás por aquel entonces— se había enrolado en las filas del sandinismo, había sido dirigente estudiantil en la universidad y, cuando la Oficina de Seguridad Nacional empezó a perseguirlo tratando de capturarlo, se había ido a la montaña a combatir a la Guardia Nacional, el ejército del dictador Somoza. Era alguien a quien “la causa le costaba” —para emplear una frase muy utilizada por entonces— y porque le había costado mucho le era muy difícil aceptar que lo que había en Nicaragua no era una revolución como la que había soñado, ni cosa parecida, y que por ese esperpento que ahora teníamos, ese odioso sistema de cosas que se había adueñado del país, había sacrificado los mejores años de su vida. Porque la ruta de ida hacia la revolución había sido para él muy trabajosa, la ruta de regreso le era muy dura de recorrer, pero la recorrió, como mucha gente valiosa que poco a poco fue dejando el sandinismo cuando fue claro que por su medio no se llegaba a la revolución. La noche que ahora les cuento, estábamos haciendo un recuento de las acciones y omisiones que a nuestro juicio habían ido paseándose en la revolución y en la posibilidad de hacer alguna vez revolución en Nicaragua y en Centroamérica. En un cierto momento abordamos la cuestión miskita, esto es, la manera en que los indígenas fueron incorporados en la vida nacional en la época sandinista. [El dialogo que a continuación les presento ha sido reconstruido de memoria, de modo aproximado, el contenido es auténtico.]
 —Fuimos unos salvajes —me soltó Ramiro de pronto. 
—¿Quiénes? —dije, tratando de entender lo que Ramiro quería exactamente decir. 
—Los sandinistas por supuesto. Fuimos unos bárbaros, peores que la guardia, tratamos a los indígenas como enemigos, como mierdas, como animales.
—Tan terrible no habrá sido —dije, buscando un punto medio en el cual balancearse. 
—Yo estuve ahí, vos no, yo sé lo que te digo. Fue terrible, peor que terrible, horrorizante, si acaso existe la palabra. En la “navidad roja” y en los meses que siguieron quisimos darle un escarmiento a los alzados. Queríamos aterrorizarlos y creo que lo conseguimos. En cierto momento —no me acuerdo bien cuándo exactamente— les pusimos las katiuskas día y noche, día tras día tras día. Los hicimos cagarse del miedo, les sacamos plumeros. 
—¿Les pusimos? —dije, buscando decididamente información. 
—El ejército y el Ministerio del Interior, Delgadillo (jefe del ejército en la Región Militar n. del a. ). Aunque para ser justos, Delgadillo recibió la orden de arriba. 
—¿De arriba? —bien sabía yo qué quería decir arriba pero quería oirlo. 
—De Humberto Ortega directamente, por la radio. Todo el mundo en el puesto de mando pudo oírlo. Delgadillo le hizo un recuento de la situación y Humberto le dijo entonces “ponele las muchachas a esos hijueputas”. Delgadillo todavía le preguntó, como si no hubiera oído y olvidándose de hablar en clave: “¿Las BM-21, comandante?” Al otro lado Humberto parecía impaciente: “Así es, las BM, dejáselas caer, si tenemos el arma hay que usarla” y Delgadillo, muy obediente como siempre ha sido— les cayó encima con todo el güevo. 
—Pero estábamos en guerra, los miskitos se habían alzado, había que responder —dije, usando el viejo truco siquiátrico de tomar el lado del informante y mostrar comprensión. 
—Pero no de ese modo —siguió Ramiro— no había necesidad de tanta violencia. Es como si un padre le corte una mano a su hijo porque éste le robó un peso. La respuesta no iba de acuerdo a la ofensa, fue exagerada y me pasé años tratando de entender por qué se respondió de este modo. Los últimos meses lo he venido pensando y he hablado con alguna gente sobre esto y creo que al fin lo entendí: Humberto mandó a usarlas como ensayo, como entrenamiento, para prepararse para lo que vendría después. 
—¿Lo que vendría después? —dije, sinceramente intrigado. 
—Los asesores cubanos de Humberto Ortega, que no lo dejaban ni a sol ni a sombra, le venían diciendo desde antes del triunfo que había que prepararse porque seguramente vendría una contrarrevolución, que Nicaragua no era una isla, como Cuba y en algún momento habría que combatir tropas contrarrevolucionarias en el propio territorio. Reagan ni siquiera aparecía en el panorama cuando Castro ya decía que el imperialismo trataría de destruir la revolución nicaragüense y apoyaría movimientos armados. Humberto habrá visto en la “navidad roja” un buen momento y un buen pretexto para ejercitar el músculo. A lo mejor pensaba que como la Costa queda lejos de Managua nadie se iba a dar cuenta. 
—Nadie se dio cuenta —dije yo, que hasta entonces sabía de esto. 
—Todo se sabe alguna vez —dijo Ramiro, pensando quién sabe qué cosa— y esto también se sabrá alguna vez. A lo mejor es hasta bueno que se sepa. Casi veinte años después, escribiendo esta nota, me doy cuenta que estas cosas no las sabe mucha gente. [En una entrega futura les contaré sobre la Navidad Roja de los Miskitos]

viernes, marzo 03, 2006

¡A proletarizar el campo!

(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado el 3 de marzo de 2006 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos).

Mis observaciones de aquellos tiempos eran ingenuas, sin método y sin teoría, simples, vulgares. Al amigo el Dr. López le escuché una vez la frase “uno sólo ve aquello que conoce” y tenía mucha razón. El Dr. López me dijo esta frase una vez que veíamos en un monitor unas imágenes de ultrasonido que yo no podía interpretar porque me faltaba el conocimiento para poder entender lo que ellas mostraban. En esa movilización del 3072 yo iba pasando sobre las cosas y aunque estaban frente a mis ojos no podía verlas, o peor aún, interpretaba otras cosas que aquellas que las imágenes me dejaban ver. Mi ignorancia y el hecho de estar siendo parte en los hechos sociales de aquellos tiempones me impedía ver lo que en realidad ocurría. Algunos años más tarde habría yo de regresar al campo, dotado de conocimientos más o menos sólidos de las ciencias sociales y de un método de análisis de la realidad y sólo entonces pude ir empezando a entender las cosas que estaban ocurriendo. Ahora voy a barajarla mas despacio.

En el campo nos detestaban, aunque se nos sonriera amablemente, aunque hablaran con nosotros y aunque se nos diera de comer. Probablemente aquellos jóvenes soldados citadinos no les caíamos mal como personas a esa gente humilde con la que a diario tratábamos, pero éramos el brazo armado del enemigo del campesinado y eso no podían tragárselo esas familias que ya para entonces estaban sufriendo en sus vidas los terribles efectos de las desquiciadas políticas de los nueve hombrecitos auto-nombrados comandantes. El rechazo de los campesinos no era pues producto únicamente del torpe comportamiento que aquellos jóvenes teníamos, había más cosas en juego que nosotros no éramos capaces de percibir.

Los sandinistas no entendieron el campesinado, ni el campo ni lo que allá sucedía. No lo entendieron entonces ni lo entendieron después. Los comandantes no eran ni muy inteligentes ni muy instruidos, varios de ellos leían cancaneado y otros se quedaban dormidos leyendo los primeros párrafos de un libro. Analizaban la realidad desde manuales soviéticos que masticaban para ellos los pesados libros de los padres del comunismo. Leían manuales y los seguían al pie de la letra y cuando los manuales se volvían muy complicados estaban siempre a la mano los asesores cubanos y soviéticos para mostrarles el camino. Como los malos alumnos que copian los exámenes de sus compañeros más inteligentes y estudiosos, los comandantes se dieron a la tarea de copiar al pie de la letra la revolución cubana, hasta en el hecho de tener a una pareja de hermanos al frente del gobierno y del ejército.

Los comandantes sandinistas tenían como objetivo proletarizar el campo y a eso se dedicaron en los primeros años de la revolución. Proletarizar el campo significa en lenguaje llano despojar a los campesinos de sus tierras y sus medios de producción y convertirlos en obreros de grandes empresas agrícolas de propiedad del estado. A los ojos de los sandinistas, el campesinado era una clase retrógrada no revolucionaria que debía desaparecer para dar paso al obrero, la única clase revolucionaria constructora del socialismo.

Con el sandinismo el mundo rural se vino abajo y el caos de los tiempos primigenios.se paseó por los campos desolados. Las cadenas de comercialización fueron destruidas pues los sandinistas aterrorizaron a los intermediarios —que compraban cosechas y animales y abastecían de productos vitales para la producción y la reproducción— y los echaron fuera por considerarlos viles explotadores de la fuerza de trabajo de los pobres del campo. En su lugar impusieron el monopolio del Ministerio de Comercio Interior que llevó sus políticas a extremos ridículos como quitarle a la gente en los buses mínimas cantidades de granos aduciendo que la gente intentaba comercializarlo por fuera, de manera ilegal. Los productos del campo fueron subsidiados para favorecer a las familias urbanas y en la otra cara del subsidio el campesino recibía precios irrisorios por el producto de su arduo trabajo. Los sandinistas habían llegado al poder por medio de una guerra urbana luego de décadas de intentar infructuosamente levantar al campesinado, sordo ante los cantos de sirena de esos jóvenes de la ciudad llenos de ideas traídas de los pelos. Ahora, una vez vencedores los comandantes le pasaban la cuenta al campesinado.

El terror se apoderó del mundo rural e hizo muy difícil la vida de la gente. Expropiaciones, asesinatos a mansalva de sospechosos de colaboración, apresamientos, torturas, eran asuntos de todos los días. Las tropas de la contrarrevolución fueron en sus inicios igualmente torpes y malvadas e igualmente aterrorizantes, luego fueron entendiendo mejor las cosas y ganando para sí a los campesinos que huían del sandinismo.

No recuerdo bien si fue ya desde el 82 o si fue en 84 que el sandinismo, sabiendo que había perdido al campesinado y que la contra lo estaba ganando para sí inició una política de tierra arrasada en la que enormes áreas en el Norte, Noreste, centro, Sur y Sureste del país fueron vaciadas de población. Los campesinos fueron sacados a punta de fusil de sus fincas, las cosechas fueron destruídas, los árboles echados abajo, las casas y otras edificaciones incendiadas o destruidas, los animales exterminados y los pozos envenenados. Cada vereda y cada quebrada fue minada. Se trataba de hacer imposible la vida en esas zonas para los combatientes del otro bando. Lo mismo se hizo con los indígenas del Caribe, muchos de los cuales fueron masacrados al oponerse a obedecer a esas tropas de ocupación que venían a sacarles de tierras que habían ocupado por siglos y de las que ni aún por los españoles habían sido arrojados. Campesinos de montaña adentro e indígenas fueron llevados por la fuerza a nuevas áreas. Años después, recorriendo como estudioso muchas de estas áreas y hablando con sobrevivientes de aquellos días lograría al fin entender esta espantosa realidad: la gente había sido llevada a campos de concentración, pues esto eran en realidad y sin eufemismos estos lugares en los que se forzaba a la gente a permanecer en condiciones infrahumanas.

El régimen sandinista duraría nada más que diez años. Al final la fuerza del campesinado sería un factor determinante en su caída pues si bien al principio la contra estuvo compuesta sobre todo por miembros de la extinta G.N. al final del período sandinista las tropas y los mandos de la contra serían ya mayoritariamente de extracción campesina. El alzamiento campesino soñado en las décadas de los sesenta y sesenta por los guerrilleros sandinistas de la facción Guerra Popular Prolongada (GPP) había ocurrido al fin, pero no contra Somoza sino contra un enemigo mucho peor: el sandinismo